miércoles, 9 de septiembre de 2015

En defensa del Abolicionismo.

EN DEFENSA DEL ABOLICIONISMO
Marina Hidalgo Roble

    La trata y la explotación sexual es un problema que en las últimas décadas ha tomado relevancia para la sociedad en general, y especialmente para el movimiento de mujeres. El combate contra la trata y la explotación sexual está en la agenda del movimiento de mujeres, en las calles y también en los debates teórico-políticos. Las Rojas, como parte del movimiento de mujeres que se organiza para luchar contra el patriarcado, queremos aportar no sólo en la pelea cotidiana en la calle, sino en la profundización del debate abolicionista, desde una perspectiva feminista y socialista.
   
Clarificar de qué se tratan estas formas de sometimiento, cuáles son los intereses de los gobiernos y organismos internacionales y cuál es la estrategia que las mujeres tenemos que llevar adelante resulta indispensable para ganar la pelea.
   
Este flagelo recorre todos los países del mundo, desde los más pobres hasta los más desarrollados, y siempre con un vector común: la mercantilización y violación de los cuerpos de las mujeres, trans, niñas y niños. En las últimas décadas, con la profundización del neoliberalismo a nivel mundial, la trata de personas con fines de explotación sexual se ha convertido en una actividad rentable para los estados nacionales, siendo ésta una de las actividades que redunda en buena parte del PBI de las naciones.
   
autora Inés Lalanne


Según informes de la Organización Internacional del Trabajo, en el mundo aproximadamente “20,9 millones de personas son víctimas de trabajo forzoso”, de las cuales el 55% son mujeres y niñas (11,4 millones de personas). Del total, 4,5 millones de personas son “víctimas de explotación sexual forzada” en todo el mundo (Organización Internacional del Trabajo, “Estimación sobre el Trabajo Forzoso. Resumen ejecutivo”, junio de 2012). Estos datos, sin embargo no reflejan la realidad precisa, por ser la trata y la explotación sexual una actividad ilegal. La Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Crimen (UNDOC) reconoce que el número de condenas por trata de personas es en general muy bajo: de los 132 países incluidos en su informe anual, el 16% no registró ni una sola condena entre 2007 y 2010, y el 23% sólo registra entre 0 y 10 condenas (Global Report in Trafficking in Person 2012, UNDOC – United Nations Office on Drug and Crime).
   
El carácter internacional de las redes implica que los países funcionan como lugares de origen, tránsito y destino de mujeres y divisas, lo que hace este sistema de explotación una fuente de ingresos para los estados. A la vez, plantea un desafío mayor a la hora de llevar adelante una política que enfrente este flagelo.
   
Argentina es un país considerado de origen, tránsito y destino de mujeres, niñas y niños para la explotación sexual (Departamento de Estado de Estados Unidos, “Trafficking in Person - Report June 2013”, http://www.state.gov). La trata se da no sólo a nivel internacional (especialmente mujeres de Paraguay y República Dominicana son explotadas en este país), sino también a nivel local, mujeres del norte del país y centros rurales son explotadas en la capital del país y en provincias centrales. Así fue el caso de Marita Verón, una joven de la provincia de Tucumán secuestrada en abril de 2003 y explotada sexualmente en varias provincias de Argentina, como La Rioja. La pelea de su madre, Susana Trimarco, permitió conocer los lugares por donde había sido trasladada y los responsables de su secuestro y explotación, y liberar decenas de mujeres que eran explotadas en los mismos prostíbulos donde había estado su hija.
   
A partir de la investigación que sostuvo la madre de Marita, en 2012 comenzó el juicio a los13 proxenetas. Las pruebas aportadas por Susana Trimarco y por las otras víctimas que declararon durante el juicio eran irrefutables. Daban cuenta de nombres, lugares, fechas y modos de acción con total precisión. Sin embargo, el tribunal desestimó todas estas pruebas y los y las dejó en libertad.
Todas y todos vimos cómo la impunidad garantizada por el gobierno de Alperovich en Tucumán dejaba libres a quienes la lucha de Susana Trimarco había claramente demostrado eran los responsables.
    La presidenta Cristina Kirchner se dedicó a darle premios a Susana Trimarco en Plaza de Mayo en reconocimiento de su heroica pelea, y sólo dos días después las y los proxenetas salían libres con un fallo de total impunidad. El archikirchnerista gobernador de Tucumán, José Alperovich, se rasgaba las vestiduras, cuando él mismo está relacionado con la Chancha Ale, cabeza de la red dedicada a la explotación sexual de mujeres.
   
La indignación popular que recorrió las calles y se hizo sentir en todo el país con enormes movilizaciones demostró que el caso de Marita había llegado a toda la sociedad. Un año tardó la “justicia” tucumana en dar marcha atrás con el aberrante fallo. Sin embargo, el principal responsable de la red de trata y explotación sexual y sus protectores políticos siguen impunes.
   
Es muy común la idea que sostiene que por un lado hay mujeres que son secuestradas y obligadas a prostituirse –como Marita Verón–, y por otro lado hay mujeres que en su plena decisión “eligen ser prostitutas”, como si una cosa no tuviese nada que ver con la otra. Para nosotras esto es incorrecto: la trata es sólo una forma en que se presenta la explotación sexual; los prostíbulos, las “casitas”, las zonas rojas son las otras formas en que las mujeres son igualmente sometidas y violentadas.
   
Frente a esta situación existen distintas estrategias para combatir la explotación sexual de las mujeres, trans, niños y niñas. Por un lado, con un carácter muy reaccionario, se plantea una política prohibicionista, que pone el eje en ilegalizar la “prostitución”. A través de la aplicación de edictos policiales, leyes municipales, códigos de faltas o contravencionales y toda clase de normativas, se persigue a las personas explotadas imponiéndoles condenas de prisión o multas, y sometiéndolas a todo tipo de abuso por parte de las fuerzas de seguridad que aplican dicha normativa. Esta política es ultra conservadora, ya que no combate la situación de sometimiento y vulnerabilidad de las personas sometidas, sino que defendiendo la “buena moral” de la sociedad reprime a las mujeres explotadas por provocar escándalo en la vía pública. Estas medidas se acompañan de persecuciones a las mujeres para realizarles obligatoriamente exámenes médicos, no sea cosa que anden dispersando enfermedades venéreas o VIH a la comunidad. De los proxenetas y los prostituyentes, ni una palabra. Éste es el caso del código de faltas de la provincia de Córdoba, que en su artículo 45 impone 20 días de cárcel para “quienes ejerciendo la prostitución se ofrecieren o incitaren públicamente molestando a las personas o provocando escándalo” (artículo 45, año 2007).
   
Algunas organizaciones plantean el regulacionismo del “trabajo sexual” como forma de combatir la trata y el proxenetismo. Equiparan la explotación sexual (definiéndola como “trabajo sexual”) con cualquier trabajo que se pueda realizar. El problema, dicen, es que al ser una práctica ilegalizada y perseguida por el Estado, se generan condiciones de clandestinidad que favorecen el proxenetismo. Por esto se exige que el Estado regule la actividad, garantizando derechos laborales para las personas que están en esta situación. La propuesta es el armado de “cooperativas sexuales”, para lo que en Argentina ya han presentado una ley que no fue aprobada.
   
Las Rojas planteamos una política abolicionista que enfrente de conjunto el sistema de relaciones patriarcales y capitalistas. Para nosotras, la única forma de combatir la trata y la explotación sexual es destruyendo las relaciones patriarcales de sometimiento de mujeres, trans, niñas y niños. No consideramos que dentro de este sistema se pueda “elegir libremente” poner un precio al cuerpo y la sexualidad sin que esto signifique una práctica violenta de sometimiento. Y estamos completamente en contra de que se persiga a las mujeres y todas las personas que son explotadas sexualmente, de cualquier forma, responsabilizándolas de su situación de víctimas, mientras se deja libre a los proxenetas y prostituyentes. Por eso peleamos por arrancarle al Estado políticas públicas de asistencia y tratamiento para las personas víctimas de las redes de explotación sexual, por planes genuinos de trabajo y vivienda, y por organizar al movimiento de mujeres junto a las y los trabajadores, para conquistar la emancipación definitiva de toda la humanidad.

Es conocida la frase que sugiere que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Con esta noción se intentan naturalizar dos ideas: que la prostitución es un oficio, un trabajo con el cual cualquiera podría lucrar legítimamente, y que la prostitución existió y existirá siempre, como una realidad inmodificable. En este artículo intentamos explicar por qué estas dos ideas son falsas, ahondando en el debate de la trata y la explotación sexual y la pelea que el movimiento de mujeres tiene por delante para abolir esta histórica forma de sometimiento patriarcal, desde una perspectiva feminista y socialista.




LA EXPLOTACIÓN SEXUAL

    Es importante preguntarse por qué existe la trata. La primera respuesta posible es que está al servicio de la explotación sexual. O sea, no se secuestran mujeres sólo para tenerlas cautivas, sino para someterlas al negocio millonario que es la explotación sexual. Por lo tanto, no se puede pensar una política hacia la erradicación de la trata sin considerar la pelea contra la explotación sexual.
¿Adónde hubiesen llevado a Marita Verón si los prostíbulos no existieran?
   
La explotación sexual es una forma de sometimiento de mujeres, trans, niñas y niños a cualquier tipo de actividad sexual, donde media cualquier tipo de intercambio: dinero, vivienda, lugar donde bañarse, seguridad en la calle o cualquier cosa que la persona explotada “requiera”.
   
La noción de explotación se contrapone a la idea de autonomía: cuando hay explotación, necesariamente hay alguien que explota. El proxeneta es la figura más conocida, y es quien media entre las mujeres y los clientes/prostituyentes y por supuesto se apropia de una parte del dinero obtenido en esa situación. Pero aun cuando no hay un proxeneta, hay alguien que ejerce la explotación; por ejemplo, el prostituyente, que hace un abuso de la situación de vulnerabilidad en la que está la mujer. También hay policías que cobran “la parada” en la calle; hay quienes cobran por “cuidar” a las mujeres. O sea, nunca una mujer está sola con su cuerpo y decisión en una situación de explotación sexual.
  
   Esta explotación sólo puede ser sostenida porque el Estado patriarcal toma parte. El traslado de personas a través de fronteras internacionales, nacionales y locales; habilitación de zonas rojas o locales; indultos a tratantes y proxenetas; circulación de grandes sumas de dinero sin control; “protección” de la policía, son sólo algunos aspectos que no podrían ser resueltos sin la complicidad estatal. Policías, gendarmes, inspectores, jueces y fiscales, funcionarios de todos los colores son necesarios para sostener el negocio en todos los niveles.
   
La investigadora Sonia Sánchez explica muy bien cómo en este contexto, las mujeres explotadas no dejan de estar solas. Como una contradicción necesaria, la explotación sexual requiere la presencia de un conjunto de personas e instituciones que mantienen “la soledad de la puta” como condición para la explotación, en tanto mecanismo de aislamiento y vulneración (M. Galindo y S. Sánchez: 21). Las mujeres que se encuentran en la calle o en los lugres donde son explotadas están ahí desde su individualidad, y los proxenetas y prostituyentes bien lo saben. ¿Quién defiende a una mujer cuando el prostituyente no quiere usar preservativo? ¿O intenta robarla o violarla? ¿O cuando la policía la detiene por no pagar la “parada”? Esta noción de “soledad de la puta” da cuenta del grado de exposición en el que se encuentran las personas explotadas. Inclusive, como producto de la barbarie que significa el sometimiento a las redes de explotación, las disputas entre las mujeres por los prostituyentes en la misma calle dificultan aún más tejer lazos colectivos. Dice Sonia en su libro:
“La puta, si acaso habla, es un monólogo, un monólogo que poco a poco se va perdiendo porque deja de hablar hasta consigo misma. No es una soledad evidente porque la ves rodeada del prostituyente, del proxeneta y de la puta sola que está al lado, pero todo eso no forma una contención, sino más vacío y soledad. (…) Recuerdo una escena en los tribunales de la ciudad de Buenos Aires.
Era casi la fotografía de la soledad de la puta, fue cuando yo misma verbalicé la frase ‘soledad de la puta’. Fue durante el juicio oral a los 15 detenidos y detenidas por manifestar frente a la Legislatura de la Ciudad contra el Código Contravencional. En el pasillo había muchísima gente. Las y los vendedores ambulantes estaban rodeados por sus familiares y amigos y amigas y colegas, por decirlo de alguna manera. El caso es que estaba lleno de gente: parientes entre los que podías identificar padres, madres, esposas, hijos. El familión pleno. Las dos putas estaban absolutamente solas. No había ningún familiar, ni hijos, ni pareja, aunque en su arresto en la cárcel ellas cocinaron para sus familias porque, aun estando presas, ellas los seguían manteniendo” (ídem: 24).
   
El negocio de la explotación sexual que recae sobre los cuerpos de las mujeres es muy grande. El dinero que produce impacta directamente sobre las economías nacionales. Porque el dinero no es sólo el que se intercambia entre una mujer y un prostituyente: los prostíbulos pagan impuestos, las marcas de cigarrillos y bebidas que ahí se venden pagan millones por publicidad, los administrativos, seguridad y choferes de los prostíbulos reciben su parte, y también los negocios necesarios para el circuito como hoteles, taxis, etc. Ni hablar de las coimas a policías, inspectores y demás funcionarios.
   
El dinero que se mueve del país donde las mujeres son explotadas a los países donde está su familia genera grandes ingresos de divisas para esas naciones. El turismo sexual trabaja con los sectores más pudientes de la sociedad, generando enormes ingresos. Ésta es una de las razones por las que los estados capitalistas patriarcales nada hacen para combatir la explotación sexual.
   
La trata de personas es un problema y muy grave, pero lo que está en discusión es cómo combatirla. Porque suponer que la trata es la única forma en que se presenta la “prostitución forzada” da lugar a especular que podría haber algún tipo de “prostitución libremente consentida”, cuando en realidad el secuestro y traslado son el aspecto más visible de una situación mucho más profunda de violencia y sometimiento.



