viernes, 4 de octubre de 2013

Trata, Prostitución y Desigualdad- Catharine A. MacKinnon

Catharine A MacKinnon



Trata, Prostitución y Desigualdad 1
Catharine A. MacKinnon





Buenos días amigas y amigos. Estoy encantada de estar por primera vez en Buenos Aires; de hecho es la primera vez que vengo a América del Sur. Es un gran honor abrir este encuentro tan importante. Lo que quiero hacer esta mañana es situar el tema de la prostitución en el contexto de la violencia contra las mujeres. Para ello, voy a hablar, por un lado, acerca de la trata de personas con fines de explotación sexual, y por el otro, de la desigualdad, de modo de contextualizar el tema de la prostitución.

Algo que sorprende del debate actual acerca del tema es que si bien nadie defiende la trata de personas con fines de explotación sexual y nadie defiende la desigualdad, la prostitución no recibe el mismo trato. Es decir, no hay una posición abiertamente a favor de la trata ni de la desigualdad, pese a que ambos conceptos jurídicos parecen estar moldeados por prácticas existentes que las personas en posiciones de poder quieren preservar.

Sin embargo, para algunos la prostitución parece estar bien, y algunas personas incluso la apoyan. Muchos más consideran que tolerarla, y oponerse a tomar medidas efectivas contra ella, es políticamente correcto. A la mayoría de la gente le parece que si bien la prostitución no es precisamente deseable, es inevitable o necesaria; es decir, que alguien tiene que ejercerla.

Estos puntos de vista sobre la prostitución subyacen y rodean el debate sobre la trata de personas con fines de explotación sexual, ya sea que se diferencie la prostitución de la trata o no, o que se presente a la prostitución como una forma de libertad sexual, o como su propia negación. El debate acerca de la realidad que implica la prostitución se intensifica cada vez que alguien busca hacer algo concreto al respecto.

De este modo, dondequiera que una persona se encuentre en el mundo, tanto la discusión como el derecho se basan en cinco distinciones subyacentes: la prostitución de personas adultas se distingue de la prostitución infantil; la prostitución en la vía pública se distingue de la realizada en el interior de un domicilio; la prostitución legal se distingue de la prostitución ilegal; la prostitución voluntaria se distingue de la prostitución forzada; y la prostitución se distingue de la trata. Estas distinciones aparecerán a lo largo de mis observaciones de esta mañana. En mi opinión, todas ellas son distinciones de carácter ideológico. Es decir, ninguna de ellas está respaldada por los hechos conocidos de la industria del sexo, pero todas tienen consecuencias muy reales en materia de legislación, política y cultura. Como en toda ideología, las distinciones operan como posiciones morales diferenciando básicamente lo que algunos consideran como potencialmente “no tan malo” de lo “realmente malo”. Por ejemplo, la prostitución infantil es realmente mala, pero la prostitución de personas adultas puede no ser tan mala; la prostitución forzada es realmente mala, mientras que la prostitución voluntaria podría no ser tan mala; la trata de personas es muy mala, pero la prostitución no sería tan mala. Así es cómo funcionan. A esto llamo una distinción de carácter moral, y lo que quiero argumentar es que estas distinciones no tienen fundamento en la realidad.

Tanto en los distintos estados como a nivel interestatal es posible observar dos posiciones fundamentales en este debate (reconozco que estas posiciones constituyen puntos de vista extremos, pero este es de por sí un debate muy polarizado). Estas posiciones son el modelo del “trabajo sexual” y el enfoque de la “explotación sexual”.



Cuando la prostitución se denomina "trabajo sexual", a menudo, se presenta como la profesión más antigua del mundo, como una actividad culturalmente universal, y como consensual porque es paga, pero como estigmatizada porque es ilegal. Se entiende como un trabajo como cualquier otro al que se niega cualquier tipo de reconocimiento y, hasta algunas veces, como una forma de liberación sexual. Las profesionales del sexo ejercen lo que sus defensores en la academia denominan "agencia".

De los muchos significados de este concepto inasible, que ninguno de los que lo utiliza parece pensar que debe definir, agencia aparenta significar elegir libremente, una forma activa de empoderamiento, decidir entre distintas opciones de vida, autoafirmarse enérgicamente, luchar contra los estereotipos moralistas.
Algunas de las personas que defienden este punto de vista consideran la prostitución como un modelo de igualdad entre los sexos. Es decir, las y los trabajadores sexuales, en su gran mayoría mujeres, controlan la interacción sexual, reciben dinero por algo que en general se espera (de las mujeres) en forma gratuita, y esto les permite tener una vida independiente y relaciones sexuales con muchos “partenaires”. Todos estos comportamientos son, por lo general, monopolizados por hombres, y en este sentido pueden ser considerados liberadores para las mujeres. Algunas mujeres adoptan el rol masculino de vender a otras mujeres a hombres para tener relaciones sexuales. Esto socava la hermandad entre ellas.

El enfoque de la “explotación sexual”, en cambio, reconoce a la prostitución como la más antigua forma de opresión, tan extendida como la desigualdad institucionalizada entre hombres y mujeres, de la que conforma su piedra angular. Sobre la base de la información brindada por las propias mujeres en prostitución, ellas piensan que son prostituidas por la falta de opciones, por las restricciones a la hora de hacer elecciones, y por las posibilidades negadas. Esto parece indicar que son utilizadas por otras personas y que quedan atrapadas en el curso de fuerzas sociales.

Si bien no se conocen por completo los alcances y las condiciones de los acuerdos en materia de prostitución, con todas las variedades de sexo transaccional, el término “explotación sexual” se basa en una gran cantidad de información relativa a la industria del sexo; no es una atribución a priori del estatus de víctima. La prostitución se considera un producto de la falta de elecciones, el último recurso de aquellas personas con menor cantidad de opciones, o que carecen de cualquier otra opción de vida real. La coerción detrás de este fenómeno, tanto física como de otro tipo, produce un contexto de abusos sexuales a cambio de dinero, y en el que la mayor parte de ese dinero va a otras personas. En estas transacciones el dinero sirve para coaccionar el sexo, no garantiza el consentimiento. Esto convierte a la prostitución en una forma de violación en serie. En este análisis, la prostitución no puede convivir con ningún tipo de igualdad. Las personas prostituidas son las que, en última instancia, terminan pagando por el sexo remunerado; los compradores no deben pagar por lo que toman o lo que reciben. Es este aspecto, y no el hecho de que es ilegal, lo que en gran medida explica el estigma que trae aparejada la prostitución. De acuerdo con este punto de vista, las personas que son prostituidas cargan injustamente con un estigma que les pertenece a sus explotadores.

Cada modelo tiene su enfoque jurídico correspondiente. El enfoque del modelo del “trabajo sexual” favorece la despenalización en todos los ámbitos con distintas formas de legalización, a menudo a través de regulación estatal, y algunas veces dando lugar a la sindicalización. Su objetivo es eliminar las sanciones penales de todos los actores de la industria del sexo a fin de que la prostitución se convierta en una actividad tan legítima como cualquier otro medio de subsistencia. Los Países Bajos, Alemania, Nueva Zelanda, y Victoria en Australia, así como diez condados de Nevada  (en los EE.UU.), han adoptado versiones de este enfoque, aunque ya es posible ver contramarchas en algunas de estas jurisdicciones.


El enfoque de la “explotación sexual”, por el contrario, busca abolir la prostitución y discute la mejor manera de acabar con esta industria. En cualquier caso, jurisdicciones como Suecia, Islandia, Noruega y Corea del Sur han sido pioneras en institucionalizar un modelo que criminaliza a los compradores (la demanda), así como a los vendedores (los proxenetas y los tratantes), mientras que elimina toda consecuencia penal para las personas prostituidas (que son las que son vendidas), y les ofrece servicios de capacitación para un trabajo de su elección. El Reino Unido también está yendo en esta dirección. A esta lista podríamos agregar un proyecto de ley en Israel, ciertos movimientos en Sudáfrica que expresamente criminalizan a los compradores (de 2007), y el debate en el Parlamento escocés. En el caso del modelo sueco, la despenalización de las personas prostituidas es, por lo menos, tan importante como la penalización de los compradores, aunque es mucho más difícil de implementar. Este modelo es actualmente uno de los que más promete, por lo que es el más elegido por los abolicionistas que están a la vanguardia de este movimiento en un número creciente de jurisdicciones, tanto por principios como por razones pragmáticas.

Cada persona que se enfrenta a este debate debe decidir —y todos y todas ustedes lo deberán hacer— qué enfoque refleja mejor la realidad que conocen y experimentan, y cuál de ellos promueve el mundo en el que quieren vivir. Pero más allá de nuestras preferencias, nuestros compromisos, nuestros valores y elecciones políticas, cada posición puede ser evaluada a la luz de las evidencias que se conocen acerca de la industria del sexo, entre ellas, las condiciones de entrada, las realidades del trato una vez adentro, y las posibilidades de salida.

