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miércoles, 2 de agosto de 2023

Prostitución…el mundo al revés


 Prostitución…el mundo al revés

Amparo Mañes

Psicóloga por la Universitat de València. Feminista. Agenda del Feminismo: Abolición del género

 

Con frecuencia hemos visto películas en las que aparecen sufragistas o feministas que son ridiculizadas por defender los derechos de las mujeres en general, y la abolición de la prostitución en particular.

 

Igualmente vemos a diario cómo se afirma que las feministas son retrógradas, moralistas y reaccionarias por reclamar la abolición de la más antigua explotación humana, la prostitución. Mientras que los puteros y quienes les defienden, se presentan como gente de vanguardia, moderna y transgresora.

 

En cuanto a cuál de ambas posiciones es retrógrada y cuál transgresora, me pregunto desde cuándo es más moderno defender la prostitución -la más antigua institución patriarcal- que defender su abolición. O desde cuándo es más más transgresor reforzar el sistema patriarcal que cuestionarlo.

 

La acusación de moralista o retrógrado formulada al Feminismo no es solo injusta. Es que es mentira. Porque fue el Feminismo el que reclamó la libertad sexual de las mujeres con la feroz oposición de los hombres; que incluso hoy, aún mantienen una doble moral sexual. Porque, sin dejar de aprovechar en su beneficio la libertad sexual de las mujeres, luego no tienen empacho en apartar a las «demasiado accesibles». Eso sí que es ser moralista o retrógrado.

 

Lo que no se puede, como hacen, es confundir la libertad sexual con la prostitución, en la que una mujer, forzada por su pobreza y vulnerabilidad, es el «objeto» de un auténtico acto de onanismo masculino en el que la excitación sexual se debe a haber erotizado el poder sobre una mujer que no está en condiciones de negarse.

 

Es especialmente asombroso que se juzgue como «reaccionario o rancio» defender el derecho de las mujeres a una vida digna y libre de violencia, mientras se pretende considerar de lo más moderno seguir oprimiendo a las mujeres por medio de una brutal violencia sexual. Salvo, claro está, que esa gente tan «vanguardista» considere, en el más puro estilo patriarcal, que las mujeres somos inferiores y que, de entre nosotras, hay quienes ni siquiera son sujetos de ese básico derecho humano.

 

Por otra parte, y dejando de lado el intento de demonizar el Feminismo por reclamar la abolición de la prostitución con esos argumentos falaces que acabamos de exponer, seguro que, hablando de las mujeres prostituidas, han oído decir que la prostitución es fruto de su libre elección y que las «empodera» mucho.

 

De nuevo se acude a una clamorosa falsedad. Porque la única persona libre ahí es el putero: es él quien fija cuándo, cómo y qué quiere… sin que, en la inmensa mayoría de los casos, la mujer pueda poner condición alguna. Es el putero el que tiene un poder al que, en cambio, la mujer prostituida se ve obligada a renunciar. Por eso, ese tipo que dice cínicamente que la prostitución empodera a la mujer prostituida, es el primero que, además de negarle a ella cualquier poder y de cosificarla despiadadamente, la considera basura social, y se mea en su cara (a veces, literalmente).

 

Parece claro que, en materia de prostitución, la estrategia que se sigue es invertir los términos: llamar antiguo a lo que es más nuevo, retrógrado a lo que es transgresor, libertad sexual a lo que es prisión y empoderante a aquello que despoja de todo el poder.

 

En fin, estoy convencida de que, en prostitución, la única basura anticuada, retrógrada y reaccionaria es la gente que la defiende. Especialmente, y dejando aparte a los proxenetas, que son delincuentes «oficiales», los puteros. Esos puteros a quienes, debiendo también ser considerados delincuentes, toda una Secretaria de Estado de (des)Igualdad llama clientes y les ofrece garantías de no ser -ni siquiera- multados, aunque violen a una mujer que no les desea, a la que le provocan náuseas y que se tiene que drogar para soportarlo, demostrando -en su máxima expresión- lo despreciable y patriarcal de la figura del consentimiento, esa novedosa manera de decir ¿susto o muerte?

 

Lo más grave es que Unidas Podemos no es el único partido que defiende a los «pobres puteros». Hay demasiados partidos políticos defensores de la prostitución, por acción o por omisión a derecha e izquierda del espectro político. Y por eso es necesario que se sepa que cualquier partido que no sitúe la abolición de la prostitución como una prioridad de su agenda, es cooperador necesario del mantenimiento de esta brutal institución patriarcal y pueden aplicarse, en lógica consecuencia, los calificativos de anticuados, retrógrados y reaccionarios. Que no nos cuenten milongas.

 

#AboliciónProstitución


 Fuente

https://tribunafeminista.org/2023/05/prostitucionel-mundo-al-reves/






miércoles, 26 de julio de 2023

La industria del género es preparación corporativa para el transhumanismo

 

Desde la época de los pensadores griegos en occidente se ha segmentado el ser humano en partes separadas y muchas veces antagónicas: cuerpo, alma, psique, espíritu, razón. Aquello hoy se ve retomado desde la óptica capitalista tomando al cuerpo como una mercancía más, como un objeto susceptible de ser intervenido y puesto en el mercado. Son los negocios que han tomado las riendas de la ciencia e imponen sus interpretaciones.

La cosificación de las personas y su explotación son normas. Es en este punto en que esta temática se relaciona directamente con la prostitución, con la trata de personas, con los intentos de despenalizar y, por ende, legalizar el proxenetismo, reglamentar la prostitución. Conceptos como libre albedrío, consentimiento, elección, buscan legitimar estas explotaciones y violaciones de los Derechos Humanos.

Alberto B Ilieff


La industria del género es preparación corporativa para el transhumanismo

Ciencia, Derechos humanos, Feminismo, Sociedad 12 junio, 2023 Jennifer Bilek

 


La industria del género es preparación corporativa para el transhumanismo

“Si entendemos el mecanismo y los motivos de la mente grupal, ahora es posible controlar y regir a las masas de acuerdo con nuestra voluntad sin que ellas lo sepan”. (Edward L. Bernays)

 

Transgénero no es un tipo de persona. Es el nombre de una serie de presiones corporativas que preparan a niños y adultos para la disociación del cuerpo industrial, abriendo así a la humanidad a más intrusiones corporativas en nuestros cuerpos. Es la colonización de humanos, apuntando directamente a la próxima generación. Es, como afirma la renombrada transhumanista Martine Rothblatt, “la vía de acceso al transhumanismo”.

 

La palabra transgenerismo no es apta para la comunicación. No define nada con claridad, sino que oscurece la industria que se manifiesta en su nombre. Es un término general impreciso, bajo el cual se asientan demasiadas ideas en conflicto, lo que permite que sus rasgos definitorios se modulen cada vez que alguien critica su ideología y los mercados formados a su alrededor. Instituir la identidad de género como un concepto legal deconstruye lo que significa ser humano, ya que somos una especie biológica y sexualmente dimórfica. Lo que sucede es que el estado corporativo está deconstruyendo el sexo como un paso hacia la alienación de nuestra humanidad. Las interminables discusiones sobre la “identidad de género” oscurecen este hecho.

 

Durante una década, un lenguaje codificado progresivamente de disociación corporal ha tomado forma simultáneamente en el paisaje de múltiples civilizaciones occidentales. Términos como identidad de género, transición, disforia corporal, hombres embarazados, portadores de cuello uterino, género binario y “espectros” sexuales de varios tipos se han repetido sin descanso en los principales medios de comunicación. Estos términos, usados ​​repetidamente, disocian a los individuos de sus realidades sexuadas. Ahora están integrados en nuestras estructuras legales bajo el marco de los derechos humanos.

 

Cuando vemos a la humanidad y nuestras realidades sexuadas como otra frontera para abrir mercados para la especulación corporativa, lo que se conoce como un «movimiento de derechos humanos» para las personas que desconocen su sexo comienza a tomar otra forma.

 

«La inclusión es más que una causa social. Es una oportunidad de negocio. Es el momento de maximizar el crecimiento de tu negocio».

–Consultoría DMI

 

La disociación del cuerpo como una identidad progresista y liberadora es promovida a los niños por organizaciones activistas, corporaciones, Hollywood, las industrias de la música, la moda y la belleza, por el establecimiento médico, en las redes sociales y en las escuelas. El poder del mensaje de que disociarse del propio cuerpo sexuado es progresivo proviene de su implacable saturación en los principales medios de comunicación, un oligopolio que construye una narrativa hegemónica y muchos de cuyos medios cuentan con el apoyo de BlackRock y Vanguard, dos empresas de inversión multinacionales estadounidenses con billones de dólares en activos y un interés concertado en esta narrativa.

