viernes, 14 de marzo de 2014

La prostitución tiene que ver con la igualdad, no con el sexo.

La prostitución tiene que ver con la igualdad, no con el sexo
Las mujeres que se dedican a la prostitución tienen que tener los mismos derechos que cualquier otra persona.
Beatriz Gimeno 
06/03/2014 -

El eterno debate sobre la prostitución arrecia de nuevo y en las últimas semanas nos han llegado varias noticias: cooperativas, debates en televisión, clases de prostitución y, hace un par de semanas una resolución del parlamento europeo que me parece que va en la buena dirección.

Me han llegado invitaciones para participar en varios debates e incluso para escribir sobre el asunto y a todo he dicho que no. Considero que la prostitución es un asunto de tal complejidad que cualquier acercamiento simplista no hace sino enturbiarlo aún más. En contra de lo que pretenden hacernos creer, la prostitución de hoy día no tiene mucho que ver con el sexo sino que utiliza un producto que se vende muy bien, el sexo, para sostener y reforzar una institución que tiene que ver con muchas cosas: con las migraciones globales, con el capitalismo, con el patriarcado en su fase neoliberal, con la pobreza, con la feminización de la misma, con una determinada construcción de la sexualidad, con una determinada construcción de las subjetividades, con la construcción de las categorías de género, con el feminismo…la prostitución es todo eso y más. Reducirla a los cuatro argumentos con los que se suele solventar el debate actual hace imposible un acercamiento mínimamente ajustado.  Aun así voy a intentar ofrecer algunas pinceladas desde un punto de vista distinto al habitual aunque no pretendo agotar con esto agotar el debate.

Las personas que abogan por la normalización de la prostitución (generalmente mediante su regulación) son las mismas que nos presentan el debate en su expresión más simplificada (porque ahí es fácil ganarlo): la prostitución es una cuestión de libertad individual de las mujeres, las mujeres tienen derecho a vender sus servicios sexuales y regular este servicio garantizará derechos a estas mujeres. Las abolicionistas niegan, por su parte, que ninguna mujer pueda prostituirse libremente. Durante décadas, el sector abolicionista se ha empeñado en discutir esta cuestión del consentimiento y en hacer pilotar sobre ella todo el debate: ninguna mujer puede consentir en ser prostituta. Al defender el argumento de la radical falta de consentimiento, las abolicionistas nos vemos en un callejón sin salida. Por una parte, es absurdo basar el debate en que es imposible que existan mujeres que prefieran la prostitución a las maquilas, a no tener ningún trabajo o a limpiar diez horas por la mitad de sueldo. Porque las hay, pocas o muchas y, además, es una elección que entra dentro de lo razonable. El punto de partida aquí es que en el capitalismo todo consentimiento está viciado, no sólo el de las prostitutas; no deberíamos convertirlo en excepcional.

Si cuando hablamos de trabajadores que escogen sueldos de 600 euros no apelamos a la libertad individual como instancia suprema (también es razonable preferir ese sueldo a nada y aceptarlo), ¿por qué sí lo hacemos cuando hablamos de prostitución? Porque la complicidad social  con esta institución  -el pacto entre varones-  es mucho mayor que la existe en el caso de la clara explotación laboral.  Desde un punto de vista de izquierdas, anticapitalista, antipatriarcal o simplemente progresista, no podemos seguir pensando la prostitución como una cuestión de libertad individual, o no exclusivamente, sino que tenemos que entender que cada sistema político tiene también su política sexual y la prostitución ha sido desde siempre una institución a disposición del sistema de turno; en este caso, ahora, del neoliberalismo.  El neoliberalismo busca que pensemos la prostitución sólo desde el punto de vista individual, borrando todo rastro de lo social que podría cuestionarla.

Desde los años 70-80 el uso de la prostitución experimenta un crecimiento exponencial mayor que nunca antes en su historia, y eso cuando en la década de los 60 había entrado en un cierto declive. ¿Por qué aumenta el uso de la prostitución cuando se daban las condiciones para que descendiera: más libertad sexual que nunca, mujeres libres y sexualmente activas, desaparición del estigma asociado a la sexualidad femenina, libertad reproductiva etc.?  Pues porque en un momento dado la función de la prostitución se transforma radicalmente para convertirse en una institución funcional al neoliberalismo que comienza a extenderse.  Así, la institución prostitucional adquiere una nueva funcionalidad posmoderna: la de ofrecer a los puteros (y a todos los hombres) “plusvalía de género”, en palabras de Donna Haraway. Como explica magistralmente la antropóloga Rita Segato, el neoliberalismo ha puesto a los hombres en una situación de feminización social: precariedad laboral, bajos salarios, pobreza… los ha emasculado, los ha feminizado socialmente. Al mismo tiempo, y por razones contrarias pero que han coincidido en el tiempo, el feminismo ha conseguido ciertas victorias sobre la masculinidad tradicional. Así que los hombres, muchos hombres, especialmente aquellos que no han sabido aprovechar lo que de liberador tiene el feminismo, están viendo peligrar su propia subjetividad masculina, levantada en parte sobre una determinada ideología sexual que está siendo acosada en muchos frentes. En muchos lugares del mundo, la masculinidad amenazada ha reaccionado con una violencia extrema: el feminicidio. En Europa, donde esa violencia no es imaginable por ahora, la política sexual del neoliberalismo compensa a sus precarios trabajadores, a los que ahora paga como si fueran mujeres, con la posibilidad de reafirmar su precaria masculinidad mediante el uso de mujeres que el sistema ha puesto a ocupar la categoría de puta. Así, ellos pueden volver a sentirse hombres “de verdad” y de esta manera su rabia se mitiga. Cada vez son más las empresas que ofrecen prostitutas como una parte oculta del salario: en ferias, en bonus, en vacaciones… (Aquí se produce, además, una nueva segregación laboral  ¿con qué van a pagar a las trabajadoras? De ellas se espera que desistan de competir en esos espacios) En los próximos años según se feminicen las condiciones de vida de los trabajadores veremos crecer el uso de la prostitución y su normalización social.

Princesas profesionales ley corazón putas mujeres. Pedro Roca Sánchez 


Los hombres no compran un cuerpo, ni sexo, sino una fantasía de dominio y masculinidad tradicional, como asegura Fraser. Basta con entrar en un foro de puteros (los siempre invisibles puteros)  para darse cuenta de lo que buscan esos hombres en la prostitución: destruir la idea de igualdad, reforzarse unos a otros en la fantasía de superioridad masculina, no buscan sexo porque el sexo ahora es gratis, fácil y está al alcance de cualquiera. El problema con el sexo entendido como relación humana no mercantilizada es que plantea exigencias, como cualquier relación humana: de reciprocidad o de cuidado. La prostitución de hoy adiestra, enseña, disciplina el cuerpo masculino en la desigualdad extrema, en la mercantilización desnuda de las relaciones humanas y erotiza esa relación. ¿Nos tiene esto que dar igual a las feministas? ¿Nos da igual que mientras que luchamos por la igualdad, la sociedad refuerce por otro lado un espacio para que los hombres “descansen” del feminismo o de la igualdad? ¿Puede una sociedad considerarse igualitaria mientras mantiene un ámbito, un espacio, de desigualdad radical?

En el segundo aspecto, el mercantil, la prostitución es hoy una mega industria global (es la segunda industria mundial e implica a unas 40 millones de mujeres en todo el mundo) y como tal hay que pensarlo, como pensamos cualquier mercado. Un mercado abierto por el capitalismo global que funciona como cualquier otro mercado. ¿Somos libres de vender nuestros órganos, nuestro cuerpo, nuestro sexo, nuestro vientre, nuestra sangre? ¿Por qué consideramos que hay cosas, sobre todo las que tienen que ver con el cuerpo, que tienen que quedar fuera del mercado? Entre otras cosas porque sabemos que el que vende y el que compra, en el capitalismo, no están nunca en situación equiparable. Porque el cuerpo es la última frontera, porque es el ámbito más íntimo de nuestra subjetividad, porque nos construye y puede destruirnos. Porque sabemos que siempre que se abre un mercado lo que ocurre es que se obliga a los/las pobres a entrar en él; si el mercado existe, los pobres, las pobres tienen que surtirlo. Así funcionan los mercados: los pobres se ven obligados a (mal)vender a los ricos lo que estos determinan, una clase pequeña intermedia puede sacar ciertos beneficios y una minoría empresarial es la que definitivamente se enriquece. Y si todos los mercados son desiguales, los que atañen al género son doblemente desiguales. ¿Es casualidad que mientras que cualquier anticapitalista encuentra que es terrible legalizar la venta de órganos o de sangre, encuentre en cambio que es aceptable legalizar aquello que sólo las mujeres pueden vender (es decir, aquello que el capitalismo pueda extraer sólo de ellas): vientres (niños), sexo, óvulos? ¿Por qué lo que las mujeres ofrecen al vender sus cuerpos es considerado por muchos varones de izquierdas o anticapitalistas (y mujeres también) como propio del ámbito de libertad personal”? ¿No será que es la construcción sexual- identitaria masculina patriarcal lo que se pone en juego?

Defender la prostitución hablando de la libertad de las mujeres para prostituirse es, como dice Zizek confundir la elección con la ilusión de libertad, es decir, la ideología dominante con la ideología que parece imperar. La libertad es siempre la libertad que va contra la ideología dominante. En un sistema que ha convertido la prostitución en un negocio multimillonario y global, normalizado socialmente y legalizado en casi todas partes,  defender la libre elección de la prostitución es un sofisma. Defiendo que mi cuerpo es mío para abortar en una sociedad que condena el aborto o que lo dificulta, pero no en la China del hijo único, donde defendería que mi cuerpo es mío para no abortar si no quiero hacerlo. Defender que mi cuerpo es mío para prostituirme, que mi trabajo es mío para cobrar 400 euros o que mis ideas son mías cuando todos los medios de comunicación dicen lo mismo…entonces hablamos no de libertad, sino de ideología dominante revestida, a menudo, de transgresión, que es lo que se ha hecho siempre para vender mejor la ideología dominante. Cualquier libertad que confirme la ideología dominante requiere ser repensada. Cuando la industria mundial del sexo necesita millones de prostitutas y el patriarcado necesita que los varones consuman desigualdad en el cuerpo de las mujeres es cuando, qué casualidad, se reivindica libertad para prostituirse.