En todas partes las personas prostituidas son abrumadoramente pobres; de hecho, en general se encuentran en la miseria. No hay discrepancias en este punto. La necesidad económica es la causa que con mayor frecuencia mencionan las personas que están en la prostitución. Entran en ella por su situación de pobreza y casi nadie logra salir de la pobreza a través de la prostitución. Si tomamos en cuenta las cifras de mortalidad, tienen suerte de salir con vida. Además, las personas que están en la prostitución pertenecen, de manera desproporcionada, a grupos raciales socialmente desfavorecidos o a las castas más bajas. Por ejemplo, en Vancouver, Canadá, las mujeres prostituidas pertenecen a los pueblos originarios en cantidades que superan con creces su presencia proporcional en el conjunto de la población. En la India, a pesar de que el sistema de castas es ilegal, existe una casta de prostitutas. Las mujeres que son de la casta Nats por nacimiento o matrimonio son escogidas por los hombres de su familia para ser prostituidas; se supone que los hombres de esta casta deben prostituir a las mujeres con hombres de una casta más alta. Como este ejemplo muestra, qué personas son prostituidas a menudo es producto del colonialismo, y estas condiciones subsisten una vez que el colonialismo ha desaparecido. Nadie elige nacer en condiciones de pobreza ni permanecer en la prostitución sin poder salir de la pobreza.

Nadie elige en qué grupo racial o casta nace. Ningún país elige libremente ser colonizado, ni las patologías post-colonialistas que tan a menudo estructuran su industria. Estas circunstancias, a la luz de la evidencia que muestra qué personas son desproporcionadamente prostituidas, son las que con mayor nitidez demuestran quiénes son las más usadas en esta industria. Y ninguna de estas personas las elige.

Otro rasgo global común de la prostitución —y esto es otra cosa que nadie pone en duda— es que las personas prostituidas normalmente ingresan en este ámbito a una edad muy temprana, a menudo muy por debajo de la mayoría de edad. Y hay pruebas de que esa edad parece seguir disminuyendo. La mayoría de las mujeres y las niñas que conocí en la India fueron iniciadas a los diez años. Esta no es una edad en la que una persona está plenamente facultada para tomar una decisión que tendrá consecuencias tan serias sobre el resto de su vida. No es un momento en el que, si tú decides no permitir a tus familiares o a otros adultos que te hagan una determinada cosa, tú tengas el suficiente poder para detenerlos.

Además, en la mayoría de los países en los que se ha estudiado a las personas prostituidas, se ha demostrado que el abuso sexual en la infancia es una condición previa significativa para el ingreso en la prostitución.
En muchos lugares, entre ellos los Estados Unidos, rara vez se encuentra a una mujer prostituida que no haya sido abusada física o sexualmente, en general por alguien de su círculo íntimo. En la India me contaban que el primer abuso, al igual que su primera experiencia, había ocurrido en el contexto de la prostitución, ¡y a los 10 años! Si se resistían eran violadas en grupo y torturadas, ya sea en ese momento o más adelante. Esto también es típico.

Dependiendo, al parecer, de sus circunstancias sociales y culturales, las niñas y niños pueden ser objeto de abuso sexual antes de ingresar en la prostitución, o bien sólo puede ser que socialmente se presuponga que el destino de una niña o un niño es ser abusado sexualmente. En este sentido, las castas en la India funcionan de manera análoga a los abusos sexuales en la niñez en otras partes del mundo en las que está documentada: les dicen a las personas para qué sirven. En Calcuta, decenas de niñas de alrededor de trece años se alinean en las calles de la zona roja que visité.

Una vez, mirando por un callejón estrecho, vi a una niña pequeña de unos seis años de edad, desnuda con las piernas bien abiertas. Muchas niñas entran de esta manera. ¿Cuándo fue exactamente que ella pudo elegir?

Una vez que ingresan en la prostitución, no es raro que las mujeres en la industria se sumerjan cada vez más en la pobreza y acumulen más y más deudas. Estas mujeres me dijeron que atienden a un promedio de entre veinte y hasta treinta hombres al día, sin posibilidad de elección sobre el sexo o los hombres.


No es necesario definir qué es prostitución si no se la va a criminalizar. Pero podría ser útil definir “sexo” para aclarar algunas cosas. La idea central sobre el sexo es que es elegido y querido, lo que presumiblemente explica por qué los defensores de la prostitución la defienden en estos términos. Cuando tú estás teniendo relaciones sexuales con alguien con quien deseas estar teniendo relaciones sexuales, normalmente no le pagas a la otra persona. El sexo es una de esas cosas que “el dinero no puede comprar”, al menos cuando se trata de “verdadero sexo”. En este sentido, si el sexo es necesario para la supervivencia de una persona, como en el concepto de “sexo de supervivencia”, que a veces se utiliza para describir algunos tipos de prostitución, el sexo es coaccionado por la necesidad de sobrevivir. En los países donde las mujeres tienen derecho a la igualdad sexual, la ley de acoso sexual considera esta situación como discriminación sexual, es decir, una violación a los derechos humanos. El punto es que lo que tú obtienes del sexo como tal es justamente eso, tener sexo.

Ahora bien, yo pensaba que estaba inventando esto hasta que encontré un estudio sobre la legislación de Namibia, la cual define a la prostitución como un acto sexual realizado “por un motivo que no es sexual”. Dicho en otras palabras, cuando se tiene sexo por consideración mutua, el sexo es su propia recompensa. Al parecer, hay un número significativo de hombres en el mundo para quienes el sexo no es su propia recompensa, ya que están pagando por tener sexo con mujeres que no tienen más remedio que tener sexo con ellos por dinero, dinero que generalmente va a parar al bolsillo de otros hombres.
Hagan las cuentas. Cada mujer, suponiendo dos días de descanso a la semana (una consideración que muy pocas de ellas reciben), atiende alrededor de siete a ocho mil hombres al año, tal vez un poco menos por los que se repiten. Ahora estoy hablando de la demanda. Estos hombres son la razón por la cual esta industria existe. Las investigaciones muestran que se trata de hombres comunes y corrientes que se sienten con derecho a comprar mujeres para tener sexo. Algunos son agresivos; muchos son portadores de enfermedades contagiosas. Son invisibles en el sentido que pueden ir a cualquier lado y no serán señalados como compradores de mujeres. Ellos tienen la verdadera privacidad del anonimato. Desde el punto de vista lingüístico, tienen la dignidad de no tener una denominación única establecida. Les son aplicables distintas palabras, como cliente o comprador, términos que comparten con los que no son compradores o usuarios de mujeres. En Estados Unidos se los llama “John”.

A causa de los “Johns”, llamados “apostadores” en el Reino Unido o, mi favorito, “pasajeros”, como los llaman las mujeres de la casta Nat, las mujeres están en la prostitución. Ellos tornan insalubre y peligrosa la vida de estas mujeres, entre otras cosas, porque continuamente las condenan a estar infectadas por enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, aún si hablamos de relaciones sexuales pagas, también debemos considerar que muchas mujeres prostituidas son, además, violadas. Si ofrecen algún tipo de resistencia o expresan su intención de salirse del negocio son golpeadas por bandas criminales, proxenetas y propietarios. También son golpeadas cuando lo que el comprador quiere adquirir es el abuso mismo. Lejos de tener protección policial, en la mayoría de los lugares la policía lleva a cabo de forma periódica procedimientos para detener (lea con atención) a las mujeres con cualquier excusa, o por motivos que se inventan en el momento para tratarlas como delincuentes porque están siendo victimizadas. Dicho en otras palabras, por ser culpables del delito de ser forzadas. Incluso las niñas y los niños prostituidos son típicamente considerados como criminales y no como víctimas. Las prostitutas de color en contextos culturales racistas también son desproporcionadamente propensas a ser detenidas.

Al mismo tiempo, la policía suele recibir sobornos en muchos lugares para proteger el negocio: yo vi cómo esto sucedía abiertamente al atardecer en una calle de Calcuta. Pónganse a pensar cuántas mujeres en última instancia aportan el dinero utilizado en este tipo de corrupción. Luego, cuando son detenidas, estas mujeres incurren en más deudas con el proxeneta que paga su fianza o la multa que les han impuesto. Esta dinámica, que contribuye a cimentar sus ataduras, hace que sea aún más difícil salirse del negocio, y a esta altura ya tienen antecedentes penales.

Las mujeres en la vía pública están en el escalón más bajo de la estructura transnacional de la industria del sexo, que tiene en su parte superior a las call girl y los servicios de escorts y cortesanas para los hombres que buscan eso y pueden pagar más. En Sudáfrica, hay prostitución de clase media baja en tugurios para marineros cerca de los muelles y para turistas; pero muchos lugares tienen prostitución en paradas de camioneros, en condiciones que pueden ser particularmente brutales. Esta estructura de clases en la prostitución es real, pero la distinción entre la prostitución en la vía pública y en el interior de un domicilio es un substituto totalmente inadecuado para procurar capturarla. Las mujeres que recogen a los hombres en la calle por lo general consuman el acto en un callejón. Sin embargo, los lugares cerrados no mejoran mucho la situación de las mujeres, hasta pueden empeorarla.