 

Authentic Brands Group recibió una inversión de $875 millones de BlackRock en 2019. Authentic Brands Group posee 50 marcas, incluida Sports Illustrated, que ahora presenta a dos hombres «trans» en sus portadas. Su marca Aeropostale dona dinero a causas LGBT de su colección “género neutral”.

 

Vanguard es el mayor accionista de Marqeta Inc., una plataforma global de emisión de tarjetas de crédito. Visa, con Marqeta Inc., es compatible con Daylight, la nueva «tarjeta de crédito queer» y plataforma de banca digital. Daylight comercializa su tarjeta para vender procedimientos de fertilidad con tecnología médica asistida a la comunidad lesbiana y gay y a aquellos niños a los que ahora se les ofrece la invitación de comprar sexos sintéticos (la T y la Q en LGBTQ+) a costa de su futura fertilidad. Es la primera plataforma bancaria LGBTQ+ de tecnología financiera, o fintech.

 

Global Market Insights proyecta una tasa de crecimiento anual compuesta del 11,5 % entre 2023 y 2032 para las cirugías destinadas a crear características sexuales sintéticas. Esta tasa de crecimiento no considera las tendencias crecientes en las cirugías de acortamiento de la clavícula, las operaciones en los pies de los hombres para que parezcan más pequeños o las complicaciones creadas por estas operaciones innecesarias para atacar y reorganizar el sexo y otras características de cuerpos jóvenes sanos para ayudar a los hombres a verse como el sexo opuesto, como eunucos, o como ambos sexos. Este análisis de mercado no incluye las drogas peligrosas que se usan en los jóvenes, como los bloqueadores de la pubertad y hormonas sexuales cruzadas. El aumento de las ventas de anestesia, antibióticos y medicamentos anti-rechazo vinculadas a la creación de partes del cuerpo sintéticas utilizadas para ocultar socialmente el sexo tampoco se tienen en cuenta en el mercado de crecimiento proyectado. Los suministros médicos, la investigación, las clínicas y la capacitación especial para cirugías nuevas y complejas no se contabilizan en las ganancias proyectadas.

 

El gran cambio de marca

La palabra transgenerismo es un cambio de marca de la palabra transexualismo, que tiene sus raíces en el fetichismo travesti. Transexualidad es el término coloquial para la parafilia autoginefilia, por la que los hombres, excitados por la fantasía de sí mismos como mujeres, usan ropa estereotipada de mujer, específicamente ropa interior, para satisfacer una compulsión sexual. Esto solía ocurrir en privado. Cuando la farmacología y la tecnología hicieron posible que el diminuto número de hombres con este fetiche escalara sus comportamientos a facsímiles de biología femenina o características sexuales sintéticas construidos quirúrgicamente, la transexualidad echó raíces en la industria médica.

 

A medida que avanzan la tecnología y los productos farmacéuticos para realizar cirugías sintéticas más realistas, el crecimiento del mercado obliga a la sociedad a aceptar públicamente esta parafilia y la ideología desarrollada a su alrededor que niega nuestra realidad biológica, elevándonos por encima y desarraigándonos del mundo real. Una parafilia de hombres adultos es difícil de vender, pero envuelta en el discurso de los derechos humanos y cooptando la rebeldía natural de la juventud, da en el clavo del marketing.

 

Global Market Insights informa que «los crecientes casos de disforia de género y los sólidos avances en los procedimientos de reasignación de sexo impulsarán las perspectivas del mercado». Además, afirman que “la introducción de nuevas políticas gubernamentales que apoyen la cirugía de reasignación de sexo debería motivar a una gran parte de la población a optar por estos procedimientos”. Esta remodelación de la humanidad va en aumento porque es posible. La promoción de estas cirugías, para las cuales nuestras sociedades están siendo modificadas, está impulsando la demanda. Los avances en IA, genética, recolección de datos, biotecnología, tecnología reproductiva e implantes neurológicos, que suceden junto con la comercialización de la disociación del cuerpo para los jóvenes, generarán mayores ganancias para el complejo tecno-médico y más intrusiones íntimas en nuestra biología en el futuro.

 

Cuando se lanzó inicialmente el cambio de marca de la transexualidad comercializada para niños hace una década, se enmarcó como un tratamiento para la disforia corporal, un problema de salud que anteriormente afectaba a una parte minúscula de la población. Cuanto más se promovía en los principales medios de comunicación, más rápido aumentaba el número de niños que reclamaban una identidad sexual alternativa. Rápidamente se enmarcó como un estilo de vida progresista, deseable y vanguardista para los jóvenes. Mujeres jóvenes que se han sometido a mastectomías de sus senos sanos posan para anuncios corporativos de ropa interior, crema de afeitar y líneas de productos femeninos, además de caminar en pasarelas de moda y aparecer en las portadas de las revistas, mientras se ha establecido un entorno amenazador para cualquiera que no acepte la narrativa de que esto corresponde a un derecho humano.

 

¿Por qué los gobiernos están revisando rápidamente las sociedades basadas en el reconocimiento de la realidad del dimorfismo sexual de nuestra especie para adaptarse a lo que alguna vez fue una pequeña fracción de hombres con parafilia? La autoginefilia, o más coloquialmente, el transexualismo, reduce la humanidad sexuada de las mujeres a partes adquiribles para mitigar las fijaciones de los hombres. Ha sido renombrado como “transgenerismo” para preparar a los jóvenes hacia la disociación del cuerpo, abriéndolos a la comercialización y experimentación para la ingeniería de la evolución de nuestra especie.

 

Nunca ha habido un supuesto movimiento de derechos humanos que haya ganado el apoyo del mundo corporativo, los gobiernos y la industria financiera como lo que ahora se enmarca como «nuevos sexos». Durante una década, las estructuras filantrópicas, políticas, legales y de derechos humanos, la industria tecnológica y las casas financieras más grandes del mundo han apoyado derechos especiales para las personas que reclaman una identidad sexual sintética, una identidad posible gracias a la tecnología tecno-médica. Complejo que se beneficia de ellos y utiliza el marco de los derechos humanos de lesbianas, gais y bisexuales para impulsar una narrativa de progresismo.

 

El fin de la humanidad

Cuando el sexo es abolido como una categoría significativa, también lo es la humanidad tal como la conocemos. Este es el punto de la floreciente industria del género. Más allá de la especulación -de la que hay mucha- con identidades recién construidas que requieren toda una vida de atención médica y reproducción asistida una vez que los pacientes infantiles son esterilizados, se prepara al público. Evalúa su aceptación de las intrusiones biomédicas que cambian la forma en que nos vemos a nosotros mismos. ¿Aceptará la gente el abuso sexual de niños si cree que es de buena fe? ¿Hasta dónde podemos llegar con nuestras intrusiones tecno-médicas en los humanos y el ataque a la humanidad de las mujeres como seres sexuados diferentes de los hombres?

 

En un paisaje donde reina la reproducción tecnológica, tener sexo por diversión será el único objetivo del acto sexual, mientras sigamos siendo humanos. Este paisaje está siendo cultivado por hombres promovidos por los más altos niveles de gobierno y cuyo objetivo es cambiar las leyes sobre lo que constituye la masculinidad y la feminidad. Hombres como Rachel Levine, Sam Brinton, Danica Roem y Petra De Sutter son figuras decorativas que nos ayudan a prepararnos como ciudadanos para abolir la frontera sexual entre hombres y mujeres.

 

Creer que todas nuestras instituciones y leyes están cambiando rápidamente porque las entidades corporativas poderosas se preocupan por las personas que tienen dismorfia corporal es un absurdo tan grande que, al creerlo, bien podríamos vivir dentro de un culto global. Estamos tan instalados en una realidad virtual construida corporativamente, donde algunas personas viven fuera de los parámetros de nuestra especie sexualmente dimórfica, que no podemos ver que hemos sido adoctrinados.

 

Martine Rothblatt, el empresario estadounidense y transhumanista transexual autoproclamado que cree que el transgenerismo es la vía de acceso al transhumanismo, es un hombre con un plan para deconstruir el dimorfismo sexual con el objetivo final de sacar a los humanos de su biología y crear a Dios con la tecnología. Se mezcla con gente de los niveles más altos de la política, la tecnología, los productos biofarmacéuticos, Hollywood y la red de negocios LGBT. En 2016 dio una conferencia en Canadá sobre la necesidad de «transhumanistas tecnológicos» para el primer marco legal para la aprobación de proyectos de ley de género en todo el mundo. Trabajó para la NASA y ayudó en el Proyecto Genoma Humano a nivel de la ONU. Es dueño de una corporación biofarmacéutica, una granja de xenotrasplantes y una corporación de impresión de órganos en 3D. Ha creado también una religión de desencarnación con su mentor William Sims Bainbridge. Ha construido un robot de su esposa y da conferencias sobre la fusión de la humanidad con la inteligencia artificial y la sensibilidad de la misma.