EL CONCEPTO DE TRATA, EL IMPERIALISMO Y EL VATICANO

   La trata con fines de explotación sexual parece estar condenada por los grandes poderes de este mundo. El gobierno de EE.UU. da premios a las personas que se destacan en su lucha contra este flagelo. El Departamento de Estado de Estados Unidos califica a los países según las políticas que llevan adelante sus gobiernos contra la trata, y esta calificación realmente incide en ciertos préstamos y subsidios que cada país pueda conseguir de organismos internacionales.
    Anualmente se publica un informe yanqui donde se le pone una calificación del 1 al 3 a cada país (excepto a Estados Unidos), de acuerdo con los “esfuerzos” que sus gobiernos realizan para combatir la trata. Y se encargan de dejar bien claro que la categorización se basa en “la extensión de las acciones del gobierno en combatir la trata más que en el tamaño del problema” (Departamento de Estado de EE.UU., “Trafficking in Person - Report June 2013”: 41). Así, Argentina fue categorizada en el nivel 2, “países cuyos gobiernos no cumplen totalmente con el estándar mínimo de Actos de Prevención de Víctimas de Trata, pero están haciendo esfuerzos significativos para cumplir estos estándares” (ídem), el mismo año en que los 13 proxenetas por el caso Marita Verón fueron absueltos. Esta decisión fue justificada con el argumento de que se había modificado la ley de trata, quitando la necesidad de demostrar no haber dado el “consentimiento”, modificación que se consiguió con la pelea del movimiento de mujeres.
    Esto puede alentar la idea de que, si bien muchos funcionarios locales pueden ser cómplices de los tratantes mediante coimas, los gobiernos del régimen hacen mucho y todo lo que pueden contra la trata.
    Sin embargo, el hecho de que el imperialismo parezca interesado en enfrentar la trata es justamente lo que requiere una explicación. El concepto de “trata” consiste en la captación, traslado y recepción de una persona para ser explotada; remite al acto concreto de traslado de una persona de un lugar a otro donde será explotada. Históricamente, este concepto fue creado con un fin específico de control de la migración ilegal en los países más desarrollados económicamente.
A partir de la utilización del concepto de trata, los estados se han dado políticas migratorias que básicamente buscan “devolver” a las y los inmigrantes ilegales a sus países de origen, lejos de desarrollar políticas tendientes a la abolición del sistema de esclavitud sexual que condena a las mujeres. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) plantea que “sus objetivos primordiales en este quehacer son prevenir la trata de personas y proteger a las víctimas de la trata, al tiempo que se les ofrecen opciones seguras y sostenibles de retorno y reintegración a sus países de origen” (http://www.iom.int/cms/es/sites). Se ofrece regresar a las personas a los países donde fueron tratadas, pero no se plantean políticas en esos países para modificar las condiciones que dieron lugar en primer término a que estas personas fueran tratadas.
    Es decir, los premios, incentivos y calificaciones ayudan al imperialismo a crear un disfraz de “lucha contra la trata” para una política antimigratoria cuyo objetivo es expulsar a las personas tratadas del país adonde fueron llevadas, no liberarlas ni incluirlas.
    El concepto de trata es un artificio que utilizan las potencias imperialistas para imponer su política de control de la migración en el mundo. Esto no significa que el secuestro de mujeres no exista, pero resulta imprescindible dejar bien en claro que la trata, es decir, el secuestro y traslado de personas, sólo existe para satisfacer el mercado de la explotación sexual. A nadie se le ocurre secuestrar una mujer sólo para tenerla secuestrada. El dinero que buscan los tratantes y proxenetas nace de las redes de explotación. A Marita Verón la secuestraron para explotarla en los prostíbulos de La Rioja.
    Por su lado, el nuevo papa Bergoglio tiene un recorrido en Argentina de “lucha” contra la trata. Y lleva este postulado también a su gestión desde el reino mayor de la Iglesia católica. El operativo “lavado de cara” de una Iglesia infinitamente cuestionada y enchastrada con los escándalos de pedofilia y lavado de fondos de la mafia a través del banco IOR es la gran misión del papa Francisco.
El operativo tiene sus sutilezas; no se puede negar que Francisco es un gran comunicador. Sin modificar en nada la situación de la Iglesia (¿acaso echó de la Iglesia a toda la lista de pedófilos que siguen en funciones? Claro que no, se quedaría casi sin empleados...), se dedica a dar discursos que no cambian nada, pero que son vendidos por la prensa, los gobiernos y políticos del sistema como si su papado se tratara de una verdadera “revolución”. Hasta la revista Rolling Stone lo pone en tapa como si fuera un ícono juvenil de rebeldía.
    Pero junto con el discurso de siempre contra el derecho al aborto y contra las personas LGTTBI, echa un manto de “cristiandad”, proponiendo ayuda y comprensión para estos desviados del camino correcto. Para darle una pátina más “humanitaria” aún, el papa Francisco la emprende todas las veces que puede con su verba contra la trata. Y claro, le sale gratis. Porque hasta ahora no ha entregado a conocimiento público ni una sola lista de funcionarios o miembros de gobiernos de algún país que amparen a ninguna red de trata. Y que no digan que el papa no tiene acceso a ese tipo de información.

“TRABAJO SEXUAL” Y AMMAR-CTA

    Dentro de la pelea contra las redes de trata y de explotación sexual entra el debate con la noción del “trabajo sexual”. En Argentina existe una tendencia, corporizada en el sindicato AMMAR-CTA, que apoya esta idea. AMMAR-CTA es una ruptura de una organización originariamente llamada AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina), que nace en 1995 en Buenos Aires en la pelea contra los edictos policiales. Estos edictos eran una legislación municipal de la capital de corte prohibicionista, que perseguía y criminalizaba a las mujeres explotadas. En ese momento, ese conjunto de mujeres se encontraban organizadas dentro de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) filial Capital. En 2003, a raíz de los debates suscitados por la validez de la figura de “trabajadoras sexuales” y su consecuente sindicalización, un grupo de compañeras se desvincula de la organización. Así quedan conformados dos espacios: AMADH (Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos) con una fuerte trayectoria de lucha abolicionista, y AMMAR-CTA, que desde ese momento pelea por la regulación del “trabajo sexual” y la sindicalización de las trabajadoras (Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos, Con voz propia).
    Esta pelea por la regulación implica que las mujeres podrían elegir el “trabajo sexual autónomo”; realizar una actividad sexual a cambio de una retribución, de manera autónoma, sin proxeneta. Separa el “trabajo sexual” autónomo, libremente elegido, y la explotación sexual que no es consentida: la diferencia radica en la presencia de un proxeneta que lucra con la actividad sexual ejercida por la mujer o trans. Esta idea parcializa completamente la realidad, quiere inventar una burbuja en una sociedad patriarcal y machista, burbuja donde las mujeres se vincularían con hombres con los que podrían negociar el dinero que será pagado sin que se les intente robar; podrían decidir el uso del preservativo sin que haya una negativa rotunda; podrían elegir qué tipo de prácticas tener sin ser violentadas y sometidas.
    Quienes defienden el “trabajo sexual” proponen como una alternativa al proxenetismo las denominadas “cooperativas sexuales”. La propuesta es la organización de un grupo de mujeres en un lugar privado, donde ellas mismas manejen la relación con los prostituyentes, sin mediación de proxenetas que se queden con su dinero. En estas cooperativas las mujeres y trans “trabajan libremente” y acuerdan “libremente una retribución justa”, según manifiestan en el proyecto de ley presentado por AMMAR-CTA en julio de 2013 (http://www.cta.org.ar/IMG/pdf/ley_final_ammar.pdf). La fundamentación de esta propuesta es la de posibilitar que las mujeres puedan ejercer sin presiones ni abusos cualquier actividad sexual, decretando por ley el fin de la opresión patriarcal a la que son sometidas las mujeres, especialmente aquellas que son explotadas sexualmente.
    Los golpes, violaciones, detenciones injustas son moneda corriente para las personas explotadas. Si la explotación sexual se reglamenta, ¿quién va a regular esa actividad? ¿Quién va a garantizar que los prostituyentes utilicen preservativos para cuidar la salud de las mujeres? ¿Quién va a garantizar la seguridad de las mujeres frente a una situación de violencia? ¿Quién va a garantizar que las “cooperativas de trabajadoras sexuales” no sean propiedad de un proxeneta? ¿Quién va a quitarles de las manos a los proxenetas el negocio millonario que hoy es la explotación sexual, para dar lugar a las cooperativas autónomas? Ya sabemos quién lo va a hacer: el Estado patriarcal y capitalista, que hasta ahora ha garantizado el funcionamiento de las redes de trata y explotación sexual de las mujeres, trans, niños y niñas. Los jueces y fiscales que absolvieron a los 13 imputados e imputadas por el caso Marita Verón. La policía que hoy persigue a las mujeres, les cobra las paradas, las somete violentamente y recibe coima de los prostituyentes. Los inspectores que hoy habilitan los prostíbulos.
    Si se permite libremente el ejercicio de la explotación sexual, se estaría garantizando el destino seguro de las mujeres víctimas de trata. El debate con las compañeras que defienden la legalización de lo que ellas llaman “trabajo sexual” radica justamente ahí, en que hacen una falsa separación tajante entre el hecho de la trata y su finalidad, la explotación sexual, negando el motivo principal del secuestro de mujeres y niñas.
    Hay otra cuestión que hace temblar la noción del “trabajo autónomo”: la construcción de las subjetividades de las personas explotadas sexualmente. Las compañeras de AMMAR-CTA hacen una separación entre mayores y menores de edad. Consideran que cuando las víctimas son menores sí hay explotación, pero que las personas adultas sí podrían elegir libremente. Pero esto supone que una niña o niño que es explotado vería completamente modificada su situación una vez que cumple los 18 años. El día en que pasa la mayoría de edad, todas las opresiones y coerciones que antes operaban sobre su poder de decisión desaparecerían, dando lugar a un ejercicio pleno de su elección.
    La experiencia demuestra que la gran mayoría de las mujeres y personas trans adultas que hoy son explotadas han sido víctimas de distintas formas de violencia –incluso explotadas sexualmente– desde su infancia o adolescencia.
Estas experiencias se marcan en la subjetividad, generando un tipo de relación con los otros y otras, y con el propio cuerpo, que las ubica en un lugar de mayor vulnerabilidad. Se naturaliza la violencia hacia el propio cuerpo, generando sentimientos de culpa, vergüenza y auto responsabilización por estar en esa situación. Aparecen mecanismos defensivos que permiten separar lo que pasa por el cuerpo de las sensaciones y sentimientos que esto genera; ésa es la forma de sobrevivir a una situación de violencia cotidiana. Ni que hablar del registro que se tiene de estar siendo violentadas frente a los ojos de toda la sociedad, que sigue de largo.

Mujer objeto. Laura Cabrera
    

Elena Moncada, en su libro Yo elijo contar mi historia, da cuenta de este proceso muy claramente. La autora relata su experiencia de vida desde niña, mostrando cómo las situaciones abusivas de las que fue víctima cuando niña marcaron subjetivamente sus experiencias de joven y adulta. “A esa edad empezaron las picardías que una descubre hoy como cosas horribles, que una naturalizaba con la ingenuidad de una nena de 9 años. A esa edad un amigo de mi hermano nos daba 2 pesos para mostrarnos el pene. Para mí era un juego… no estaba mal. No hacíamos nada malo más que recibir la plata, pero es como la sensación de que fui preparada desde chiquita para ser prostituta” (E. Moncada: 21). A estas experiencias se agrega el relato de haber compartido desde niña experiencias con mujeres explotadas como una cosa natural, algo más del paisaje. Así se conjugan la experiencia biográfica de una persona con el contexto de opresión general al que son sometidas las mujeres, un entramado necesario que facilita las futuras experiencias de explotación.
    En este escenario es que aparece la idea del “trabajo sexual” como forma de “dignificar” a estas personas, quitarles toda la carga social negativa que tiene el hecho de ser “una puta”. Pero cambiar el nombre de una relación de opresión, explotación y violencia no la hace menos opresiva, menos explotadora ni menos violenta; sólo la hace más “digerible” para la sociedad y para el Estado mismo.
    En Holanda, desde el año 2000 se legalizó la explotación sexual. Existe la Zona Roja, donde se puede acceder al consumo de explotación regulada por el Estado. Las mujeres se encuentran en vitrinas, vidrieras iguales a las de los negocios de ropa, donde posan motivando a los prostituyentes a acercarse. Esas vitrinas no son propiedad de las mujeres, claro, porque son muy caras para que las pueda comprar una mujer explotada; tienen un dueño que se las alquila. El dueño alquila la vitrina por turnos de 8 a ¡12! horas. Las posibilidades de que existan proxenetas siguen siendo las mismas que en cualquier país; quienes deben controlar esto son los mismos a los que una y otra vez se encuentra implicados en las redes de trata y explotación sexual. Además, hay un dato muy llamativo: las vitrinas están sólo legalizadas para las mujeres, los varones no pueden estar ahí. Es decir, la explotación se apoya en los cuerpos de las mujeres; el patriarcado se cuela por todos lados.
   Incluso donde se lleva años de legalización del “trabajo sexual”, la situación de las mujeres sigue siendo de sometimiento, y la autonomía tan proclamada por las regulacionistas no es propiedad de las mujeres.