Los partidarios de la perspectiva del “trabajo sexual” a menudo insisten en que la prostitución de “puertas adentro” ofrece más control a la prostituta. No obstante, a veces también afirman, sin ninguna base empírica, que criminalizar a los compradores conduce a la prostitución de “puertas adentro”, lo que la vuelve más peligrosa. La protección y el poder de estar “puertas adentro” son ilusorios. En realidad, las investigaciones demuestran que habitualmente la situación es la inversa. Las mujeres en los prostíbulos ni siquiera pueden elegir a los hombres que las usan: ellas aparecen en fila y los hombres las eligen. La vigilancia a través de cámaras de video en establecimientos mejor equipados (los proxenetas suelen mirar este tipo de pornografía en vivo) y los botones antipánico en general no permiten que la ayuda llegue con la suficiente rapidez. La prostitución de “puertas adentro” generalmente implica todavía un mayor control por parte del proxeneta y aún menos responsabilidad. En realidad, la principal diferencia entre la prostitución “puertas adentro” y la prostitución en la vía pública parece ser que el público que no usa a estas mujeres sabe, o debe forzosamente enfrentarse al hecho de que ellas están allí. La distinción interior/exterior, en otras palabras, es básicamente ideológica. Su función es alimentar la ilusión, pregonada por los moralistas de todas las simpatías políticas, de que las mujeres que están en prostitución y que lucen como de clase alta están ejerciendo una elección libre (aunque tal vez sea una mala elección), reciben una paga buena, se divierten, y están en condiciones de salirse del negocio sin ser coercionadas ni heridas, al menos no gravemente. Además de leer los estudios empíricos sobre el tema, estos moralistas deberían vivenciarlo alguna vez.

No hace mucho, los defensores del modelo de “trabajo sexual” negaron tajantemente que la prostitución cause por sí misma algún daño. Abrumados por la realidad que las mujeres prostituidas han hecho pública respecto de que están expuestas a un nivel importante de daños, en general lo han asociado con el estatus ilegal de la actividad, y han dado lugar al enfoque llamado de “reducción” o “minimización” del daño, que ha sido de tanta importancia a los efectos de la legalización en Nueva Zelanda. Al reducir y minimizar se reconoce que algún daño permanecerá. El centro de este enfoque es “arreglar” todo aquello de la prostitución que pueda ser perjudicial y que puede ser corregido de manera tal que la prostitución en sí pueda mantenerse. Grupos dedicados a esta idea fagocitan importantes fondos internacionales dedicados a la lucha contra el VIH/SIDA. Cuando la prostitución se entiende como “explotación sexual”, los casos de VIH/ SIDA que se transmiten en ese contexto son un síntoma causado por la prostitución misma: tener sexo con miles de hombres al año sin saber en qué condiciones, y sin tener en realidad la capacidad de controlarlas. La perspectiva del “trabajo sexual” tiene como consecuencia la protección de los compradores de mujeres para que puedan seguir usándolas sin enfermarse, en lugar de proteger a las mujeres de los compradores que las están volviendo mortalmente enfermas. Todo el mundo apoya la idea de que las mujeres sufran menos daños. Pero la eliminación del daño no es parte de la agenda de los defensores de la perspectiva del “trabajo sexual”, puesto que es incompatible con la idea de la venta de sexo.

Ya sea que estén en la calle, en una casa, o en cualquier otro lugar, las mujeres prostituidas tienen niveles de estrés post-traumático equivalentes a los de los veteranos de guerra, las víctimas de la tortura o las mujeres violadas. El estrés post-traumático aparece frente a atrocidades tales que no se tiene la capacidad de soportar mentalmente. A menudo acarrea la disociación, que permite que la violación se pueda “guardar”, escapar mentalmente, reprimirla o negarla, actuar como si nada pasara dentro de una; el Yo que sabe que ocurrió desaparece a fin de poder seguir viviendo. Con frecuencia, las mujeres en la prostitución son adictas a las drogas y al uso de cantidades importantes de alcohol, también como resultado de lo que están viviendo. A veces, los mismos proxenetas les entregan las drogas para volverlas adictas. Las sustancias funcionan como una disociación parcial para adormecer el dolor del trauma que constantemente vuelven a sufrir, y alejan el cuerpo y la psiquis en alguna medida de lo que está ocurriendo. Esto las hace dependientes del proxeneta para su próxima dosis.

El abuso, que es una constante en la prostitución (de hecho, es endémico) exige la disociación de una misma y del mundo para poder sobrevivir.



Una persona puede crear otro Yo, darle otro nombre, salir y hacer ese "trabajo"; y puede incluso defenderlo. Si una no puede vivir dentro de su propia cabeza, ser quien realmente es y hacer esto, ¿es esto lo que realmente consideramos libertad? Ser objeto de constantes violaciones y golpizas, que se nos impida considerar otras opciones, soportar el trauma de una cámara de tortura o de una situación de guerra, necesitar drogas para seguir adelante, ¿es esto lo que se llama un empleo? Cuando tú piensas: “hoy voy a salir a buscar un trabajo”, ¿es esto lo que tienes en mente?

Muchas mujeres que son prostituidas en la India y que no pertenecen a una casta de prostitutas son de Nepal o Bangladesh. Aquellas con las que hablé eran mujeres indigentes de familias gravemente afectadas por la pobreza. Alguien les dijo que podía conseguirles un buen trabajo en la India y se despertaron encadenadas en un prostíbulo. Alguien las vendió a alguien que las compró. Tenían dueño. El comprador las alquila a otros que las utilizan sexualmente. Estos hechos y dinámicas tienen lugar también en los Estados Unidos.

En distintos contextos culturales, o en países con distinto nivel de desarrollo económico, ya sea en la vía pública o “puertas adentro”, cuando se le pregunta a una persona en prostitución “¿qué necesita?” en el 89 por ciento de los casos dirá: “dejar la prostitución”. Pero si bien quieren dejarla, sienten que no pueden o no saben cómo hacerlo. En cualquier lugar donde estén, ya sea en su país o en otro, y cualquiera sea la forma en la que ellas hayan ingresado en la industria del sexo, estas mujeres están en una situación que Kathleen Barry con acierto define como “esclavitud sexual”. La esclavitud se define internacionalmente como una relación de propiedad sobre una persona. Cuando un proxeneta te vende para tener sexo a un John que te compra, si deseas marcharte pero no puedes, eres en definitiva una esclava sexual de conformidad con la definición jurídica internacional, ya sea que hayas sido o no golpeada, o hayas cruzado una frontera nacional. 
Sostener que las mujeres que están regenteadas por proxenetas están ejerciendo su “agencia” como emprendedoras independientes es una fantasía de los privilegiados.

A menos que exista alguna consideración biológicamente adecuada o existencialmente predestinada a una vida de uso sexual por otros para beneficio de terceros, estas mujeres —que conforman la mayor parte de la industria— tornan la frase “trabajo sexual adulto que no implica victimización” una contradicción en sus términos. No están trabajando bajo otro nombre. Están siendo explotadas sexualmente.

Hasta aquí, la prostitución se ha analizado como una institución vinculada a la discriminación por casta o clase social. Pero los hombres también son pobres y son miembros de las clases y castas desfavorecidas. Ahora llegamos a la cuestión de género. La cantidad de hombres que se encuentran inmersos en un circuito de venta de sexo es muy inferior al número de mujeres.

Existe la trata de hombres y a menudo se venden como las mujeres a los compradores que son casi exclusivamente hombres. De modo que: ¿por qué las prostituidas son tan a menudo mujeres? La respuesta, que tampoco genera demasiadas discrepancias, se basa en la desigualdad de género.

Algunas mujeres poseen un rango más alto dentro de las castas sexuales femeninas sobre la base de consideraciones como raza, etnia, religión y/o clase, así como en función de su uso sexual. Las mujeres pueden tratar de abrirse camino en ella, tratar de evitarla, negar su existencia, o caer a la parte más baja, la prostitución, en la que habitan las que se definen como únicamente para sexo. Las niñas se convierten en mujeres, entre las cuales aquellas prostituidas poseen el estatus más bajo. Si la prostitución fuera una elección, encontraríamos a más hombres ejerciéndola. Pero los niños, incluso los que han sido abusados sexualmente o prostituidos, se convierten en hombres con las opciones que los hombres poseen, que son mejores que las de la mayoría de las mujeres, aún cuando no son siempre buenas.

Nadie elige el sexo con que nace, y es el determinante más poderoso para que una persona sea vendida para ser usada sexualmente. Nadie lucha para convertirse en prostituta contra viento y marea. Las mujeres son prostituidas cuando el viento y la marea las golpea.

Como ya he señalado, la trata de niños y hombres existe, y se basa también en consideraciones de género. Pero la desigualdad sexual en todo el mundo le da a la mayoría de los miembros de la casta del sexo masculino el privilegio de que no se defina su destino en términos de haber sido comprados y vendidos para ser usados sexualmente. En esos casos se reconoce que algo ha ido mal para ellos, en lugar de decir algo acerca de ellos que defina su carácter y su valía. Los hombres también tienen el privilegio de elegir vender y comprar mujeres, hombres y niños de ambos sexos, para su uso sexual. Aquí hay una posibilidad real de elección. Esta industria existe porque millones de hombres a quien nadie obliga, que seguirán estando vivos mañana si no llevan a cabo estos hechos hoy, están ejerciendo la opción de comprar mujeres para usarlas. Esta libertad de elección sexual produce ganancias inmensas para los proxenetas y los responsables de la trata que producen la oferta. Esto es lo que hace que niñas de 13 años de edad se conviertan en cupones de comida para las familias de cinco integrantes.

¿Qué es exactamente lo que se compra y se vende en la prostitución?