 

Rothblatt ha estado escribiendo sobre los cambios en la humanidad que deconstruirán el dimorfismo sexual desde 1995. Compara el dimorfismo sexual con el apartheid sudafricano. Ha escrito sobre el futuro tecnológico de la reproducción, donde los humanos, unidos a la tecnología, no necesitarán copular.

 

La Dra. Heather Brunskell-Evans, filósofa académica del Reino Unido, informó en 2021 de una cita de Gendered Intelligence (GI), un grupo de presión global «transgénero» que aboga por permitir a los niños manipular sus características sexuales. GI afirma que la libertad de los niños y jóvenes radica en «desmantelar el poder culturalmente adscrito de lo biológico». Esta es una declaración fascinante. El mensaje de GI parece claro: la realidad biológica del sexo es una construcción social, que se percibe que ejerce demasiado poder.

 

Un informe del Ministerio de Defensa del Reino Unido publicado recientemente detalla los avances en la remodelación humana, no solo en lo que respecta al Ministerio de Defensa, sino también a nuestras vidas como seres humanos. “El mejoramiento humano tiene el potencial de impactar cada faceta de nuestras vidas e incluso cambiar el significado de lo que significa ser humano. Podría desafiar los conceptos filosóficos, nuestros sistemas de creencias y los marcos éticos y legales de formas que no hemos previsto”, afirma.

 

¿No estamos presenciando esos cambios ahora, en la nueva industria del género, enmarcada como un movimiento de los derechos humanos? Cuando se habla de bloqueadores de la pubertad, medicamentos que han demostrado causar daños irreversibles, Gendered Intelligence afirma: «Es importante que los niños y los jóvenes… puedan experimentar, cambiar de opinión, probar nuevos estilos, expresarse». Están abogando por que los niños tengan rienda suelta para elegir cambiar sus características sexuales y usar drogas peligrosas para hacerlo. Las leyes se están ajustando rápidamente en muchos países simultáneamente para permitir la despatologización de la incorpórea, con la ayuda de ONGs LGBT, multimillonarios y organizaciones “transgénero”.

 

Seguir el rastro

El presidente Biden aprobó recientemente un proyecto de ley en el que la «identidad de género» anulará los derechos de las mujeres basados ​​en el sexo. El lenguaje está siendo manipulado para oscurecer la realidad sexuada de hombres y mujeres. ¿Es plausible que Biden no entienda lo que está haciendo? Biden fue vicepresidente bajo Obama, con la ayuda financiera de los Pritzkers, una de las familias más ricas del mundo. Jennifer Pritzker, una de las élites de los Pritzkers, es un hombre «trans». Junto con su familia, ha gastado millones de dólares para reformar nuestras instituciones y estructuras sociales para redefinir el sexo como un sentimiento. Obama fue el primer presidente en utilizar la palabra transgénero en un discurso sobre el Estado de la Unión. También convocó una reunión especial para estudiantes «transgénero» en la Casa Blanca en 2015, lo que le valió el título de «Presidente trans».

 

La abolición corporativa de nuestra realidad sexuada allana el camino para que la humanidad se libere de las leyes físicas del universo. Nos proyecta a una realidad virtual de la que ahora estamos al borde del precipicio, donde no somos una especie sexualmente dimórfica. Zoltan Istvan, excandidato presidencial y transhumanista, declaró que “Ocurrirá una gran guerra transhumanista entre aquellos que adoptan tecnología radical en sus cuerpos y aquellos que no…. Aquellos que estén del lado de la tecnología y la IA ganarán”. En 2015, se volvió filosófico y combinó falsamente la orientación sexual con la incorpórea transhumanista.

 

Bainbridge, Rothblatt, De Sutter, Pritzker e Istvan son parte de una tendencia creciente de transexuales y tecnófilos de alto perfil que nos preparan para la realidad virtual más allá de nuestra evolución actual en la biosfera. Mark Zuckerberg, Ray Kurzweil, Yuval Harari, Joe Rogan y Peter Thiel son solo un puñado de hombres de alto perfil que han predicho, algunos con alarma, otros con satisfacción, que seremos empujados a evolucionar hacia un estado incorpóreo en fusión con AI. Con la rápida transformación de las sociedades y las leyes para eliminar el sexo y la utilización de los niños como conejillos de indias, es hora de que los tomemos en serio.

 Fuente:

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/industria-del-genero-es-preparacion-corporativa-para-el-transhumanismo/?fbclid=IwAR2XEFADv7nG82NQG9ef93VEktA87RgjXMYsfbIxyq4I0BVsxoQXR54NPlU

Nota: las letras en color y la imagen están en el original.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Trata de personas y pornografía: No, nada de “libre decisión”

 

Trata de personas y pornografía: No, nada de “libre decisión”

LUIS LUQUE

16 ENERO, 2023

 

 



La imagen de una actriz porno sonriendo ante la cámara en un filme del género puede ser la “prueba definitiva” de que, si está metida en ese mundo, es por su propia voluntad. Nada más tranquilizador que ese gesto para quien, tratando de que la conciencia no le encienda una bombilla roja, quiera ver en el rostro risueño de la joven un salvoconducto para su afición a estos productos. Es “porno ético”, qué duda cabe.

 

Detrás de la cámara, sin embargo, puede estar alguien con un arma de fuego apuntando a la muchacha, o pronosticándole una paliza como no se ha visto si no se muestra particularmente “entusiasta”. Les ha ocurrido a chicas (y a chicos) en situación de vulnerabilidad por sus malas circunstancias familiares o económicas, o por ignorancia, a quienes gente con apariencia de respetabilidad han atraído con falsas promesas de trabajo como modelos, actores, etc. Personas que han firmado “contratos” que las obligan a filmar escenas de alto contenido sexual que derivan sin demasiado protocolo en pornografía. Una vez “en ambiente”, ¿qué más da algún que otro exceso? ¿Qué importa traspasar este límie o aquel otro, aunque se incumpla lo pactado?

 

Si la persona no acepta ir a más, a actos de mayor violencia y degradación, el “empresario” dispone de métodos más coercitivos. Los ha sufrido la joven canadiense Jessa Dillow Crisp, obligada por sus familiares a filmar vídeos de este tipo ya desde que era menor de edad. Según testimonió para un artículo de la organización Fight The New Drug (FTND, de activismo contra la pornografía), “me apuntaban con un arma y me decían que si no seguía haciendo lo que me decían, me dispararían. Me estaban violando, pero yo tenía una sonrisa en el rostro. Tuve que actuar como si lo disfrutara”.

 

Si para lograr que alguien acceda a actuar en estas tragedias reales intervienen la coacción o el engaño, o ambos, no se puede hablar de decisión libre, por mucho que la chica o el chico exhiban una sonrisa Colgate. Son personas traficadas, tratadas como objetos: “cosas” vendibles, aprovechables, desechables…

 

No, no lo disfrutan, con lo que ya puede ir desperezándose la conciencia del consumidor “ético”.

 

La violencia, muy presente

Con ayuda de la responsable de un refugio para víctimas de trata con fines de explotación sexual, Jessa pudo escapar de una red de tráfico y pornografía en 2010, y se radicó desde entonces en EE.UU. El suyo es un ejemplo de superación: en lugar de aislarse en su dolor, enmudecer, anularse, tomó la senda de los estudios universitarios, obtuvo un máster en Salud Mental y fundó una ONG contra la trata de personas, BridgeHope, en Denver, Colorado. Con sus conocimientos y preparación, ha impartido formación sobre el tema a funcionarios del Departamento de Estado, del de Seguridad Interna y de la Fuerza Aérea de EE.UU.

 

La joven, que ha accedido a contestar varias preguntas de Aceprensa, sabe de lo que habla cuando aborda la relación entre el porno y la trata.

 

— ¿Cuál es el perfil típico de una persona víctima de trata con fines de explotación en esta industria?

 

— Es imposible definirlo, porque la industria de porno se mueve en función de la demanda de los compradores. Allí donde los traficantes detecten una demanda de pornografía, allí donde haya gente dispuesta a pagar por esto, hacia allí se dirigirán y crearán víctimas, que no encajan en un molde específico: pueden ser niños, niñas, adolescentes, mujeres y hombres, individuos LGBTQ+, no binarios, queer…

 

– ¿Podría darse algún porcentaje aproximado de cuántas de las personas que participan en vídeos pornográficos son víctimas de la trata?

 

— Me es imposible cuantificar ese porcentaje, pero lo que sí puedo decir es que todos los materiales fílmicos de abuso sexual infantil son trata, y los datos indican que la edad promedio a la que filman a víctimas menores de edad es a los 12,8 años (Bouché, 2018). De hecho, un término muy común de búsqueda de material pornográfico es adolescente (Waugh, 2015).