COOPERATIVAS SEXUALES Y ESTADO PROXENETA

    La noción de Estado proxeneta la popularizó Sonia Sánchez, reconocida activista por los derechos de las mujeres en situación de prostitución. Sánchez plantea que el Estado, a través de su política pública y asistencial, es el gran garante de mantener a las mujeres en la situación de prostitución en la que se encuentran. Va más allá de ver algunos funcionarios o funcionarias cómplices de una u otra red de explotación, sino como un organizador de relaciones sociales, patriarcales y prostituyentes.
    El Estado es más que un grupo de funcionarios y funcionarias corruptos, es un sistema de relaciones opresivas que mantiene tal como son unas relaciones de producción y reproducción que incluyen como elemento necesario el sometimiento de la mujer.
    Con la organización moderna de la sociedad, las relaciones entre varones y mujeres se cristalizan en la familia patriarcal. Éstas se caracterizan por una primacía del varón adulto sobre la mujer y los niños y niñas, que es dueño de los bienes de que dispone esa familia por ser quien tiene asignado el rol de abastecerla. En contrapartida, la mujer es la responsable de la reproducción cotidiana:  la procreación de los hijos e hijas y su crianza en el hogar. Sólo en épocas excepcionales las mujeres accedemos a un trabajo digno en iguales condiciones que los varones, y sólo una minoría de mujeres. Claro que esa minoría es mostrada por los estados y políticos del sistema como demostración de que la democracia logra la igualdad entre los géneros. Pero la verdad es bien distinta:  la existencia de mujeres empresarias, presidentas y altas funcionarias de altos organismos se combina con la desocupación de las mujeres de clase trabajadora, incluso cuando hay un aumento del empleo en general, como sucedió en Argentina en la última década. La mayoría de las mujeres quedamos condenadas a los empleos de servicios, superexplotados, informales y de baja calificación. O a los planes sociales de miseria, como la Asignación Universal por Hijo, que irónicamente es presentada por el gobierno como el otorgamiento de un derecho cuando en realidad lo impone para evitar que las mujeres presionen sobre un mercado de trabajo que no puede ni quiere dejarlas entrar.
    Esto hace que la salida económica para la mayoría de las mujeres siga siendo la maternidad, vivir del salario de un varón a cambio de parir y criar a sus hijos. La familia patriarcal es la institución donde se consuma este pacto desigual.
    Con el trabajo doméstico garantizado por las mujeres, la sociedad resuelve el problema de la reproducción social de manera gratuita, pudiendo los varones dedicarse a la esfera de la producción económica, en un sistema de explotación capitalista (vender su fuerza de trabajo para conseguir el alimento necesario para él y su familia). Las mujeres cocinan, lavan la ropa, cuidan a los hijos e hijas, llevan a los enfermos al hospital, realizan las compras cotidianas, sin que el Estado ponga un solo peso. Y cuanto más ardua sea su labor, más reconocimiento va a obtener de los sectores más conservadores. A su vez, hijos e hijas irán asumiendo esos mismos lugares conforme vayan creciendo.
    Este tipo de organización social patriarcal surge con el “fin formal de procrear hijos de una paternidad cierta, y esta paternidad se exige porque esos hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de la fortuna paterna” (Engels: 68). De ahí el carácter monogámico de las relaciones modernas, que es la única forma de asegurar la identidad cierta de la paternidad. Sin embargo, esto es sólo una imposición para las mujeres, que llegan a ser víctimas de cualquier tipo de cruel castigo si es que deciden desobedecer tal mandato. Ahora bien, si sólo a los varones se les permite tener relaciones extramatrimoniales, ¿dónde están las mujeres que la sociedad proporciona para esto? La respuesta muy clara: en las redes de explotación sexual.
    Con la imposición de la monogamia a las mujeres (y la negación cruda de su sexualidad) y la sumisión a las tareas domésticas se construyen las dos caras de la opresión hacia las mujeres: la madre y la puta.
    Por esto decimos que el Estado proxeneta es más que algunos y algunas funcionarias cómplices o responsables de redes de explotación, sino que es el armado de las relaciones sociales patriarcales y capitalistas que empujen y mantienen a las mujeres en las redes de explotación sexual para el consumo de los varones. Con la combinación del sometimiento del cuerpo de las mujeres y la ausencia de un trabajo que les permita un ingreso económico nace la explotación sexual. En este armado, el Estado utiliza algunos mecanismos desde la política pública, como la entrega de preservativos o subsidios de alimentos como forma de paliar un poco la situación de extrema vulnerabilidad en la que se encuentran estas mujeres. Sin embargo, con estas acciones el Estado garantiza que estas mujeres sigan en la misma situación de sometimiento, sin modificarla un centímetro. Hablar de Estado proxeneta implica entender que antes de la explotación sexual ya hay sometimiento. Por eso la pelea contra esta forma de violencia incluye necesariamente la pelea contra el conjunto de relaciones de opresión y explotación, cuyo funcionamiento el Estado garantiza y facilita.
    Cuando se propone como alternativa al sometimiento sexual de las mujeres el armado de cooperativas sexuales, se está negando el carácter patriarcal y capitalista del Estado donde se desarrolla esta forma de violencia.
    En las jornadas y encuentros donde se presentan las defensoras del “trabajo sexual”, argumentan que en una cooperativa “hay 14 mujeres esperando debajo de la habitación donde está la trabajadora sexual, y si el cliente le hace algo, están las 14 esperando para hacérsela pagar”. Posiblemente sea cierto, pero también es cierto que una vez que el cliente “le hizo algo”, el daño o la violencia ya fue sufrido. Y seguramente el cliente “le haga algo”, porque los varones que consumen explotación sexual no lo hacen porque no les queda otra, lo hacen porque además del placer sexual están pagando por la decisión sobre el cuerpo de una mujer, que la mujer haga lo que él quiera, como él quiera, cuantas veces él quiera. De esto se trata el patriarcado. Y así lo exponen varios prostituyentes en el libro Lugar común. La prostitución de Silvia Chejter, donde se muestra el discurso de quienes consumen explotación sexual: “Después se me paró, pum, le pegué un poco en la cara a la mina, bien, bueno, se presta, se prestaron bien, no les quedaba otra, estaban en la loma del orto con 20 negros, si se retobaban un poco por ahí cobraban, no te digo que les vamos a pegar, pero …” (Chejter: 67). “Sí, tiene que ver con la guerra de sexos. De cogerse a alguien aunque no quiera, ponele. Que hay un montón de eso” (ídem: 68). Los prostituyentes no pagan sólo por una actividad sexual, sino por ser dueños del cuerpo de esa mujer; por eso, cuando se negocia el precio con un prostituyente, esta negociación incluye el uso del preservativo y el consumo de drogas.
    También han planteado que en una cooperativa, al no haber un proxeneta, podrían libremente negociar la trabajadora sexual con el cliente el precio a pagar. Una vez más niegan la realidad de la que son parte, suponen que una cooperativa puede abstraerse, alejarse de las relaciones sociales patriarcales y capitalistas que ordenan la sociedad. El precio, el uso del preservativo, las actividades sexuales no los decide la mujer con el prostituyente en una negociación entre iguales; los determina el mercado de la explotación sexual. ¿Por qué un prostituyente va a pagar una suma de dinero en una cooperativa, si en la calle puede pagar hasta la mitad, y encima imponiendo sus condiciones?
    Otro argumento que se escucha es que “se promueven las cooperativas sexuales para que las mujeres puedan desprenderse de los proxenetas y habilitar sus propios lugares con autonomía”. Para tener un local, departamento o cualquier lugar donde desarrollar el “trabajo sexual”, resulta necesario un capital que permita afrontar los gastos necesarios. La experiencia da sobrada cuenta de que las mujeres que se encuentran en situación de explotación sexual no son las mujeres de clase media, con algún ahorro en el banco, sino todo lo contrario: mujeres de bajos o nulos recursos económicos. En el reporte de la UNDOC de 2012 se muestra una comparación entre los momentos de mayor crisis económica y el aumento de la explotación se las mujeres. ¿Quién va a financiar lo necesario para una cooperativa? ¿Un subsidio del Estado? ¿Le vamos a pedir al Estado que financie el “trabajo sexual”? Entonces, volvemos a la figura de proxeneta.
    Recientemente se hizo conocida la vinculación de una red de proxenetas y tratantes con miembros de AMMAR-CTA Capital (Página 12 y La Nación, 29- 11-13). La secretaria general de dicha organización, Claudia Brizuela, está denunciada como partícipe necesaria para el funcionamiento de una red que mantenía cautivas a decenas de mujeres, incluyendo menores de edad, a quienes se les otorgaba un carnet de la Asociación, para prevenir en caso de un allanamiento. Aquellas que dicen defender a las mujeres, las primeras en levantar la bandera por la voz de las mujeres, quienes acusan al abolicionismo de negarles su identidad, ¡son quienes regentean mujeres para la explotación sexual! Y hasta ahora ¡ninguna de las organizaciones que tan fervientemente sostiene esta postura ha salido a decir ni una sola palabra! La fantasía de las cooperativas libres de coerciones patriarcales se cae a pedazos.

EL DEBATE ACERCA DE LOS PROSTITUYENTES. SIN ESTADO PROXENETA NO HAY TRATA NI EXPLOTACIÓN SEXUAL

    El lugar de los prostituyentes requiere un debate específico. Muchas veces se dice, como forma de suavizar el carácter patriarcal de la explotación, que no son sólo mujeres o trans quienes son explotadas, que también hay varones que son sometidos al circuito de la explotación sexual. Varones, mujeres, trans, cualquier puede “ser prostituido o prostituida”, no hay nada específico en la condición de ser mujer que favorezca las posibilidades de ser víctima de una red de explotación. Este planteo esconde el argumento del consentimiento, porque al negar las relaciones de desigualdad de poder que jerarquizan el lugar de los varones presume que cualquier persona puede “ser prostituida”. De ahí al argumento de la elección hay un solo paso.
    Es cierto que hay varones explotados, pero en su mayoría son niños o adolescentes, es decir, con un lugar de inferioridad con relación a los adultos en una sociedad patriarcal. Estos niños y adolescentes, cuando son adultos, de seguir en el circuito de la explotación sexual, pasan a ocupar el rol de proxeneta. Las mujeres, en cambio, de niñas son explotadas y de adultas también.
Pero hay un dato más que es muy importante: quienes consumen explotación sexual (de mujeres, trans y varones) son los varones adultos, los patriarcas.
    Prostituyentes son aquellas personas que otorgan una suma de dinero (o comida, un lugar para dormir, etc.) a una mujer, trans, niña o niño a quien someten a mantener cualquier tipo de actividad sexual que deseen. No son “clientes”, porque no hay posibilidad de que entre una mujer explotada y un varón que se aprovecha de esta situación con su dinero pueda existir un intercambio entre iguales, libremente negociado. Cliente se es cuando se compra un paquete de azúcar; cuando se compra el cuerpo de una mujer, se es un prostituyente.
    Quien decide acercarse a una mujer en un prostíbulo, en la calle, en una plaza, a quien le da dinero porque ésa es la garantía de poder hacer lo que quiera con ese cuerpo durante un tiempo determinado, es completamente responsable de sus actos opresivos y por eso debe afrontar las consecuencias. Los prostituyentes consumen explotación no sólo por el placer sexual, sino porque al poner en juego su dinero ponen en juego el poder que tienen sobre esa persona, a quien pueden demandarle lo que quiera. Con más o menos culpas, todos los entrevistados de Un lugar común dejan en claro que la explotación sexual es la forma más fácil que encuentran para mantener relaciones sexuales de la forma en que ellos, y sólo ellos, decidan. “Vos sos mía por un rato, me pertenecés, y si quiero más, pago por más y tengo todo, o sea, el límite me lo da el dinero, no me lo das vos: eso es lo que prima en la cabeza de un tipo cuando va, y si quiero cinco, cuánto vale… bueno, tanto, voy y pago… (E 36)”  (Chejter: 24).
“Vos vas con una puta y no pensás en lo que le pasa a la puta, disfrutás vos. Es lo mismo que cualquier servicio. (E 38)” (ídem).
    En el mismo sentido, pero con un poco más de remordimiento, otro prostituyente dice: “Para mí, dentro de mi cabeza es negar. O sea, esa cosa que está superclara, que existe, digamos, porque si está ahí, es porque pagás, y ella está ahí porque vos le pagás. Está claro… que es tu esclava durante un ratito… lo que digo, es que trato de que no exista esa cosa en mi cabeza. Porque, si no, no estaría ahí, o sea, dentro de todo lo que uno tapa, eso es lo que más tapás. Por lo menos en mi caso (E 111)” (ídem: 33).
    Y a la vez que el prostituyente es el único responsable de sus propios actos, no es correcto afirmar que la existencia de prostituyentes es la razón de la existencia de las redes de trata y explotación sexual, sino una parte, fundamental, en la que estas redes se apoyan. Muchas feministas afirman que la pelea por la erradicación de las redes de explotación sexual parte de la pelea contra la demanda, contra los prostituyentes.


   
   Las frases “Sin clientes no hay trata”, “Sin clientes no hay prostitución”, “Sin proxeneta no hay explotación”, no logran dar cuenta de la profundidad de las relaciones sociales machistas y patriarcales. Como desarrollamos más arriba, las relaciones opresivas de la sociedad patriarcal son las que garantizan que las mujeres y trans sean sometidas en estas redes. Estas redes son sostenidas por grandes aparatos que incluyen las fuerzas represivas del Estado, gobernadores, funcionarios y los prostituyentes.
    Este tipo de afirmaciones invierte la realidad, planteando que la demanda es la que genera la oferta. Pero en la sociedad capitalista el consumo de cualquier mercancía no surge de una primera necesidad. El proceso es inverso. ¿Es realmente necesario cambiar el teléfono celular al menos una vez al año? ¿O tener un televisor que mida lo mismo que una persona? ¿O pagar el doble por un pantalón, sólo porque la etiqueta es más moderna? Lo que aparece como necesidad de la sociedad son construcciones de un sistema de consumo capitalista.
Se inventa un producto, se publicita en el mercado haciendo creer que es algo realmente necesario, y se vende.
    Con la explotación sexual pasa exactamente lo mismo: se inventa la necesidad de consumir la explotación (un impulso irrefrenable de satisfacer un deseo sexual), se ofrece el producto (mujeres explotadas) y se dispone en el mercado (redes de explotación) al que se acercan los consumidores (prostituyentes).
    Cotidianamente estamos envueltos y envueltas en una continua exaltación de la eufórica necesidad de los varones de “descargar” su sexualidad, y del lugar de “servidoras” de las mujeres para satisfacer esta necesidad.
Propagandas de desodorante, autos, ropa, cerveza, cigarrillos se ocupan de remarcar constantemente estos lugares. Los cuerpos desnudos o semidesnudos de las mujeres aparecen infaltablemente en las publicidades de cualquier producto, equiparando el producto a vender con el cuerpo de la mujer; nunca queda claro qué se vende. Las propagandas de prostíbulos, los “rubro 59” (avisos publicitarios en los diarios ofreciendo mujeres para el consumo de explotación bajo la modalidad de “masajistas”, “acompañantes”, etc.), los encontramos en todos lados, desde los diarios más leídos hasta en los postes de toda la ciudad ofreciendo los cuerpos de las mujeres.
    De esta manera, se inventa una necesidad junto con el mercado para satisfacer esa necesidad, apoyándose en las bases mismas del patriarcado que conceden el poder a los varones de utilizar la sexualidad y los cuerpos de las mujeres para su propio placer. Por eso el nudo de la pelea está en las redes de explotación como primer eslabón.
    Los organismos internacionales, las políticas del Estado capitalista y patriarcal, apuntan también hacia los prostituyentes, porque así no tocan ninguno de los privilegios de las redes de explotación de los que ellos se benefician: “Si no hubiera demanda de sexo comercial, el tráfico sexual no existiría en la forma en que lo hace hoy. Esta realidad pone de relieve la necesidad de grandes esfuerzos continuos para promulgar políticas y promover las normas culturales que no permiten pagar por sexo” (“Trafficking in Person - Report June 2013”: 24).
    Esto mismo se ve en la página oficial del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, donde se abre con el slogan “Sin clientes no hay trata”.
En sus recuadros coloridos se ven las cifras del esfuerzo que este organismo hace en la pelea contra la trata; 5.974 víctimas rescatadas desde la sanción de la ley de trata; 60 allanamientos efectuados hasta noviembre de 2013, porcentaje de medios gráficos monitoreados que publicaran ofertas de explotación sexual, y ningún dato de proxenetas, funcionarios, gendarmes o gobernadores procesados y condenados por ser parte de una red de explotación sexual.
    ¿Será que los funcionarios nada tienen que ver con la explotación sexual?
En los últimos meses se supo de la participación del intendente del municipio de Salvador Mazza, de la provincia de Salta, Argentina, en el regenteo de un prostíbulo donde se explotaban mujeres de distintas nacionalidades e incluso menores de edad. Estuvo unas horas detenido y enseguida salió a la calle. El gobernador de Tucumán, Alperovich, es conocido amigo del proxeneta que secuestró a Marita Verón. El diputado kirchnerista Contreras defendió pública mente la existencia de prostíbulos para que los varones descargaran sus necesidades sexuales.
    El problema de este tipo de consignas es que desvían el foco de la pelea. No está mal castigar a quienes son parte de la explotación sexual de personas, especialmente sabiendo de las situaciones de violencia y del abuso de poder a que las someten, pero no va a ser encerrando a todos los prostituyentes que se van a desarmar las redes de explotación (demás está decir que ninguna de las políticas planteadas para perseguir el consumo dio ningún resultado demasiado sorprendente de condenas, o de disminución de la cantidad de personas explotadas). Y de esta forma se les da lugar a los gobiernos patriarcales para plantear políticas para las cámaras de TV sin modificar un centímetro el problema de la trata y la explotación sexual, dejando accionar libremente a proxenetas, tratantes y todos sus cómplices.

LA DIGNIDAD ESTÁ EN LA LUCHA POR LA EMANCIPACIÓN

Justo ahí, en el debate social sobre la prostitución, aparece también la postura que plantea el ejercicio libre de la prostitución como una forma de liberación sexual; disfrutar plenamente de la propia sexualidad, y de paso ganar unos pesos. Frente a quienes detentan esta posición, las que sostenemos una postura abolicionista aparecemos como “moralistas”, como “opresoras” de la sexualidad de las mujeres. Dicen: “Para ustedes seguramente no es lo mismo que trabajemos con nuestras manos a que trabajemos con nuestra vagina... entonces el problema es ése y ahí tenemos que debatir, qué les pasa a ustedes con su sexualidad que no dejan que las demás definan su autonomía personal” (Georgina Orellana, de AMMAR-CTA, en una jornada de Trabajo Sexual, Trata y Explotación Sexual, junio de 2013). Y por supuesto que no es lo mismo, porque entendemos que la negación de la sexualidad (incluyendo la sexualidad genital) de las mujeres es el bastión de la opresión patriarcal: no es lo mismo que a una mujer la violen o que le metan el dedo en la nariz.
    Las Rojas somos abolicionistas porque tenemos la convicción absoluta de que la explotación sexual es justamente lo opuesto a la liberación sexual. Junto con el pacto nupcial para la maternidad, la explotación sexual es la máxima expresión de la negación de la sexualidad de las mujeres. ¿Por qué se consume explotación sexual? Porque a través de la compra de los cuerpos de las mujeres se puede esperar, pedir, exigir lo que sea que en ese momento el prostituyente quiera. Porque así se evita el trabajo que implica relacionarse con otro ser humano, el intercambio, el dar placer para recibirlo. Porque los prostituyentes bien saben de la situación de vulnerabilidad y necesidad de las mujeres que están en esa situación, y la aprovechan con su dinero.
    Decir esto no es victimizar a nadie, es decir las cosas por su nombre. No hay explotación sexual sin violencia: no se puede abstraer un pedacito de la realidad de la totalidad, no se puede abstraer la explotación sexual del sistema capitalista patriarcal que la genera.
    Es un error suponer que se puede enfrentar la doble moral de la sociedad con la noción del “orgullo de la puta”, que no es más que la contracara del infeliz “orgullo de vivir para ser madre”, glorificando otra cara más de la barbarie del capitalismo patriarcal. El orgullo de las mujeres explotadas sólo se concibe en la pelea por la emancipación contra todas las formas de violencia a las que nos someten a diario.
    Las Rojas peleamos por la liberación sexual de todas las personas, para vivir una sexualidad libre y plena que rompa con los estrictos marcos de la monogamia heterosexual y sólo reproductiva. Una sexualidad que no esté atada a las necesidades de supervivencia en una sociedad explotadora y opresiva que mercantiliza nuestros cuerpos poniéndoles un precio. Luchamos por una sexualidad que nos permita elegir con quién, con cuántas, cuándo y dónde disfrutar de nuestros cuerpos.

EL ABOLICIONISMO, UNA PELEA SOCIALISTA Y FEMINISTA

La explotación sexual es la manifestación más clara del tipo de relaciones existentes en una sociedad patriarcal y capitalista: los cuerpos de mujeres, trans, niñas y niños son mercantilizados y vendidos para el disfrute de otro.
El Estado patriarcal y capitalista garantiza y santifica el conjunto de relaciones opresivas, fundamento que permite el sometimiento de las mujeres por los varones.
    Las múltiples formas en que se presenta la explotación sexual garantizan una acumulación de dinero a nivel internacional, siendo estas sumas ya parte de las economías nacionales. La trata de personas viene a satisfacer el mercado de la explotación sexual, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para el negocio que es el que realmente genera ganancias, la explotación sexual.
    Las redes son sostenidas no sólo por proxenetas que regentean las redes, prostíbulos, clubes, departamentos, calles o plazas, sino por todos los funcionarios del Estado burgués patriarcal: desde los más altos gobernadores hasta los inspectores municipales que habilitan los locales. Y las fuerzas represivas del Estado cuidan este negocio.


   
Que sean mujeres y trans quienes son explotadas y varones quienes consumen explotación es la prueba más franca de las relaciones patriarcales necesarias para sostener este flagelo. En ese contexto, suponer una libre y autónoma decisión de una mujer de ser parte del circuito de la explotación es negar las relaciones sociales que nos determinan. Es negar la realidad de violencia cotidiana a la que las mujeres somos sometidas y que se profundizan en los ámbitos de la explotación sexual. Así lo dan cuenta las mujeres que han sido víctimas de estas redes, y los prostituyentes que han consumido esa explotación.
    Por eso peleamos por la construcción de una sociedad sin explotación ni opresión, y peleamos por arrancarle a este Estado las reivindicaciones del movimiento de mujeres que nos permitan mejorar nuestras condiciones de vida. La integración de las mujeres y trans en el circuito de la producción es el primer paso para salir del ámbito doméstico, el lugar de encierro más peligroso para las mujeres, y que permita autonomía económica respecto de los varones. En ese camino, las feministas socialistas luchamos por arrancarle al Estado burgués todo lo que podamos para mejorar las condiciones de vida de las mujeres:
- Integración del trabajo doméstico a la producción social con guarderías, lavaderos y comedores públicos de calidad en los barrios populares.
- La inclusión de las mujeres en la producción implica igualdad en la educación. Luchamos por reemplazar la mísera Asignación Universal por Hijo por subsidios para todas, tengan o no hijos, que permitan la capacitación de las mujeres con miras a la independencia económica.
- Reemplazo del Plan Procrear por el Plan Emancipar: prioridad a las mujeres en los planes de vivienda, y vivienda inmediata para las víctimas de explotación sexual y violencia familiar.
- Refugios e instituciones convivenciales de alojamiento para las mujeres y sus hijos e hijas.
- Programas de atención a las mujeres con formación en la problemática y perspectiva de género.
- Educación sexual pública, laica y científica, que se oriente a desterrar la noción de sumisión y menosprecio hacia las mujeres y trans.
- Aborto legal, seguro y gratuito en el hospital público. Programas reales de anticoncepción.
- Separación de la Iglesia del Estado. Fin de los subsidios a la educación religiosa y derogación de la ley de la dictadura que establece salarios y jubilaciones del Estado para los curas.
- Desmantelamiento de las redes de trata y explotación sexual. Prisión efectiva a los proxenetas y a todo el que lucre con la explotación sexual. Destitución de los funcionarios cómplices por acción u omisión. Trabajo digno y asistencia integral para las mujeres rescatadas de las redes y para las víctimas de explotación sexual.
- Cárcel a golpeadores, abusadores y femicidas.
- Unidad del movimiento de mujeres con el movimiento obrero y popular para destruir el capitalismo patriarcal y construir una sociedad sin explotación ni opresión.
    La pelea por la abolición de las redes de explotación sexual y de trata es la pelea contra ese conjunto de relaciones de opresión y explotación, es la pelea contra el Estado patriarcal y capitalista. Es una pelea que sólo puede dar el movimiento de mujeres organizado en las calles, con la alianza estratégica del moviendo obrero: ¡sin patrones que se queden con nuestro trabajo, ni proxenetas que se adueñen de nuestros cuerpos!


BIBLIOGRAFÍA

-Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos: Con voz propia. Buenos Aires, 2011
- BERKINS, Lohana y KOROL, Claudia (comp.): Diálogo: Prostitución/trabajo sexual: las protagonistas hablan. Buenos Aires, Feminaria, 2007.
- CABELLO, María Fernanda; JANSON, Astrid; POLANCO, Nadia: “Abordaje de la problemática de explotación sexual de niñas, niños y adolescentes. Una propuesta de trabajo”. Ponencia presentada en las Primeras Jornadas Nacionales Abolicionistas sobre Prostitución y Trata de Mujeres y Niñas/os, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 4 y 5 de diciembre de 2009.
-- Reflexiones sobre la problemática de explotación sexual de niñas, niños y adolescentes, a partir de una experiencia de trabajo”. Ponencia presentada en las Primeras Jornadas Regionales Abolicionistas sobre Prostitución y Trata de Mujeres y Niñas/os, Moreno, Buenos Aires, 2011.
-- “La política social en tela de juicio. Análisis del trabajo realizado con niñas y adolescentes en situación de explotación sexual en un barrio de la Ciudad de Buenos Aires”. Ponencia presentada en las Terceras Jornadas Nacionales
Abolicionistas sobre Prostitución y Trata de Mujeres y Niñas/os, La Plata,
Buenos Aires, 6 y 7 de diciembre de 2012.
- CHÁVEZ, Ana y SÁNCHEZ, Sonia: ¿Qué te indigna? Trata de personas con fines
de explotación sexual. Buenos Aires, La Antorcha, 2013.
- CHEJTER, Silvia: Lugar común. La prostitución, Buenos Aires, Eudeba, 2010.
- Código de Faltas de la provincia de Córdoba.
- Departamento de Estado de Estados Unidos: “Trafficking in Person – Report June 2013”
- ENGELS, Friedrich: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Buenos Aires, Claridad, 2007.
- GALINDO, María y SÁNCHEZ, Sonia: Ninguna mujer nace pare puta, Buenos Aires, Lavaca, 2007.
- JEFFREYS, Sheila, La industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del sexo. Buenos Aires, Paidós, 2012.
- MAFFÍA, Diana: Sexualidades migrantes. Género Transgénero, Buenos Aires, Feminaria, 2003.
-MONCADA, Elena: Yo elijo contar mi historia, Santa Fe, 2013.
- Organización Internacional del Trabajo, “Estimación sobre el Trabajo Forzoso. Resumen ejecutivo”, junio de 2012.
- Organización Internacional para las Migraciones, www.iom.int/cms/es.
- PÉREZ, Patricia: “Una mirada marxista de la familia”, en Socialismo o Barbarie 23/24, Buenos Aires, 2009.
- Proyecto de Ley presentado por AMMAR-CTA en julio de 2013.
- SÁNCHEZ, Sonia: La puta esquina. Campo de concentración a cielo abierto, Buenos Aires, La Tinta, 2011.
- UNDOC: “Global Report in Trafficking in Person 2012”.

- ZETA, Inés: “Crítica a la desconstrucción reaccionaria del movimiento de mujeres”, en Socialismo o Barbarie 23/24, Buenos Aires, 2009.


lunes, 10 de agosto de 2015

LA PROSTITUCIÓN DE MUJERES, UNA ESCUELA DE DESIGUALDAD HUMANA 1
                                                 Ana de Miguel Álvarez

Profesora Titular de Historia e Instituciones Económicas y Filosofía Moral
                                              Universidad Rey Juan Carlos

SUMARIO
I. Prostitución y autoconciencia de la especie.- II. Las Prostituidas son mujeres, los puteros son hombres: la Perspectiva de género.- III. La tolerancia con la prostitución, La ideología de la prostitución.- IV. Desplazando el debate: Del enfoque del consentimiento de las prostituidas a la Agencia del cliente prostituidor.- V. Algunas consecuencias De la normalización y legalización de la prostitución desde La perspectiva de clase.- VI. La prostitución como escuela de Desigualdad entre chicas y chicos.- VII. Visibilizar y teorizar Al “cliente”: poner un espejo ante los hombres que van de Putas.- VIII. Bibliografía.

PALABRAS CLAVE
Prostitución; Desigualdad humana; Movimiento feminista; Concepto de ser humano; Democracia participativa y deliberativa.

RESUMEN
El objetivo de este artículo es contribuir a desplazar el debate actual sobre la prostitución de mujeres desde el tema del consentimiento de las prostituidas a la reflexión sobre el prostituidor. Mantenemos que el tema del consentimiento invisibiliza la parte fundamental sobre la que se funda la institución de la prostitución: el hombre que demanda que su deseo sexual sea satisfecho y la ideología que encuentra normal, natural y deseable que lo haga. El artículo reflexiona sobre las consecuencias que el acceso libre y reglado al cuerpo de las mujeres tiene sobre el carácter de los varones, su percepción de las relaciones con las mujeres y su socialización en los valores de la igualdad y la reciprocidad sexual. Por último, se sostiene que una sociedad que banaliza, normaliza e idealiza la prostitución de mujeres es una sociedad que fortalece las raíces de la desigualdad humana.
 
Foto: Salvador Batalla

I. PROSTITUCIÓN Y AUTOCONCIENCIA DE LA ESPECIE
    Contra todo pronóstico, la prostitución de mujeres está en proceso de aumento y expansión en las sociedades formalmente igualitarias.
Decimos “contra todo pronóstico” porque el compromiso con el valor de la igualdad, unido a la nueva libertad sexual que ya han disfrutado varias generaciones, generó la idea difusa de que la prostitución acabaría convirtiéndose en un fenómeno residual y marginal. Y así ha sido para las mujeres que han crecido en los países con mayores índices de igualdad sexual. Sin embargo, en estos mismos países, como es el caso de España, han entrado de forma masiva cientos de miles de mujeres, procedentes de los países más vulnerables, desestructurados y patriarcales del mundo, destinadas a satisfacer los deseos sexuales de una parte de nuestra ciudadanía masculina. La enorme visibilidad de este mercado humano está polarizando y agriando más si cabe el debate entre dos posturas teóricas y políticas enfrentadas, las favorables a normalizar la prostitución y las que plantean como horizonte normativo la desaparición de la misma2.
    Durante décadas el debate se ha centrado en la cuestión filosófico- política del consentimiento. Por un lado, se argumenta sobre los derechos de las mujeres a elegir prostituirse y normalizar la industria del sexo; por el otro, se sostiene que es irracional e injusto argumentar seriamente en torno al “consentimiento” en un planeta globalizado y atravesado por las desigualdades económicas, étnicas y, muy especialmente, de género. Dadas las dimensiones que está adquiriendo la trata, cada día es más habitual dejarse llevar por el discurso fácil, sencillo y directo de la legalización y abandonar la reflexión sobre las raíces de la prostitución y las consecuencias no deseadas o no previstas de su normalización. El discurso reglamentarista tiene un notable éxito en el mundo académico y además se expresa en frases sencillas, que establecen nexos con valores apreciados por la opinión pública. Tales como que “la legalización sirve para combatir las mafias3”, “los derechos de l@s trabajadores del sexo”, “el sexo es bueno, basta de puritanismo y represión”,“en todos los trabajos se vende el cuerpo: ¿qué diferencia hay entre vender ideas y vender el cuerpo?”.
   Si la filosofía puede definirse como la autoconciencia de la especie en un momento histórico concreto, las sociedades democráticas no pueden ya seguir evadiendo el hacerse cargo de la imagen que sobre nosotros mismos, nuestro proyecto común y nuestra ciudadanía, arrojan las cifras y el espectáculo de la continua prostitución de mujeres de todos los países del mundo4. Especialmente sobre la imagen de los hombres.
   La reflexión sobre la prostitución tiene que girar en torno a nuestro horizonte normativo y el mundo que queremos construir y legar a las generaciones futuras. Si queremos construir un mundo en que se normalice el acceso reglado a un mercado de cuerpos de los que se pueda disponer para su uso sexual o no. Y un mundo en que la práctica totalidad de esos cuerpos son mujeres. Este de la prostitución es un tema en el que nos jugamos el propio concepto de ser humano y sobre el que corresponde debatir desde el conocimiento y no desde frases cortas, eslóganes y tópicos. Mucho menos desde la asunción acrítica de que “así son los hombres y esto no hay quien lo cambie”. Este trabajo quiere contribuir a poner en marcha los mecanismos habermasianos propios de una democracia participativa y deliberativa, una democracia que se toma en serio sus debates y anima a que todas las posiciones se muestren claramente en el ágora pública y argumenten sus buenas razones en torno

   En concreto, el objetivo de este trabajo es contribuir a desplazar el debate desde el tema del consentimiento de las mujeres prostituidas a la investigación de las características de la acción o agencia que ejerce el prostituidor, cliente o putero. Examinaremos la ideología que legitima su acción y la influencia de esta agencia en su conformación como persona y ciudadano. Asimismo plantearemos algunas consecuencias de la normalización y banalización de la prostitución desde la perspectiva de clase y, por último, las implicaciones para las relaciones de dominación y sometimiento entre hombres y mujeres.
 
Foto Salvador Batalla


II. LAS PROSTITUIDAS SON MUJERES, LOS PUTEROS SON HOMBRES: LA PERSPECTIVA DE GÉNERO

   Estamos tan acostumbrados al hecho de la prostitución de mujeres que al abordarlo se nos pasa detenernos en lo que asumimos como evidente. Pero, como es sabido la filosofía comienza por cuestionar lo que hasta el momento se había aceptado con “normalidad y naturalidad”, como una “tradición inevitable”. En un orden racional de investigación la pregunta primera sobre la prostitución no debiera ser la de si hay personas dispuestas a prostituirse, más bien debería ser esta otra: ¿Por qué la mayor parte de las personas destinadas al mercado de prostitución son mujeres y no son hombres? ¿Por qué tantos hombres aceptan con normalidad que haya cuerpos de mujeres que se observan, se calibran y finalmente se paga para disponer ellos? ¿Cómo es posible que los hombres obtengan placer de personas que se encuentran en una situación de clara inferioridad y que, en general, sólo sienten indiferencia o asco por ellos?
   Estas preguntas, en realidad determinantes para comprender el fenómeno, no son ni mucho menos las habituales en los debates sobre el tema. Lo habitual es que los varones desaparezcan del “problema” de la prostitución. Sheila Jeffreys, una de las autoras más implicadas en el debate, ya planteó en su día cómo es el propio lenguaje utilizado el que se encarga de invisibilizar a los hombres y remitir a las prostitutas, como si ellas fueran la causa de que existiera la prostitución6. De igual modo la designación de “trabajador@s del sexo” o “trabajadores sexuales”, aparte de otorgar la consideración de “un trabajo cualquiera” envía otro mensaje muy claro a la sociedad: la prostitución no tiene género, cualquiera puede prostituirse, no es algo que haga referencia a las relaciones entre hombres y mujeres.
La arroba se convierte en una forma de invisibilizar y falsear la realidad de forma que la sociedad civil, la opinión pública no perciba a priori la desigualdad inherente al papel que desempeñan hombres y mujeres en este “trabajo”. La propuesta que recogió la propia Jeffreys fue la de utilizar la palabra “mujer prostituida” para intentar señalar que la prostituta no existe en el vacío, no existe sin el otro polo de la relación, al que se pasa a denominar prostituyente o prostituidor frente a la aséptica y pasiva denominación de “cliente”, más propia de la industria y los empresarios del sexo. En palabras de la filósofa Celia Amorós, “conceptualizar es politizar” y de ahí la necesidad de comenzar por plantearse el contexto en que nos introduce el propio lenguaje que utilizamos para nombrar la
realidad7.
    Otra de las cuestiones que se tiende a invisibilizar, también por “evidente”, es el hecho de que la mayor parte de las mujeres rechaza con firmeza la idea de que exista un mercado de prostitutos. Incluso hay que reparar en que las teóricas posmodernas y queer que defienden la prostitución lo que defienden es que las mujeres sean putas no que las mujeres vayan de put@s. Estos parecen ser, paradójicamente, los límites de lo que definen como una transgresión del orden patriarcal, aceptar la parte que les toca en “el oficio más viejo del mundo”.
    El rechazo de la prostitución masculina por parte de las mujeres no radica en su falta de poder o dinero sino en que no encuentran placer en tener relaciones sexuales con quienes se encuentran en una situación de clara inferioridad –semidesnudos en fila, en los parques, polígonos y burdeles- y, además, no las desean en absoluto. Las mujeres han accedido al espacio público, pero no han adoptado, ni mucho menos y frente a lo que suele afirmarse, los comportamientos que definen la masculinidad, han adoptado los que tras la autodesignación de masculinos se han revelado como humanos8. Detenerse a pensar en los fundamentos de rechazo de las féminas arroja luz sobre la particularidad del comportamiento de los hombres que encuentran placer en disponer de mujeres prostituidas.
Parece que uno de los núcleos del placer que experimentan reside en entrar en relaciones físicas definidas por su situación de poder y falta de reciprocidad.
   En los últimos tiempos, especialmente en nuestro país, hemos avanzado mucho en materia de igualdad entre hombres y mujeres. Las mujeres han accedido a numerosos estudios, trabajos y actividades que se consideraban tradicionalmente masculinos. De forma similar, aunque aún minoritaria, los hombres están comenzando a ser amos de casa; compran, limpian, cocinan y comparten el cuidado de los hijos y los mayores. Ahora es el momento de plantearse que, justo al mismo tiempo que se producían los cambios hacia una mayor igualdad sexual, la oferta de mujeres iba en aumento y también lo hacía la demanda por parte de los hombres de un producto tan “bueno y barato”. Los burdeles y los parques de nuestro país se llenaban de chicas rubias del este de Europa, de chicas negras recién traídas de África, de orientales que se anunciaban como especialmente dulces y sumisas, “chinas, muy jóvenes, nuevas”9.

Foto: Salvador Batalla
  

No es posible comprender el aumento de la prostitución en las sociedades formalmente igualitarias y comprometidas con los valores de igualdad sin saber de dónde venimos, sin tener presente la perspectiva feminista. Hombres y mujeres no hemos vivido nunca en situación de igualdad. Los hombres, como grupo social o “género” han tenido el poder sobre las mujeres. El poder económico, el poder político y el poder simbólico. Nuestras sociedades ya no son, ni mucho menos, patriarcados basados en la coacción pero las mujeres carecen del papel político, social y económico de los hombres. Y, sobre todo, para lo que ahora nos interesa argumentar, carecen del poder simbólico.
   Nancy Frazer ha señalado con firmeza que toda lucha por mejorar las condiciones materiales de un colectivo tiene que incorporar una lucha específica por redefinir el imaginario simbólico que también determina sus vidas10. El poder simbólico o cultural es tan importante como el económico y el político en cuanto que legitima los anteriores. Es el poder de las ideas, de los relatos, también el de las películas y las canciones. Es el poder que modela lo que pensamos y sentimos. El mundo del pensamiento, de la creación y de la cultura actúa dando sentido a nuestras vidas, modela nuestras normas morales, nos enseña a aceptar unas situaciones y a condenar otras. Tiene el poder de definir lo que es un hombre, lo que es una mujer y qué es lo que se puede cambiar y lo que no debe cambiar en su forma de relacionarse. En el siguiente apartado vamos a exponer cómo se ha teorizado y legitimado el derecho de los hombres a acceder al cuerpo de las mujeres por un precio variable.

  III. LA TOLERANCIA CON LA PROSTITUCIÓN, LA IDEOLOGÍA DE LA PROSTITUCIÓN

    Existe una ideología, un conjunto de ideas que podemos denominar la ideología de la prostitución11. Son un conjunto de definiciones favorables a que los hombres vayan con mujeres prostituidas. Y a que las mujeres lo acepten, “hagan la vista gorda” o declaren que no les importa. Esta ideología sostiene, por un lado, que los hombres tienen derecho a satisfacer sus necesidades sexuales. Por otro, que la sociedad tiene que proporcionarles, de una u otra forma, un mercado de mujeres para satisfacer esas necesidades. En la prensa diaria nos informan de que un cargo público español ha sido descubierto utilizando su tarjeta visa para ir a burdeles, de que un presidente de gobierno italiano organiza fiestas con prostitutas, de empresas que premian a sus directivos y clientes con mujeres prostituidas… y la sensación es la de que lo hacen con casi total impunidad.
    Una parte importante de la legitimidad procede, tal y como sucede con la desigualdad entre hombres y mujeres, de su carácter casi universal.
Hay que recordar que la prostitución ha estado legalizada durante siglos en Europa. Hasta tal punto ha sido una práctica habitual y aceptada que el parlamento inglés niega el voto a las mujeres en 1867 y casi simultáneamente propone ampliar la reglamentación de la prostitución de mujeres y niñas en las calles y los burdeles. Y decimos niñas porque la edad del consentimiento estaba en los trece años. Las leyes se encontraron con la férrea oposición de un movimiento organizado de mujeres que conocían de primera mano los problemas de las mujeres prostituidas y estaba logrando concienciar a la opinión pública de la injusticia y la doble moral que implicaba su ejecución. Aquellos fueron los inicios del movimiento por la abolición de la prostitución. Un movimiento liderado por Josephine Butler, y que a pesar de su relevancia, espectacularidad y éxito pareciera no haber existido jamás. La ideología de la prostitución no sólo radica en lo que expresa sino también, como toda ideología, en lo que se oculta y silencia12.
    La ideología de la prostitución es muy elástica y consigue conciliar argumentos opuestos para legitimar su práctica, su necesidad, su inevitabilidad. Una de las claves para comprender esta ideología es saber que no se corresponde con las posturas clásicas de izquierdas o derechas.
La prostitución se ha legitimado y se legitima tanto desde posturas conservadoras, como liberales y progresistas. Igualmente encontramos personas de todas estas ideologías que se oponen con firmeza a la explotación sexual.
    La tolerancia con la prostitución desde argumentos conservadores se ha basado durante siglos en lo que se denomina la doble moral sexual. La doble moral sostiene que lo que es bueno para los hombres es malo para las mujeres y al contrario. En términos sexuales mantiene que las mujeres no deben tener ningún tipo de vida sexual hasta el matrimonio, al que deben llegar con el himen intacto. Este elogio de la virginidad sólo es válido para las mujeres. Los hombres, al contrario, deben tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Y cuanto más promiscuos más viriles y admirados.
Este modelo tradicional de sexualidad se asienta en el presupuesto de que los hombres necesitan y es bueno que tengan relaciones sexuales variadas.
Se esperaba y aceptaba que los chicos tuvieran sus primeras relaciones con prostitutas, los encargados de llevarles a los burdeles podían ser sus padres, también los amigos o familiares cercanos. Todo ello se ha argumentado en la cultura formal, tratados teológicos y científicos incluidos y en la cultura popular de forma más ocurrente y festiva. La prostitución se consideraba “un mal menor”. El “mal mayor” sería, lógicamente, el que se seguiría de que los hombres no pudieran tener sus “necesidades” satisfechas13.

Foto: Salvador Batalla

    
La revolución sexual de los años sesenta puso fin a una parte de la hipocresía y la injusticia que suponía la doble moral sexual. Sin embargo, tuvo y tiene una vertiente que reproduce en nuevos términos la ideología de la prostitución. Así fue analizado por teóricas feministas como Kate Millett, que realizó una extraordinaria y aún hoy modélica crítica de la carga misógina y patriarcal que permeaba los escritos de los santones de la revolución sexual, como DH Lawrence y Henry Miller, autores que tanto han contribuido a redefinir con éxito la nueva normativa sexual14.
    Según las nuevas normas sexuales el sexo es bueno y tener muchas relaciones sexuales es bueno, moderno y transgresor, es anti-sistema. Mostrar sentido crítico con lo que tiene que ver con el sexo es represor y conservador per se. El juicio moral es que los juicios morales deben quedar fuera del territorio del sexo. La revolución sexual multiplicó la presencia de mujeres desnudas en los medios de comunicación y publicidad, no así la de hombres. Fue crítica con la doble moral pero no con la sexualidad tradicional masculina. Una de las consecuencias fue que se comenzó a idealizar la figura del putero15.
    Una de las claves de la reconceptualización de la prostitución a partir de los sesenta fue la teoría de la libre elección y el consentimiento. Si la prostitución es voluntaria, si hay consentimiento, la libertad individual aparece como un factor determinante para su aceptación. Incluso, y paradójicamente, en autores que condenan con gravedad la ideología capitalista y neoliberal de la free choice en otros aspectos de la vida económica. Las consecuencias de la revolución sexual fueron en este caso concreto similares a las de la doble moral tradicional: el mercado de prostitutas quedaba asegurado, reforzado y ampliado. Decimos “ampliado” porque, como hemos desarrollado en otros trabajos, la izquierda siempre había considerado la prostitución una forma de explotación extrema16.
    Las mujeres tuvieron una voz propia y fueron protagonistas de la revolución sexual. Sin embargo, las autoras y activistas que criticaron el carácter patriarcal de la nueva normativa sexual, es decir, la identificación de la sexualidad con el placer masculino y el libre acceso al cuerpo de las mujeres, fueron ignoradas y silenciadas. También su designación como frígidas, reprimidas y puritanas o feministas y lesbianas, en función del contexto, supuso una sencilla pero eficaz forma de descalificación.
    A partir de la década de los ochenta y con el desarrollo de los nuevos enfoques teóricos pos, posmodernos, poscoloniales y posfeministas el debate entre defensores y detractores de la prostitución ha cuajado en dos corrientes enfrentadas. Una postura favorable a que se normalice la prostitución y una postura favorable a poner las bases para su desaparición.
La bibliografía actual sobre el debate no deja de crecer pero es posible sintetizar algunos de los argumentos más repetidos en estos textos.
    Desde la postura pro prostitución, en realidad no existen las prostitutas, existen l@s trabajadores sexuales. La prostitución es un trabajo más, en que se intercambian servicios por dinero. Alguien ofrece una mercancía alguien paga por ella. Cualquier contrato entre adultos en que haya sexo y consentimiento debe ser respetado y tal vez legislado. Las remesas de inmigrantes que se mueven de unos países a otros para el trabajo sexual generan muchos bienes económicos que tienen que cotizar mediante impuestos al Estado. La legalización del trabajo sexual protege el bienestar de las prostitutas. La legalización acabaría con las mafias, que hoy se embolsan los enormes beneficios que produce el tráfico de mujeres y niñas para el mercado sexual. Los problemas que sufren l@s trabajadores sexuales, como el tráfico y el estigma proceden de la falta de reconocimiento social, no de las características intrínsecas al oficio.
    Frente a estas tesis, la posición abolicionista mantiene que la prostitución de mujeres sólo puede analizarse desde la perspectiva de la historia de la desigualdad entre hombres y mujeres. La mayor parte de las mujeres prostituidas son víctimas de una sociedad injusta y patriarcal. La prostitución, que definen como violencia contra las mujeres, no es comparable a ningún otro trabajo. En realidad, es el núcleo de una relación de dominación en bruto, sin mediación alguna. Cuerpos desnudos, en fila, sin nombre, a disposición de quien tenga dinero para pagarlos. Una sociedad comprometida con la igualdad y la justicia no puede fomentar la relación de prostitución entre las mujeres vulnerables y todos los hombres que quieran acceder a sus cuerpos. El abolicionismo plantea con radicalidad la posibilidad de que una sociedad puede poner fin a la prostitución si se lo propone. También en su día parecía imposible que las mujeres llegaran a tener derecho al voto. Además la idea de que los hombres son puteros por naturaleza es una rancia falsedad que tiene como fin justificar a los que sí lo son17.

  IV. DESPLAZANDO EL DEBATE: DEL ENFOQUE DEL CONSENTIMIENTO DE LAS PROSTITUIDAS A LA AGENCIA DEL CLIENTE PROSTITUIDOR
 
  El gran argumento favorable a la prostitución de mujeres es el de la libre elección o el consentimiento. Pero, como ha señalado Valcárcel
“No siempre el consentimiento legitima una práctica, ni mucho menos la convierte en trabajo”.Y tampoco el consentimiento de las partes implicadas es una razón suficiente para legitimar instituciones en una sociedad democrática. Casi puede interpretarse al contrario: la democracia pone límites a los contratos “voluntarios” que en sociedades caracterizadas por la desigualdad firmarían sin duda los más desfavorecidos. Por ejemplo, hoy día casi nadie en nuestro país defiende la legalización del contrato matrimonial múltiple o la poligamia. Raras son las voces que sostienen que si es consentida el Estado tiene que legalizarla, tal y como está legalizada en otros países.Y, sin embargo, eso es lo que se mantiene con la prostitución, que si es consentida hay que legalizarla. Otro ejemplo de institución que estuvo legitimada por la costumbre y “no hacía daño a nadie” pues se basada en el libre consentimiento de las partes, es el duelo, pero tras su redefinición social y un sostenido esfuerzo fue finalmente erradicado18.
    La ideología de la prostitución es el conjunto de ideas, creencias y actitudes que de manera implícita subyacen a y legitiman la prostitución. Pero, ¿qué es la prostitución? La definición no es sencilla ni evidente, ni se presta a una supuesta objetividad. La definición escueta que pone el acento en “el intercambio de sexo por dinero” encubre dos características fundamentales: el hecho clave de que las prostituidas son mujeres y el no menos importante de que no es sexo, es un cierto tipo de sexo, que consiste en que el varón tenga un orgasmo usando como medio un cuerpo de otra persona.
    Desde una posición crítica y retomando las tesis de Pateman vamos a proponer una definición alternativa a la prostitución. La prostitución es una práctica por la que los varones se garantizan el acceso grupal y reglado al cuerpo de las mujeres19. El acceso es en grupo porque todos los varones pueden acceder, digamos en fila, al cuerpo alquilado, es un “bien público”. Es cierto que hay que tener dinero, pero esta condición no invalida el carácter accesible, abierto a todos, de la mujer prostituida.
El acceso es reglado porque no tiene nada de natural y espontáneo, responde a una serie de normas conocidas y respetadas: las prostituidas están en determinados sitios, hay que preguntar cuánto es y qué se ofrece a cambio.
    El libre acceso al cuerpo de las mujeres está garantizado en la casi la totalidad del planeta. Un hombre puede viajar de Valencia a Pernambuco, pasar por Taiwan o Egipto. Basta con que pare a un taxista y formule esta sencilla pregunta “¿aquí, donde están las mujeres?”, “¿dónde están las chicas?”, “tú ya me entiendes”. Cualquiera de estas frases es comprendida en el lenguaje universal de las sociedades patriarcales. El imaginario simbólico de lo que es una mujer no puede expresarse con más claridad y sencillez. Es la sencillez que reclamaba el filósofo René Descartes para las verdades evidentes, claridad y distinción.
    La prostitución como institución internacional y globalizada se basa en sostener que todo hombre tiene “derecho” a satisfacer su deseo sexual por una cantidad variable de dinero. A costa de quién sea, como sea y sean cuales sean las consecuencias. Si las familias de los países más desolados por la desigualdad y el sexismo venden a sus hijas, ése no es el problema de los clientes. Si las chicas han sido traficadas desde Somalia o Etiopía, no es ése el problema de los clientes. Ellas no son sujetos, son los objetos, las mercancías expuestas para que el comprador, el cliente, elija, pague y se corra.
    Si como hemos tratado de exponer las mujeres son los objetos y no los sujetos activos que con su derecho desencadenan todo el proceso que finalmente conduce a las mujeres a los prostíbulos, lo lógico y racional es que el desarrollo del debate pase a focalizarse en el prostituidor como la causa primera de la existencia de un mercado de cuerpos. En los apartados siguientes, y con el fin de comprender mejor el perfil de este agente caracterizamos algunas de las implicaciones de la normalización y la legalización de la prostitución.
 
Foto: Salvador Batalla


V.ALGUNASCONSECUENCIASDELA NORMALIZACIÓN Y LEGALIZACIÓN DE LA PROSTITUCIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE CLASE

   En las últimas décadas no sólo ha aumentado la prostitución, también lo han hecho los defensores de la tesis de que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera, incluso mejor que otro cualquiera. Es un mensaje machacón que procede de la industria del sexo y de la posición pro- prostitución y que se difunde de forma reiterada desde los medios de comunicación. Medios que, a menudo, son juez y parte, porque, como sucede con la prensa generalista o seria de nuestro país, ganan millones de euros anuales con los anuncios de prostitución en sus páginas20.
   Esta visión de la prostitución contrasta con la realidad de que la mayor parte de las mujeres proceden de los países más pobres y desestructurados del mundo. Según los cálculos de Naciones Unidas hay millones de mujeres y niñas que son víctimas de la trata, que son captadas en los países más pobres y machistas para que los varones de todo el mundo disfruten con sus cuerpos. Y como sostiene Alicia Miyares, en democracia los números cuentan, y mucho. Hablamos de trata y tráfico de mujeres no sólo por la forma en que las chicas son captadas y pasadas de unos países a otros sino también de unas provincias y burdeles a otros. Los proxenetas son sensibles a la demanda de novedades por parte de la clientela y han adoptado la práctica de intercambiar a las mujeres que viajan de burdel en burdel. Otra de las razones para trasladarlas es que no creen lazos entre ellas ni con los “clientes”, lazos que podrían poner en marcha mecanismos de empatía y solidaridad.
   El filósofo moral Scott A. Anderson ha desarrollado la tesis de que frente a la idea establecida de que la prostitución se legitima en el derecho de las mujeres sobre sus cuerpos, a la larga, en un mundo que legalice y normalice la prostitución las mujeres, las personas acabarán perdiendo el derecho a la autonomía sexual21. La autonomía sexual consiste en el derecho de marcar claramente los límites de acceso a nuestros cuerpos. En la actualidad y de la mano de nuestra concepción de la sexualidad como una forma especial de relación y como una relación innegociable, no sólo podemos negar el acceso, sino que podemos denunciar como acosadores sexuales y violadores a quienes vulneran este derecho a la intimidad. En este sentido, el derecho a la autonomía sexual es una barrera crucial frente al poder de los otros. Ahora bien, los teóricos pro prostitución quieren cambiar la concepción de la sexualidad como una capacidad y una relación distinta a otras. Filósofas como Martha Nussbaum mantienen con vigor que es un trabajo como otro cualquiera y que los problemas que acarrea a l@s trabajadores del sexo no proceden de ninguna característica específica sino de factores coyunturales, sobre todo del estigma social que rodea a la profesión. Si esto es así, ¿qué argumentos van a encontrar en el futuro las chicas de las clases más bajas para no dejar abierto el acceso a sus cuerpos?
   Nos interesa señalar cómo la perspectiva de la normalización y el consentimiento no sólo conduce a la reproducción de la desigualdad de género sino a la de clases y países. En los países más endeudados y colonizados del planeta tendrán sucursales todos los proxenetas legales y podrían difundir con el apoyo del estado su buena nueva22. ¿Hay familias con problemas económicos? Ahora los podéis solucionar: en España, en los burdeles españoles, se apreciará mucho a vuestras hijas más guapas. Traednos a vuestras jóvenes, nosotros nos ocupamos de todo. Y ahora, vamos a visibilizar al cliente o putero: dejadnos a vuestras jóvenes que ya les enseñamos, en un par de tardes, cómo se trata a un cliente, cómo se complace a los chicos españoles. A los chicos, a sus padres y a sus abuelos.
   Cuando una actividad es legal, lo primero que hace es multiplicarse y la ley del libre mercado determina que la oferta tenga que ser cada vez más atractiva para los clientes. ¿Tendrían que ofrecerse atractivos descuentos por grupo? O con eslóganes publicitarios del tipo “¿por primera vez en brazos de una trabajdor@ sexual negra? Te regalamos diez minutos extra… con el servicio extra que elijas”. Uno de los contra argumentos esgrimidos desde posturas pro normalización matiza que aunque un objeto de consumo sea legal su publicidad puede estar limitada. Así sucede con el tabaco y el alcohol. Por supuesto, es posible imaginar un mundo en que la publicidad esté limitada, y verdaderamente sería todo un avance respecto al trato que reciben ahora las mujeres en las webs de pornografía y prostitución: guarras.com, muy zorras.com, babosas. com. Pero no acabamos de ver cómo alteraría esta limitación el argumento anterior sobre el ciclo del aumento de la oferta y la demanda.
   En las familias de las clases con menos recursos económicos y las más dañadas por la crisis económica y los ataques al estado de bienestar también tendría consecuencias la consideración de la prostitución como “un trabajo cualquiera”. Si una chica no encuentra trabajo su hermano bien le podría recriminar su conducta: “papá y mamá lo están pasando mal, mamá ya está mayor, pero tú puedes colocarte de puta, no seas puritana, es un trabajo como otro cualquiera”23. Ante la normalización y banalización de la sexualidad, que en palabras de sesudos filósofos es tan natural y necesaria como lo es el agua, los argumentos para no entrar en el mercado de la carne acabarán perdiendo sentido24. Tal y como argumentara Anderson el valor de la autonomía sexual quedaría seriamente cuestionado.Y cabe preguntarse si, tras siglos de lucha por una sociedad más justa, es finalmente éste el mundo que queremos legar a las nuevas generaciones. Un mundo en que se normalice que las jóvenes con menos recursos se conviertan en cuerpos para ser tocados y “penetrados” por los hombres con ganas y dinero en la cartera. Como si fueran vasos de agua.
   La mayoría de las personas que viven en sociedades con estados de bienestar más o menos consolidados piensan que la prostitución no es un problema, o no lo es frente a otros. También piensan que nunca llegará a entrar en su mundo, un mundo protegido por una situación acomodada. A veces esas personas, si son hombres, incluso pueden ir de putas pero también pensar que la prostitución no es su problema ni el de las mujeres de su entorno, madres, compañeras, hijas. En el siguiente apartado desarrollamos la idea de que la prostitución afecta a la vida y los valores de todas las personas.