Algunos hombres venden mujeres a otros hombres que compran acceso íntimo y poder sobre ellas: lo que están comprando es sexo del tipo "haz lo que yo digo". Están comprando el sexo en el que no se les contesta, el sexo de ser servidos y atendidos, de ser una persona con la privacidad del anonimato junto con un una persona desconectada y disociada que “no está ahí”, que está contando las fisuras en el techo mientras mira el reloj y piensa en Inglaterra. El sexo no tiene nada de real para ella y, al mismo tiempo, el que la usa se está engañando diciéndose que lo único que ella quiere es estar allí haciendo exactamente esto porque es irresistible y atractivo. Para ser justos, la mayoría de los compradores saben que las mujeres no lo disfrutan y lo están haciendo por necesidad económica. Pero, increíblemente, ellos consideran esto como consentimiento. Cuando ella se encuentra haciendo lo que le queda después de que el 99% de sus opciones han quedado descartadas, “consentir” es lo que esta mujer puede hacer, lo único que le queda por hacer. Ahora bien, ésta es una posición ideológica. Para los fines del hombre, esta posición lo hace sentir mejor mientras la usa y, por tanto, es buena para el negocio. A los fines de ella, la sexualidad de la prostitución es la sexualidad de una niña o un niño abusado sexualmente: sexo que nunca tendrían de no ser porque él tiene más poder del que ellas tienen. Esto no es como cualquier otro trabajo. Uno de los fines de los derechos humanos es establecer límites en la intimidad de las demandas que se pueden hacer a una persona sin recursos. Y con todo el respeto por los académicos que disfrutan argumentando: “usted sabe, todos vendemos a alguien una parte u otra de nuestro cuerpo”, los intelectuales no están vendiendo trabajo académico del tipo “haz lo que yo digo”.

Los defensores del modelo de “trabajo sexual” a veces sugieren que toda aquella persona que está en contra de la prostitución está en contra del sexo. Lo que he descripto aquí es cómo es en realidad el sexo del que están hablando. Es como decir que estar en contra de la violación es estar en contra del sexo. El mismo grupo a veces insiste en que todo esto, es decir, el abuso, la violación y las palizas son inventadas o exageradas por personas lloronas y puritanas, motivadas ideológicamente por la represión, y que simplemente no tenemos lo que hace falta para ser una puta. Los proxenetas también son un invento. Estas mujeres son emprendedoras independientes; bueno, tal vez algunas tienen managers.
Luego vino el VIH/SIDA e incluso este grupo descubrió este daño, junto con un beneficio lucrativo al tratar de abordarlo. Qué conveniente esta enfermedad que daña tanto al hombre que se sirve de la mujer como a la propia mujer; qué refrescantemente equitativo y simétrico en términos de género. Entonces, ahora el sistema de burdeles perniciosos en la India debe defenderse puesto que sino, ¿dónde vamos a distribuir los condones?

¿Quién puede sino hacer un seguimiento para saber si las mujeres realmente pueden utilizarlos, o sobre el aumento de los costos pagados por las mujeres que no tienen otra opción más que no utilizarlos?
Estos condones son emblemáticos de la idea de trabajo sexual profiláctico que se propone hacer al mundo seguro para la prostitución, eliminando sus potenciales riesgos de a uno por vez. En esta opinión, no hay nada en la prostitución que sea fundamentalmente problemático por sí mismo. De hecho, hay algo de ella que es importante preservar. La primera falla en esta línea de argumentación aparece cuando se reconoce que las niñas y niños no deben ser prostituidos. No puedo imaginar por qué no, si no hay nada de malo con la prostitución; si se trata de libertad, de igualdad y de liberación; si realmente puede hacer que una mujer tenga una vida más autónoma e independiente; si los daños son insignificantes u ocasionales, ¿qué les pasa a las niñas y niños al hacerlo, o al ver que se hace? Y si hay algo problemático aquí, ¿cómo es que cambia de repente cuando se llega a 16 años y 366 días?

Si nadie debe entrar en la industria del sexo siendo una niña o un niño, si el abuso de mujeres fuera reparado con carácter retroactivo, la industria del sexo quedaría vacía de la noche a la mañana.

Aunque nadie niega que la mayoría de las mujeres que se incorporan a la industria del sexo han sido violadas en la infancia, lo que se niega es que la defensa de la institución de la prostitución permite su violación continua con el argumento de que ya no son niñas. Lo que parece faltarles a los que se preocupan sólo acerca de las niñas y niños prostituidos (si es que verdaderamente les importa algo en este contexto), es comprender que en el comercio sexual las personas adultas y las niñas y los niños no son dos grupos distintos de personas, sino que son el mismo grupo de personas en dos puntos distintos en el tiempo. No se puede hacer nada efectivo para unos sin hacerlo para ambos. Las niñas por las que no se hizo nada ayer y que han logrado no morirse son la mayoría de las mujeres prostituidas de hoy. Entre las consecuencias mejor documentadas del abuso sexual infantil está el sentirse valorada y aprobada en el momento de la violación, en un contexto en el que se siente en general carente de todo valor. Mientras tanto, la legislación, la política y la cultura popular sólo están ahí esperando que esa niña o ese niño viva el tiempo suficiente como para poder aceptarle su consentimiento tácito de persona adulta.




Entendida como una práctica de explotación sexual, la prostitución no puede volverse una práctica segura. Es como decir que la violencia contra las mujeres puede ser segura. Aquellas que se encuentran inmersas en ella no pueden protegerse de la violencia que conlleva. Si enfrentamos esta realidad, reconocer el daño que produce de manera selectiva es evidentemente una estrategia que permite que continúen sus daños característicos. Lo que en última instancia es intrínsecamente malo en la prostitución es que no hay ningún tipo de dignidad en ella. A la luz de este hecho social, atribuir el carácter de agencia como si significara libertad, desconociendo las condiciones reales de desigualdad y violencia, llamándola cualquier cosa menos involuntaria y no deseada, es un desesperado (si bien, a veces, bien intencionado) último intento de recuperar la dignidad perdida.



La segunda concesión estratégica del enfoque del “trabajo sexual” ha sido criticar la trata de personas con fines de explotación sexual, mientras se defendía la prostitución. Pero, ¿qué es la trata? La definición del Protocolo de Palermo, reconocida en la Argentina y que ha recorrido el mundo, incluye ser explotadas y explotados sexualmente por la fuerza, fraude o coerción para tener relaciones sexuales comerciales, cosas que de hecho ocurren en la industria del sexo. Pero esa definición, y la realidad, también incluyen la explotación sexual a través del abuso de poder o de una condición de vulnerabilidad. La casta, la raza o la edad pueden ser condiciones de vulnerabilidad, como es la pobreza extrema, y como también puede ser el género. Y desplazarse a través de límites jurisdiccionales no es, y no ha sido, parte de la definición internacional de trata de personas, por lo menos desde 1949. El elemento central de la trata no es el cruce de fronteras o la violencia grave; es la participación de terceros. La trata es el transporte, traslado, la acogida o la recepción de una persona con fines de explotación sexual: es decir, simplemente proxenetismo. Ésta es la razón por la cual Sigma Huda, Relatora especial sobre la trata de personas entre 2004-2008, observó que "[la prostitución] tal como se lleva a cabo de hecho en el mundo generalmente se ajusta a los elementos de la trata de personas con fines de explotación sexual". Tú no puedes tratarse a ti misma; esto es en verdad lo que separa la trata de la prostitución. La explotación sexual también puede ser esclavitud. Pero tú tampoco puedes esclavizarte a ti misma.

Para que la prostitución de una mujer pueda ser considerada explotación debe contar con un proxeneta. Aunque la mayoría de los países criminaliza a las mujeres en prostitución por ser victimizadas, los que las victimizan generalmente permanecen en la impunidad, ya sea por las características del sistema jurídico o simplemente como una cuestión de hecho. El proxeneta y el propietario no suelen ser perseguidos penalmente, y el “John” no es considerado en absoluto un delincuente, o si lo es, casi nunca se lo persigue, con seguridad no en la medida en que las mujeres son perseguidas.
Sudáfrica no es un caso atípico cuando informa haber detenido 3.385 personas prostituidas y sólo diez compradores en los dos años transcurridos desde que la demanda fue penalizada. Esto es discriminación sexual oficial no reconocida como tal. Lo que hizo Suecia en 1999 fue situar a la prostitución en el contexto de la violencia de género y, en consecuencia, penalizar severamente a los compradores. La compra de servicios sexuales se convirtió en un crimen, se hizo mucho énfasis en su observancia, y se suministró asistencia y capacitación a las mujeres que deseaban salir de la industria.

Enfrentándose a la demanda que buscaba comprarla para mantener relaciones sexuales, esta ley dice que la mujer no está a la venta. Al eliminar la criminalización para las mujeres prostituidas se eleva su estatus; al criminalizar al comprador se lo rebaja y se eliminan sus privilegios. Ésta es, en los hechos, una ley de igualdad entre los sexos. Se ha tenido que capacitar a la policía para hacerles entender que los compradores son explotadores; actualmente la policía los busca y los arresta. El resultado ha sido una caída en la prostitución en algunas partes de Suecia de alrededor del 80 por ciento y la tasa más baja de trata de personas con fines de explotación sexual en Europa. El estigma de la prostitución puede estar virando de a poco hacia los “Johns”. Si bien la redacción y aplicación de esta norma aún pueden mejorarse, éste es el único enfoque que parece haber funcionado parcialmente en la historia de la humanidad.