De más está decir que las mujeres que se dedican a la prostitución tienen que tener los mismos derechos que cualquier otra persona. Todas las personas tienen que tener los mismos derechos. Pero defender eso no implica dejar en suspenso nuestra ideología anticapaitalista o antipatriarcal sólo cuando hablamos de prostitución. Ayer mismo me llegó un post que dice que la industria del sexo habla a cada cual en el lenguaje que quiere escuchar: a la izquierda le hablan de sindicalismo y conquista de derechos.; a las feministas, de autonomía personal y derecho al propio cuerpo; a los movimientos alternativos, de cooperativas; a los liberales, de responsabilidad individual; a los gais, de libertad sexual. Cuando hablamos de ideología dominante patriarcal, todas nuestras reservas desaparecen. 

Volvemos al principio: la resolución del parlamento europeo es buena porque por fin no pone el énfasis en la voluntariedad o no de la prostitución, sino en el efecto que ésta tiene en la igualdad de género. Y es un efecto devastador.


Fuente
http://www.eldiario.es/zonacritica/prostitucion-ver-igualdad-sexo_6_235936431.html



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jueves, 13 de marzo de 2014

Por un análisis feminista sobre la prostitución.Rosario Carracedo Bullido


 El debate social y público sobre la prostitución ha quedado expuesto en términos equívocos y confusos.

Un variado y heterogéneo, aunque, por el momento, escaso segmento del tejido social, donde encontramos a participantes de todo el espectro político, derechas o izquierda, monárquicos o republicanos, nacionalistas o centralistas, sindicalistas o patronal, en definitiva a personas de la más variada ideología, vienen coincidiendo, desde hace tiempo, no sólo en sus puntos de vista sobre la prostitución sino también en las propuestas de intervención pública frente a la misma.

Aunque lo habitual sea, en el terreno político, que los presupuestos ideológicos de partida determinen análisis divergentes sobre los asuntos públicos y, en lógica consecuencia, medidas de actuación también diferentes, en materia de prostitución este axioma no se cumple, por el contrario comprobamos una comunión de ideas y soluciones francamente sospechosa. Ciertamente resulta sorprendente que tan diferente abanico ideológico confluya, casi hasta la uniformidad, en razonamientos y propuestas.

Un ejemplo paradigmático de tan notables coincidencias resultó la entusiasta y unánime aprobación del Decreto sobre regulación de los locales de pública concurrencia, término eufemístico utilizado por el ejecutivo catalán para abordar la regulación de los putódromos de su territorio.

¿Cómo es posible tanta concurrencia en tan variopinto segmento social?. Lo cierto es que el enigma está despejado desde hace tiempo.

Los análisis políticos y las soluciones que les acompañan, procedan de quienes procedan, suelen resultar básicamente idénticos cuando son elaborados prescindiendo de la perspectiva de género. El abordaje de los asuntos que competen (y padecen) a las mujeres requiere inexcusablemente partir del hecho relevante de las desigualdades estructurales que afectan a hombres y mujeres, cuando esto no se cumple los análisis que se elaboran conducen a soluciones patriarcales cuya intención, explícita o implícita, intencional o casual, no es otra que mantener, preservar o ratificar privilegios masculinos.


Las putas (detalle). Alfonso Melo

DE LOS TÓPICOS SOBRE PROSTITUCION: ESTRATEGIAS ANTIFEMINISTAS

El punto de partida básico y común a todos los partidarios de la reglamentación es el que la presuponen y colocan en el lugar de los hechos inevitables.

La prostitución para ellos está situada al margen de lo social y ubicada en el plano de la naturaleza, lo que permite designarla como una realidad inalterable con la que se ha de cohabitar ineludiblemente.

Es frecuente escucharles argumentar, como razonamiento expositivo, una y otra vez, que la prostitución ha existido siempre. Tal aseveración conduce a una conclusión única e indiscutible: Si la prostitución ha existido siempre, la prostitución siempre habrá de existir.

De esta suerte en el imaginario social y en el acervo colectivo la prostitución queda registrada en el plano de las cuestiones inmutables e inalterables. Lo inevitable son acontecimientos que regidos por leyes propias, naturales o divinas, escapan a la acción humana y, por tanto, no pueden ser alterados o cambiados por ésta, a diferencia de los procesos sociales (guerras, pobreza, esclavitud,...) que, al depender de nuestro empeño, de nuestra capacidad de acción e interacción, son alterables, evitables, y, en definitiva, modificables.

Lo inevitable estaciona las percepciones y el debate en el plano de la naturaleza.

La naturalización de la prostitución no es un hecho casual, sino intencional que reporta utilidades en lo que ahora nos atañe el que favorece y evita cuestionar la existencia misma de la prostitución. Es evidente, y la lógica que procede de la naturalización así lo determina, que si no podemos evitar aquella, lo único que deviene pertinente es procurar sortear sus efectos más nocivos y negativos, a fin de reducir los daños.

Las mujeres desde tiempo inmemoriales hemos sido naturalizadas. El discurso de la naturaleza ha sido el fundamento teórico en que se han amparado las variadas mutilaciones que nos han sido impuestas, el argumento presente y constantemente utilizado para la negación de nuestros derechos. La naturaleza está presente en la negativa a permitir nuestro acceso al saber y al conocimiento; ha sido alzada para derivar nuestra subordinación al varón, o para ser privadas del acceso a la titularidad de los bienes materiales o morales, o a los derechos políticos. El discurso de la naturaleza sigue de actualidad, Larry Summers, rector de la Universidad de Harvard, declaraba, hace unos meses, “que las mujeres no están capacitadas para las carreras científicas o las ingenierías. Las diferencias biológicas entre sexos podían explicar, según él, el por qué[1]”.

La naturaleza resulta implícita o explícitamente afirmada en los discursos pro-reglamentación de la prostitución, en la medida en que ésta es tratada como un acontecimiento inevitable.

Los reglamentaristas del siglo XIX consideraban la prostitución como un mal inevitable que requiere la intervención del Estado.

Las mujeres prostitutas - por naturaleza depravadas- incitan y provocan a los hombres- cuya débil naturaleza les hace incapaces de resistir los imperativos biológicos - causando graves daños y si bien el catalogo de daños (enfermedades de transmisión sexual, por ejemplo) no son evitables, al menos pueden ser aminorados.

Los reglamentaristas decimonónicos pondrán en marcha medidas de contención de la prostitución, y actuarán sobre las mujeres en situación de prostitución a fin de reducir los efectos dañinos que provocan. En su análisis la causa primaria de la existencia de la prostitución radica en las mujeres, de ahí que las actuaciones públicas recaigan sobre ellas. Las medidas puestas en marcha consistirán básicamente, en la identificación permanente de las mujeres en situación de prostitución y el acotamiento de espacios para el ejercicio de la prostitución.

La medida de identificación permanente permite someterlas a inspecciones médicas obligatorias, para vigilar su estado de contaminación “sexual”. El acotamiento de espacios para el ejercicio de la prostitución contiene la expansión de la provocación al tiempo que facilita las medidas de control.

Los modernos reglamentaristas no han variado sustancialmente ni sus argumentos, a pesar de su apariencia, ni sus propuestas de intervención pública frente a la prostitución, y al igual que los decimonónicos presuponen la prostitución como una realidad inevitable.
El proxenetismo organizado, liderado en nuestro país por Annela[2], defiende con ardor el control sanitario de las mujeres prostituidas. En su declaración programática así lo exponen: “Pertenecer a ANELA es sinónimo de pulcritud en todas sus vertientes. Por ello, cada miembro asociado, dispondrá de una placa identificativa, que actuará como un sello de calidad de cara al cliente. Este estandarte en forma de placa, se esgrimirá a la entrada de cada local, en guías, y en todas las acciones publicitarias que los miembros emprendan”.
Ofrecer un producto sano, inocuo, limpio y con fecha de caducidad es una de las versiones modernas de control sanitario de las mujeres prostituidas, en este caso para mejor recreo de prostituidores.

El acotamiento de espacios continúa también de actualidad y es reivindicado por ciertos grupos con variados intereses, como las asociaciones de vecinos organizadas bajo el lema “no en mi puerta”, o por alguna organización seudo progresista o seudo feminista y, por supuesto, por el proxenetismo organizado

De nuevo Anela expone sus objetivos –“Denuncia y lucha contra la competencia ilegal que en la calle o locales no habilitados no dan las garantías de seriedad, seguridad, limpieza e higiene, que estos establecimientos precisan”.

Claro está, que suele ser objetado, que mientras que las motivaciones que inspiran al proxenetismo son espurias, pretenden monopolizar el negocio (La denuncia y lucha contra la competencia ilegal que en la calle o locales no habilitados..), las que proceden de otros colectivos están inspiradas, en algunos casos, en nobles motivaciones, acotar espacios y habilitarlos proporciona medidas de seguridad y comodidad a las prostitutas.

Sin embargo, la distancia entre motivaciones es más bien escasa.

Las motivaciones son siempre un campo de exploración que conduce a malos resultados. Al fin y al cabo las motivaciones enturbian lo analítico y desde el punto de vista de la acción política, conducen al erial del todo vale.

Así, por ejemplo, las primeras declaraciones institucionales en materia de violencia en las relaciones de pareja estuvieron inspiradas, durante décadas, en nobles y variadas motivaciones, tales como la preservación de la unidad familiar y la protección del interés superior de la familia. La recomendación N. R(85)[3] del Consejo de Europa de 26 de marzo de 1985 aconsejaba “no intervenir en situaciones de violencia, salvo cuando lo pida la víctima o lo exija el orden público”. El desvelo por salvaguardar la familia, conducirá a la desprotección y abandono de las víctimas y a la condonación de la violencia masculina. Solo, a partir de los años 90, reconocida la violencia masculina y designada ésta como una práctica de poder y dominación, comenzarán a producirse iniciativas encaminadas a su desarticulación.

Los partidarios de la reglamentación, aunque difieran en motivos, coinciden en análisis y propuestas.