Foto: Salvador Batalla

 VI. LA PROSTITUCIÓN COMO ESCUELA DE DESIGUALDAD ENTRE CHICAS Y CHICOS

    La práctica de la prostitución no afecta solamente a las mujeres prostituidas, sino que, de alguna manera, afecta a todas las personas y de todas las partes del mundo. Esta tesis ya fue formulada en su día por los teóricos marxistas Friedrich Engels y Alexandra Kollontai. Kollontai, que escribe en la Rusia de principios del siglo XX, denuncia las consecuencias de que la prostitución sea una escuela de sexualidad para los hombres. En tal escuela no sólo aprenden que el único placer importante es el suyo sino que salen con un absoluto desconocimiento de la sexualidad femenina.
Para la autora de Autobiografía de una mujer sexualmente emancipada, la extendida y silenciada insatisfacción de las mujeres con la sexualidad hegemónica tiene su base en que la ficción de placer que están obligadas a “representar” las mujeres prostituidas es lo que los varones aprenden a reconocer como “el sexo”25.
    La prostitución afecta al imaginario de lo que es una mujer y lo que se puede esperar de ella, también a lo que se puede hacer con ella. Refuerza la concepción de las mujeres como cuerpos y trozos de cuerpos de los que es normal disponer y de los que no importa preguntarse cómo ni por qué están ahí. De hecho, la mayor parte de las mujeres que ejercen la prostitución no hablan la lengua del “cliente”. La relación puede definirse como una relación “abre las piernas y cierra la boca”. El mensaje de la industria del sexo insiste en que trabajar en ella es liberador y empoderador para las chicas que lo hacen, que es producto del “girl power”. No es lógico pensar que estar desnuda frente a hombres vestidos e investidos del derecho a acceder a tu cuerpo sea una fuente de poder y autoestima pero la industria de la comunicación es tan potente que hace falta desarrollar una visión crítica frente a ella26. Estos son algunos de los argumentos que encontramos en la tradición pro prostitución y que los medios de comunicación repiten una y otra vez: los clientes, en realidad, más que sexo buscan una amiga, una persona que les escuche, los clientes sienten respeto por las prostitutas, están en inferioridad de condiciones respecto a ellas. La prostituta es la que manda. La prostitución es un trabajo en que se puede ganar mucho dinero y conocer a gente interesante. La prostitución es mucho mejor que el servicio doméstico.
    Frente a esta visión amable de la prostitución reproducimos unos comentarios de clientes reales sobre mujeres reales. Están extraídos de la web inglesa punternet, web en la que los puteros, punters, pueden dejar sus comentarios para orientar sobre lo que ofrece el mercado prostitucional.
Primer comentario, “puta vieja y consumida. Debe de tener unos cuarenta y se le descuelgan las tetas y la tripa. Además tiene el coño peludo. Una mierda de polvo. No le va que la follen duro. Acabó haciéndome una paja porque dijo que le hacía mucho daño. Es tirar el dinero”. Segundo comentario, “escogí a Jessica y en cuanto entró la polla en juego me puso un condón. Todavía la tenía floja pero siguió haciéndomelo con la boca hasta que se me levantó. Hablaba muy poco pero empecé a chuparle los pezones y protestó: “No me gusta, me hace daño”. A partir de ahí parece que la cosa se torció, se tumbó boca arriba con los ojos cerrados sin moverse ni hacer ruido hasta que me corrí, me limpió y se fue. Ni siquiera vino a decirme algo cuando me marché. Otra mierda de puta de Europa del Este”. Tercer comentario, “rubia menudita. Talla 36 con tetas grandes. 18 años. Muy guapa, con extensiones. ¡Y tiene mal polvo! No se abre de piernas para que se la metas del todo. La taladré hasta que me corrí, me limpié y me fui”. Cuarto comentario, “todo bastante limitado. No muy habladora, en realidad daba la impresión de que no quería estar allí. Hicimos el misionero y se limitó a quedarse tumbada mirando el techo con una cara que daba bastante bajón. Al final llené el chubasquero y me largué”27.
   El hecho de que los varones busquen y encuentren placer sexual en personas que obviamente no les desean en absoluto es, sin duda, una importante materia de reflexión sobre el abismo que se abre bajo la aparente igualdad y reciprocidad en las expectativas y vivencias sobre la sexualidad entre las y los jóvenes. Las chicas continúan leyendo libros románticos, de hecho hay un auténtico boom comercial de novelas de amor para adolescentes. Mientras ellas se socializan en el romanticismo de la entrega mutua es necesario preguntarse qué influencia puede tener en los chicos jóvenes saber que por muy poco dinero pueden acceder a tocar y penetrar el cuerpo de chicas y mujeres de casi todas las partes del mundo, africanas, asiáticas, latinoamericanas, de los países del Este de Europa28.
   Diferentes autoras han coincidido en afirmar que para los hombres relacionarse con una prostituta supone acceder a una relación de poder con “la mujer”, con todas las mujeres, y supone una restauración simbólica de la dominación masculina en sociedades formalmente igualitarias. Si un joven es rechazado por una de sus iguales puede elegir acceder al cuerpo de otra con el dinero que tiene en la cartera. Puede decidir no hacerlo, pero sabe que puede disponer de una “chica” las 24 horas. Vive en una sociedad que le garantiza este servicio, esta satisfacción inmediata de sus deseos. ¿Qué consecuencias tiene este comportamiento para la concepción igualitaria de las personas y la reciprocidad en sus relaciones?
Terminamos esta breve reflexión con el comentario de un señor adulto sobre los bienes de la prostitución “A mi edad ya me correspondería una maruja de 50 años y de repente encuentras en tus manos una periquita de 25, hermosa, durita, etc.”29.
   Esta despersonalización de los seres humanos, aparte de la injusticia que pueda significar, supone la reproducción activa de las identidades más arcaicas y reaccionarias del patriarcado. Por un lado, están las mujeres madres, esposas e hijas, compañeras de trabajo, mujeres a las que se reconoce el derecho a limitar el acceso a su cuerpo, a su autonomía sexual y por otro, las prostituidas, las mujeres que por definición no pueden impedir el acceso y son las célebres “mujeres públicas”. Hoy, en que la sexualidad es un objeto de consumo hasta en los diarios más conservadores ya no nos parece que responda a la realidad la división entre “chicas malas” y “chicas buenas”30. El mandato sexual posmoderno y queer impone más bien la norma de ser todas chicas malas. Pensamos que la nueva división patriarcal de las mujeres se encamina hacia el grupo de las que pueden controlar el acceso a sus cuerpos y las que no. Y se diga lo que se diga la mayoría de las prostitutas no pueden elegir a sus clientes o se quedarían sin ellos31.

 VII. VISIBILIZAR Y TEORIZAR AL “CLIENTE”: PONER UN ESPEJO ANTE LOS HOMBRES QUE VAN DE PUTAS
  
Virginia Woolf escribió en Una habitación propia que los hombres habían convertido a las mujeres en espejos en que se veían reflejados al doble de su tamaño. Cuando los hombres van a un burdel es posible que se vean reflejados al cuádruple o quíntuple del mismo. Las teóricas y los teóricos anti prostitución están tratando de devolverles una imagen más ajustada a su realidad. Peter Marneffe ha escrito que los hombres que piensan que las prostitutas están a gusto con ellos o bien se engañan o bien carecen de empatía32. Y ninguna de estas dos cualidades caracteriza a una persona en la que se pueda confiar. Ni en el espacio privado ni en el espacio público.
   Una de las razones que explica el aumento de la prostitución es el aumento de la demanda. En un estudio reciente se ha señalado que cuatro de cada diez españoles van de putas habitualmente. También abundan los reportajes que califican nuestro país como “el burdel de Europa”.
Hay agencias que organizan los viajes turísticos con la posibilidad de incorporar “una chica” en el paquete. Ahora bien, que una industria trate de multiplicar sus negocios no es motivo de reflexión, sí lo tiene que ser la cantidad significativa de hombres que han aceptado de forma acrítica la oferta de mujeres procedentes del tráfico y la trata. Socializados en las películas de directores como Almodóvar, León de Aranoa o Segura han aprendido que las mujeres prostituidas son vocacionales y, en general, felices. Y la que no lo es, pues ya alguien le ayudará a dejar la profesión y con la conciencia tranquila a casa. Temas como la trata de mujeres o la reflexión sobre lo que pueda significar para una persona ser sobada y penetrada durante años por millares de hombres no aparece ni por casualidad en el imaginario que proyectan estos reconocidos directores33.

Foto: Salvador Batalla
    

Sabemos que si no hubiera hombres dispuestos a pagar por usar sexualmente mujeres no existiría la prostitución, pero todavía no sabemos mucho del perfil de esos hombres34. La mayor parte de los estudios parecen confirmar que el prostituidor no tiene un perfil definido. Son igualmente hombres casados y solteros, de izquierdas y de derechas, cristianos, musulmanes o ateos. En los burdeles pareciera no ser tan problemática la
esquiva alianza de civilizaciones.
    Dos características fundamentales que rodean la vida del cliente son la impunidad y el secretismo. Aunque casos como el de Berlusconi, Tiger Woods y Strauss Kahn nos llevan a pensar que el pacto de silencio está comenzando a resquebrajarse, estas dos condiciones son importantes para que el cliente persevere en su acción porque, en realidad, casi nadie quiere que trascienda que su presidente, su padre o su pareja son unos puteros. La tolerancia frente a la prostitución reside en que nadie reconoce abiertamente que los hombres cercanos, familiares y amigos son los “clientes”. Los hombres hacen como si el tema no fuera con ellos y lo que es también crucial, las mujeres prefieren no ver o mirar hacia otro lado.
    La impunidad y el secretismo con que se convive en nuestra sociedad con la prostitución de mujeres es exactamente igual a la que hasta hace pocos años protegía a la violencia contra las mujeres. Ha sido un proceso
largo y lento, y en el que ha tenido un papel decisivo la redefinición de la violencia como un problema de todos, el que finalmente ha conducido a la ruptura del mandato social del silencio y el encubrimiento, del “no son malos, sólo un poco brutos” y “las mujeres tenemos que aguantar”35.
    Una de las justificaciones más escuchadas para legitimar la existencia de un mercado de cuerpos para los hombres es la de que su sexualidad es una fuerza incontrolable y que si no hubiera prostitución habría más violaciones y abusos de menores. Verdaderamente hay que dejar de lado los tópicos y pensar, poner en marcha los resortes del pensamiento crítico. Reflexionemos sobre el tópico de la sexualidad masculina como una fuerza incontrolable. Paradójicamente los filósofos siempre teorizaron a las mujeres como la parte de la humanidad carente de razón y voluntad, sometida a sus afectos, emociones, y pasiones, con lo que de paso justificaron su exclusión de la esfera pública y la ciudadanía. Si los hombres fueran realmente así, no sabemos qué consecuencias podría tener esto en relación con su estatuto pleno de ciudadanía ya que implicaría que carecen de libertad frente a sí mismos, de la humana capacidad de elegir, fundamento de la razón práctica o moral. No es ésta, ni mucho menos
nuestra concepción de los hombres.
    La filósofa Laura Torres ha explicado de forma certera las dosis de conducta racional que implica “ir de putas”. “El prostituidor dispone de tiempo y de dinero (indicadores de poder en la sociedad), adopta una decisión racional sobre el tipo de prostitución que va a demandar (anuncios de prensa, chicas de alterne, club de carretera, domicilios particulares…) y encamina su acción para acceder a ella. Esta decisión le obliga a postergar su deseo y disciplinar su conducta, adaptándola, por ejemplo, al momento del mes en que cobra, o a la posibilidad de tener una coartada ante su pareja sentimental (de hecho la demanda de la prostitución se incrementa por la mañana, cuando el prostituidor despierta menos sospechas y puede ocultar su infidelidad)”36.
    Los hombres que de la mano de la conducta racional, al menos como cálculo, van con prostitutas y vuelven a ir, es porque realmente disfrutan. Disfrutan de lo que podemos denominar un derecho de pernada democrático o un harén colectivo que sufragan a escote. Los varones, al mismo tiempo y como siempre han hecho, también quieren formar familias y tener hijos legítimos, transmitir sus genes, su apellido y su herencia. Y quieren esposas compañeras que colaboren o se subordinen a ese proyecto de vida. Pero, por qué habrían de renunciar a algo que la
sociedad en general y los proxenetas en particular les ponen en bandeja.
Mujeres. ¿Por qué habrían de renunciar a las mujeres?37 La idea que  subyace a la ideología de la prostitución es, finalmente, la de que todo varón tiene derecho a ambas cosas, a tener su vida familiar y ordenada con una igual, con una compañera que les otorga respetabilidad para su vida profesional y tal vez también delante de sus padres e hijos. Y que tiene derecho a disfrutar a lo largo de su vida de los cuerpos de mujeres que pueda y quiera pagar.
   Los hombres del siglo veintiuno, inmersos en la sociedad de la información, son conscientes de que existe la trata y el proxenetismo y de sus escalofriantes cifras, pero como clientes parece que les da igual. Lo que preguntan es el precio y los servicios. Si nos guiamos por los anuncios en la prensa demandan sumisión y lascivia. La idea fuerza que subyace a los anuncios es “te hacemos lo que quieras”. A ellos está dedicado este texto escrito por una mujer que se retiró de la prostitución hace dieciséis años: “El prostituyente cliente es el más perverso, consciente o no, es el que produce todo el círculo, produce la red de trata (…) porque es él que busca a la chica, sea cual sea la situación en que esta se encuentre”38.
   Las reflexiones y los argumentos expuestos en este artículo se resumen en una pregunta lanzada a ese espacio público que, en términos habermasianos, debe ser la democracia participativa y deliberativa. ¿Qué tipo de mundo están construyendo los hombres que con su demanda determinan la existencia de la prostitución? Un mundo más injusto en el sentido fuerte de la palabra. Un mundo en el que cada día tiene menos sentido la máxima kantiana de que las personas no son medios sino fines en sí mismas. La prostitución de mujeres es para los hombres una escuela de egolatría y prepotencia y la negación de toda empatía, donde priman sus deseos y no importa en absoluto lo que vivan y sientan las mujeres prostituidas. Es una auténtica escuela para aprender e interiorizar las relaciones de desigualdad.