Por el contrario, y a pesar de que parezca contraintuitivo, la experiencia muestra que cuando se legaliza la prostitución, la trata aumenta dramáticamente. Esta correlación está documentada en los Países Bajos, Alemania, Victoria (en Australia) y en otros lugares. Desde el punto de vista estrictamente comercial, tiene sentido tratar mujeres, niñas y niños en aquellos países donde la prostitución está legalmente permitida, puesto que, una vez allí, los riesgos son mínimos para los vendedores y los beneficios, astronómicos.

La prostitución ilegal, a su vez, también estalla generalmente en un marco de legalización. Cuando las autoridades procuran reducir los daños, los prostíbulos legales regulan el uso de condones e imponen otras restricciones; pero muchos de los “Johns” no quieren usarlos, y ellos están ahí para hacer lo que quieren. Esto eleva el precio del sexo sin condones, una demanda potencialmente letal que, sin embargo, es satisfecha por la industria ilegal, a menudo conformada por inmigrantes ilegales, que brota alrededor de la prostitución legalizada. Cuando los cinturones y los cordones de zapatos de los hombres deben ser retenidos en la puerta, cuando las lámparas y los teléfonos no pueden tener cables, los “Johns” que quieren usarlos para tener sexo —y lo hacen—, se van a otra parte. El resultado de la legalización, lejos de hacer la vida más segura para las mujeres en prostitución, la puede hacer aún más peligrosa; y ciertamente las mujeres que están en una posición de mayor vulnerabilidad son las que cuentan con menos opciones. El gobierno alemán ha concluido que la legalización de la industria del sexo no ha conferido ningún beneficio tangible de los que había prometido a las personas prostituidas.

En otras palabras, la legalización es un experimento fallido. Un proxeneta holandés en un prostíbulo se quejó de una ordenanza que exige a los prostíbulos tener almohadas en las habitaciones; él dijo "es un arma mortal". Lo que los proxenetas saben sobre el sexo prostituido es exactamente lo que los defensores de la legalización niegan. Éstos sostienen que el daño que la prostitución genera puede eliminarse de a poco, mientras la propia industria sigue funcionando. Consideremos ahora qué hacer con las sábanas.

La mayoría de las mujeres en prostitución no quieren pensar que esa va a ser toda su vida. Para legalizar esta actividad, estas mujeres deben registrarse bajo su nombre real, ir a un hospital para recibir un certificado de sanidad, lo que a su vez genera un registro en el que quedan inscriptas. Esto a su vez significa decidir que la prostitución forme parte de la historia de su vida oficial. La mayoría de las mujeres prostituidas, incluso si se ven forzadas a realizar esta actividad en un momento determinado, tienen sueños.

Así que también por esta razón recurren a la prostitución ilegal, que florece en contextos de legalización, mientras que reciben muy pocos de sus presuntos beneficios. El aparato gubernamental pierde capacidad para hacer frente a la expansión del mercado ilegal porque la industria está despenalizada, nadie ve nada malo en ella. El mercado ilegal y el legal en este contexto tienden a superponerse. Sólo el estigma vinculado con la prostitución sigue siendo el mismo. Excepto por el hecho de no ser detenidas (lo que, en general, es una mejora real, aunque un tiempo breve en la cárcel puede ser a veces, según algunos, un respiro de los proxenetas y de la vida en la calle), los beneficios prometidos por la despenalización no llegan. Mientras tanto, el sistema jurídico le dice a la sociedad lo que se le dice a la niña o niño abusado sexualmente: no hay nada malo en que se trate de esta forma a ciertas mujeres. Así es el mundo para ellas. Le dicen, “esto es lo que te mereces; esto es lo que eres. Tu vida nunca será mejor que esto”.

Todo esquema adecuado para promover los derechos humanos de las personas prostituidas debe tener tres elementos: despenalizar y brindar apoyo a las personas prostituidas, penalizar fuertemente a los compradores, y criminalizar eficazmente a los terceros que se benefician con el negocio. Estos son los pasos clave para desbloquear la situación de discriminación enquistada a la que están sometidas las mujeres prostituidas sobre la base de la pobreza, la casta, la raza o la nacionalidad a la que pertenecen, en combinación con su género.

Para promover la igualdad, las dos mitades de este proyecto deben darse conjuntamente: una mitad encierra a los violadores; la otra abre el mundo a las víctimas de esta violación. Esto es lo que están pidiendo. Ellas no tienen la ilusión de que la prostitución sea un trabajo. No conozco a ninguna persona que quiera esa vida para sus hijos o hijas. ¿Qué nos dice eso acerca de las elecciones, salvo que la prostitución la eligió a ella? Lo que las mujeres en esa situación quieren, como varias me han dicho, es estar "lejos de allí", y no es simplemente migrar lo que tienen en mente. Nunca he oído a nadie decir que, lamentablemente, la trata de personas con fines de explotación sexual es el mejor destino que estas mujeres pueden llegar a conseguir, por lo que es mejor dejarlas que se queden en él. Algunos puntos de vista sobre la mujer y la sexualidad parecen hacer de la prostitución algo aceptable para algunas mujeres pobres. Incluso si esta gente no puede hacerlo, las mujeres prostituidas pueden imaginarse un mundo en el que sus opciones no se limiten a llevar a cabo tareas domésticas versus bailar en un cabaret, o bailar en un cabaret en Jamaica versus bailar en uno en Manhattan.

Aunque resulta extremadamente difícil para muchas personas que tienen las opciones de vida que estas mujeres no tienen, para ellas es sencillo imaginar una vida con esperanza, con dignidad, una vida con trabajo y amor reales, una vida en la que no sean vendidas por sexo.
Muchas gracias.

1 Título original “Trafficking, Prostitution, and Inequality”, Conferencia de apertura del Encuentro Internacional sobre Violencia de Género. Traducido al español por VerónicaPuleio y Alejandro Chehtman para esta publicación. El artículo completo en inglés serápublicado en el volumen 46, Harvard Civil-Rights Civil-Liberties Law Riview (2011)





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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Los hombres, la pornografía y la prostitución. Péter Szil

LOS HOMBRES, LA PORNOGRAFÍA Y
LA PROSTITUCIÓN
Péter Szil
Esta conferencia fue pronunciada y publicada en numerosas ocasiones,
por primera vez en las Primeras Jornadas Estatales sobre la Condición Masculina:
"Los hombres ante el reto de la igualdad" (Jerez de la Frontera, noviembre de 2001)
con el título “La trampa de la pornografía como educación sexual”.
Ampliada al tema de la prostitución se pronunció por primera vez en el
Congreso Internacional “Las ciudades y la prostitución” (Madrid, junio de 2004).
Versión revisada y ampliada.

Llevo casi tres lustros de actividad profesional en España y durante la mayor parte de este tiempo he tenido la suerte y el privilegio de poder colaborar con hombres que también se preocupan por el tema de la masculinidad desde una perspectiva antisexista e igualitaria. Aún así he visto que el tema de la pornografía y el de la prostitución, intrínsecamente ligados uno al otro, han sido tratados más que nada por mujeres, sin que haya habido mucha toma de conciencia o toma de posición de parte de los hombres que en otros temas se han declarado dispuestos a asumir el reto de la igualdad entre los dos sexos. Yo sin embargo parto de que la pornografía y la prostitución no sólo son asuntos esencialmente masculinos (que afectan a las mujeres), sino que tocan los aspectos más importantes de la condición masculina.

Mi propio camino hacia una toma de postura en estos temas no creo que haya sido ni más fácil ni más difícil que el de otros hombres, pero sí ha sido encuadrado en condiciones históricas peculiares.

Al haber crecido en Hungría y en los tiempos del telón de acero, detrás del cual la pornografía era simplemente ausente, la pornografía no ha tenido prácticamente ninguna influencia en mi propio desarrollo personal y sexual. Tenía yo 17 años en 1968, un año marcado por varios sucesos trascendentales. El primero de ello es más bien personal mío, desapercibido por el resto del mundo, ya que fue el año en que perdí mi virginidad. Los otros acontecimientos son rememorados por muchos ya que cambiaron el rumbo de la historia contemporánea de ambos bloques en los que el mundo estaba dividido en aquel entonces. Uno era el mayo de las revueltas estudiantiles de algunas metrópolis del mundo Occidental, el otro la primavera de Praga en el bloque soviético. El aplastamiento violento de este último evento en el verano del mismo año también supuso la pérdida de mi virginidad política. Pero tengo que confesaros que los jóvenes que seguimos con simpatía aquella tentativa llorábamos con amargas lágrimas de rabia la entrada en Checoslovaquia de los tanques del bloque soviético no sólo porque hicieron volver a la clandestinidad cualquier intento de dotar "el socialismo existente" de un "rostro humano", sino porque también condenaron al mismo destino las postales de mujeres topless que se vendían abiertamente en las calles de Praga, algo insólito en aquellas latitudes y en aquellos tiempos.

Seis años más tarde, con 23 años de edad, llegué a Suecia como refugiado político para descubrir lo lejos que aquellos semidesnudos tan torpes estaban del contenido de las muchas tiendas de pornografía en cualquier población escandinava. Pero la segunda mitad de los años 70 no era sólo la época del pleno auge de la pornografía en Escandinavia, sino también la de un movimiento feminista que elevó su voz contra la humillación de las mujeres en ese tipo de publicaciones y de un movimiento de hombres pro-feministas que empáticamente hizo eco de las reivindicaciones de ellas.
Desde entonces he trabajado más de dos décadas como psicoterapeuta con individuos de ambos sexos y con parejas, he dirigido cursos de autoconocimiento corporal para hombres, he facilitado grupos de concienciación sobre el rol masculino, he impartido cursos de control natural de la fecundidad y he conocido de cerca la postura de muchos hombres en cuanto a la responsabilidad reproductiva. Todas estas experiencias me han confirmado que lo que es humillante para una parte en una relación no puede ser de provecho para la otra parte tampoco: la pornografía hace no menos daño a los hombres que a las mujeres.