 

Por otra parte, Polaris (2020) muestra, con datos acopiados por la National Human Trafficking Hotline –una línea de ayuda–, que el porno es la tercera forma más común de tráfico sexual de adultos y menores.

 

En general, como afirman mis amigos de FTND (2022), “si alguien es engañado, manipulado o coaccionado para la producción de pornografía, eso se califica legalmente como tráfico sexual. Por ejemplo, si un actor porno se presenta en el plató y descubre que la escena es mucho más agresiva o degradante de lo que le habían dicho, y su agente lo amenaza con cancelar sus otras contrataciones si no sigue adelante con esta, se califica legalmente como tráfico sexual” (párrafo 20), lo que básicamente significa que la trata dentro de la pornografía es más común de lo que uno podría imaginar.

 

“Aunque parte de la pornografía sea consentida, es imposible distinguir qué es pornografía ‘ética’ y qué es trata”

 

— Si es común la trata, lo es entonces la violencia acompañante…

 

— La violencia física se emplea a menudo como forma de control. En mi caso se utilizó tanta, que si alguien me decía algo o me amenazaba con un objeto para obligarme psicológicamente a hacer cosas que no habría hecho por libre albedrío o elección, las hacía. Todo lo que los espectadores podían ver era mi sonrisa, pero las armas que me apuntaban durante la filmación no las captaban los camarógrafos.

 

— ¿No existe entonces, para el consumidor, una manera eficaz de identificar si la persona es víctima de la trata o si realiza esas escenas con plena responsabilidad y consentimiento?

 

— No hay forma de diferenciar, a la vista, entre quien está ahí por elección y quien es víctima de trata y está siendo forzado. Aunque parte de la pornografía sea consentida, es imposible distinguir qué es pornografía “ética” y qué es trata. Además, hay que tener en cuenta que muchas personas que eligen el porno como ‘profesión’ a menudo son violadas, obligadas a hacer cosas que no figuran en sus contratos, y experimentan violencia y traumas extremos durante el rodaje. La industria perpetúa el daño en beneficio económico de los productores.

 

                   Jessa y su esposo, John Crisp (foto: cortesía de la entrevistada)

 

Cuando el porno pone el listón

La violencia en el porno trasciende, sin embargo, el plató. Si el consumidor entiende que las prácticas que ve en pantalla son perfectamente reproducibles, el sufrimiento y la degradación hincarán el colmillo en otras personas.

 

FTND subraya que los traficantes y los abusadores sexuales utilizan estos materiales para preparar a sus víctimas, reducir sus inhibiciones y desensibilizarlas para que “normalicen” lo que, acto seguido, les sucederá a ellas (sobre esta práctica testificaron recientemente ante miembros del Senado francés varias víctimas de trata). La mencionada web cita el testimonio de Elizabeth Smart, una muchacha de Salt Lake City que en 2002, a los 14 años, fue secuestrada durante nueve meses.

 

Según narró Smart, su captor la obligaba a ver pornografía antes de atacarla sexualmente. “Estaba obligada a hacer las cosas que hacían estas mujeres en las fotos. Era casi como si estuvieran poniendo el listón, estableciendo el estándar de lo que mi secuestrador me iba a obligar a hacer después… Casi sentía como si esa pornografía fuera mi sentencia”.

 

Una sentencia que, de forma distinta, pero igualmente negativa, afecta también al espectador y a las personas con las que este se cruce en la vida real. Hay múltiples estudios sobre el tema, uno de ellos muy reciente, el de un equipo británico-estadounidense que examinó los comportamientos de 2.815 consumidores de porno de Alemania, Taiwán, EE.UU. y Corea del Sur. Los investigadores constataron que el visionado de estos materiales incidía de modo notable, en las personas muestreadas, en el desarrollo de una actitud de “cosificación sexual” hacia otras.

 

“La aceptación de la cosificación sexual puede conducir a la aceptación de la violencia contra las mujeres –apuntan–, pero también hay datos que sugieren que no hacen falta formas extremas de cosificación sexual (por ejemplo, una agresión) para afectar negativamente a las víctimas, pues incluso una cosificación sexual sutil en el día a día puede perjudicar el bienestar emocional de las víctimas”.

 

“Aquellas imágenes no definen quién soy”

 

Del pantano del porno nadie sale limpio. Las víctimas, las que menos, y su recuperación es ardua. Jessa, que como experta en salud mental ha hablado con cientos de supervivientes, nos habla de un proceso difícil: “Dado que la curación dura toda la vida, encontrar recursos como vivienda, atención médica, de salud mental y becas para su educación es muy difícil, y se necesitan más servicios para evitar que estas personas vuelvan a ser explotadas”.

 

Tampoco salen indemnes quienes hunden a estas personas en el fango, ni quienes disfrutan del espectáculo desde la orilla. Hay varios perjuicios, y muy interconectados.

 

“El usuario de pornografía suele referir pensamientos negativos sobre sí mismo y dificultades para conectar sexualmente con su pareja”

 

— ¿Cómo se traduce el daño en la vida personal de los consumidores y en sus relaciones sociales?

 

— A nivel neurológico, cuando las personas se autocomplacen sexualmente ante estímulos externos, experimentan una oleada del neurotransmisor del bienestar llamado dopamina, lo que crea una correlación entre pornografía y placer. La dopamina no solo desempeña un papel en las cualidades adictivas del porno, sino que, a medida que una persona sigue consumiéndolo, puede desarrollar una tolerancia a este. Así, lo que solía desatar el subidón de dopamina en el pasado puede requerir otras formas y tipos de porno para crear sensaciones similares de placer. Esto a veces conduce al uso ilícito de material de abuso sexual infantil y/o a la compra de personas que son objeto de trata en el comercio sexual.

 

Por otra parte, el usuario de pornografía suele referir una menor autoestima, menor confianza, más experiencias de depresión y ansiedad, así como pensamientos negativos sobre sí mismo. Además, manifiesta dificultades para conectar sexualmente con su pareja, para fomentar una relación emocional y física con ella.

 

— Por último: a las personas obligadas a participar en vídeos pornográficos, ¿les es posible superar esos recuerdos desagradables y evitar que influyan en sus vidas una vez rescatadas?

 

— Como profesional de la salud mental y como superviviente de la pornografía, creo que es posible curarse y sobreponerse a los recuerdos desagradables de haber sido explotada en el porno, aunque también es increíblemente difícil. Al igual que es difícil recuperarse de una operación quirúrgica importante, hacerlo de las heridas sexuales, físicas y emocionales relacionadas con la explotación que tiene lugar en la producción de pornografía es extremadamente arduo. Requiere no solo trabajo duro y perseverancia, sino un dedicado equipo de profesionales formados que estén equipados para guiarla a una a través del proceso de recuperación.

 

Personalmente, he tenido que aprender a vivir sabiendo que las imágenes de mi humillación, mi violación y el dolor sádico que sufrí se siguen comprando en todo el mundo, lo que significa que sigo siendo objeto de trata y explotación a través del porno. Hoy, sin embargo, soy una superviviente, escritora, oradora, poetisa, esposa, profesional de la salud mental y estudiante de doctorado. Aquellas imágenes no definen quién soy.

 

Fuente:

https://www.aceprensa.com/sociedad/pornografia/trata-de-personas-y-pornografia-no-nada-de-libre-decision/

Nota: las imágenes y palabras en negrita están en el original.







lunes, 10 de agosto de 2020

La prostitución en la agenda feminista

 

La prostitución en la agenda feminista

ROSA COBO

Profesora de Sociología de la Universidad de A Coruña y escritora feminista.

 

Las agendas feministas tienen una duración indeterminada. Surgen de la realidad social, es decir, de las opresiones más lacerantes que viven las mujeres, del clima cultural y político instaurado en esas sociedades, de las alianzas políticas que establece el movimiento feminista, de las políticas públicas que se aplican o de las alianzas que establecen los movimientos antifeministas contra las mujeres. Hay muchos factores que están detrás de la creación de las agendas feministas, como hay muchos factores detrás de las agendas de los partidos políticos o de los movimientos sociales. Las agendas se suelen consolidar en torno a alguna vindicación feminista. Cada ola feminista se ha articulado históricamente alrededor de una vindicación que se consideraba fundamental para la libertad y la autonomía de las mujeres, pero con otras muchas a su alrededor. Ahora que el feminismo es una realidad global, hay agendas específicas, pero también una lógica vindicativa global en la que se inscriben las agendas particulares. Esa lógica global, en el siglo XXI, no la articulan los países en los que el feminismo ha tenido mayor desarrollo en el pasado. Surge de la desigualdad y malestar que millones de mujeres sufren en todo el mundo. Es una opresión de la que necesitamos librarnos para vivir, que lastra nuestras vidas y priva de moralidad la vida colectiva. No es difícil identificar la violencia como el nervio de esa lógica feminista en el marco de la cuarta ola.