NOTAS
1- Este trabajo se ha realizado en el contexto del Proyecto de Investigación Debates Teóricos sobre la Prostitución, Referencia URJC-CM-2010- CSH-5101. Quiero agradecer la implicación y trabajo de todas las profesoras e invitadas al proyecto. En especial a Laura Nuño su detallada y rigurosa revisión del artículo, y a Celia Amorós, Amelia Valcarcel, Alicia Puleo, Alicia Miyares, Mª Luisa Femenías y Eva Palomo el continuo intercambio de ideas.

2-Este debate no es específico de nuestro país y de hecho arranca con fuerza al finalizar la segunda ola del movimiento feminista. El debate ha trascendido el marco de la teoría feminista para convertirse en objeto de otros interlocutores como la industria del sexo y la filosofía moral y política. Una excelente exposición de las distintas posturas y de la necesidad de superar los términos actuales del debate se encuentra en la reciente obra de Beatriz Gimeno: B. Gimeno, La prostitución, Bellaterra, Barcelona, 2012.

3-Diversos estudios sostienen que la legalización no termina con las mafias y genera problemas nuevos sin resolver los antiguos. Cfr. M. Sullivan, Making Sex Work: A failed experiment with legalised prostitution, Spinifex Press, North Melbourne, 2007. Remitimos a la página Web de la Coalición Internacional contra el Tráfico de Mujeres.

4-Las mujeres no han sido sujetos del discurso filosófico y cuando lo han sido, sus obras acabaron desvalorizadas e ignoradas. Ni Olympe de Gouges, ni Mary Wollstonecraft, ni Josephine Butler, Flora Tristan o Alejandra Kollontai figuran en la historia del pensamiento occidental. Y, sin embargo, sus libros son clásicos del feminismo, la tradición crítica que tematizó la situación de servidumbre y exclusión de las mujeres y sentó las bases para desmontar los discursos sobre su inferioridad respecto a los hombres. Todas ellas, junto con filósofos como John Stuart Mill, Auguste Bebel y Friedrich Engels elevaron su voz y escribieron indignados en contra de la prostitución de niñas y mujeres en el siglo diecinueve.

5-Las voces de las mujeres prostituidas en este debate son tan diversas como las de la sociedad en general. Quienes elevan mucho la voz diciendo que “no se puede hablar de prostitución sin escuchar a l@s trabajadores sexuales” en realidad sólo escuchan y difunden la voz de las que piensan exactamente como ellas.

6- S. Jeffreys, The idea of prostitution, Spinifex Press, North Melbourne, (1997) 2ª ed. 2008, p.141.

7- Cfr. C. Amorós, La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias… para la lucha de las mujeres, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 295 ss.

8-Cuando se habla de que aumenta el turismo sexual de las mujeres se hace referencia aunas relaciones que no tienen que ver con lo que aquí vamos a tratar. Remitimos al análisis de Beatriz Gimeno en la ya citada obra La prostitución, pp. 196 ss.

9-La prostitución de mujeres es muy visible en todo el país pero un gran negocio en zonas concretas. Sólo en el Alt Empordà hay dieciséis clubs, tres de ellos considerados macroburdeles: Paradise, Gran Madam’s y Lady Dallas. A esta cifra hay que añadir el creciente número de mujeres en las calles, la mayoría rumanas, pero también rusas, ucranianas y nigerianas, prostitución que se califica como low cost. http://www.lavanguardia. com/vida/20120425/54285208369/mafias-proxenetas-operan-anchas-alt-emporda.html, consultado 25/4/2012.

  10-Cfr. N. Frazer,”Redistribución y reconocimiento: hacia una visión integrada de justicia del género”, Revista Internacional de Filosofía Política, nº 8, 1996, pp. 18-40.

11-Kathlen Barry, Sheila Jefferys y Carole Pateman han sido tres de las autoras más influyentes en su definición.

12-Cfr. J. Butler, Personal Reminiscences of a Great Crusade, Marshall and Son, Horace, 1896; A. de Miguel y E. Palomo Cermeño, “Los inicios de la lucha feminista contra la prostitución: políticas de redefinición y políticas activistas en el sufragismo inglés”, Brocar. Cuadernos de Investigación histórica, nº 35, 2011, pp. 323-342.
13-Cfr. F. Vázquez (coord.), Mal menor. Políticas y representaciones de la prostitución. Siglos XVI- XIX, Editorial Cádiz Universidad, Cádiz, 1998.

14- K. Millett, Política Sexual, Cátedra, Madrid, 2010.

15-Un brillante análisis del núcleo patriarcal de los discursos de la transgresión sexual se encuentra en las obras de Alicia Puleo: A. Puleo, Dialéctica de la sexualidad, que se centra en autores clásicos como Sade, Weininger y Bataille. En los capítulos 4 y 5 de Ecofeminismo para otro mundo posible, analiza su reformulación en clave psomoderna y queer.

16-Así lo hicieron socialistas como Anna Wheeler, William Thompson y Flora Tristan y los pensadores marxistas Auguste Bebel, Friedrich Engels y Alejandra Kollontai. La segunda república española puso fin a la regulación estatal de la prostitución, que volvería a legalizarse en la dictadura. Las anarquistas Mujeres Libres abrieron casas de acogida a las que llamaron “Liberatorios de prostitución”. Cfr. J. L. Guereña, La prostitución en la España contemporánea, Marcial Pons-Ediciones de Historia, Madrid, 2003, pp. 408 ss.

17-Históricamente ha habido y sigue habiendo una tercera postura, la prohibicionista. Desde el prohibicionismo se persigue y penaliza tanto a la prostituta, como al proxeneta, como al “cliente”. Para las diferentes posturas remitimos a la bibliografía final del artículo.

18-Respecto al tema del duelo y los esfuerzos institucionales para su erradicación véase el capítulo sexto de la obra de Robert Munchembled: R. Munchembled, Una Historia de la violencia, Paidós, Madrid, 2010.

19- Cfr. C. Pateman, “What is Wrong with Prostitution”, en The Sexual Contract, Polity Press, Cambridge, 1988.

20- La diferencia la marcó en su día el diario Público, que se negó explícitamente a beneficiarse del mundo de la prostitución.

21-S.A. Anderson, “Sexual Autonomy. Making sense of the prohibition of Prostitution”, Ethics, nº 112 (4), 2002, pp. 748-780.

22- En realidad ya viene siendo así en algunos países. Agradezco a Mª José Guerra que nos diera a conocer trabajos como el de Anne A. Lacsamana sobre las relaciones entre prostitución, capitalismo, colonialismo y militarización. Su trabajo, que critica con dureza la complacencia de la perspectiva posmoderna sobre “las trabajadoras del sexo” se centra en Filipinas donde los soldados norteamericanos describían a las mujeres filipinas como “Little Brown Fucking Machines Powered by Rice”. Cfr. A.A. Lacsamana, “Sex Worker or Prostitued Woman. An Examination of the sex Work Debates in Western Feminist Theory”, Women and Globalization, Humanity Books, Amherst, N.Y, 2004, pp. 387-403.

23-Mientras revisamos este artículo el diario ABC publica una noticia de una empresa que reparte unas tarjetas con el texto: “Trabaja Ya! Curso básico de prostitución profesional. Anuncian clases teóricas y prácticas y garantizan un trabajo al finalizar”.
http://www.abc.es/20120508/local-comunidad-valenciana/abci-curso-prostituta-
profesional-201205081015.html. Fecha: 8/05/2012.

24-Esta frase lapidaria se atribuye a Lennin y la han recogido otros como L.O. Ericsson, “Charges Against Prostitution: An Attempt at a Philosophical Assessment”, Ethics, 90 (3), 1980, pp. 335-366.

25-Cfr. A. de Miguel, Alejandra Kollontai, eds. Del Orto, Madrid, 2000, pp. 45-48.

26-Un caso de referencia en el tratamiento de la prostitución en el cine es la película Pretty Woman. Como ha escrito Pilar Aguilar, la protagonista afirma muy ufana que “hace de todo menos besar”, pero nunca, en toda la película se la ve ejercer con ningún putero. Y cuando un amigo de Richard Gere le insinúa que quiere contratar sus servicios su expresión no puede ser más ofendida y recatada.

27-Punter es la palabra de argot inglesa para el que paga, John es la americana. Los comentarios se encuentran en la obra de Natasha Walter: N. Walter, Muñecas vivientes, Turner Noema. Madrid, 2010, pp. 76-77.

28- Hemos desarrollado este tema en A. de Miguel, “Feminismo y Juventud en las sociedades formalmente igualitarias”, Revista de Estudios de Juventud nº 83, 2008, pp. 29-45.

29-http://mulheresrebeldes.blogspot.com.es/2009/05/los-prostituidores.html, consultado el 15 de abril de 2012.

30-Desde las posiciones pro prostitución es habitual insistir en que la existencia de prostitutas permite dividir a las mujeres en “chicas buenas y chicas malas” y que una posición feminista transgresora es la de afirmar que todas somos chicas malas. Por nuestra parte pensamos que la industria de consumo y el entretenimiento ya ha generalizado la imagen de la chica mala como un exitoso reclamo publicitario, con lo que cualquier imagen de transgresión ha quedado neutralizada.

31- Cfr. P. Marneffes, Liberalism and prostitution, Oxford University Press, Oxford, 2010, p. 21.

32- Ibidem, pp. 21 ss.

33-Recomendamos leer los magníficos trabajos de la crítica de cine y ensayista Pilar Aguilar. Especialmente los que abordan el imaginario que proyecta el cine de la prostitución. Eso sí, hay que saber que entrar en su mirada crítica puede destrozar muchas películas.

34-Esta situación está cambiando y cada día encontramos nuevos acercamientos a la figura del prostituidor, entre ellos el trabajo de Maribel Cárdenas: M. Cárdenas, Silencios, masculinidad y prostitución, TFM, 2011, dirigido por Encarna Bodelón, Barcelona, Máster en Estudis de Dones ,Génere y Ciutadanía.

35-Hemos reconstruido los hitos de este largo proceso en A. de Miguel, “La construcción de un marco feminista de interpretación: la violencia de género”, Cuadernos de Trabajo Social, monográfico coordinado por Maribel Nebreda, nº 35, 2005, pp. 231-248.

36-  L. Torres San Miguel, “Por qué la prostitución no es un trabajo”, en Prostitución: Análisis y opciones para su erradicación, Asociación Flora Tristan, León, 2008.

37-Lo vemos en continuas declaraciones de artistas e intelectuales en la prensa: “me gustan mucho las mujeres”, dicen, “me gusta el vino, viajar y las mujeres”. Ellos no discriminan, todas. Lo mismo da cuál sea su profesión, ideología o personalidad, una política, una profesora que su vecina o su cuñada. Pensamos que, en realidad, lo que esta expresión significa es “me gusta mucho cómo se subordinan a mi proyecto de vida las mujeres”.

38-Recogido en Magdalena González: M. González, “Imaginarios de la prostitución”, Revista Brujas, año 28, nº 35, ATEM, Buenos Aires, p. 16.



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TITLE
Prostitution: a school of human inequality
Summary
I. Prostitution and self-awareness of the species.- ii. The
Women are prostituted, the johns are men: gender.- iii.
Tolerance with prostitution, the ideology of prostitution.-
Iv. Moving the debate: the approach of consent of the agency
Prostituted prostituidor customer.- v. Some consequences
Of standards and legalization of prostitution from a class.-
Vi. Prostitution as a school of inequality between girls and
Boys.- vii. Visible and theorize “client”: put a mirror to the men
Who brothels.- viii. Bibliography.

 KEY WORDS
Prostitution; Human inequality; Feminist movement; Concept of human being; Participatory and deliberative democracy.
ABSTRACT
The objective of this paper regarding the present discussion on the prostitution of women is that of contributing to shift the debate from the matter of consent of those prostituted, to a deeper reflection on male buyers. We maintain that focusing on the issue of consent prevents the visibility of the main basis on which the institution of prostitution is built: Men who demand satisfaction of their sexual desire and the ideology which considers pursuing it as something normal, natural and desirable. The article reflects on the consequences of the free and regulated access to women’s bodies for the male character, men’s perception of relationships with women and their socialization in such values as equality and sexual reciprocity. Finally it is held that by addressing the prostitution of women in a trivial manner which normalizes and idealizes it, society is reinforcing the very roots of human inequality.

Fecha de recepción: 02/06/2012
Fecha de aceptación: 30/06/2012
Revista Europea de Derechos Fundamentales • ISSN 1699-1524

Núm. 19/1er Semestre 2012. Páginas 49 - 74



Las imágenes han sido agregadas por mí, no aparecen en el texto original.
Las imágenes fueron tomadas de la muestra realizada en  la Jornada Abolicionista de la Prostitución y la Trata de Personas realizada en 2015 en Santa Fe. 
En este blog las representaciones son afiches, pinturas, dibujos, no se publican fotografías de las personas en prostitución para no revictimizarlas; salvo en los casos en que se trate de documentos históricos.

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