Este daño se puede resumir en los siguientes puntos:
1. La pornografía separa la sexualidad de los hombres tanto de los sentimientos propios como de las relaciones cotidianas y de esta manera contribuye a la disociación como rasgo dominante del modus vivendi masculino.
2. La pornografía contrarresta la igualdad y el acercamiento entre los hombres y las mujeres.
3. La pornografía fomenta la irresponsabilidad reproductiva de los hombres.
4. La pornografía fomenta la aceptación e incluso el uso de la violencia en las relaciones entre los sexos.
Cuando muchos años más tarde comencé prestar atención a la problemática de la prostitución, tuve que añadir un punto más a la lista de los daños ocasionados por la pornografía:
5. La pornografía es el marketing de la prostitución.

A lo largo de mi participación en el debate público sobre la prostitución me di cuenta de lo bien que me venía mi conocimiento de la historia reciente de Suecia. Sabemos que en ese debate la fórmula legal sueca es la alternativa de más sustento que los partidarios de la abolición pueden nombrar frente a los argumentos por la legalización/regulación. Este modelo se distingue de todos los demás en que enfoca la legislación en la figura del cliente que se aprovecha de la persona prostituida.1

Ahora, el tema que ya anteriormente ha sido motivo para estudiar el ejemplo sueco era precisamente el de la pornografía, tan íntimamente unido al de la prostitución. Suecia ha sido el país pionero en hacer de la pornografía un fenómeno socialmente aceptado.
Los promotores de la introducción de la pornografía tanto en la España pos-Franco de la segunda mitad de los años 70, como en los países del bloque soviético después de la caída del muro en los años 90 han usado con predilección los falsos mitos que acompañaban el proceso de la liberalización de la pornografía en la Suecia de los años 60. Estos mitos rezaban que Escandinavia es el ejemplo vivo de que la pornografía tiene un efecto benéfico o que por lo menos es inocuo y que no hay liberación sexual sin dar vía libre a la pornografía. Lo único que estos promotores ignoraban o ocultaban era que entretanto Suecia se adelantó una vez más a los demás países desarrollados del Occidente, esta vez en adoptar una severa legislación respecto a la   pornografía, y que la mayoría de los personajes públicos e intelectuales suecos que en los años 60 impulsaban la liberalización de la pornografía, en los años 80 han tomado posturas radicalmente opuestas, asumiendo que la pornografía no llevaba a la esperada autorrealización de los hombres solitarios, sino a la manifestación de las formas más repugnantes del odio y de la violencia hacia las mujeres.

El modelo sueco de tratar la prostitución guarda una relación íntima con el camino que la sociedad sueca ha recorrido en la percepción de la pornografía. Sin embargo en la España de hoy siguen prevaleciendo los mitos falsos que en su lugar de origen han sido cuestionados hace ya décadas. Esta confusión no es sólo conveniente para los intereses económicos que mueven una de las industrias más rentables de nuestra civilización, sino que está también alimentada por la aceptación ignorante e ingenua de la prensa y de personas que se consideran progresistas y partidarios tanto de la libertad sexual como de la igualdad entre los sexos. Alguien que quiere desmarcarse de la pornografía, fácilmente puede todavía verse remitido al campo del oscurantismo católico o de los enemigos de la libertad de prensa.

Por eso quisiera comenzar con analizar los rasgos y los efectos principales de la pornografía, y en primer lugar definir la línea divisoria entre pornografía y arte erótico, algo que se ha hecho muy difuso.


El arte erótico surge cuando un artista se relaciona con su tema de una manera erótica, revela algo de si mismo y nos transmite su propia vivencia. Miremos por ejemplo esta "Escena erótica" que de hecho es el título de este dibujo del joven Picasso. El mismo motivo en una imagen pornográfica seguramente se representaría con la mujer de cara al público, ya que la pornografía no busca la representación del vínculo entre las partes que están embarcadas en una experiencia sexual, sino el establecimiento de una relación entre la persona que está mirando (el comprador) y el objeto sexual que se le presenta. Diluir la línea divisoria entre erotismo y pornografía es un elemento básico del mito de la pornografía. Sin embargo lo que la pornografía hace desaparecer es precisamente el elemento misterioso sin el cual el erotismo se convierte en pornografía -- y el círculo está cerrado.

A pesar de que las imágenes pornográficas están fuertemente sexualizadas, o mejor dicho, genitalizadas, poco tienen que ver con la sexualidad, ya que la pornografía no es un tema (en este caso la sexualidad) sino una relación, la misma que la publicidad intenta establecer entre un comprador y el objeto a vender. Por eso utilizaré aquí dos imágenes de publicidad para ilustrar los códigos esenciales de la pornografía. De esta manera evito tener que exponernos una vez más a la denigración de las imágenes pornográficas propiamente dichas y al mismo tiempo aprovecho para tocar el asunto que subyace el tema que nos ocupa. Este asunto es la igualdad entre hombres y mujeres, algo que en mi opinión no surge tan sólo con la salida de las mujeres al espacio público, sino que precisa la entrada de los hombres en el ámbito de lo doméstico y del cuidado.

La primera imagen es una publicidad comercial de un biberón de la marca Nuk, supuestamente transmisora de una visión progresista del “hombre nuevo”. La otra es una publicidad no comercial para promover una mayor participación de los padres en la crianza de los niños. En las dos imágenes aparece el mismo motivo: un niño y un hombre juntos, pero en la primera con los códigos de la pornografía y en la segunda con los códigos del arte erótico. ¿Cuál es la diferencia?




  
Observemos primero el código primordial, el de la relación de los personajes entre ellos mismos y con el espectador. En la segunda imagen los dos personajes están sumidos en una relación íntima entre ellos, de la cual nosotros sólo somos testigos, al igual que en el dibujo de Picasso. En el primer anuncio el niño mira hacia mí, futuro comprador de Nuk, sin más contacto que el meramente físico con el hombre que le sostiene en brazos. Para las finalidades de la publicidad tampoco hace falta que haya más vínculo entre ellos, ya que el personaje adulto en realidad no está en la imagen porque tenga que ver con el niño, sino para vendernos un producto.

Para ese mismo fin el hombre “Nuk” está provisto de otros tantos códigos adicionales, también propios de la pornografía. Por ejemplo, está desnudo, lo cual sirve dos funciones. Por una parte vincula el producto a vender con ciertos cánones estéticos requeridos por la cultura dominante, en este caso un cuerpo musculoso, tallado en muchas horas de gimnasio. Por otra parte la desnudez de ambos personajes junto a la ausencia de cualquier entorno alrededor de ellos priva la imagen de referencias que pueden interferir con la idealización a través de la cual se intenta hacer la publicidad más sugerente. Todos los elementos de la imagen son reales, sin embargo nada en ella es verdad y el texto que la acompaña ("Ellos también pueden dar el pecho" y "Porque Nuk imita la perfección del pecho de la madre") hace todavía más patente que se trata de una mentira.

En la otra imagen tanto el hombre como el niño son personas ordinarias, nada de modelos, ambos vestidos de una manera que sugiere cotidianidad. De la misma manera el texto del anuncio (“Están creciendo en igualdad”) es simplemente una aplicación del lema de la campaña que pretende divulgar (“Crecemos en igualdad”) a la relación de las dos personas representadas en la imagen.

He partido del postulado de que en la pornografía, a diferencia del arte erótico, la carga sexual no se establece entre las partes que están embarcadas en una experiencia mutua, sino entre la persona que está mirando y el objeto sexual que se le presenta, la misma relación que la publicidad intenta establecer entre un comprador y el objeto a vender. Después de haber ilustrado los elementos que marcan esta diferencia con imágenes no propiamente pornográficas, pasemos ya al verdadero objeto de nuestro análisis.

Pornografía es un término de origen griego que significa "la descripción (grafia) de la prostituta (porné)". O sea que la función de la pornografía y de la prostitución viene a ser la misma: con la ayuda de mujeres (o, mucho menos frecuentemente, de hombres), convertidos en objetos sexuales, servir la sexualidad de un espectador/comprador invisible que se está masturbando sobre o dentro de ese objeto. Por eso la línea de demarcación entre arte erótico y pornografía no está entre los desnudos de Interviú o Playboy por un lado y las representaciones explícitas del acto sexual por el otro. Ambas cosas son pornografía. Los gestos, las posturas y los morritos de las mujeres en las portadas de Interviú transmiten también el mensaje de que ellas están dispuestas a satisfacer gustosamente cualquier deseo imaginado del comprador. La pornografía no es "buena" o "mala" según si es más blanda o dura. Es, al igual que la prostitución, un servicio, la elaboración de un instrumento, la oferta de un objeto a vender.

De esta manera la pornografía es el primer elemento de un continuo a lo largo del cual, junto a las otras formas de convertir a las mujeres en objetos sexuales, como la prostitución y la violencia sexual, la dominación masculina sobre las mujeres es llevada al terreno sexual. Cada una de estas formas está envuelta en diferentes mitos para legitimarlas y para solapar su carácter violento.