Ambos enfatizan la importancia de la distinción entre prostitución libre y forzada, de esta suerte ambas son escindidas, separadas y presentadas como dos asuntos distintos que pueden ser tratados de forma autónoma e independiente. Holanda paladín del proxenetismo, apoyada por reglamentaristas de uno y otro signo, mantuvo una hábil estrategia política, durante su mandato presidencial de la Unión Europea en el año 1997, reafirmando la distinción entre aquéllas, lo que le permitió constreñir el debate y las acciones internacionales al tráfico, abandonando y silenciando la prostitución, so pretexto de que abordaje común de ambos provocaría la ruptura del consenso, y mientras tanto preparaba el trastero para la reglamentación de sus burdeles.

Las posturas que distinguen entre prostitución libre y forzada endosan un mensaje de enorme trasfondo, pues tal diferenciación sirve para obviar, de nuevo, el debate mismo sobre la prostitución y sobre los por qué de su existencia.

El postulado ideológico que de ello se infiere es similar al que mantuvieron los esclavistas, que interesados en salvaguardar los privilegios derivados de la tenencia de esclavos recurrieron a la estrategia de defender y argumentar que lo censurable no era la esclavitud, sino las condiciones de la trata y propusieron medidas que aliviaran las formas de traslado o de adquisición de esclavos. Tal punto de vista equivalía a legitimar la esclavitud, de la misma manera que limitar las acciones nacionales e internacionales al tráfico, resulta una táctica hábil para normalizar la prostitución.

Focalizar la atención sobre el tráfico es útil ya que tranquiliza las conciencias, y mientras éstas laten tranquilas se desarrolla una industria globalizada, creciente y expansiva basada en el uso del cuerpo de las mujeres.

El núcleo gordiano del problema, según esta postura, radica en las mafias que trafican y secuestran a mujeres para prostituirlas. Admitir tales términos conduce a una lógica inexcusable: actuemos sobre el tráfico para impedir la coerción en la prostitución. Y de ahí sus lógicas propuestas: fijemos reglas, organicemos sin coerciones la importación de cuerpos de mujeres. Así lo reclaman los proxenetas, Serafín Muñoz[4], reclamaba al INEM[5] que “en el contingente de inmigrantes para el 2003 se incluyan 600 chicas extracomunitarias para llenar sus negocios”, añadía que los prostíbulos almerienses tienen capacidad para absorber 3.000 mujeres al año, y sentenciaba que tal medida permitiría el “adiós a las mafias”.

Sin embargo este punto de vista, prescinde del hecho relevante de que la prostitución precede al tráfico, como la esclavitud a la trata.

Sentada y aceptada la distinción entre prostitución y tráfico se habilita un paso más. Si hay una prostitución con el calificativo de forzada, es porque en contraposición existe otra que no lo es, la de aquéllas que a pesar de no ser obligadas, coaccionadas o violentadas, ejercen la prostitución.

De la ausencia de compulsión derivan la voluntariedad [6]. En efecto, los partidarios de la reglamentación exaltan la libertad como elemento determinante del estado de prostitución. Afirman que la prostitución pertenece al ámbito de las elecciones personales y que por ello tales decisiones han de ser respetadas, incluso algún sector seudo feminista llega a afirmar que la prostitución empodera a las mujeres.

Claro está que tales afirmaciones no rinden cuenta de las condiciones sociales y materiales de vida que padecen las mujeres, colocadas en las esquinas de la supervivencia, ni de los roles asignados en el campo de la sexualidad, ni del hecho nada baladí de los millones de usuarios dispuestos, en toda circunstancia y lugar, a hacer uso del sexo comercial.

Siguiendo la voluntariedad como elemento determinante de la prostitución hay que concluir, con gran estulticia, que las mujeres albergadas en los campos de refugiados[7] del Congo, Camboya, Somalia, Bosnia o Ruanda, cuando realizan felaciones, griegos o profundos, a cambio de dinero o comida, ya sea a los cascos azules o a otros integrantes de fuerzas humanitarias lo hacen con voluntariedad o en libertad, con la misma voluntariedad y libertad que las nigerianas, colombinas, brasileñas o rumanas, que deambulan por las calles y prostíbulos de nuestro país[8], satisfacen las demandas de los prostituidores locales.

La voluntariedad aislada de las condiciones de vida y de las relaciones de género constituye una herramienta inútil para aprehender y comprender el fenómeno de la prostitución.

¿Cómo es posible explicar que sean precisamente las mujeres las que toman estas elecciones? ,o lo que es lo mismo ¿cómo es posible explicar que los demandantes de sexo comercial sean abrumadoramente hombres?. Las mujeres sobreviven en prostitución, son las víctimas de la violencia en las relaciones de pareja, de la mutilación genital y no es, precisamente, la voluntad lo que determina la posición, sino los roles de género.

¿Alguna de entre nosotras ha podido olvidar que nuestra voluntariedad ha sido afirmada y reafirmada en materia de violación o violencia doméstica e, incluso, aún sigue siéndolo?

Las sentencias de los Tribunales han apelado frecuentemente a nuestra provocación [9] en los juicios por violación, para ratificar la impunidad. Y provocar equivale a una elección, a una decisión y por tanto a voluntariedad.

Durante largo tiempo hemos oído argumentar que si las mujeres son golpeadas es porque les va la marcha, porque son masoquistas o porque quieren.

La voluntariedad como explicación de la violencia y de la prostitución opera como elemento para perpetuar ésta y aquélla.


Las putas. Diego Perrota



POR UN ANÁLISIS FEMINISTA DE LA PROSTITUCIÓN

Las relaciones sociales por razón del sexo, están imbricadas en la prostitución. Como afirma Cecilia Hofman[10], “El pensamiento feminista analiza la prostitución como un soporte del control patriarcal y de la sujeción sexual de las mujeres, con un efecto negativo no solamente sobre las mujeres y las niñas que están en la prostitución, sino sobre el conjunto de las mujeres como grupo, ya que la prostitución confirma y consolida las definiciones patriarcales de las mujeres, cuya función primera sería la de estar al servicio sexual de los hombres”.

Un análisis feminista de la prostitución requiere interrogarse sobre la significación política que tiene el acceso por precio al cuerpo de las mujeres; interrogarnos a cerca de si la compra de servicios sexuales es una práctica masculina que impide u obstaculiza nuestro estatuto de igualdad, o por el contrario, es una práctica indiferente, inocua y desvinculada de las desigualdades de género.

El pensamiento feminista en materia de prostitución no puede obviar, como se pretende, el papel fundamental que representa la demanda masculina y pasar por alto que el prostituidor constituye el elemento primario y esencial del desarrollo y pervivencia del sistema prostitucional.

Las estadísticas internacionales señalan que cada año, unos 4 millones de mujeres y niñas son destinadas a ser consumidas sexualmente en los prostíbulos del mundo[11] . Claro está que para que un número tan importante de mujeres sea destinado a la prostitución, tiene que haber un número multiplicado e inmensamente mayor de compradores que consumen el producto.
Los/as partidarios de la reglamentación no suelen mencionar esta cuestión. Sus alusiones, la mayoría de las veces, remiten de nuevo al discurso de la naturaleza, y los imperativos biológicos masculinos son izados como inapelables: los hombres, dicen, tienen unas necesidades sexuales perentorias, ineludibles de acceder a los cuerpos de las mujeres. Los reglamentaristas, sin distinción vuelven a mostrar sus coincidencias, son muy, pero que muy tolerantes, con quienes consumen servicios sexuales, incluso abanderan su defensa[12].

Visibilizar al prostituidor impide toda connivencia o tolerancia con sus prácticas y con el significado que tienen las mismas. Es oportuno recordarnos que la visualización del maltratador constituyó un elemento esencial para un análisis feminista de la violencia en las relaciones de pareja y para la articulación de políticas públicas de protección de las víctimas y de sanción de la violencia.

Los prostituidores no precisan de eufemismos, ellos no van de “trabajadoras sexuales”, ellos simplemente van de putas y ¿qué significa ir de putas?

Los putañeros de la Casa de Campo de Madrid, los que optan a las mujeres por catálogo, los turistas sexuales o los que acuden a los macro-burdeles buscan lo mismo, un servicio “sexual”. Todos ellos, por igual y sin distinción, colocan a las mujeres en situación de mercancías, y a ese estatuto no se escapa por decisión propia.

En efecto, acudir al mercado prostitucional es formalizar una demanda de compra de servicios genitales y estos servicios no están asociados a una mujer concreta o determinada, porque de lo que se trata es de hacer uso de un cuerpo, de una anatomía.

Como afirma Carmen Vigil[13]: “Para el cliente, las prostitutas son simplemente cuerpos femeninos en abstracto. Cualquier prostituta es intercambiable por otra y el único criterio de elección posible entre una u otra son sus características anatómicas. El cliente elige entre cuerpos, no entre personas”.

El mercado prostitucional es un mercado de cuerpos de mujeres, y constituye la reducción de nuestra humanidad, no sólo de las mujeres en prostitución sino de todas, a la condición de meras anatomías.

Que estamos ante un mercado de carne, no presenta dudas. María José Barahona, en un reciente trabajo publicado por la Comunidad de Madrid [14], expone las representaciones de los prostituidores entrevistados: “yo normalmente las prefiero extranjeras, me gustan las rusas, las ucranianas, las subsaharianas, marroquíes, colombianas, brasileñas...”.

Ignasi Pons, eufórico reglamentarista, citado como “experto” en la Comisión de Estudios de la Prostitución [15] también lo ratificaba durante su comparecencia: “Todos los estudios realizados, incluido el mío, coinciden en que lo que se vende en principio es juventud y presencia” “A los empresarios de clubes les interesa vender un producto sano”. Y Solana Ruiz, también compareciente en el Senado, lo ratificaba: “...(..)  voy a reproducir palabras de los clientes..., es que por muy poco dinero te llevas a la cama a joven guapísima” “Mulata impresionante” “una rubia de piernas kilométricas”

Que lo que buscan los prostituidores es un cuerpo y no una relación con una persona, lo saben bien las mujeres prostituidas. Ellas han de exhibir sus cuerpos, mostrarse semidesnudas para ser elegidas por el posible cliente. Son sus características físicas: sus largas piernas, su color de piel, sus mamas, lo que puede atraer, determinar o decidir al prosituidor a decantarse por ella: “Por eso, las prostitutas procuran llevar sus cuerpos lo más descubiertos posibles, con objeto de tentar a sus potenciales clientes mostrándoles sus características anatómicas.

En los países en los que el negocio de la prostitución está más organizado, los cuerpos de las prostitutas se exhiben incluso tras los escaparates, para que los clientes puedan contemplar y elegir más fácilmente la mercancía que compran” [16].

Esta oferta de cuerpos femeninos, recuerda las ofertas de mercancías tras los escaparates de supermercados o tiendas. Se mira, palpan calidades, se comparan precios y, finalmente, se elige.

Las mujeres devenimos cuerpos, objetos, mercancías en el mercado prostitucional al servicio de los prostituidores, y para satisfacción de la genitalidad masculina.

La prostitución es una institución al servicio de una concepción masculina de la sexualidad según la cual los hombres tienen necesidades “naturales”, “inexcusables” e “irreprimibles”, por ello hay que proveerles de cuerpos de mujeres, renovar la mercancía, ampliar la oferta para que puedan elegir, y todos estos privilegios se realizan y consolidan a costa de nuestra indemnidad

Y ello equivale a aceptar “que existe una necesidad masculina, biológica, natural que no puede ser puesta en cuestión”, y esto es tanto como renunciar al combate político por nuestros derechos, por nuestra igualdad.

ESTRATEGIAS FEMINISTAS CONTRA EL SISTEMA PROSTITUCIONAL

La reglamentación de la prostitución constituye una política incompatible con la igualdad entre sexos.

Reglamentar, es organizar medios y personas para un fin determinado.

Reglamentar la prostitución es organizar el mercado, la industria de sexo a fin de poner a disposición de prostituidores, y para beneficio de proxenetas, un ejército de mujeres para uso y consumo sexual.

Las relaciones prostitucionales son per se desiguales y asimétricas y ésta desigualdad es independiente de todo subjetivismo, de toda razón o excusa que proporciona la supervivencia.

Leer los anuncios de prensa, es decir, lo que se oferta es bastante ilustrativo de lo que se demanda, de lo que se compra, del señorío que se ejerce en el acto prostitucional: “se ofrecen sumisas”, “te hago lo que quieras” “Bárbara: pechos como mi nombre”, “hazme de todo” “sierva” “culo descomunal”. No cabe otra lectura, las relaciones entre una mujer prostituida y un prostituidor son esencialmente desiguales.

Las políticas públicas pro-prostitución, pro-reglamentación son doblemente perniciosas: consolidan privilegios masculinos en el campo de la sexualidad o lo que es lo mismo apuntalan y ratifican la desigualdad de las mujeres, y favorecen la expansión del proxenetismo.

Los países que han adoptado políticas pre-reglamentaristas o decididamente reglamentaristas han facilitado y favorecido el desarrollo de la industria del sexo, el crecimiento de los prostíbulos y por tanto la normalización de las prácticas masculinas en prostitución. En Victoria (Australia) desde que se legalizaron los burdeles en el año 1984, se ha producido un crecimiento vertiginoso de los mismos.

Aunque para constataciones no tenemos que irnos muy lejos. La política pre-reglamentarista que representó la despenalización por el Código Penal de 1995 del proxenetismo no coercitivo ha sido un elemento capital para la expansión de la industria del sexo en nuestro país.

Los Informes de la Guardia Civil Sobre el Tráfico de seres humanos con fines de explotación sexual lo repiten año tras año:

“ El TSH con fines de explotación sexual hacia España se considera, desde la óptica de la Guardia Civil, un problema de gran relevancia debido al incremento en los últimos años de la actividad de los grupos criminales organizados, dedicados sobre todo a la captación e introducción de mujeres inmigrantes que son explotadas en nuestro país de muy diversas formas. Estos grupos han sabido aprovechar el vacío propiciado por la reforma del Código Penal de 1995, en virtud de la cual se despenalizaban conductas favorecedoras de la prostitución que antes eran perseguibles...... Este cambio legislativo permitió que comenzara a desarrollarse de forma explosiva una nueva industria alrededor del sexo, aprovechando y reconvirtiendo infraestructuras que ya existían en la sociedad en las que se ejercía la prostitución de una forma marginal y encubierta. En demarcación de la Guardia Civil este desarrollo se ha producido fundamentalmente a nivel de los Clubes de carretera, que han pasado de ser establecimientos pequeños a la categoría de auténticos complejos hoteleros de lujo, en algunos casos. …”[17]


 
Otto Dix

Como apunta Sheila Jeffreys[18] “Cuando la prostitución se legaliza... se crea un cultura de la prostitución...(...)...”.

La cultura de la prostitución es muy elocuente. La concejala de Sanidad de uno de los distritos de Berlín, Sra. Schmiedhofer, participa activamente en los preparativos del Mundial de Fútbol para el año 2006[19], en declaraciones al diario Berliner Kurier, señaló: “Queremos repartir 100.000 condones en los alrededores del Estadio Olímpico para los potenciales clientes. Si encontramos patrocinadores, los hombres lo tendrían gratis". Alemania, incorporada a la reglamentación, desde enero de 2002, prepara el acontecimiento deportivo con entusiasmo y lo mismo que se disponen a mejorar la oferta hotelera para los aficionados al fútbol muestran su interés en que tengan a su alcance una limpia felación. Ya se sabe la euforia genital que provocan los acontecimientos deportivos.

Combatir la cultura de la prostitución constituye una estrategia básica para el feminismo y eso requiere actuar en diversos frentes.

Deconstruir los argumentos y razones en que descansa la complacencia y tolerancia social hacia los prostituidores debe constituir un elemento esencial de nuestras acciones políticas.

Suecia ha abierto un camino inequívoco en esa dirección, con la ley que penaliza la compra de servicios sexuales, pero no es la única iniciativa institucional. El Informe[20] del Grupo de Trabajo sobre Formas Contemporáneas de Esclavitud, elaborado en sede de Naciones Unidas, apunta en esa dirección y recomienda a los Gobiernos que “tomen nota seriamente de que es la existencia de una demanda de explotación sexual de mujeres y niños la que perpetúa la prostitución y la trata y a que tomen medidas eficaces para castigar a quienes compran servicios sexuales de otros”.

Y profundizando en esta línea, las recomendaciones [21] dirigidas a España por el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer: “El Comité también insta al Estado Parte a que adopte todas las medidas apropiadas para luchar contra la explotación de la prostitución de la mujer, INCLUSIVE desalentando la demanda de la prostitución”.

Actuar contra todas las modalidades de proxenetismo, ya usen la coerción o no, es una estrategia imperiosa y una camino imprescindible para desmovilizar el tráfico y el negocio que gira en torno a la prostitución, de ahí nuestra insistencia en que este objetivo constituya una prioridad de la política criminal en nuestro país.

Y por supuesto, con carácter previo y conjunto, reforzar las políticas de igualdad de oportunidades y crear condiciones laborales que eviten que las mujeres sin recursos se vean abocadas a formar parte de la población prostituida. Asimismo es esencial, dado que en la actualidad la mayor parte de mujeres en prostitución son inmigrantes, desarrollar políticas específicas de integración e inserción laboral de las mujeres inmigrantes y de protección y acogimiento de las mujeres traficadas.



[1] El País, domingo 29 de mayo de 2005.
[2] Anela: Asociación Nacional de Empresarios de Clubes de Alternes. La despenalización que llevo a cabo el Código Penal de 1995 de la llamada tercería locativa ( este tipo penal castigaba la conducta de los que con ánimo de lucro se beneficiaban de la prostitución ajena proporcionando el local o lugar para el ejercicio de la prostitución) permitió que los proxenetas se organizaran legalmente creando una asociación que quedo registrada de forma legal en el Ministerio de Trabajo en el año 2002.
[3] Titulada Sobre la violencia en el seno de la Familia, titulo relevante en el que se invisibiliza a las víctimas y a los autores de la violencia.
[4] El MAGNATE DEL ALTERNE. El Mundo, domingo 1 de diciembre de 2002.
[5] Instituto Nacional de Empleo: ante dicho organismo se presentan las demandas de empleo por los trabajadores/as y las ofertas de empleo por parte de los/as empresarios/as
[6] Esta idea es la aplicada por los Tribunales tras la nefasta redacción dada a los tipos penales por el C. Penal de 1995, así lo ratificaron las sentencias producidas con el nuevo C.Penal “El proxenetismo.... solo puede ser castigado cuando afecta a personas mayores de edad si sobre las mismas se emplea violencia, intimidación, engaño o abuso de superioridad o necesidad, es decir, si la prostitución no es ejercitada de forma voluntaria...”Sentencia de 5 noviembre 1999, Audiencia Provincial de C. Real Sección 1ª.
[7] Las prácticas prostituyentes de los cascos azules desplazados en misiones humanitarias ha sido expresa y públicamente reconocidas por el actual Secretario de NNUU Kofi Annan.
[8] Los informes nacionales, gubernamentales y no gubernamentales, señalan que entre el 85% al 90% de las mujeres prostituidas en nuestro país son inmigrantes no comunitarias.
[9] Provocar. Excitar, incitar, inducir a uno a que ejecute una cosa. Real Academia de la Lengua.
[10] Es Miembro de la Coalición contra el tráfico de mujeres –Asia Pacífico. Ver, Sexo: de la Intimidad al “trabajo sexual” o ¿Es la Prostitución un Derecho Humano?, en www.aboliciondelaprostitucion.org.
[11] Informe de la UNFPA, año 2003.
[12] “Que se reconozca y respete la dignidad de las prostitutas y su capacidad de decidir sin coacción a qué quieren dedicarse y cómo o con quién quieren establecer acuerdos comerciales. Consecuentemente rechazamos el hostigamiento a los clientes... (...)...” Extracto del Manifiesto de Hetaira por los Derechos de las Prostitutas. Organización de mujeres que se presenta como defensora de los derechos de las prostitutas.
[13] Ver Heterosexismo y Prostitución, en www.aboliciondelaprostitucion.org.
[14] Una aproximación al perfil del cliente de prostitución femenina en la Comunidad de Madrid, Dirección Gral. de la Mujer, Comunidad de Madrid.
[15] Dicha Comisión fue constituida en el Senado el 21 de marzo de 2001.
[16] Carmen Vigil.
[17] Informe sobre Tráfico de Seres Humanos, año 2001, puede verse en www.aboliciondelaprostitución.org
[18] Profesora Colaboradora en Ciencias Políticas, Universidad Melborune (Australia). Co-fundadora de la Coalición contra el Tráfico de Mujeres en Australia.
[19] BBC.Mundo com, noticia pubicada 13 de junio de 2005.
[20] Naciones Unidas Consejo Económico y Social, Comisión de Derechos Humanos e/CN.4/Sub.2/2003/31, 27 de junio de 2003.
[21] Recomendaciones del Comité de la CEDAW a España, tras el examen del quinto informe periódico de España (CEDAW/C/ESP/5). NNUU Suplemento No.38 (A/59/38).



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domingo, 9 de marzo de 2014

Las mujeres en situación de prostitución. Magdalena Gonzalez


Las mujeres en situación de prostitución (1)
Lic. Magdalena González
publicacionmg@yahoo.com.ar

Este artículo fue publicado en la Revista feminista BRUJAS N° 31, publicada por ATEM “25 de noviembre”


Magdalena González

Mientras cursaba la escuela secundaria visité por primera vez, junto con una profesora y un grupo de compañeras, el hospicio de mujeres de Lomas de Zamora. En un momento dado, me entretuve hablando con algunas de las internas y, cuando quise volver a reunirme con mi grupo, ellas me señalaron un atajo. Así me encontré atravesando lo que después supe era el pabellón de mujeres que habían estado en situación de prostitución. Me llamó la atención la gran cantidad de mujeres que había en ese pabellón. Cuando le pregunté al Director por qué esa cantidad me contestó “Son muchas por las cosas que les hicieron y les hicieron hacer”.

En ese momento fui testigo del costo de esa forma de vida. Lo innegable era la destrucción que para estas mujeres había significado. También me pareció innegable su padecimiento. Fue a partir de tal circunstancia que se me impuso un interrogante: ¿Qué acontecimientos pudieron producir un daño tan profundo como extenso?

SEXUALIDAD-VIOLENCIA-DOMINACIÓN

Es sabido que en nuestra cultura hay una ideología instalada que valora como emblemas de la masculinidad atribuciones de coraje, decisión, iniciativa y poder sobre el otro/a. Por este motivo, los sentimientos y representaciones de temor, incertidumbre, humillación, sensibilidad, ternura que puedan tener los varones, son reprimidos e inhibidos o les producen vergüenza si llegan a hacérseles concientes. Al ser inhibidas, estas representaciones y los afectos ligados a ellas, son mostradas como dificultad de expresión, como modalidades de carácter y blasones de virilidad. De cualquier modo, estos sentimientos se transforman frecuentemente en violencia, una de cuyas formas más comunes de descarga es la violencia doméstica. En este ámbito, las relaciones sexuales terminan siendo el lugar oculto donde se realizan actuaciones de mandatos sociales y familiares. Estas creencias concientes o inconcientes relacionan la frecuente actividad sexual con la valoración de una supuesta virilidad y por lo tanto son una reafirmación de potencia.

Este equívoco es facilitado y sostenido por el prejuicio de una necesidad perentoria de la actividad sexual masculina. Se trata en realidad de la descarga de ansiedad no reconocida como tal y podemos afirmar que mientras se sostenga esta estructura, el varón quedará impedido de contactar con sus propios sentimientos y sus representaciones inconcientes, no conocidos por él y, por lo tanto, no elaborados.

Junto a la valoración de esa supuesta virilidad, en el trabajo con los analizandos encontré que se da por descontado que sus mujeres están en función de “satisfacer esa necesidad” y deseosas de hacerlo, independientemente del deseo sexual de ellas, como expresión conciente o inconciente del dominio que ejercen los varones.

Esta necesidad sexual masculina a la que se le atribuye el carácter de apremiante, inaplazable, es, en el imaginario social, uno de los motivos que justifica el prostituir a las mujeres

Lo mismo ocurre con los sentimientos de violencia. La violencia padecida por el varón, cuando se la inflige otra persona a él, o él mismo se encuentra ante diversas circunstancias de impotencia, puede derivar también hacia el sexo violento por esa vía de descarga ya instalada. Por parte de la mujer, en no pocos casos, existe una falta de apropiación de su cuerpo y de su sexualidad. Estas dos condiciones, generadas desde la cultura, formadoras de la intimidad del psiquismo de las personas, permiten la apropiación indebida por parte del hombre. Dicha apropiación se incrementa por la fantasía inconciente masculina que da como supuesto un goce femenino en el sufrimiento y por la fantasía del amor como equivalente de la sumisión

Esta falta de apropiación, esta apropiación sesgada de la mujer de su cuerpo y de su sexualidad, impide un buen proceso de autonomía como persona dando lugar a un Yo frágil e indefenso, con el permanente temor a la pérdida del afecto del otro. Asimismo, la enajenación de su sexualidad la ubica en una situación de vergüenza: Ya tradicionalmente no era bien vista como mujer si no respondía a los requerimientos de su marido, siendo estigmatizada como frígida, insatisfecha y en última instancia histérica. En un paso más, se instala fácilmente aquí la idea de la prostitución en una pareja, cuando, avalando estos supuestos, un hombre le dice a su mujer “Si no encuentro satisfacción en mi casa la voy a buscar afuera”.

Este tipo de subjetividad inducida en las mujeres por el patrón cultural, produce el sometimiento: la mujer accede al requerimiento del marido sin participar del deseo ni de la posibilidad de disfrutar de la relación sexual; finge agrado cuando en realidad estas relaciones sexuales son vividas como actos coercitivos. No debemos olvidar que la patología de la sexualidad en nuestra cultura, al estar jugada sobre el eje del dominio, hace que el victimario, violento desde la misma apropiación, vaya empobreciéndose como persona y transformándose, en parte, en dispositivo destructivo de ambos. Mediante una continua manipulación de los sentimientos de la mujer la lleva al convencimiento de que ya no podrá modificar su situación.

En muchas familias la violencia se expande aún más, apareciendo grados que implican cualitativamente efectos de mayor denigración y peligrosidad lo que se exacerba cuando se agregan el alcoholismo y la drogadicción. Como es sabido, uno de estos grados es el maltrato corporal donde las mujeres y los hijos sufren restricciones, amenazas, extorsiones y golpes. Escalando en la violencia se llega a la violación, al abuso sexual infantil intrafamiliar y al grado mayor que es el asesinato de las mujeres o los chicos a manos de sus maridos o padres. En este crescendo de situaciones que producen humillación, vergüenza y muerte, las víctimas tienden a creerse cómplices de la violencia para tolerar psicológicamente semejante inermidad. Por lo tanto, es claro el daño que producen estos hechos traumáticos tanto en la sana evolución del narcisismo como en los sentimientos de esperanza y en la confianza en las propias realizaciones. Esto se produce debido a la disociación y a la falta de simbolización, procesos de los que hablaremos más adelante en este artículo.

En las investigaciones realizadas, encontré que en la gran mayoría de los casos, las mujeres en prostitución provenían de familias donde se vivían situaciones de violencia. Transcribo acá textualmente uno de ellos:

Lily: “Mis padres son testigos de Jehová, fueron siempre muy reprimidos, cuando éramos chicas a mí y a mi hermana nos castigaban siempre corporalmente. Hice la primaria, en 4to año de bachiller me bautizaron en la religión de ellos en un estadio de football lleno de gente.
Luego comienzo a estudiar el profesorado de comunicación de los sordomudos porque mis padres querían que hiciera eso, a los 8 meses me rebelé, no estudié más y les planteé que quería ser una chica como las demás, con un jean, los ojos un poco pintados, nada del otro mundo. Comenzaron las discusiones todos los días y mis viejos siempre metiendo a Dios en el medio. Mi viejo me echó, me hice un bolso y cuando entré a la pieza de mi vieja le dije: “no te olvides que soy tu hija” y me contestó que me dejaba en manos de Dios.
Viví un mes en un auto abandonado por Flores, hasta que me rajaron los vecinos, entonces una noche en la estación de Once, una prosti de madrugada se sienta al lado mío y me da una factura (hasta ese momento me alimentaba de la basura de las hamburgueserías y pizzerías de Lavalle). Empecé a hablar con ella, me llevó al hotel donde estaba, ahí me hizo bañar, me dio de comer y dormí en una cama. A la semana yiraba en la calle con ella. Me levantó la cana, estuve en el departamento de policía una semana y mis viejos ni aparecieron, cuando por fin salí, me fui a laburar a un sauna”

Como se ve, Lily ha vivido diferentes tipos de violencia por parte de sus padres: violencia corporal; el acoso del control en vez de la protección; la imposición para estudiar algo que no entraba en sus proyectos, aunque como metáfora aludiera a la falta de comunicación en la familia. Y cuando plantea a sus padres su anhelo de ser una chica como las demás, ellos consuman uno de los actos más temidos para cualquier joven: la expulsan del hogar donde ella había sentido la única protección, ya que no tenía vínculos afectivos importantes fuera de su casa por la actitud excluyente de sus progenitores.

El mundo externo había sido mostrado por sus padres como sumamente peligroso y no había sido preparada para subsistir fuera de su casa. La sociedad repite la misma violencia cuando no le permite permanecer en el único lugar que había conseguido y no la provee de algo mejor. La mujer en prostitución que la ampara le ofrece lo que ella tiene, su casa, su comida y su práctica. Esta fue la “posibilidad de elección” de Lily.


La prostituta en la taberna.Camila Campillay Zazzali

EL RECLUTAMIENTO

En todos los casos estudiados, ellas realizaron sus “elecciones” ya desde la niñez, condicionadas por situaciones externas e internas. En este sentido, es decisivo el enlace que realizan con el mundo de la prostitución los reclutadores, personajes clave del ámbito del proxenetismo, ya que la enorme mayoría de las mujeres que llegaron a la situación de prostitución son inducidas, cuando no obligadas, por ellos. Y en el último tramo de esta pesadilla, el tristemente célebre trafico desatado con la globalización, a través de la promesa engañosa de un trabajo anhelado en un país más desarrollado, donde les quitan los documentos y permanecen en cautiverio.

En otros casos el que inicia a la joven- se trata de niñas o jóvenes menores de edad- es el propio padre o la madre. En América Latina hay un dicho atroz por parte de algunos hombres: “Donde hay hembras no hay hambre”. Obviamente se las hace cargo, desde tempranísima edad, de la enajenación total de su persona para conseguir el sustento de sus padres y de sus hermanos varones con ese uso explotador y tiránico.

Otro tipo de reclutador se hace el novio y, entre seducción y presión, les pide que “atienda algún amigo”, o las conecta con un prostíbulo. También puede reclutarla una mujer en prostitución al encontrarla desprotegida: me estoy refiriendo a las especialistas en captar mujeres para el sistema de la prostitución. En el caso de Lily no se trata de una reclutadora por motivos de beneficio personal, aunque de todos modos se produce el ingreso al sistema.

Se agrega otro tipo de reclutador que medra en el ámbito de las Discos o lugares donde se toman copas, y le sugiere a la joven seleccionada que hay un tipo interesado en ella deseoso de invitarla a salir. Es común que estas jóvenes reciban regalos importantes, participen de fiestas, etc., sintiéndose muy halagadas por sus clientes, a los que ellas no reconocen como tales. Sin que lo sepan, también se les sacan fotos manteniendo prácticas sexuales. Cuando toman conciencia de esta situación y quieren retirarse, estas fotos serán usadas como extorsión para ser mostradas a sus familias. Algunas de estas jóvenes mantendrán esta doble vida bajo terror. Otras encontrarán el suicidio como única salida.

De la misma manera que las víctimas de otros tipos de violencia, las mujeres en situación de prostitución, como ya dijimos, también tienden a creerse cómplices de la violencia para tolerar psicológicamente semejante inermidad. Confunden su situación de víctima con “no haber valido nada” ya desde antes de que las ingresaran a esa situación o antes del abuso sexual, y justifican esas vejaciones infiriendo equivocadamente que la violencia y el abuso son consecuencia de lo poco que valen. Por un lado, esto se debe a la desvalorización que se les ha venido transmitiendo desde la infancia y, por el otro les permite tener de sí una imagen menos desvalida suponiendo que han tenido alguna responsabilidad en lo sucedido.

A su vez, el proxeneta ejerce una acción de objetivación, es decir que realiza una negación de la persona, por medio de la cual no se le reconoce la posibilidad de pensamiento, decisión ni sentimiento atribuyéndose él, omnipotentemente, el poder de disponer de la mujer según su conveniencia, a su arbitrio, justificando de esa manera cualquier acción contra ella. Esta objetivación es una de las acciones más destructivas contra estas mujeres ya que les niega su condición humana. Tanto el cliente como el proxeneta, en muchos casos dan por supuesto que la disponibilidad de la mujer es absoluta y su poder sobre ellas también. Resulta claro que semejante exigencia por parte del prostituyente lleva a la servidumbre sexual y a la esclavitud por lo tanto, en la práctica queda claro que ellas en ningún caso están prestando un servicio, ya que el cliente también participa de esta objetivación.

En cuanto al aspecto económico, este es un determinante clave en la apropiación que los proxenetas realizan sobre la persona de las mujeres pues, si estas mujeres se liberasen, ellos perderían su “mercadería”; por eso, el intento de salida de ellas puede llegar a estar penado hasta con la muerte. Frecuentemente estos casos de asesinatos no son resueltos por la justicia, porque debemos recordar que además, el proxenetismo está avalado por los organismos de poder.

El IMAGINARIO SOCIAL

Queda claro, que la prostitución es abuso. La mujer nunca la elige libremente sino que llega a ella, a veces, para no morir de inanición, otras, porque se la convenció de que es para “lo único que sirve”, o bajo amenaza, o por manipulación del proxeneta, o por secuestro, o por mandato inconciente. Por ejemplo, una de las madres de estas mujeres le dice a su hija “acá hace falta plata, hay que trabajar o hacer la calle. Vos para trabajar no servís”. Otra, modista de alta costura quien, desde que su hija era niña la vestía como a una de sus clientas ricas, le decía: “Sos una muñequita de lujo para usar buena ropa y tomar champagne”. En estos casos las madres, a partir de su propia devaluación, son sostenedoras inconcientes del paradigma patriarcal.

Estos abusos son naturalizados por la censura social contra las mujeres y también ellas naturalizan: “puta una vez, puta para siempre”, dicen de si: “una puta no vale nada”. Se intenta destruirles la dignidad y la esperanza de modificar su forma de vida, pues si esto sucediera podrían escaparse de la situación o, por lo menos, intentarlo. Los vecinos, los clientes, el proxeneta, la sociedad, desplazan y dejan depositadas en las mujeres en situación de prostitución algunas de sus fantasías y deseos, puesto que cada uno, por distintos motivos, no se hace cargo de la responsabilidad que les cabe .

Como muestra del imaginario social transmitiré opiniones emitidas en grupos motivacionales de hombres y mujeres de diferentes edades y diferentes sectores sociales, comentándolos brevemente:

Grupo de hombres

“Les gusta la plata fácil”. En realidad, es una plata sumamente difícil, pero puede llegar a ser obtenida rápidamente, que no es lo mismo.
“Son mujeres muy ardientes que necesitan muchas relaciones con los hombres” Lo cierto es que son mujeres que ya no tienen sensibilidad alguna como consecuencia de su actividad.
“Un hombre puede pasar por cualquier cosa pero siempre es un hombre; una mujer cuando cayó, ya no se levanta más”. Fantasía estereotipada y paradigmática del castigo social patriarcal contra la mujer.
“Que estén en lugares determinados, ocultos, que el ciudadano pueda vivir dignamente, como elija vivir”. Para este hombre las mujeres en prostitución no son ciudadanas y por lo tanto, no pueden elegir dignamente ni elegir dónde ejercer su actividad. Cabe señalar que de esa manera quedan expuestas a todo tipo de peligro.
“La puta es irrecuperable y comparable a los casos de los chicos de la calle”. Para quien opina así, estas personas tienen un destino marcado fuera de la sociedad.
“Ponele a una chica muy linda un tipo sumamente desagradable. No me digas que lo hace por dinero. Es porque le gusta”. Aquí vuelve a aparecer la fantasía de una sexualidad desbordante hasta el punto como para aceptar hacerlo con alguien sumamente desagradable. Estas fantasías de una sexualidad desbordante, coinciden con las fantasías que socialmente se tienen respecto de los hombres.


Las putas. Alfonso Melo















Grupo de mujeres


“Son personas que se sienten disminuidas”. “Claro, lo hacen para levantar el ánimo”. “Yo creo que tiene más que ver con la cosa salvaje de uno”. “Podes obligar a alguien a hacer lo que vos querés”. “Haceme sentir tal cosa y chau”. “Yo creo que ella es más viva que cualquiera”.

En estas fantasías hay proyecciones y negaciones como para confundir el rol de la mujer en situación de prostitución con el rol del cliente.

“La prostitución tiene que existir porque si no todos esos hombres estarían violando a nuestras hijas”, frase paradigmática que pone de manifiesto cómo la prostitución es funcional al sistema.

En todos estos ejemplos el imaginario social nos muestra que, tanto por parte de los hombres como de las mujeres, la explotación éstas en prostitución está justificada.

ALGUNAS CONSECUENCIAS de la PRÁCTICA de la PROSTITUCIÓN

En el ámbito de la prostitución el cumplimiento de los deseos del prostituyente produce, en algunas mujeres, el orgullo de ser “una verdadera puta”. Es frecuente, en las mujeres en general, más que en los hombres, la actitud de anticiparse a realizar el deseo del otro. En algunos de estos casos puede verse que se ha producido una desapropiación del deseo y una transformación: el propio deseo, entonces, consiste en la realización del deseo del otro.

Por su parte el prostituyente, el cliente, valora narcisísticamente esta anticipación, esta particular servidumbre sexual, y la refuerza. Él disocia a la persona y la ve como si fuera un objeto, deshumanizándola, a la vez que disocia algunos de sus propios sentimientos de su sexualidad. Todos estos mecanismos están al servicio de un abuso de poder.

El prostituyente y todo el sistema de la prostitución se basa en un pago que supuestamente los habilita para tal abuso; de la misma forma el cafishio -llamado en el ambiente “marido”- lleva al extremo el poder sobre la mujer entre amenazas y ofrecimiento de protección, en una relación de dominación a veces absoluta: “No sos nada” le dice. Ella misma está negada como persona –“una puta no es nada”, “a quién le importo” - y sólo le resta el “ser utilizable” por el dinero que proporciona. Pero, a la vez, se le hace sentir que ella no tiene valor. Incluso hay mujeres que jamás tocaron dinero, pues no pasa por ellas.

Para la mujer prostituida, el maltrato del proxeneta produce efecto traumático, con el agravante de que se le hace creer que siempre el maltrato es merecido por el hecho de ser una prostituta. La paradoja aquí consiste en que el hombre que la castiga es el mismo que la llevó a la situación de prostitución.

Otra situación paradojal podemos observarla cuando los propios padres de la mujer, para ser mantenidos, retienen como rehén a un hijo de ella con la excusa de estar “cuidándole el chico”. Estas y otras situaciones paradojales en las que viven, van produciendo en ellas un socavamiento en la posibilidad de reflexión, proceso imprescindible para desarrollar sus propias vidas de un modo autónomo.

Del mismo modo, el hecho de tener obligadamente muchas relaciones sexuales durante cada jornada, constituye inexorablemente aumento de la vulnerabilidad, y ellas no tienen libre elección, sino elección del mal menor dentro del sometimiento. Esta situación queda clara cuando, por ejemplo, algunas prefieren realizar la práctica en la calle porque por lo menos pueden elegir a los clientes menos ofensivos.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que cada cliente solicita o exige la realización en acto de sus fantasías en el cuerpo de estas mujeres, o exigen que ellas presencien actos que, por su diversidad y características, son sumamente perturbadores. En un caso como en el otro habrá sufrimiento corporal y psicológico y deterioro de la relación con el mundo externo.

Teniendo en cuenta que el Yo es ante todo corporal, el daño al cuerpo es un daño a la totalidad de la persona y será necesaria la asistencia hasta un fortalecimiento yoico que permita el cese de la práctica. Sin estas condiciones es imposible la elaboración de semejantes hechos traumáticos y también es dificultoso que puedan elaborar las fantasías depositadas en sus cuerpos por ellas mismas y por los otros: la familia, la sociedad, la cultura en general.

Un común denominador que pude observar, independientemente de las diferencias individuales, es que cualquiera sea el sector social en el que se desempeñaron y las vicisitudes atravesadas en su infancia, ellas tienen una gran tendencia no sólo a la ya mencionada disociación entre su racionalidad y su afectividad, sino también una enorme dificultad para dirigir sus impulsos y una tendencia a veces extrema a refugiarse en la fantasía, para huir de la cotidianeidad de una práctica intolerable.

En muchas aparece una tensión intrapsíquica que a veces impide casi totalmente su capacidad de reflexión. Padecen enorme temor a las relaciones interpersonales, sobre todo donde se juegue la afectividad. Paradójicamente tienen marcada dependencia afectiva y también un gran rechazo a su propia sexualidad. Me estoy refiriendo a que no ponen en juego su sexualidad en la práctica, o sea, no incluyen su cuerpo erótico sino el cuerpo físico -incluso éste disociado de su mente- y por lo tanto no hay deseo sexual en la mayoría de los casos, ni siquiera con el hombre al cual quieren.

Sufren repetidas angustias por baja tolerancia a la frustración y sentimientos de culpa que, en algunos casos, se relacionan con haber sido abusadas siendo niñas y por haberse hecho cargo de esa culpa que no les correspondía. Asimismo, se sienten culpables por estar realizando una actividad que, aunque es tan inducida por la sociedad, paradojalmente está tan censurada.

Aparecen también tendencias a negar la realidad o a hacer un recorte importante de ella, por la falta de recursos para poder operar sobre esa realidad que las desborda. Por el mismo motivo, aparecen tendencias agresivas que reprimen y a veces, son actuadas contra sí mismas produciendo síntomas orgánicos.

En la mayoría de los casos se observa que sienten temor a la desestructuración y fragmentación; sufren ansiedad referida a la sexualidad masculina; tienen tendencia a la fabulación y vivencia de hostilidad con inclinación al aislamiento, como mecanismo de defensa. Estas son tendencias autodestructivas, que cumplen función de mecanismos de defensa que, a veces, aparecen como único escape de sus realidades.

Sus proyectos en general no coinciden con su realidad, lo que las lleva a generar una depositación de sus deseos de realización en sus hijos, como intento de reparar a través de ellos sus propias historias. Esto se relaciona con su propia inmadurez emocional y se presenta de la forma ambivalente amor-odio.
Teniendo en cuenta otro aspecto en el que se manifiesta la problemática, podemos observar que en la sintomatología manifestada en el aspecto corporal, aparecen frecuentemente jaquecas, hemorragias menstruales y, por el contacto y la violencia física sufrida, dolores crónicos de todo el cuerpo -sobre todo mamas y genitales- desgarros múltiples de vagina y recto, portación de HIV y enfermedad de SIDA. En esta progresión de daño, nos encontramos con múltiples casos de internación psiquiátrica, y finalmente, también con numerosos casos de suicidio.

La falta de procesamiento de los acontecimientos vividos, impide el desarrollo de la reflexión sobre estos acontecimientos, o sea falta la mediación del pensamiento, lo cual genera muchas veces conductas compulsivas que no les permiten elegir adecuadamente. Por lo tanto, tienen obstaculizada la elaboración de duelos, y, en consecuencia, más aún, la salida de la prostitución. Y la sintomatología sigue agravándose por la acumulación de situaciones sin elaboración.

El CONSUMO DE MUJERES

Una mujer en situación de prostitución expresó en una oportunidad en un programa de televisión “No me da vergüenza mi actividad, ¿por qué me va a dar vergüenza si me consumen?”. Ella expresa, aún de manera inconsciente, el doble aspecto de reconocerse a sí misma como objeto de consumo asumiendo la postura del proxeneta y del prostituyente, y, el de ser “consumida” en el sentido de ser “devastada”. De esta manera, no sólo no se reconoce como persona en el trato con el prostituyente que “consume” de ella la integridad de su corporeidad y psiquismo, sino que esta relación la ubica en un punto de vista desde el cual, claramente, no se considera persona. Estamos aquí ante la tremenda paradoja de que hay gente que consume personas, y que para llegar a esto es necesario creer que esa mujer es una “cosa” pasible de ser usada, abusada y consumida, tal como ya se había sostenido al hablar del proceso de objetivación.

El proxeneta y el consumidor se encuentran en una posición narcisista sostenida en el poder. En el caso de la mujer prostituida se trata en cambio de una posición devaluada. El solo hecho de pagar coloca al hombre en una situación de superioridad respecto a la mujer. En algunos casos no se trata de tener una aproximación sexual, sino de poder relatarle cosas que lo desbordan. Pero esta situación no se basa en la confianza, sino que es una circunstancia más del ejercicio de control y dominio sobre ella, ya que la coloca en la obligación de tener que tolerar todo tipo de relatos, a veces de índole eminentemente angustiante y perturbadora por haber cobrado su hora.

Todas éstas son situaciones en las que el varón daña a las mujeres descargando sobre ellas sus sentimientos displacenteros y sus fantasías más temibles por sus aspectos más denigrados, valiéndose del anonimato, sin atinar a buscar para él contención o asistencia que le permita algún tipo de resolución que no quede solamente en la descarga circunstancial.

De la misma manera es llamativa la falta de cuidado que la mayoría de los hombres tiene en cuanto a la prevención de las infecciones de transmisión sexual. En muchos casos es difícil, independientemente de las edades, que ellos accedan al uso de preservativos. Este es un riesgo más en la práctica de la prostitución y las mujeres tratan de implementar técnicas varias para usarlos sin que ellos lo adviertan. Una situación arquetípica de la relación sexualidad – locura – muerte, se da por ejemplo cuando una mujer le advierte al cliente que está enferma de SIDA, mostrando inclusive manchas producto de la enfermedad, y el cliente no cree en esa afirmación y realiza el acto sexual sin profiláctico. La relación sexual se convierte así en una ceremonia propiciatoria de la enfermedad y la muerte. Aquí me interesa llamar la atención acerca del concepto de ética por su significado de cuidado del otro y de sí mismo, que, como podemos ver en estos casos de sexualidad masculina, está ausente. Estos varones prostituyendo a las mujeres producen una espiral de devastación en diferentes niveles.

Por otra parte, ellas muestran una falsa fortaleza yoica, con actitudes de desparpajo que ocultan su extrema indefensión. Les resulta imprescindible realizar un simulacro ante los prostituyentes y su disociación se incrementa aún más ya que para resultar atractivas fingen dando una idea de fortaleza dentro de esa ficción. He comprobado de distintas maneras que estas personas, cuyos cuerpos son invadidos permanentemente con esas prácticas a través de los años, sufren consecuencias de tal gravedad que sólo son comparables a las de personas que han sufrido tortura física y psicológica. Algunos ejemplos dan muestra de ello:
María: “Yo tengo muy bien formada mi ‘doble personalidad’, a veces me río sola. Una sola vez me dijo un tipo “O lo haces muy bien o lo actúas muy bien”. Yo a todo el mundo le digo que sí que lo siento, que lo hago porque me gusta, pero en realidad lo hago pensando en otra cosa. Hago todo tan rápido, digo todo tan rápido y manejo la situación cuando puedo, así no me lleva tanto tiempo, cuando tengo ganas de actuar, me desarmo toda diciendo pavadas para que puedan terminar rápido. Pero a mí nunca me llega nada. A veces los agarraría a trompadas por rechazo, por asco”.

Soledad: “A veces, aunque con cara bonita hago todo bien, estoy con ellos y no pienso ni siquiera en el dinero, solamente tengo náuseas. Si tengo que estar con mi pareja también es como con un cliente porque no siento nada. Es como que ya la mujer está anulada”.

Sonia: “Mi hermano me violó cuando tenía 13 años. Me tapó la boca y me violó y me gritaba ‘Puta, puta, sos una puta’. Yo no sabía nada no entendía nada. Y era como si yo no estuviera ahí. Es lo mismo que me pasa cuando estoy con los clientes. Hago un personaje, hablo, me río, pero es como si yo no estuviera ahí”.

Las tres mujeres expresan una realidad doliente, tanto María como Soledad y Sonia, separadas, escindidas de su sensualidad, de su sexualidad, no exponen ya un cuerpo erótico sino órganos sexuales. Para realizar una elaboración mínima, sería necesario que pudieran reflexionar y hacer un relato sobre las actividades a las que están sometidas, pero esto se ve impedido, en general, porque no les es posible tolerar la angustia.

Un ejemplo de ello es este comentario que hizo Adriana: “Una vez un grupo que estábamos reunidas a la madrugada porque no había clientes, quisimos imaginar con cuántos hombres se había acostado cada una. Fuimos imaginando micros llenos de hombres para poder tener una idea, pero nos sentimos muy mal y algunas se descompusieron. Fue tan espantoso que nunca más tocamos el tema”

Las putas de Goya. Roberto García Márquez

El RETIRO AÑORADO

Siempre es difícil, aunque siempre deseado, el retiro de esa actividad. Para poder retirarse, deben liberarse en primera instancia de los proxenetas, cuestión que a muchas se les plantea como inimaginable porque viven en un sistema de cautiverio que coadyuva a que se produzca un deterioro a veces total de su relación con el mundo externo. Y decimos que el cautiverio es total, porque aunque la actividad se desarrolle en la calle, lo hacen vigiladas por el proxeneta desde la vereda de enfrente; si la realizan en departamentos, de allí no pueden salir salvo que sea en compañía de los proxenetas o están recluidas en casas destinadas a tal fin.

La base de la relación entre el proxeneta y la mujer en situación de prostitución se apoya en la inducción por parte de él a que ella crea que cualquier agresión de su parte, es siempre producida porque ella “no se portó bien”. Esta “razón” arbitraria produce en la mujer un miedo crónico y el sentimiento permanente de peligro cierto; paradójicamente se observa que la persona que la mantiene en este estado es quien pretende convencerla de ser su protector, lo cual le genera además confusión.

En algunos casos, las mujeres sufrieron durante años graves depresiones y fobias como consecuencia de intentos de elaboración de esas situaciones vividas. En otros casos, después de breves períodos de interrupción, volvieron compulsivamente a la práctica ya que, sin ningún tipo de asistencia, la intensidad de la angustia por el proceso de elaboración se les volvía insostenible.

LA “INDUSTRIA” DE LA PROSTITUCION NO ES UNA INDUSTRIA

Finalmente, debemos mencionar un tema central al desarrollo de la prostitución: se trata de la actualmente llamada “industria” del sexo, que no es una industria porque el consumo de cuerpos no puede ser considerado trabajo.

Esta actividad, así como considerar a la prostitución un trabajo, incrementa más aún el tráfico de mujeres para su explotación sexual, que ha sido históricamente funcional al sistema patriarcal. La trata de mujeres y niñas/os para la prostitución representa después del tráfico de armas, el segundo lugar en el mundo en rédito económico. Recibe el aporte de algunos medios de comunicación que muestran esta actividad como una opción posible y sumamente atractiva para la mujer. En un programa de televisión emitido el año pasado se presentaba una figura argentina, una vedette, expresando que había tenido relaciones sexuales por dinero y lo había pasado ¡muy bien! En este y en muchos otros casos, tal banalización de una actividad capaz de producir un daño tan profundo, opera como publicidad a favor de los proxenetas extendiendo aún más la prostitución. Y aún más: en este momento estamos ante un brutal incremento del secuestro de mujeres. Este extremo de maltrato y cosificación se da con el conocimiento de los clientes de estar tratando con personas privadas ilegalmente de su libertad. Todo ello provoca una enorme distorsión que impregna a la sociedad toda.
Por otra parte, la defensa de los derechos civiles y humanos está vedada en el ámbito donde los proxenetas pretenden adquirir el rol de ejecutivos legales.

Así como me refería a la banalización como falsa opción atractiva, en el otro extremo existe la fantasía generalizada de que los daños a la víctima son “demasiado irrevocables”, que “vienen desde el fondo de la historia de la humanidad” y “son tan vastos que no hay posibilidad de revertirlos socialmente por política alguna”. Sin embargo, es necesario y posible desenmascarar esta “naturalización”, y poner bajo una mirada ya advertida la abrumadora carga cultural de estas prácticas, porque es posible, así, modificar desde la cultura el consumo de mujeres en prostitución.

Se exalta y banaliza la prostitución mostrándola como una ocupación atractiva, pícara, con “onda”, y muy redituable económicamente para la mujer. Sin duda, esto facilita la tarea de los reclutadores, ya que consiguen generar sobre esta falacia una expectativa que no se corresponde de ninguna manera con la realidad. Son múltiples los personajes en connivencia que se benefician con esta práctica a la que entiendo, no puede ser considerada trabajo.

En el caso de las personas esclavizadas para la realización de trabajos forzados, se trata de una circunstancia en la que se ven obligadas a realizar actividades con privación de la libertad. Estas actividades serían consideradas trabajo si las personas tuvieran opción para realizarlas. En el caso de la prostitución no existe la mediatización que implica un trabajo, pues el cuerpo y el psiquismo de la mujer son la materia prima para la realización de un acto que se desarrolla únicamente para el placer del que consume a esa mujer, a la que se le impide su propio desarrollo precisamente por esa misma práctica. Casi podría equipararse con la situación de la persona que vende su propia sangre, ya que, aunque haya un intercambio y se reciba dinero, es una práctica que de ninguna manera puede ser considerada como trabajo. Por lo tanto, la gravedad de la prostitución como consumo de persona se ve aún más profundizada cuando se le agrega el estado de esclavitud o cautiverio que se da en muchos casos de tráfico de mujeres, pero no debemos confundir los casos en que la mujer no se halla en cautiverio porque de cualquier modo son puestas en el lugar del objeto a consumir y tratadas como tal.

El incremento de la pobreza y la miseria en el país significó una tremenda violencia para la sociedad toda, que paralelamente se tradujo en un fuerte ingreso de mujeres a la situación de prostitución. Este ingreso se dio fundamentalmente en aquellas mujeres provenientes de sectores de menores ingresos, aunque también ha sucedido con mujeres de clase media, bancarias, amas de casa, profesionales, etc. A partir de este momento también se dio un fenómeno inédito: mujeres mayores de cincuenta años, hasta sesenta o más, que para poder subsistir entraron por primera vez en su vida a la situación de prostitución. Las mujeres que ya estaban en esta actividad comentaban asombradas la rapidez del efecto devastador que la misma producía en las recién iniciadas. A la vez, hubo un notable aumento del abuso con mayor violencia y mayor denigración por parte de los prostituyentes hacia las mujeres.

Simultáneamente, la mal llamada “industria de la pornografía” realiza estragos en el psiquismo de los hombres que se identifican con prácticas de sadismo y denigración de la mujer. Muchas mujeres llegan con la promesa de que se las iniciará en el cine y después de la primera película en que se les pide, “por excepción, escenas especiales”, sienten que es tarde para volver atrás.

Otro efecto de la pornografía es la imitación: “se pone de moda” golpear a las mujeres. “Ahora desde la onda de la pornografía, hombres que eran tranquilos...cualquiera quiere pegar, y ni siquiera quieren pagar extra como antes por este servicio especial” (María).

En la pornografía, menos el asesinato, todo lo demás es legal porque hay “consentimiento”. El concepto de “consentimiento”, como es obvio, es en este caso un eufemismo, ya que las mujeres llegan a estas situaciones, engañadas, drogadas o bien en situaciones de extrema necesidad y vulnerabilidad. Esta escalada llega hasta la pornografía “snuff” donde, además de la tortura se llega al asesinato, que no por ilegal es impracticable.
Es evidente que esta sociedad ha producido el pasaje del ciudadano/a al consumidor/a y de esta manera se ha realizado una facilitación para el pasaje del consumo de los objetos al consumo de las personas. La situación de prostitución aparece entonces como paradigmática de este modo de producción del capitalismo salvaje, extremo brutal de este modelo. Es el lugar del abuso ilimitado en el que la mujer es destruida en el ejercicio de esta práctica, sin legalidad psíquica ni para el cliente ni para el proxeneta.

Por lo tanto, como sociedad es preciso que asumamos nuestra propia disociación. Integrar permitiría modificar mandatos sociales, incluyendo la reflexión sobre los temas que producen esta situación para modificar estos procesos. Pero es indudable que se necesita también de una vocación política que permita desmontar la “industria” de la prostitución, facilitando la generación de programas que posibiliten esta transformación.

Por estas y otras tantas razones como las que vengo sosteniendo es preciso que resignifiquemos el prejuicio de que la actividad de la prostitución es irreversible (“es tan viejo como el mundo”). Además, la fantasía de que cuando se entra en la prostitución ya no se puede salir, da lugar a que esta victimización se perpetúe.

Cuando avancé en la investigación, comprobé que el daño producido en las mujeres en situación de prostitución era mucho más grave de lo supuesto después de aquella experiencia en el neuropsiquiátrico. Y en esta tarea, al igual que las personas que me acompañaron, necesité elaborar permanentemente el impacto producido en mí.

Durante el transcurso de este trabajo encontraron respuesta algunas de mis preguntas: cómo habría sido su niñez, cómo se reconocieron más tarde en lo que habían sido sus anhelos de adolescente, en las ilusiones de realización. La respuesta que el psiquiatra me había sugerido en el pabellón donde se encontraban mujeres que habían estado en prostitución -“son muchas por lo que les hicieron y les hicieron hacer”- fue lo que más tarde pude comprobar en ese largo recorrido de contacto, entrevistas y terapias. Allí también pude conocer la dignidad, el dolor y el sufrimiento de estas mujeres.

(1) Este artículo es una síntesis de la investigación cualitativa que realicé para la cual diseñé el formato y los materiales e interpreté los resultados de las diferentes técnicas utilizadas, que fueron: 1. Relevamiento del imaginario social a través de a) técnica de investigación motivacional con Cámara Gesell a grupos por separado de hombres y mujeres, de diferentes franjas etáreas pertenecientes a tres sectores socioeconómicos y b) relevamiento de opiniones sobre el tema en diferentes grupos sociales y en los Talleres realizados en el marco de cuatro Encuentros Nacionales de Mujeres;2.Conversaciones con mujeres en situación de prostitución, tanto en grupo como individualmente, mantenidas en bares a los que ellas concurren;3. Toma del relatos de informantes clave; 4.Entrevistas en las que se recogió material con una técnica mixta de historia de vida y reportaje, con toma de tests gráficos. 5. Análisis e interpretación de los tests gráficos. Intervine en todos los tramos de la investigación contando con la colaboración de un grupo de especialistas contratadas en las siguientes actividades: Lic.en Psicología Lucía Ansalone, en el punto 1.a); Sara Torres y Licenciadas en Antropología Cynthia Golzman y Nélida Luna, en el punto 4; Lic. en Psicología Norma Bisignani en el punto 5.
A partir del relato de pacientes que atendía en el consultorio y en el hospital - tanto varones como mujeres- pude conocer en muchos casos, bajo múltiples formas de manifestación, las inequidades de género en nuestra cultura, y, entre otras fundamentales, la apropiación masculina del cuerpo de la mujer. Tal apropiación es violencia y se da en un continuo que va desde aparentes sutilezas en la práctica sexual en las relaciones de pareja, pasando por grados más severos de violencia, hasta llegar a la situación de la mujer en prostitución, donde las consecuencias son de la mayor gravedad.


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