 

En nuestra sociedad, el aborto articuló durante décadas del siglo XX la lucha feminista. El feminismo analiza la expropiación de nuestros cuerpos como el origen del dominio masculino. No fue fácil que el feminismo diese espacio a otra vindicación que no fuese el aborto. Sin embargo, la violencia se abrió paso en la agenda feminista con una enorme fuerza. Las mujeres necesitábamos mostrar y sacar a la superficie esa herida tan profunda en nuestras vidas. La sociedad empezó a comprender que no todo es lícito en las relaciones de pareja, que lo privado no puede estar completamente blindado cuando hay violencia. No importaba que hubiese mujeres que no denunciasen. Aunque no lo hicieran, el feminismo comprendió que no era el consentimiento lo que mantenía a las mujeres en una relación de violencia.

 

Ahora estamos viviendo con la prostitución un fenómeno similar al que ocurrió cuando no parecía que fuese tan relevante políticamente la violencia patriarcal frente a la lucha por la legalización del aborto. Como en los años noventa, estamos viviendo un momento de transformación de la agenda feminista. En el marco de esta cuarta ola, la violencia contra las mujeres se ha agrandado como vindicación política y se ha identificado la violencia sexual como una de las grandes opresiones que lastran la vida de las mujeres, pero también como un factor de deslegitimación de las democracias. Como todas las vindicaciones, ha surgido de abajo, del malestar de tantas mujeres que han sufrido violencia. Esta lógica analítica y política de lucha contra la violencia sexual nos ha conducido a la identificación de la explotación sexual. Y esa es la razón por la que una parte del feminismo está luchando por colocar en un lugar central de la agenda feminista la abolición de la prostitución. No hubo consentimiento, aunque no hubiese denuncia, en las relaciones de violencia, ni tampoco hay consentimiento en mujeres que no tienen más que su cuerpo para sobrevivir en la prostitución.

 

Campaña Ninguno tiene excusa. Sevilla. España 23.9.17


La pregunta de por qué la prostitución debe ocupar un lugar visible en la agenda feminista tiene que ver con varias cuestiones. La primera es que la prostitución mercantiliza los cuerpos de las mujeres. ¿Es lícito que una sociedad segregue a un grupo de mujeres para uso sexual de los varones? ¿Debemos aceptar la regla patriarcal de que hay dos tipos de mujeres, las públicas y las privadas, las decentes y las indecentes? ¿Y que cada una de nosotras debamos mirarnos en uno de los dos espejos en función de dónde hayamos nacido? ¿Es éticamente asumible que los únicos cuerpos que no importan, los que se mercantilizan, sean los cuerpos de mujeres sin recursos y mayoritariamente de sociedades con altas tasas de pobreza? ¿Es aceptable semejante privilegio patriarcal? Pregunto a la izquierda si todo debe estar en el mercado, incluso los cuerpos de mujeres y niñas. ¿La sanidad debe estar fuera del mercado y los cuerpos de mujeres y niñas dentro?

 

La segunda cuestión está relacionada con el hecho de que la industria de la explotación sexual tiene un carácter central para el capitalismo más criminal, aquel que promueve la economía ilegal como estrategia de desarrollo. El capitalismo neoliberal, y los bárbaros del patriarcado que lo representan, promueven las economías ilegales como forma de obtener altos y rápidos beneficios y como forma de contribuir a los procesos de acumulación capitalista.

 

¿Por qué habría de importarnos a las feministas el destino de miles de mujeres con escasos recursos y sin apenas posibilidades de sobrevivir cuando, además, la mayoría ni siquiera son españolas? En primer lugar, porque todas las mujeres son nuestras hermanas y porque el destino de unas pocas nos compromete a todas. En segundo lugar, porque el segmento femenino formado por esas ‘otras’ no hace más que crecer e indudablemente llegará a muchas mujeres autóctonas y sin recursos. En tercer lugar, porque los sectores más duros del sistema patriarcal no quieren que los varones pierdan el ‘derecho natural’ de disponer de mujeres para su uso sexual. En cuarto lugar, porque hay que decir al capitalismo que no todo puede estar dentro del mercado, que nuestros cuerpos no son mercancías, que no aceptamos la segregación patriarcal que significa poner a un grupo de mujeres con pocos recursos y pertenecientes en su mayoría a comunidades inferiorizadas culturalmente en el mercado para uso sexual de todos los varones.

 

El movimiento abolicionista reclama una ley que penalice a proxenetas y puteros y exige el fin de los burdeles y pisos para la prostitución, pero también una renta universal para que las mujeres no se vean obligadas a sobrevivir en la industria de la explotación sexual. La lucha contra la prostitución ha entrado en la agenda feminista y ha venido para quedarse. No se va a ir porque la prostitución crece y la violencia alrededor de la prostitución también. El destino de un grupo de mujeres nos compromete a todas, igual que el asesinato de George Floyd en EE.UU. compromete a toda la comunidad negra.

 

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  Fuente

https://blogs.publico.es/dominiopublico/33393/la-prostitucion-en-la-agenda-feminista/





El mito de la pulsión sexual incontrolable

 

EL MITO DE LA PULSION SEXUAL INCONTROLABLE

12/7/2017

6 de agosto 2017

Por Francine Sporenda

Original: https://revolutionfeministe.wordpress.com/2017/08/06/le-mythe-de-la-pulsion-sexuelle-incontrolable/revolutionfeministe.wordpress.com/2017/08/06/le-mythe-de-la-pulsion-sexuelle-incontrolable/

Traducción Maura López

Colaboración: Maite Sorolla


(Suzzane Blac)

 

El argumento de la pulsión sexual incontrolable es un cliché central del discurso de legitimación y excusa para las violencias masculinas. Si solo se trata de responder a la pregunta: “¿las pulsiones sexuales masculinas son verdaderamente incontrolables?”, la respuesta es obvia e inmediata: no, no lo son. Porque -a menos que estén locos o borrachos- los hombres no violan a las mujeres cuando las condiciones externas no son propicias y si no están casi seguros de quedar impunes (o de creer estarlo): no violan en público, ya sea en un restaurante, en el trabajo, en una estación de tren, o en el supermercado. El acting out de un violador ocurre después de una evaluación de los riesgos y de las posibilidades de éxito. Debe haber ausencia de testigos (salvo sin son cómplices), relativa debilidad física de la víctima, que esta esté incapacitada por el alcohol o la droga, etc. Si el riesgo es demasiado grande, el acting out se suspende. Además, el argumento de la pulsión incontrolable es igualmente inválido en los casos de hombres que golpean a sus parejas, según ellos cuando están furiosos no pueden dejar de golpearlas, pero sí pueden controlarse cuando se trata de su patrón. La violación no es el resultado de una pulsión sino de un cálculo y hasta de una estrategia.

 

En cambio, lo que es necesario analizar más en detalle es el papel que juega este remanido argumento en el discurso patriarcal y cuál es el mensaje relativo a la sexualidad masculina que transmite.

 

Afirmar que las pulsiones sexuales masculinas son incontrolables es, en primer lugar, plantear un enunciado paradójico: es sugerir al mismo tiempo que las pulsiones sexuales son altamente peligrosas, asociales e incluso criminales y sin embargo no pueden ni deben ser reprimidas: está mal, pero no podemos hacer nada para remediarlo, “boys will be boys”. No es posible entonces sancionar la violación, el incesto y la pedofilia, como mucho se pueden canalizar esas «pulsiones» hacia la prostitución que, en el discurso patriarcal tradicional, existe precisamente para preservar a las mujeres y los niños de la violación. Lo que constituye una falacia, dado que no se ha aportado ninguna prueba que indique que la prostitución reduce la cantidad de violaciones sino que, por el contrario, diversos estudios señalan que en reglas generales, en las culturas donde hay más prostitución hay más violaciones. En todo caso, no existe ningún otro crimen, asesinato, robo, etc, para el cual el discurso dominante diga: es un delito que no debe ser castigado, en un “delito aceptable”.

 

«Todos Violadores»

 

Lo que es más, son los propios hombres patriarcales los que se describen a sí mismos como depredadores y criminales sexuales en potencia, es la virilidad en sí misma la que plantean como esencialmente salvaje, amoral y por encima de la ley. Y nos dicen que no hay que intentar reprimir sus pulsiones porque sería imposible: esas pulsiones son naturales, biológicas, hormonales y no se puede ir en contra de la naturaleza.

 

Que dichas pulsiones sean presentadas por el discurso patriarcal como «naturales» apunta a hacerlas pasar, del mismo modo que a las otras pulsiones naturales—comer, beber, etc– por necesidades biológicas vitales cuya satisfacción es imperativa, sin la cual estaría en peligro la supervivencia de los individuos que no puedan satisfacerlas. A los hombres les gusta insistir en el hecho de que la no-satisfacción de sus pulsiones sexuales es dolorosa (el síndrome de los “pelotas explosivas”) y provocaría debilitamiento físico, trastornos psicológicos y depresión. Esta equiparación de los deseos sexuales masculinos con necesidades vitales es aceptada como una evidencia en el discurso dominante a tal punto que justifica la creación de un «servicio sexual» (en claro, la disponibilidad gratuita de mujeres prostituidas) pagado por los contribuyentes, del que deberían disponer los individuos inválidos de sexo masculino. Esta argumentación, en la que se justifica la puesta a disposición de prostituidas para los inválidos, la pulsión sexual masculina no solo se naturaliza, sino que además se medicaliza, se trata de un derecho a la salud: ¿quién se atrevería a negar a un macho que sufre, prestaciones sexuales que le son prácticamente prescritas por un médico?

 

El argumento de las pulsiones sexuales incontrolables opera a favor de la naturalización de una construcción social; el deseo masculino se convierte en necesidad para conferirle una evidencia indiscutible. En reglas generales, los dominadores naturalizan los elementos fundadores de su dominación para ocultar su historicidad y hacerla parecer inamovible.

 

¿Quién, ante una tal urgencia sanitaria, se atrevería a recordar que eyacular no es una necesidad, que nunca un hombre ha muerto de castidad? Y que aun si admitimos la hipótesis no-científica de que una descarga regular de los testículos es necesaria para la buena salud masculina, todos los hombres pueden hacer ellos mismos esta descarga, incluyendo a los minusválidos—a menos que estén amputados de las dos manos.

 

Pero no, para que los hombres se sientan bien, deben imperativamente eyacular en orificios corporales -vagina, boca o ano- y no en cualquier orificio, no en los orificios masculinos, única y exclusivamente en los orificios femeninos. Aún si los individuos de sexo masculino poseen dos orificios perfectamente idénticos a los femeninos, para los hombres heterosexuales está fuera de cuestión considerar que puedan servir a satisfacer sus pulsiones: solo los orificios femeninos están sexualizados en tanto que los orificios masculinos escapan a esta sexualización. Entre paréntesis, un participante en Facebook hablaba de “santuarización de la vagina” con respecto a una denuncia feminista de la noción de “deber conyugal”: para él, las mujeres no deberían hacer tanta historia cuando son obligadas a tener relaciones sexuales no deseadas. De hecho, si hay algún orificio que esté santuarizado, no es la vagina de las mujeres -puesta a disposición de los hombres por el matrimonio, la pornografía, la violación, la pedofilia y el incesto- sino los orificios de los hombres heterosexuales, cuyo rechazo a dejarse penetrar es tan obsesivo como su exigencia de penetrar a las mujeres de todos los modos posibles.

 

La noción de pulsión incontrolable sirve principalmente para eximir de responsabilidad a los hombres. con esta afirmación de incontrolabilidad, los hombres dicen: hagamos lo que hagamos, por más atroces que sean los crímenes sexuales que cometemos, no debemos ser considerados responsables: “no somos nosotros, son nuestras pulsiones”. Pulsiones de las cuales los hombres hacen responsables a las mujeres —hasta a las niñas— culpándolas de ser provocativas y tentadoras.

 

En fin, la noción de “pulsión incontrolable“ contiene una amenaza: si esas pulsiones salvajes y asociales que pueden estar dirigidas hacia cualquier blanco no pueden ser saciadas, constituyen un peligro para el orden público. De manera implícita se perfila el fantasma de hordas de hombres en celo que inundarían las calles, agrediendo sexualmente a todo lo que esté a su alcance, incluyendo niñas y mujeres llamadas “respetables” atentando de esta manera contra la propiedad de otros dominantes o inclusive contra la de los dominantes mismos.

 

Por todas estas razones, las pulsiones sexuales incontrolables serían una realidad inalterable, una característica que define la masculinidad que deberíamos aceptar sin discutir y solo podríamos, en el mejor de los casos, organizar su satisfacción de manera de no perturbar demasiado el orden social. Esto implica obviamente que las mujeres deberían resignarse a ser violadas a voluntad por los hombres porque esas pulsiones son más fuertes que todo y nada puede interponerse en su camino: es inútil resistirse, sométase al derecho de acceso sexual masculino, su destino inevitable es el de ser penetrada. «Biology is destiny» decía Freud…

 


           (Suzzan Blac)

 

PULSIONES DE GEOMETRIA VARIABLE

 

Salvo que esas pulsiones masculinas no-controlables/no-reprimibles no lo son para todos los machos: observamos que los comportamientos sexuales delictivos o criminales son desaprobados y severamente castigados si los perpetradores pertenecen a ciertas categorías sociales, en particular a las minorías étnicas y/o económicamente desfavorecidas. Es interesante señalar, con respecto a este tema, que en los estados  esclavistas del sur de los Estados Unidos, los casos de esclavos negros que hayan violado mujeres blancas, (mujeres e hijas de sus amos) con las que sin embargo convivían como esclavos domésticos son casi inexistentes, (el fantasma de los negros violadores de mujeres blancas se desarrolló a partir de la abolición de la esclavitud para denunciar como peligrosa la libertad otorgada a los hombres negros). Y si hay una cierta tolerancia (por solidaridad masculina) hacia las pulsiones sexuales de los hombres que pertenecen a esos grupos dominados, es solo a condición de que dirijan sus ataques a mujeres pertenecientes a su misma clase social o su grupo “étnico”. Sin embargo, si esas pulsiones sexuales quisieran ser saciadas con las esposas o hijas de hombres de las clases dominantes, estas deben ser controladas o severamente castigadas. En cambio, observamos que los hombres ricos y poderosos pueden cometer crímenes y delitos sexuales sin recibir ninguna condena penal, ni siquiera social -el ejemplo de Polanski,  Tron,  Baupin y  Dominique Strauss Kahn nos lo recuerda.

 

Y obviamente, solo las pulsiones sexuales masculinas son incontrolables. Cuando se trata de las mujeres, sus deseos sexuales no son nunca presentados como «necesidades» o «pulsiones» que no deben ser controladas, al contrario, en la mayoría de las culturas, se hace todo lo posible para controlar la sexualidad femenina.

 

En realidad, las pulsiones masculinas no son incontrolables, son simplemente incontroladas, y son incontroladas porque los que ejercen el poder no las utilizan para controlarse ellos mismos, sino para controlar a los dominados. Si los dominados han asumido tempranamente que no pueden obtener lo que desean, deben aceptar vivir con la frustración y refrenar sus «pulsiones», de otra manera corren el riesgo de crearse muchos problemas, los dominantes, en cambio, pueden “gozar sin restricciones”: los instrumentos de control sexual y social –leyes y normas—que elaboran no se aplican a ellos. Los deseos sexuales presentados como necesidades imperiosas y no negociables son característicos de la sexualidad del dominante: solo los deseos de los dominantes son órdenes. Ser dominante es poder hacer pasar los deseos por necesidades y las necesidades por derechos. La noción de “derechos sexuales“ es obviamente inadmisible dado que la sexualidad implica una interacción con un partenaire: no puede haber “derecho sexual” así como no puede haber “derecho a la esclavitud”, porque no puede haber derecho a disponer de otra persona.

 

Las pulsiones sexuales solo son controlables y reprimibles para los dominados. Y al ser las mujeres la categoría más dominada desde hace miles de años, podemos plantear que cuanto más patriarcal es una cultura, más serán reprimidas sus pulsiones sexuales a tal punto que se convirtieron en mínimas y hasta inexistentes en culturas donde la sexualidad femenina se resume a la  prestación de un servicio.

 

De hecho, si la depredación sexual masculina es presentada paradójicamente como una “criminalidad buena” que no debe ser reprimida, es porque es una cuestión central para el patriarcado por diversas razones que vamos a exponer.

 

En primer lugar, recordemos que la noción de crimen no es absoluta ni inmutable, es esencialmente relativa—no hay crimen en sí mismo: el carácter criminal de un acto no depende tanto del acto en sí mismo como del valor que se confiere a la víctima y al perpetrador, y su lugar relativo en una jerarquía. Matar a un negro o a una mujer – con más razón una mujer negra–, no es como matar a un hombre blanco. Matar a un animal no es un crimen. La depredación sexual masculina, cuando solo afecta a mujeres, es en el mejor de los casos “formalmente” criminalizada: concretamente, observamos que aunque la violación y la pedofilia sean legalmente crímenes, son generalmente juzgados como delitos- y la gran mayoría de estos crímenes ni siquiera llega a judicializarse.

 

En cambio, esta depredación sexual masculina, cuando se dirige a otros hombres es muy mal tolerada socialmente. Para empezar porque feminizar a los dominantes haciéndoles padecer penetraciones, atenta simbólicamente contra la dominación masculina. La idea de que cada hombre pueda convertirse en presa sexual para otros hombres, es decir, ser penetrado y por lo tanto ser tratado como una mujer, es literalmente insoportable en el sistema patriarcal. Esa fantasía patriarcal ansiógena, la visión de una total anarquía sexual, de una gran orgía indiscriminada donde los hombres se penetrarían unos a otros destruyendo así la jerarquía de los sexos que funda el orden social, se conjura a través de la homofobia que estigmatiza muy fuertemente dichas prácticas entre los dominantes. La agresión sexual masculina nunca debe estar dirigida hacia otros hombres, esto destruiría la solidaridad masculina en la cual se basa el patriarcado. Vemos estadísticas que recuerdan que en los Estados Unidos, cada tres minutos una mujer es violada, cosa que no indigna a tanta gente y no modifica en nada el orden social. En cambio, ¿imaginamos las consecuencias sobre la dominación masculina si estas estadísticas fueron violaciones de hombres por otros hombres?

 

Recordemos que en las sociedades patriarcales, las leyes, las instituciones y las prácticas sociales garantizan y organizan el derecho incondicional al coito para los hombres. Este acceso sexual garantizado e ilimitado se basa originalmente en las dos instituciones complementarias del patriarcado: el matrimonio y la prostitución, la mamá y la puta. Acceso sexual ampliado por el acceso “ilegal” de la violación, la pedofilia y el incesto, y este invento del patriarcado moderno, la “liberación sexual” de las mujeres. Pero hay que comprender que este derecho no apunta solamente a asegurar la satisfacción de los deseos sexuales masculinos, cumple otra función aún más importante: en primer lugar, cada vez que un hombre penetra a una mujer se reafirma como dominante, ya que la penetración es por excelencia el acto que establece como dominador al penetrante y el/la penetrado-a como dominado-a (no es necesario recordar todas las palabras del vocabulario popular que establecen esta equivalencia penetrado=dominado: follar, empernar, empomar, etc). Y cada coito es no solamente una reafirmación del estatus dominante del penetrador sino del sistema patriarcal en general. Y cada vez que una mujer se deja penetrar, en la visión patriarcal, reconoce implícitamente su estatus individual de subordinación y su pertenencia colectiva al grupo dominado.

 

Cada penetración es la expresión sexual de la relación de poder patriarcal entre hombres y mujeres y funciona para poner a las parejas en su lugar: la mujer abajo, el hombre arriba (recordemos que la posición del misionero fue impuesta por la iglesia por su carácter “jerárquicamente correcto”). El coito, acto jerarquizante por excelencia, tiene un sesgo fundamentalmente político porque es el paradigma fundador de la dominación masculina. De allí surge la pregunta: ¿se puede abolir la dominación masculina si la heterosexualidad sigue siendo la norma?




(Suzzan Blac)

 

Todas las prácticas que degradan a las mujeres - insultos, humillaciones, torturas - son sexualizadas también porque son operadoras de jerarquización. La pornografía que pone en escena todos esos actos representa el paroxismo de esta sexualidad jerarquizante – como la dominación masculina está cuestionada actualmente, debe ir más lejos y con más fuerza para reafirmar su poder y re-inferiorizar a las mujeres. Con este objetivo, esos actos jerarquizantes deben multiplicarse y diversificarse al infinito, todos los orificios deben ser ocupados, nuevas formas de degradación deben ser inventadas: debe haber siempre más sexualidad para que haya más dominación.

 

Frente a la erosión (relativa) del poder patriarcal, hay una doble contraofensiva de restauración de dicho poder: mediante la religión que apunta a devolver a la mujer a su rol de mamá (reproductiva), la pornografía apunta a devolverla a su rol de puta (objeto sexual). Las fronteras entre estas dos funciones son porosas, las mujeres se ven obligadas ahora a asumir las dos.


El COITO ES POLITICO

 

Lo que enuncia explícitamente el argumento de la pulsión incontrolable es que el acceso sexual masculino debe ser incondicional e ilimitado y que nada debe restringirlo, aunque este acceso sexual implique perpetrar violencias destructivas para las personas afectadas y con un alto costo para la sociedad. Y correlativamente, que este derecho incondicional al acceso sexual garantizado a los hombres tiene por consecuencia que es prácticamente imposible que las mujeres escapen al coito. Pero este enunciado oculta un hecho fundamental: que este acceso sexual ilimitado no es prioritariamente una cuestión de satisfacción de las pulsiones, sino de conservación del poder sobre las mujeres. Como mencionamos anteriormente, en la visión patriarcal una mujer penetrada es una mujer sumisa. El consejo que daban los sexólogos del siglo XX a los maridos era la de penetrar regularmente a su mujer para garantizar su docilidad. Los Munducurus (pueblo del Amazonas) nunca han oído hablar de sexología, pero uno de sus proverbios dice lo mismo: «domamos a nuestras mujeres con la banana». De hecho, si la pulsión sexual incontrolable debe ser aceptada a pesar de ser potencialmente criminal, es porque es parte integrante y condición misma del ejercicio de la hegemonía masculina. Esta criminalidad no debe ser reprimida porque es ella la que garantiza en última instancia la subordinación de las mujeres.

 

Detrás del pretexto de las “pulsiones incontrolables”, el mensaje codificado que se envía a los hombres es “no controlen sus pulsiones, al contrario, denles rienda suelta porque son el instrumento de su poder, cuanto más penetren a las mujeres, más serán obedecidos”: es crucial para garantizar el poder masculino que las mujeres sean “bombardeadas” de penetración. Y en consecuencia, si los actos que confieren la dominación son la penetración, la invasión, la irrupción y el marcado, un dominante debe poder efectuarlos lo más frecuentemente posible. De allí el consumo intensivo de Viagra y de pornografía que, al maximizar las erecciones, apunta a maximizar la ocupación masculina del cuerpo de las mujeres, por lo tanto a maximizar la dominación masculina. Las imágenes pornográficas proporcionan además instrucciones detalladas de como concretar esta ocupación.

 

Acto jerarquizante por excelencia, el éxito del coito presupone también la existencia de una jerarquía: las mujeres emancipadas de la tutela masculina que se comportan como iguales y no respetan las normas de la femineidad (es decir de la subordinación) no provocan erecciones —salvo que se trate justamente de castigarlas por su emancipación; por su falta de sumisión, son consideradas “castradoras”. Las “brujas”, esas figuras históricas de la rebelión femenina, han sido perseguidas (entre otras cosas) porque se las acusaba de reducir a los hombres a la impotencia (incluso de robarles sus penes para coleccionarlos en cajas). Reducir a los hombres a la impotencia sexual es confiscar su poder, se considera que la pérdida de poder sexual lleva a la pérdida de poder político —de allí nuevamente la vital importancia de recurrir a la pornografía y al Viagra. En realidad, esta reivindicación de la liberación “natural” de las pulsiones incontrolables no es ante todo una reivindicación masculina al placer sexual sino una estrategia de dominación.

 

El ACCESO SEXUAL CONDICIONA LA DOMINACION MASCULINA

 

Si para garantizar el poder masculino sobre las mujeres, los hombres patriarcales deben mantener su capacidad de penetrarlas lo más frecuentemente posible, la otra condición de dicho control es que ninguna mujer pueda escapar a esta penetración

 

Por este motivo se ponen furiosos cuando las mujeres pretenden negarles este acceso, por ejemplo, defendiendo el derecho al separatismo y a espacios femeninos no mixtos. Desde este punto de vista, el movimiento trans puede ser visto como una contraofensiva patriarcal que apunta (entre otras cosas) a impedir a las mujeres cerrar la puerta en las narices de los hombres y para encontrarse entre ellas en espacios exclusivamente femeninos –la reivindicación insistente de los trans es irrumpir en esos espacios no-mixtos.

 

VIOLACION Y PROSTITUCION, CONDICIONES DEL ACCESO SEXUAL ILIMITADO

 

El matrimonio es una forma institucionalizada de asegurarse este acceso sexual: en el matrimonio tradicional, el esposo tenía el derecho legal de tener relaciones sexuales con su esposa aunque esta no lo deseara y podía exigir su «derecho conyugal» (la otra cara del «deber conyugal» de las mujeres) mediante la violación si fuese necesario. La violación formaba entonces parte del matrimonio, era su fundamento, la noche de bodas no era más que una violación legal -y sigue siéndolo en muchos países. Pero todavía actualmente en los países occidentales, el sexo conyugal es presentado como consentido cuando en realidad es obligatorio.

 

Pero el matrimonio es insuficiente para que el acceso sexual masculino sea verdaderamente ilimitado, debe ser necesariamente completado con otras formas «salvajes» de acceso sexual para que ninguna mujer pueda sustraerse: la prostitución, la violación, la pedofilia y el incesto.

 

Por empezar, porque dichas formas de acceso sexual amplían la variedad de mujeres disponibles que incluye no solo a las esposas, sino potencialmente a todas las mujeres ya que la violación por definición permite el acceso sexual a todas las mujeres, en tanto que la pedofilia y el incesto la extienden a los niños (el acceso sexual pedófilo permite el « grooming » precoz de las niñas a la sumisión).

Pero también porque al ser la penetración/violación lo que define la virilidad, las relaciones aparentemente consentidas con mujeres, como en el matrimonio, no son suficientemente superiorizantes para los hombres; Es imperativo que estos puedan tener relaciones sexuales no consentidas para sentir la totalidad de su poder de dominante (la industria de muñecas sexuales ha comprendido bien esto y fabrica muñecas con un ajuste «violación»). El dominante, para gozar plenamente de su dominación debe forzar a la dominada, no solamente «poseer» su cuerpo, sino quebrar su voluntad (tener voluntad propia es lo que la define como sujeto). Si la mujer quiere lo mismo que el dominante –relaciones sexuales–, la voluntad del dominante no puede afirmarse plenamente. El matrimonio actual «consentido» ya no procura ese sentimiento de dominación omnipotente, solo la prostitución y la violación pueden procurarlo: los hombres saben que la persona prostituida no desea tener relaciones con ellos si no, no sería necesario pagarle. De esta manera, la prostitución desenmascara la realidad oculta de las relaciones heterosexuales: la violación de las mujeres es central en el sistema patriarcal, pero esta violación debe ser presentada como «consentida» en las sociedades neopatriarcales «de igualdad de derechos» porque se supone que las interacciones sexuales están basadas en el consentimiento. En las sociedades tradicionales donde la violencia patriarcal se muestra abiertamente, nadie dice que la prostitución es consentida.

 

VIOLACION Y PROSTITUCIÓN

 

La violación garantiza que ninguna mujer pueda escapar al acceso sexual: toda mujer está a la merced de una violación —inclusive una mujer presidenta o primera ministra, por el solo hecho de que un hombre, aun si está en lo más bajo de la escala social, posee un pene, posee el poder de poner a una mujer en su lugar de inferior al violarla. Como tal, la violación es un instrumento esencial de la dominación masculina: por empezar, sirve para controlar a las mujeres y a garantizar su docilidad aterrorizándolas. Sobre todo si ninguna mujer puede protegerse totalmente contra este acceso sexual forzado, ninguna mujer puede ser verdaderamente considerada como igual a los hombres ya que en todo momento un macho puede violarla: la violación sostiene la asimetría de poder fundamental entre hombres y mujeres. Mediante la violación, paga o no, el hombre patriarcal cuya hegemonía se ve debilitada por los logros feministas se reconstituye como dominante. Experimenta la dominación masculina plena y completa tal como la conocen sus ancestros masculinos. Entra en un espacio de no derecho donde puede negar absolutamente la humanidad y los derechos humanos de las mujeres, lo que - explícitamente en todo caso—el principio de igualdad de sexos proclamado en las sociedades occidentales ya no le permite hacer. Los clientes de las mujeres en situación de prostitución dicen con frecuencia que no sienten verdadero placer—pero que comprar un cuerpo femenino es para ellos una inyección de pura dominación, como una inyección de heroína para un drogadicto. Tener una erección y penetrar a una mujer prostituida, eludir el hecho de que ella no lo desea pagándole (el que paga manda), cruzar los límites que ella pone al uso de su cuerpo, humillarla, imponerle prácticas dolorosas o peligrosas, marcarla con una eyaculación facial, como un perro que hace pis para marcar su territorio es la apoteosis de la virilidad patriarcal.



(Suzzan Blac)

 

La prostitución convierte la violación en algo fácil y sin riesgo al proveer una categoría de mujeres —pobres, minorías étnicas, etc— para ser violadas: garantiza que en cualquier lugar, en cualquier momento, cualquier hombre pueda violar sin ninguna consecuencia penal o social si tiene un poco de dinero para pagar. Además, la relación sexual con una mujer prostituida maximiza la dominación porque maximiza la diferencia jerárquica: no solamente la persona prostituida es una mujer, sino que proviene de un medio social inferior, es más pobre, pertenece a una minoría étnica: la desigualdad de género se multiplica por la desigualdad de clase/dinero/ «raza». Es por eso que los hombres se niegan con vehemencia a ser privados de la prostitución: la abolición los desposee de una parte esencial de su poder, porque el poder sin abuso de poder no es la totalidad del poder. Solo la prostitución y la violación permiten a los hombres experimentar la totalidad de los derechos de acceso sexual que el sistema patriarcal les da sobre las mujeres, y sienten como una castración que se los prive de una parte de ese poder: la penalización del cliente constituye un atentado insoportable al orden patriarcal, y es mucho más grave para ellos que la simple pérdida de los «servicios sexuales». Cuando los hombres declaran: «Soy un pobre hombre solitario, solo puedo tener relaciones sexuales con prostituidas», la lectura es «no puedo encontrar mujeres porque me niego a tratarlas como seres humanos, cosa que sí puedo hacer con prostituidas».

 

Por último, el argumento de la pulsión incontrolable sirve para recordar a las mujeres que esta amenaza de violación se cierne sobre ellas permanentemente: si los hombres controlaran sus pulsiones ya no provocarían miedo a las mujeres. Es con su ausencia de control que los hombres controlan a las mujeres: el argumento del no-control de las pulsiones sexuales es en si mismo un instrumento de control.

 

Como el acceso sexual masculino incondicional es la base de la subordinación femenina, debe ser constantemente defendido frente a las tentativas feministas de limitarlo, y hemos visto el papel esencial que juega la pornografía en la contraofensiva patriarcal alentando a los hombres a maximizar la violación de mujeres y a inventar sin cesar nuevas formas de violentarlas.

 

Sin embargo, no es la única razón de esta constante reafirmación que condiciona el ejercicio de la virilidad, y de su fragilidad oculta. En la ideología patriarcal, la dominación masculina se justifica con la afirmación de la superioridad «natural» de los hombres. Pero si esta superioridad «natural», en cuyo nombre los hombres se reservan la posesión del poder, debe ser constantemente reafirmada es porque es una superioridad sin contenido objetivo, una pura afirmación basada en un postulado falaz: la confusión entre superior y dominante. En el sistema patriarcal, no se es superior porque se posea (más que las mujeres) cualidades que establezcan de manera objetiva la superioridad (inteligencia, instrucción, valentía, altruismo etc) sino que por el contrario es la dominación lo que prueba la superioridad: se es superior porque se oprime a ciertos grupos, se es superior porque se es dominante y no dominante porque se es superior. De hecho, las cualidades que permiten a un grupo oprimir a otro no tienen nada que ver con algún tipo de superioridad, por el contrario, lo que garantiza el éxito de un opresor es la ausencia de empatía, la manipulación y la violencia: los hombres patriarcales dominan a las mujeres por sus vicios y no por sus cualidades, dominan con su inferioridad.

 

La superioridad masculina debe entonces reafirmarse constantemente porque es engañosa y se basa en una impostura. El patriarcado la naturaliza para presentarla como inalterable, pero si fuera «natural» no sería necesario reafirmarla constantemente. Y en esta afirmación de la incontrolabilidad de las pulsiones masculinas, el patriarcado de forma contradictoria dice a las mujeres: «nuestra dominación (por la sexualidad) es inamovible pero no intenten cambiarla». De la misma manera que si la sumisión de las mujeres fuera tan natural, no sería necesario asegurarse de controlarla constantemente. La superioridad masculina es una afirmación vacía de contenido que funciona tautológicamente: el patriarcado crea la realidad con el discurso, detenta el poder de designar porque detenta el poder: somos superiores porque tenemos el poder de afirmarnos como tales.

 

Por último, los hombres que afirman la existencia de pulsiones incontrolables saben muy bien lo que dicen: saben que la virilidad patriarcal es en si misma criminal y es esta misma criminalidad la fuente de su poder: detrás del argumento de la pulsión incontrolable, no es la «naturaleza» que habla, es el patriarcado.

 

Palabras clave: prostitución, violación, dominación masculina, virilidad, patriarcado.

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 Fuente

https://traductorasparaaboliciondelaprostitucion.weebly.com/blog/el-mito-de-la-pulsion-sexual-incontrolable