En el caso de la pornografía se alude a su supuesta función educativa y terapéutica. En realidad (y la experiencia escandinava ha aportado datos respecto a eso), las parejas que han compartido "materiales de información sexualmente explícitas" en la cama y que han comparado sus resultados con los de laboratorio de Master y Johnson, no necesitaban menos terapias sexuales o de pareja que las generaciones anteriores a la revolución sexual. A partir de la primera mitad de los años 80 se ha escrito más y más sobre cómo el fenómeno de las "desganas sexuales" iba conquistando terreno. Las mujeres que en la literatura pornográfica siempre quieren "eso", en la realidad seguían deseando más cercanía y relación personal que sexo, y los hombres tampoco podían mantener el ritmo dictado por sus colegas, descritos en la misma literatura como atletas sexuales. Para lo que nadie ha encontrado receta en la literatura del "nuevo desorden amoroso" era cómo conversar de ello en la pareja. La pornografía ofrece una imagen completamente falsa a ambos sexos sobre el otro y acerca de lo que hay detrás de la realidad corporal fotografiable. Esta imagen falsa no ha hecho desaparecer la inseguridad, sino la ha elevado a un nivel más alto y ha aumentado con otros años de luz la distancia entre hombres y mujeres.

Como dicen Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut en su libro El nuevo desorden  amoroso: “La pornografía es a la vez ilusión y reportaje, aventura para adultos y documentación de la sexualidad. Y precisamente en esta función suya, como ilustración pedante de la libido, es donde aparece el rasgo más horrendo y menos criticado de la pornografía. Las escenas atrevidas no sólo transmiten las fantasías sexuales de los hombres, sino que, gracias a su estilo constatador, las hacen aparecer como una realidad objetiva. Es así como la ficción ideada por los hombres ocupa la sexualidad, de la misma manera que un ejército vencedor ocupa un país hostil, desterrando del mundo todo aquello que sea femenino."

La idea de la pornografía como "material informativo sexualmente explícito" y educación sexual es falsa por varias razones. Una es que si lo fuera, entonces una vez adquirida esta información, tendría que desaparecer. Además, la información sexual es necesaria sólo para evitar riesgos y no para la sexualidad en sí. La pornografía se hace incompatible con la educación sexual precisamente en ese punto. Además, en el mundo de las fantasías masculinas enmarcadas en la pornografía, el tiempo ocurrido entre el surgimiento del deseo y la satisfacción del mismo guarda una proporción inversa con la sensación de éxito. Por eso seguir instrucciones como "desenrollar el condón cuidadosamente sobre el pene erecto antes de cualquier contacto con la pareja" empeoraría el cronometraje y es superfluo, ya que en la pornografía cosas como el SIDA existen –como mucho– un elemento de morbo y las mujeres quedan siempre deleitadas, pero nunca embarazadas.

Como he mencionado antes, la pornografía en lugar de ayudar a los hombres solitarios para encontrarse sexualmente a si mismos ha abierto también el camino a representaciones más y más brutales del odio y de la violencia hacia las mujeres. De las películas pornográficas "clásicas" a las películas "stunt" hay menos trecho que lo que parece, incluso en el plano concreto. Un ejemplo: la película "Garganta profunda" de 1972 fue la primera película porno que se convirtió en un auténtico éxito de taquilla hasta en las salas de cine "serio" del mundo entero, convirtiendo a una prostituta desconocida de 23 años llamada Linda Boreman en una pornodiva con el nombre artístico de Linda Lovelace. Apenas diez años más tarde Linda Boreman logró escaparse de su esposo y proxeneta Chuck Traynor y escribió su estremecedora autobiografía "Ordeal" ("Ordalías"). En ella contó cómo Chuck Traynor le ha estado forzando a prostituirse y a protagonizar películas pornográficas a punta de pistola. La descabellada historia de "una mujer con el clítoris en la garganta que escucha campanitas de iglesia con cada orgasmo" era fingida por una mujer que vivía en un terror indescriptible sin ninguna huella de gozo (y sin cobrar un duro) desde que conoció a Chuck Traynor hasta que logró dejarle. Desde entonces y hasta su muerte en abril de 2002, ella actuaba como una ardiente activista contra la industria pornográfica, pero esto nunca la llevó hasta la portada de la revista "Time", como había ocurrido con "Garganta profunda". Lo más trágico de la historia es que periódicos serios siguen refiriéndose a la película como "un hito porno" y a ella como "la actriz porno que marcó la libido de toda una generación". De esta manera se eterniza la humillación total de una mujer por el proxeneta más exitoso de la historia: el fruto de su terror resulta reflejar los deseos interiores de muchos otros hombres y sus fantasías se convierten en realidad al ser aceptadas por otros hombres.

En definitiva, la pornografía es el suministro de un producto al servicio de lo que se supone es la sexualidad masculina, pero no sólo eso. Es también la fuente y constante reproducción de esta noción de la sexualidad, la misma que está en la base de la prostitución y de la violencia sexual. Una manera vulgar pero elocuente de formular esta noción sería que cuando a un hombre se le empina, tiene que meterla… O sea que la pornografía no es educación sexual, ni refleja las ganas sexuales de los hombres, sino un material a través del cual los hombres aprenden el rol masculino. El mundo de la pornografía está habitado por hombres siempre activos que aunque estén completamente desnudos, nunca revelan nada de sus entrañas (y aún menos alguno de sus aspectos débiles) y por mujeres que aunque estén llevando a cabo una actividad febril física siempre son pasivas porque no están realizando su propia sexualidad sino la dictada por las fantasías masculinas. Por eso en este mundo, al igual que en anuncio de Nuk, todo es real y nada es verdadero.

Las personas que han formado su identidad sexual con la ayuda de la pornografía y por eso no han aprendido la diferencia entre fantasía y realidad, tienen que volver forzosamente a la pornografía para reafirmarse en esa identidad. Por eso muchos hombres viven una vida doble: en el mundo de las fantasías pornográficas y en una relación personal con una mujer, poseedora de una sexualidad propia. Sin embargo, estos dos mundos nunca se tocan (algo que he podido comprobar en muchos casos dolorosos en mi trabajo como psicoterapeuta con individuos y parejas), ya que la relación personal requiere del hombre que ponga al desnudo su interior (incluso ante si mismo), mientras que la iconografía pornográfica le sugiere que todo existe solamente fuera de él y que ser hombre no es una vivencia que nace desde dentro, sino es una hazaña proyectada al mundo exterior.

No obstante, hay un mundo donde las fantasías dictadas por el rol aprendido siempre se cumplen, sin que el hombre tenga que enfrentarse a su propia inseguridad o a las dificultades cotidianas de entablar o mantener una relación. Este es el mundo de la prostitución. Por eso hay hombres que se dirigen a prostitutas o aprovechan su hegemonía para crear una cultura en la que las fantasías pornográficas masculinas se convierten en definición y medida de la sexualidad femenina. La presentación de estas fantasías como algo universal es posible entre cosas por el carácter casi totalmente anónimo e invisible de los actores principales de la pornografía y de la prostitución: los clientes. Como en el caso de cualquier violencia u opresión, un primer paso hacia la eliminación de ellas es hacer visible lo que tiene quedar invisible para mantenerlas.  Por eso la fórmula sueca de atajar la prostitución parte de que la prostitución existe porque hay una demanda y que los consumidores de los servicios sexuales son casi exclusivamente hombres, trátese de prostitución heterosexual u homosexual y concluye: “En Suecia, la prostitución está considerada como un aspecto de la violencia ejercida por el hombre contra mujeres y menores. Está reconocida oficialmente como una forma de explotación de mujeres y menores y constituye un problema social significante que no sólo daña a la mujer o menor que es prostituida sino también a la sociedad.... la igualdad de género no se conseguirá jamás mientras los hombres compren, vendan y exploten a mujeres y niños prostituyéndolos."2

Habría que preguntarse entonces quiénes son estos hombres que compran sexo en concreto. Hay varios discursos que explican porque los hombres buscan prostitutas. Estos se pueden dividir en cinco grupos principales, sin que un discurso excluya cualquier otro: muchas veces varios temas se mezclan en el caso de un mismo individuo.3

Fantasía de la 
puta guarra   
                      
                      Expresión de sentimientos contradictorios, de fascinación y de desprecio,
                    atracción y asco. La imagen de la “puta guarra” refuerza la excitación sexual. La puta es percibida como un animal sexual, para el deseo violento y la urgencia, la apetencia sexual, vinculada al secreto y al sentimiento de culpa – un aspecto de la imagen femenina escindida que los hombres albergan en una sociedad patriarcal. Esta imagen define la manera de relacionarse de los hombres con las mujeres en diferentes situaciones, no sólo en la prostitución. De hecho ambas imágenes –madonna y puta – convierten a la mujer en objeto, sólo que mientras una es respetada, la otra es despreciada. Esta degradación de la mujer prostituida permite al hombre distinguirse de ella y liberarse de todo sentimiento de culpa. Esto es uno de los peligros en la prostitución, ya que ninguna prostituta está a salvo de la intimidación y la violencia verbal y física que él se puede permitir al considerar que, a diferencia de ella, él se mantiene siempre moralmente inocente y socialmente respetable. (Por la otra cara de la misma moneda, no es por casualidad que muchos hombres que maltratan a su pareja acompañan los golpes y las patadas con sinónimos groseros de la palabra “puta”.)

Otra forma de 
Sexo                                     
                   La idea de que ciertas formas de relaciones sexuales no pueden ser experimentadas con mujeres que no son prostitutas. Muchos hombres compran para sí mismos el derecho de adoptar una actitud pasiva y de dejarse “seducir” por una puta sexualmente agresiva, utilizando su poder para construir una situación en la cual se invierten los papeles sexuales tradicionales. En realidad el poder de la mujer que estaría vinculado a su posición dominante no es más que una ilusión, al igual que la voluntad de él de ceder el control. Al fin y al cabo el valor de la mujer se mantiene ligado al hecho de que “una prostituta siempre es una prostituta”. Ella no tiene ningún valor real como sujeto humano pleno. Por el contrario, a los ojos del cliente, su único valor reside en su cuerpo y su prestación sexual.

No hay otras  
mujeres   
                      Se refiere a la timidez, al miedo, a la avanzada edad, una minusvalía física o mental
                   La afirmación “No hay otras mujeres para mi” no significa necesariamente que estos hombres no tienen la oportunidad de conocer a otras mujeres, más bien se refiere a la visión subjetiva de los hombres de lo que está disponible en el mercado del sexo. Esto para nada valida los discursos sobre la prostitución como terapia sexual o acto de cuidados. Presentar a la prostituta como una “consoladora” de gran corazón permite al cliente pretender que es la soledad y no sus ganas que le llevan a ir en busca de prostitutas. Detrás de estos discursos, los escenarios sexuales tienen generalmente tanto que ver con la venganza yel control, como en cualquier otro cliente. En efecto el cliente piensa que es deber de la prostituta el que él se sienta potente y ayudarle a alcanzar una posición de control. Es una de las llaves de su vulnerabilidad, pero también de su potencial peligroso. Al transferir a la persona prostituida la oportunidad de sentirse potente (y sexualmente descargada) significa que también puede proyectar en ella su impotencia. Existe en estos casos un lazo tenue entre impotencia sexual y violencia.

Consumir            
sexo
                      El sexo como mercancía. Existe hoy un grupo de clientes, compuesto principalmente por
                hombres jóvenes, cuya visión de los papeles sexuales está definida por las imágenes que nuestra sociedad produce masivamente a través de la pornografía, la publicidad y los programas de entretenimiento televisivos. Para estos hombres todo es posible, incluso en el ámbito de la sexualidad, siempre que el consumidor esté dispuesto a pagar. Esta visión crea bases sólidas para  la prostitución. Se percibe el sexo como una necesidad física que requiere atención con  intervalos regulares, como una “limpieza de tuberías” regular. Este enfoque no es nada nuevo desde  el punto de vista histórico. Ha sido tema recurrente de  la ideología patriarcal arcaica que defiende la prostitución como un  fenómeno natural e inevitable. La prostitución es percibida como una  vieja institución o como el oficio más antiguo de las mujeres por los  hombres que rechazan   encuentros con las mujeres por miedo a perderse  en una relación de igualdad. En la prostitución no  se les pide nada de  implicación emocional y ninguna atadura.
      

Otro tipo de
mujer                   
                  Ideas sobre la “verdadera naturaleza femenina”. Expresiones de noción antifeministas muy fuertes. Para muchos hombres europeos y norteamericanos el a la igualdad de derechos para las mujeres es percibido como la pérdida de la supremacía masculina. Algunos reaccionan con actitudes regresivas y antifeministas agresivas. El auge en la demanda de mujeres víctimas del tráfico e importadas, y los estereotipos racistas y étnicos (las asiáticas son sumisas y amorosas, las africanas salvajes y las latinoamericanas libres y fáciles) hay que enfocar a la luz de estos cambios. Las fantasías sobre “otro tipo de mujer”  compensarían la disminución de su poder sexual masculino en sus relaciones cotidianas. Estos hombres proyectan sobre las mujeres que encuentran en el extranjero la imagen de “feminidad natural”, o sea la aceptación de su papel “de nacimiento” como consuelo de las necesidades sexuales masculinas.

No obstante, aparte de estudiar el perfil individual de los hombres que compran sexo, tenemos que ponernos otras cuestiones igualmente obvias e importantes. ¿Cuál es la visión que hace posible la práctica de la prostitución? ¿En qué medida es esta visión compartida por el resto de la población masculina? ¿Puede ser que la mera existencia de la prostitución (junto a la negación de que las mujeres prostituidas, al igual que las maltratadas, son víctimas trágicas de la dominación masculina) da cierta sensación de seguridad a esa población masculina?

La prostitución institucionaliza las suposiciones más básicas de la dominación masculina como orden social o, incluso, civilizatorio. El proceso de socialización de los hombres está construido sobre la certeza de que su sexo les otorga derecho a disponer de su entorno, del espacio y del tiempo de otros y, en primer lugar, otras.  Este derecho se extiende también al cuerpo y a la sexualidad de las mujeres. De allí  hay sólo un paso a que, tratándose de un derecho, es legítimo conseguirlo y preservarlo, aunque sea con violencia. En una sociedad basada en estas suposiciones es de interés de los hombres en general la subsistencia de la prostitución. Esta es la explicación del hecho de que aunque la mayoría de los hombres no se sirva de la prostitución, con su silencio y a veces incluso pronunciándose, contribuye a  preservarla y a justificar la idea de la misma.

La prostitución sin embargo no es una idea. La prostitución son boca, vagina y ano,  penetrados habitualmente con un pene, a veces manos, a veces objetos, por un hombre  y después otro hombre y después otro más y otro más y otro más. Uno de los motores  de la prostitución es el odio hacia las mujeres, la agresividad que motiva a un hombre  a buscar y utilizar a una mujer prostituida, el profundo desdén que reduce a una vida  humana a unos huecos de los que se puede aprovechar sexualmente y con la que un  hombre hace lo que le da la gana. La conversión de las mujeres en objetos sexuales es  un proceso de deshumanización en cuyo extremo final está la violencia sexual  masculina. Es esto lo que la prostitución institucionaliza, ya que el cliente consigue de  la persona prostituida (que no ha elegido hacer el amor con él) algo que de otra  manera no podría conseguir sino con violencia. El cliente (y con él la sociedad) oculta  ante si mismo el hecho de la violencia interponiendo una infraestructura (manejada  por los proxenetas) y el dinero.

Lo que hace posible, entre otras cosas, para un hombre encontrar una prostituta es el  hecho de que antes de él ya había otros hombres que han acudido a ella, y detrás de él  habrá otros. Hoy en día hombres se dan cita en ciertas páginas de Internet para  intercambiar y venderse informaciones y experiencias acerca de sus contactos y  transacciones con personas prostituidas en sus países o en el extranjero. Como antaño  las logias fraternas movían las amistades, los negocios, la política y el ocio a la par  que apoyar y reproducir el poderoso mito que la masculinidad se forja en exclusiva  compañía de los hombres, en las versiones modernas virtuales de las alianzas homosociales podemos ver una resurrección nostálgica del privilegio de género, que  justifica el libre acceso a la prostitución. De esta manera se convierte el cuerpo de la  mujer prostituida en ese agente transmisor a través del cual los hombres comparten  entre ellos mismos, en palabras y en hechos, su sexualidad. Al igual que en el caso de  las violaciones de grupo o las violaciones masivas en situaciones de guerra, en la  prostitución hombres utilizan los cuerpos de mujeres para comunicarse entre ellos  mismos y para expresar lo que les une, y que al fin y al cabo se reduce a que ellos no  son mujeres.

Ya es hora de que surja otro tipo de comunidades masculinas. Hombres que  reconsideran radicalmente su responsabilidad en la prostitución, que parten de que la  prostitución es parte íntegra de la cuestión masculina, algo que concierne la  sexualidad masculina y no a la sexualidad femenina, ya que sin demanda masculina  de prostitución no habría mujeres prostituidas. Hombres que quieren afrontar las  verdaderas consecuencias de los conceptos que han formado sobre su propio rol.
Hombres que son capaces de cuestionar colectivamente un orden social sexista donde  un grupo de personas domina sobre otro, donde un grupo de mujeres debe estar  accesible a las “necesidades” sexuales de los hombres. Hombres que redefinen su  sexualidad como una construcción social y cultural, y no una determinación biológica  con un deseo sexual permanentemente despierto e inamovible. Hombres que se alían  unos con los otros para retomar esa parte en su mundo interior y en sus relaciones que  la pornografía ha ocupado, desterrando de allí no sólo lo femenino sino también la  posibilidad de una masculinidad que es capaz de relacionarse con el otro sexo en plan  de igualdad.



© 2001-2006 Péter Szil
www.szil.info
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Referencias:
1
La solución de Suecia para la prostitución, Marie De Santis, Women´s Justice  Center, http://www.justicewomen.com/
En español: http://www.sexovida.com/educacion/suecia.htm
2
Prostitución y tráfico de mujeres” Folleto informativo del Ministerio de Industria,  Empleo y Comunicaciones del Gobierno de Suecia, octubre 2004
http://www.regeringen.se/content/1/c6/03/16/17/4cd7edb1.pdf
3
“Men’s practices in prostitution and their implications for social work” (“Las  prácticas de los hombres ‘clientes’ de la prostitución: influencias y orientaciones para  el trabajo social”), Sven-Axel Månsson, Universidad de Göteborg, Suecia

Fuente: