lunes, 4 de agosto de 2014

Entrevista a Judith Trinquart

Entrevista a Judith Trinquart
Per Claudine Legardinier, septembre 2002 (Original disponible a Prostitution et Société)

Judith Trinquart és metgessa i membre de l’associació francesa “Mémoire traumatique et victomologie“, que treballa sobre les consequències psicotraumàtiques de les violències per amillorar-ne la seva identificació, protecció i curació. La seva tesi de doctorat en Medicina General, titulada “La décorporalisation dans la pratique prostitutionnelle : un obstacle majeur à l’accès aux soins” defensada el 2002 analitza els estralls que la prostitució causa en la salut de les dones que l’exerceixen. Trinquart ha analitzat de prop aquesta realitat, els elevats percentatges d’estrés post-traumàtic en les dones en situació de prostitució així com una dissociació corporal que ella anomena “descorporalització”. En aquesta entrevista realitzada per la periodista Claudine Legardinier, autora de nombrosos treballs sobre la prostitució, explica des d’un punt de vista crític el treball en termes de salud comunitària en l’àmbit de la prostitució, a partir de la seva experiència en el “Bus des Femmes” (1998-1999).

Traducció al castellà de Dones d’Enllaç.



¿En qué consiste el concepto de salud comunitaria?

La salud comunitaria es un concepto sanitario de futuro. Implica una participación equilibrada del personal sanitario y social, así como de la propia población destinataria de las iniciativas de promoción de la sanidad. Se trata de desarrollar acciones mejor adaptadas a las necesidades. La reducción de riesgos se refiere, en lo concerniente a la población prostituida, a la toxicomanía, a las enfermedades sexualmente transmisibles y a la prevención de gestos de violencia.

Lo que predomina en la gran tradición del doctor Parent-Duchâtelet es el aspecto que se refiere a la propagación de enfermedades venéreas, un peligro que amenaza a la colectividad; se trata de evitar que las personas prostituidas contaminen al conjunto de la población a través de sus clientes. Este enfoque de reducción de riesgos es sin duda necesario, pero lo que me llamó la atención durante las giras del autobús medicalizado donde efectuaba mis permanencias, fue el hecho de que las necesidades sanitarias eran mucho más extensas y requerían respuestas mucho más desarrolladas de lo que proponíamos.

Este enfoque, no sólo no cubre el conjunto de necesidades sanitarias de las personas, sino que tiende a hacerlas desaparecer. Produce efectos perversos que caucionan la situación de prostitución, e incluso la agravan. Si no se acompaña de otros cuidados, de una promoción de la salud, de medidas de prevención, de reinserción, de tratamientos, de seguimientos adaptados, cabe preguntarse si semejante reducción de riesgos no termina siendo una reducción de cuidados.



En su tesis llega usted a hablar de « proxenetismo »…

La expresión puede parecer excesiva, pero describe una forma de relacionarse con personas que viven situaciones terriblemente angustiosas, conocida en otros ámbitos distintos al mundo de la prostitución, y que algunos han descrito como el “síndrome del participante” (ndt: del/de la profesional).

La sanidad comunitaria hace que intervengan como facilitadoras personas que han estado inmersas en la prostitución o que aún lo están. Frente a determinadas situaciones, ellas sabrán lo que hay que hacer; pero si esas competencias no son valorizadas mediante una formación complementaria, servirán sobre todo para perennizar el sistema y permanecer en la negación de la realidad.

Vemos a esas líderes atenerse a la urgencia a costa de silenciar palabras que están pidiendo liberarse. Recuerdo a una mujer joven que se desmoronó emocionalmente ante nosotros, contándonos cómo su proxeneta le había propinado puntapiés en el vientre hasta provocarle un aborto. Era un auténtico SOS. Salió riendo. Es verdad que hay un problema de recursos. Pero que al cabo de diez años nadie haya pensado en instalar un entorno que permita recoger esa palabra, demuestra a todas luces que esa palabra molesta, que contradice toda una serie de principios, y que resulta difícil proponer algo mientras se mantenga a la persona en la prostitución.

Frente a realidades tan violentas, acaba por producirse una actitud de negación por parte de la persona afectada. No es un fenómeno exclusivo del mundo de la prostitución. Algunas experiencias, en los países anglosajones, pero también en el sudeste asiático, desarrolladas con grupos de supervivientes de la prostitución, demuestran que la denuncia política del abuso permite la eclosión de una palabra, abre un camino hacia la salida, favorece un movimiento de autodeterminación, sin juzgar para nada a las mujeres que se hallan todavía en situación de prostitución.




¿Cuáles son las necesidades sanitarias reales de esta población?

Cuando es posible aislarse, vemos remontar a la superficie toda una serie de problemas de salud, secuelas de viejos traumatismos, físicos y psicológicos, estados infecciosos, detecciones negligentes; constatamos una precariedad de la salud mental, estados depresivos, angustias, fobias… Hay una gran negligencia de sí mismas y un umbral de tolerancia al dolor espantoso.

Recuerdo la visita de una mujer joven, toxicómana y seropositiva, que se había visto obligada a abandonar a su hijo. Venía para ser atendida de una torcedura de tobillo, y se desmoronó ante mí. Me contó su desesperación ante la imposibilidad de volver a ver a su hijo, la crueldad del entorno en que evolucionaba, la increíble violencia que reinaba en él. Apenas rebasado ese pequeño espacio de intimidad, se levantó y se fue sonriendo, ni siquiera cojeaba encaramada en sus zapatos de tacón de ocho centímetros. El cambio de actitud era radical: por nada del mundo hubiese querido mostrarse frágil o vulnerable ante las animadoras, ante sus colegas. No podíamos pasar de ahí.

Resulta igualmente llamativo que las personas parezcan solicitar una “reparación” mucho más que una curación. Lo que parece importarles es que la mecánica necesaria para la prostitución siga funcionando. No es perceptible ninguna irrupción de la vida privada, de la persona, de su deseo de bienestar; todo se refiere a la actividad de la prostitución, al hecho de que el cuerpo sólo sirve para ganar dinero.

Se tiene la impresión de una cárcel psíquica, de un encierro dentro de un sistema; todo aquello que no entra en dicho sistema, sencillamente no existe. Encontramos esos mismos síntomas, que forman parte de una estrategia de supervivencia, en otras poblaciones víctimas de violencias, como en el caso de las mujeres que son objeto de violencias domésticas.


¿Semejante estado de salud está vinculado con la actividad de prostitución propiamente dicha?

Estas personas viven una disociación profunda. Por el hecho de imponer actos sexuales no deseados de forma repetitiva, la prostitución engendra una forma de anestesia, primero al nivel de la esfera genital, sexual, que es la más expuesta. En la medida en que la actividad de prostitución se prolonga, ese proceso de anestesia se controla cada vez menos y acaba siendo reflejo; poco a poco afecta a todo el cuerpo e incide en los momentos en que la persona querría tener emociones, sentir afectos.
Esa anestesia, ese conjunto de agresiones contra el esquema corporal, es lo que llamo la “descorporalización”.
Ello conduce a un gran abandono de sí misma por cuanto a cuidados se refiere. Sin embargo, la sanidad comunitaria defiende la idea de que la regulación de las condiciones de la prostitución, su profesionalización, solventaría los problemas de salud. Pero no son tales condiciones – aunque, por supuesto, no hagan sino añadir todo tipo de violencias – sino el ejercicio de la prostitución propiamente dicho lo que engendra esos síntomas.

¿Qué se puede hacer por esas personas?

Si son capaces de soportar situaciones de violencia que nadie podría tolerar es porque, para ellas, se trata de un medio de esconder otra violencia anteriormente sufrida. La palabra tiene mayores dificultades para brotar cuanto que la persona a quien se quiere esconder esa violencia es una misma. Cuando tuviésemos sospecha de antecedentes de violencias sexuales, tema que no puede ser abordado en el bus, habría que derivar a esas personas hacia centros aptos para escucharlas.
Esos lugares existen. Muchas asociaciones llevan a cabo una labor encomiable. Lo que falta es una conexión en red de sus recursos respectivos. Y también una formación elemental por cuanto se refiere a las y los profesionales del ámbito sanitario, social y jurídico.
El desconocimiento de los antecedentes y de la realidad de la prostitución, de lo que comporta para el cuerpo y el psiquismo, constituye un obstáculo enorme para procurar a esas personas una atención de calidad.
Hacen falta medios y recursos, proponer soluciones a largo plazo. No hay que contentarse con la reducción de riesgos, sino que hay que proponer seguimientos psicoterapéuticos, personas acompañantes, formaciones adaptadas para las personas prostituidas.

¿Y a largo plazo?

Hay que apostar por la educación sexual, humanista; enseñar a comunicar y a relacionarse humanamente. Hay distintas patologías entre los clientes, pero con frecuencia se trata de una patología de la comunicación y de la relación hombre/mujer. Hay que empezar la educación lo antes posible, con el fin de hacer comprender que el recurso a la prostitución no es una forma de sexualidad, sino que constituye una violencia.
Pero no basta con la educación. Es necesario, siguiendo la huella de la experiencia sueca, implementar medidas coercitivas para hacer comprender que comprar o alquilar el cuerpo de otra persona a través de la prostitución constituye una trasgresión. Por otra parte, tampoco hay que detenerse ante la barrera virtual de los dieciocho años. Ya va siendo hora de ser coherentes y dejar de afirmar que el abuso de menores representa algo horrible… al tiempo que se promociona la prostitución, presentándola como una función social beneficiosa, cuando en realidad no es más que un sistema de reciclaje de esas violencias. No podemos luchar contra el incesto y la pedofilia si perennizamos el sistema de la prostitución y si autorizamos a la gente a que haga con adultos aquello que le prohibimos hacer con niños. Es pura hipocresía, recuperamos con una mano lo que damos con otra.

Fuente
http://acciofeminista26n.wordpress.com/2012/03/09/entrevista-a-judith-trinquart-metgessa/






 Las imágenes han sido agregadas por mí, no aparecen en el teto original.

La mayoría de las IMAGENES han sido tomadas desde la web, si algún autor no está de acuerdo en que aparezcan por favor enviar un correo a  alberto.b.ilieff@gmail.com y serán retiradas inmediatamente. Muchas gracias por la comprensión.

En este blog las imágenes son afiches, pinturas, dibujos, no se publican fotografías de las personas en prostitución para no revictimizarlas; salvo en los casos en que se trate de documentos históricos.

Se puede disponer de las notas publicadas siempre y cuando se cite al autor/a y la fuente.





miércoles, 23 de julio de 2014

Indefensión Adquirida y Síndrome de Estocolmo

Indefensión Adquirida y Síndrome de Estocolmo

Por Alberto B Ilieff





Ante la prostitución y la trata de personas surgen reiteradamente una serie de preguntas, por ejemplo: ¿por qué una mujer sometida se queda y sostiene esa situación? ¿por qué motivos no se rebela? ¿por qué aún pudiendo no escapa? ¿por qué no pide ayuda?.Estas son solamente algunas. Surgen del fondo común de pensar que esa situación no es una situación buscada ni deseada, un dato importante es que son las mismas preguntas que suelen darse ante los casos de violencia intrafamiliar de género.
Cuando no se tienen elementos o conocimientos suficientes es muy probable que estas incógnitas sean respondidas mediante: se quedan porque les gusta, sienten placer, es una vida fácil, están ahí porque quieren, nadie las obliga y otras similares. De este modo se termina culpabilizando a quien en realidad es víctima de una serie de maniobras destinadas al quebrantamiento de su personalidad, la destrucción de su autoestima y la manipulación.

Los  psicólogos han establecido dos síndromes que pueden estar presentes y serían los responsables de estas conductas. Ellos son:
-Síndrome de indefensión adquirida
-Síndrome de Estocolmo.

Esto es muy evidente cuando las personas son rescatadas y en lugar de colaborar con sus rescatistas, muchas veces se resisten y oponen y hasta los culpabilizan.
También son responsables de que las personas sometidas no se consideren a sí mismas víctimas.

Ellos  pueden ser detectados en las personas en prostitución como también  en otras situaciones como pueden ser las de violencia intrafamiliar, secuestro, reducción a la servidumbre, esclavitud y otras.

Si unimos estos elementos a los de la persuasión coercitiva,  tendremos un cuadro muy variado de técnicas establecidas para lograr el objetivo de sometimiento y uso de las personas victimizadas.




Algo que no debemos perder de vista es el proceso de socialización.  En  nuestra cultura se da un proceso eminentemente patriarcal que de por sí implica el sometimiento de toda mujer, su propia desvalorización y la limitación de su sentido de la vida a ser servidora de los hombres en sus papel de procreadora, cuidadora del hogar y quien debe satisfacer sexualmente.
El vivir un clima de violencia de este tipo, al que se le pueden agregar los abusos sexuales –más del 70% de las mujeres en prostitución fueron abusadas sexualmente en su infancia-  ante los cuales la niña debió guardar silencio o fue descreída por quienes debían protegerla –en algunos casos ellos mismos fueron los autores-hacen que esta sea naturalizada, considerada como parte del destino de ser mujer y por esto, cuando se reitera, no es identificada como violencia.
En estos casos la niña, la mujer, ya parte de un piso que no es cuestionado porque en la mayoría de los casos ni siquiera es reconocido, que naturaliza y equipara su “ser femenino” con la disponibilidad para satisfacer los roles que le son prescriptos entre los que se encuentra el de “servir” sexualmente al hombre.
Esto implica que en muchos casos la mujer sometida a prostitución cuando defiende la ideología del opresor, cuando ella repite convencida las ideas de quien la usa para sus fines o sea que en su voz habla el proxeneta-tratante, el patriarcado, lo hace desde esta matriz en la que fue constituida su subjetividad, independientemente de ser indefensión adquirida o un síndrome de Estocolmo lo que padece. Esto es responsable de que las mujeres no reconozcan ser víctimas de violencia, y en  el caso de la prostitución de  que estén convencidas de que esta es una forma incluso positiva, una forma de empoderamiento, pues aquello que sufrieron pasivamente en su infancia y luego es impuesto como destino femenino, ellas lo aplican para obtener dinero.
La consideración por parte de las personas en situación de prostitución de ser tenidas  como “trabajadoras sexuales” es la formalización de esta idea basada en la naturalización del abuso y la desigualdad de género. Cuando prestamos oído atento a sus supuestas reivindicaciones descubrimos que a quien escuchamos es al patriarcado, es la voz del proxeneta, de ahí que el resultado sea que, salvo cambiar el nombre, la situación sigue siendo la misma, la tradicional en nuestra sociedad.




Síndrome de Indefensión Adquirida


Este síndrome también lo hallamos presente en las situaciones de violencia intrafamiliar.  Es el que explica por qué las mujeres violentadas manifiestan una actitud de aceptación sumisa,  y aún pudiendo, no huyen de quien las maltrata, e incluso, una vez liberadas, pueden volver a la misma situación.

Su existencia se comprueba negativamente, por la ausencia de conductas defensivas y autoafirmativas normalmente esperables.

Decimos que esta indefensión es adquirida pues ha sido aprendida y a partir de ahí sostenida como un mecanismo de  sobrevivencia. Desde el primer momento en que la persona es  sometida cuando manifiesta algún atisbo de resistencia es brutalmente reprimida  a través de distintas conductas pudiendo ser estas verbales, castigos simbólicos llegando a los golpes, quemaduras con cigarrillos, visualización de torturas e incluso muerte de otras personas, y violaciones reiteradas. Así  aprende a contener e incluso a suprimir cualquier conducta propia autoafirmativa, cualquiera que implique una voluntad  que vaya algo más allá de aquello que los proxenetas o explotadores  quieren.

El modelo de "indefensión aprendidaexplica que una persona sometida a acontecimientos incontrolables, en este caso actos violentos, generará un estado psicológico donde la respuesta de reacción o huida queda bloqueada, lo que se manifiesta en forma de indefensión, incompetencia, frustración y depresión.
La imposibilidad de controlar la agresión generará en la víctima una afectación motivacional y pasividad, dificultad para la resolución de problemas, y por tanto de confrontar con la situación en que fue inmersa.

Este estado psíquico puede ser debido a la conjunción de varios factores como son la extrañeza de la situación en sí misma, la incapacidad para racionalizar las causas y para controlar los efectos y el miedo – terror que le es impuesto mediante una violencia extrema. Desde este punto de vista, la parálisis que presenta la persona es consecuencia de lo que vive y puede ser considerada como una forma adaptativa de respuesta, dado que cualquier otra puede llevarla a sufrir nuevos daños o la muerte.

Algunos signos
·           Baja autoestima

·           Déficit intelectual

·           Deficiencias cognitivas

·           Poca motivación

,            Pasividad


Síndrome de Estocolmo


El Síndrome de Estocolmo es un proceso psicológico de carácter inconsciente,  en el que la víctima de trata, de secuestro, o persona detenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con su victimizador. Esta situación puede llegar al extremo en que la víctima  ayude a los captores a alcanzar sus fines o evadir a la policía.

Debe su nombre a un hecho curioso sucedido en la ciudad de Estocolmo, Suecia. En 1973 se produjo un robo en el banco Kreditbanken de la mencionada ciudad sueca. Los delincuentes debieron mantener como rehenes a los ocupantes de la institución durante 6 días. Al entregarse los captores, las cámaras periodísticas captaron el momento en que una de las víctimas besaba a uno de los captores. Los secuestrados defendieron a los delincuentes y se negaron a colaborar en el proceso legal posterior.

Desde el punto de vista psicológico, este síndrome es considerado como una de las múltiples respuestas emocionales que puede presentar el secuestrado a raíz de la vulnerabilidad y extrema indefensión que produce el cautiverio.

Da cuenta de una situación paradójica en la que la persona agredida reinterpreta la realidad a favor de su agresor, considerando que este la está cuidando o que lo que está haciendo es correcto.
Hay que tener en cuenta que en la  trata de personas o en situaciones de grave aislamiento social, como podría darse en la violencia intrafamiliar hacia la mujer, en las que las condiciones y posibilidades de sobrevivencia se hallan en manos de los captores, se establece una regresión dependiente dado que la persona realmente depende material y afectivamente de las decisiones y/o caprichos de quienes la retienen, o sea que la posibilidad de muerte es real  así como la vivencia de situación sin escapatoria.

Es común que en las situaciones de violencia y aislamiento las personas victimizadas ante la necesidad imperiosa de afecto y de una señal esperanzadora se aferren y se sientan agradecidas del menor gesto benevolente de parte de su agresor, provocando esto, en muchos casos, sentimientos ambivalentes. Aún los actos agresivos se los hace encajar en un sistema de necesidad que los justifica, quitándoles de ese modo lo imprevisible e incontrolable.

Se puede observar luego de una liberación un sentimiento  de gratitud consciente hacia los secuestradores, tanto en los familiares como en las víctimas directas. Agradecen el hecho de haberlos dejado salir con vida, sanos y salvos y a veces recuerdan - sobre todo en las primeras semanas posteriores a la liberación - a quienes fueron amables, o tuvieron gestos de compasión y ayuda.

El síndrome sólo se presenta cuando la persona víctima se identifica inconscientemente con su agresor, pudiendo asumir  la responsabilidad de la agresión, o imitando física o moralmente la persona del agresor, o adoptando ciertos símbolos de poder que lo caracterizan. Por ser un proceso inconsciente la víctima del secuestro siente y cree que es razonable su actitud, sin darse cuenta de la identificación misma ni asumirla como tal, la persona no se percata de ello, es el observador externo quien puede encontrar desproporcionado e irracional  que la víctima defienda o disculpe a los agresores y justifique los motivos que tuvieron para secuestrarla.
 


Este mecanismo ayuda a  la persona a negar y no sentir la
 amenaza de la situación y/o la violencia.

Puede ser descripto  como un estado disociativo por el que la víctima niega la violencia del agresor, al tiempo que desarrolla un vínculo con el lado que percibe más positivo de aquel. Para lograr esto  la víctima ignora sus propias necesidades mientras desarrolla una actitud hipervigilante ante las de su agresor, mostrándose dispuesta a asumirlas como propias.

El principal logro podría ser obtener un mejor nivel de ajuste al entorno amenazante sobre el que ejerce nulo control.


Resumiendo, en general este síndrome se puede dar en las siguientes circunstancias:

*      Cuando la persona víctima de trata o en importante situación de vulnerabilidad comprende que en la medida en que coopera es menos agredida.
*      Cuando las personas victimizadas quieren protegerse, en el contexto de situaciones incontrolables, buscando cumplir los deseos de sus captores.
*      Cuando los delincuentes tienen  rasgos de compasión o de reconocimiento afectuoso lo que impacta vivamente en las personas sometidas a extrema carencia de afecto.  De aquí puede nacer una relación emocional de las víctimas por agradecimiento con los autores del delito.
*      Cuando la pérdida total del control que sufre  durante  la trata y el miedo que ello significa, se hace soportable en la medida en que la víctima se identifica con los objetivos y pensamientos del violento a quien se halla peligrosamente sometida.

El síndrome de Estocolmo es más común en personas que han sido víctimas de alguno de las siguientes situaciones de violencia:

Tratadas
Rehenes
Miembros de una orden de culto.
Niñas y niños con abuso psicológico.
Prisioneros de guerra.
Mujeres en Prostitución.
Prisioneros de campos de concentración.
Víctimas de incesto.

Para detectar y diagnosticar el síndrome de Estocolmo, se hacen necesarias dos condiciones: 

1.         Que la persona haya asumido inconscientemente, una notable identificación en las actitudes, comportamientos o modos de pensar de los captores, casi como si fueran suyos.
2.         Que las manifestaciones iniciales de agradecimiento y aprecio se prolonguen a lo largo del tiempo, aún cuando la persona ya  se encuentra integrada a sus rutinas habituales y haya interiorizado la finalización del cautiverio.




 


 La mayoría de las IMAGENES han sido tomadas desde la web, si algún autor no está de acuerdo en que aparezcan por favor enviar un correo a  alberto.b.ilieff@gmail.com y serán retiradas inmediatamente. Muchas gracias por la comprensión.

En este blog las imágenes son afiches, pinturas, dibujos, no se publican fotografías de las personas en prostitución para no revictimizarlas; salvo en los casos en que se trate de documentos históricos.

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domingo, 13 de julio de 2014

Trastorno de Estrés Postraumático


Trastorno de Estrés Postraumático


Por Alberto B Ilieff







Uno de los trastornos centrales en las persona en prostitución y en las víctimas de trata de personas es el estrés postraumático.

El Trastorno surge como respuesta tardía o diferida a un acontecimiento o a una serie de acontecimientos estresantes o a una situación  de naturaleza excepcionalmente amenazante o catastrófica, que causarían por sí mismos malestar generalizado en casi todo el mundo (por ejemplo, catástrofes naturales o producidas por el hombre, combates, accidentes graves, el ser testigo de la muerte violenta de alguien, el ser víctima de tortura, terrorismo, de una violación o de otro crimen).

Ciertos rasgos de personalidad  o antecedentes de enfermedad neurótica, si están presentes, pueden ser factores predisponentes y hacer que descienda el umbral para la aparición del síndrome o para agravar su curso, pero estos factores no son necesarios ni suficientes para explicar la aparición del mismo. Es importante resaltar que cualquier persona sometida a determinadas situaciones que superen su posibilidad de procesar subjetivamente lo acontecido sufrirá estas consecuencias. Sus antecedentes no serán los responsables del estrés postraumático.

Se trata de una reacción orgánismica adaptativa ante una situación abrumadora que no puede ser elaborada. Para lograr la adaptación las personas desarrollan una nueva forma de vida  que implica cambios básicos en los modos de sentir, pensar y actuar.

Una cuestión importante al abordar este tema es que hay que estudiar el trastorno por estrés postraumático a lo largo del ciclo vital, por eso se llama postraumático. Incluso se debe considerar la posibilidad del  estrés retardado, llamado así porque  se manifiesta largo tiempo después de la experiencia traumática original y que, en general, se produce cuando la persona nuevamente se ve expuesta a un estímulo similar a aquel que la hubiere dañado.

Una de las características significativas de este  estrés abrumador en los casos de trata de personas y prostitución  es que está provocado por el hombre, a diferencia de los desastres naturales o enfermedades. Aquí el  origen es netamente humano, irrumpe la crueldad, ya no la inconciente de los elementos naturales donde no existe voluntad específica de dañar,  sino la consciente de un igual. De este modo se hace evidente la  destructividad colectiva sancionada socialmente, lo cual destroza  el tejido de la confianza humana. Un hecho azaroso o producto de la naturaleza no provoca tanto daño como el causado por otro ser humano precisamente porque se sabe es un acto conciente y dirigido hacia la persona que es victimizada. Esto hace que se pierda la capacidad de confiar en los demás, de establecer vínculos profundos significativos, lo que también hace que se impida el pedido de ayuda o la aceptación de la misma.

Ante estas situaciones el yo vulnerado se fragmenta, se produce un corte abrupto existencial, todo proyecto de vida es destrozado, los restos que quedan son armados fantasiosamente ya sin posibilidades concretas ni contacto con la realidad. Si la persona es reintegrada al medio social lo hará a partir de un  menor nivel de adaptación.



El Trastorno de Estrés Postraumático aún siendo una respuesta  adaptativa es la base de síntomas y síndromes, siendo una de las más significativas y abrumadoras las repetidas invasiones del presente por el pasado, el resurgimiento irruptivo de miedos y ansiedades, del entumecimiento de la conciencia, de las reacciones de alerta y de los flash-backs, que son el retorno repentino e intrusivo de los fenómenos disociativos en la consciencia total o parcialmente vigil.

Es común que se de  un estado de hiperactividad vegetativa con hipervigilancia, un incremento de la reacción de sobresalto e insomnio.
Los síntomas por su carácter irruptivo se acompañan de fuerte ansiedad y de depresión y no son raras las ideaciones suicidas. El consumo excesivo de sustancias psicótropas o alcohol puede ser un factor agravante.

Algunos otros signos son:

*      Emocionales: miedo, ira, pesadumbre, irritabilidad, depresión, pensamientos o intentos de suicidio, sensación de culpabilidad, de inutilidad, desesperanza, desinterés, sentimiento de vacío, dificultad para disfrutar.

*      Intelectuales: confusión, desorientación, indecisión, dificultad de concentración, problemas de memoria.

*      Físicos: tensión, fatiga, irritabilidad, insomnio, dolores mal definidos, taquicardias, nauseas, temblores, cambios en el apetito o en el impulso sexual.

*      Sociales: desconfianza, serias dificultades para establecer relaciones afectivas, problemas laborales o escolares, sensación de abandono o de ser rechazado.

El comienzo sigue al trauma con un período de latencia cuya duración varía desde unas pocas semanas hasta alrededor de 6 meses. Se estudiaron casos en que la sintomatología surgió incluso mucho tiempo después.

El curso es fluctuante, pero se puede esperar la recuperación en la mayoría de los casos mediante un prolongado tratamiento psicoterapéutico que puede acompañarse con medicación.  Este trastorno en algunas personas puede tener durante muchos años un curso crónico y evolución hacia una transformación persistente de la personalidad

Esta alteración es compartida por las personas en prostitución y trata con los soldados que regresan de la guerra, la población de zonas en conflicto bélico o que han sufrido atentados terroristas.
Menos de un 5% de la población general sufre este síndrome, mientras que entre las personas en prostitución lo sufrirían cerca del 68%,  un porcentaje elevado comparado  con un 15% de los veteranos del Vietnam.

Las personas en prostitución se hallan constantemente sometidas a situaciones de violencia, el hecho de ser prostituida ya es un acto violento. Se calcula que el 82%, además,  ha sido agredida por los prostituidores-clientes, el 88% sufrió amenazas físicas, y  un 68% fue violada y el 46% más de cinco veces. El 87% sufren depresión por prostituirse.
Diaria y reiteradamente las personas que sobreviven con esta actividad sufren intenso miedo debido a los malos tratos y vejaciones que pueden sufrir, que pueden incluir golpes, quemaduras con cigarrillos, cortes, e incluso la muerte.
A todo esto debemos agregar  que  un 57% (algunos estudios indican más porcentaje)  habría sufrido abusos sexuales durante la infancia.

En su trabajo “Prostitución, tráfico y estrés postraumático”  Melissa Farley claramente expone:
“En Holanda donde la prostitución es legal al 60% fueron físicamente asaltadas y el 79% fueron prostituidas como resultado de coacción. Cualquiera que sea la ubicación física, la prostitución causa gran daño a las mujeres. Al margen de que el lugar de la prostitución sea interior o exterior, las mujeres prostituidas son constantemente violadas. Las mujeres en Chicago denuncian que han sido violadas frecuentemente tanto mientras ejercían la prostitución bajo techo como en la calle.”

“Las mujeres prostituidas describen la prostitución como “violación pagada” y como “violación doméstica llevada al extremo”. Hay muchas similitudes entre prostitución y apaleamiento. Las mujeres que se prostituyen reciben múltiples palizas cuando las mujeres no-prostitutas reciben una. Ser pegada por un prostituidor o por un proxeneta es como ser pegada por un marido o un novio. Las mismas partes del cuerpo son apaleadas. Suceden las mismas violaciones. Las mismas palabras son arrojadas hacia ellas. Maltratadores, como prostituidores, utilizan verbalmente el odio racial y sexista para transformar a la mujer en un objeto, así les pueden hacer cualquier cosa impunemente. Los mismos métodos de control empleados por los maltratadores en contra de sus parejas son utilizados por los proxenetas y los que viven a costa de la prostituta: abuso verbal, minimización y negación de la violencia física y abuso, explotación económica, aislamiento social, amenazas, intimidaciones, violencia física, acoso sexual y cautividad.”

“Dos tercios de las mujeres que se prostituyen en 9 países padecen de PTSD. Esta proporción de PTSD es una de las mayores localizada en estudios de población. Proporciones comparables de PTSD han sido registradas entre mujeres apaleadas que buscan refugio, veteranos de guerra, supervivientes de violación y supervivientes de torturas avaladas por el estado.” *



El uso de drogas y alcohol se agregan a este cuadro.
El resultado general es que el promedio de vida de las personas en prostitución es inferior al de la media poblacional, la mortalidad es 40 veces superior a la de la población general.

Es parte integrante de este síndrome y de otros que veremos, que la persona no vislumbra una salida, se siente prisionera de la situación, y en la mayoría de los casos lo está ya fuere por los tratantes, proxenetas o por su extrema vulnerabilidad. Los estudios indican que más del 90% dejarían definitivamente esta actividad si se les brindara el apoyo y las condiciones necesarias.

Para terminar, quiero recordar que para la  Organización Mundial de la Salud  el concepto de salud no implica únicamente la carencia de enfermedad, sino de manera integral,  la suma del bienestar físico, psíquico y social.  La prostitución y la trata de personas quiebran definitivamente  esta posibilidad.

*Este trabajo se puede hallar completo en
http://argentina.indymedia.org/uploads/2011/06/farley_cast.pdf








La mayoría de las IMAGENES han sido tomadas desde la web, si algún autor no está de acuerdo en que aparezcan por favor enviar un correo a  alberto.b.ilieff@gmail.com y serán retiradas inmediatamente. Muchas gracias por la comprensión.

En este blog las imágenes son afiches, pinturas, dibujos, no se publican fotografías de las personas en prostitución para no revictimizarlas; salvo en los casos en que se trate de documentos históricos.

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sábado, 28 de junio de 2014

Aproximación al daño 2

APROXIMACIÓN  AL DAÑO 2

Por Alberto B. Ilieff


“Cuando entrás en la habitación, sólo estás esperando que ese momento termine. Tu cabeza se despega de tu cuerpo. Tenés miedo de que traben la puerta y quedes completamente expuesta a los golpes. ¿Esto no es una tortura que se repite varias veces por día? La puta conoce más el cuerpo del varón que la no-puta, pero es difícil hacer algo con ese saber porque es producto de la violación y la tortura. Ese hombre sabe que se está aprovechando de tu cuerpo en el máximo estado de vulnerabilidad. Por eso es mentira que la puta pone el precio: el precio lo pone tu edad, tu hambre y el prostituyente que sabe y usa tu debilidad”.
                                                                                          Sonia Sánchez [1]




Daños en la Salud
La trata de mujeres, niñas y niños en general y  para la explotación sexual en especial, conlleva  consecuencias para la  salud de extrema gravedad.


Daños Físicos
La violencia  física está presente en todo momento ya sea por parte de los tratantes y proxenetas como de los prostituidores, equivocadamente  llamados “clientes”.  Puede implicar moretones, huesos rotos, heridas en la cabeza, heridas por puñaladas, lastimaduras en la boca y en los dientes llegando incluso a la muerte.

Las personas que sufren la explotación sexual corren un riesgo mayor de padecer enfermedades de transmisión sexual (ETS). El embarazo y los abortos forzados o peligrosos son temas comunes. En el caso de los niños nacidos en cautiverio, es muy probable que los mismos sean vendidos, o una vez crecidos, sometidos a prostitución.

También resulta muy importante el contagio de VH/SIDA el que  aumenta en situaciones en las que las mujeres no pueden negociar el uso de preservativos, o no tienen acceso a los mismos.  Los proxenetas pueden exigir que si el prostituidor lo desea, no se usen profilácticos, en otros casos se acepta esta posibilidad para ganar más dinero por ser más alta la tarifa.
Tengamos en cuenta que es muy probable que las personas sometidas sexualmente presenten cortes y desgarros en el tejido vaginal y anal debido al sexo violento, violaciones o ulceras asociadas con enfermedades de transmisión sexual. Las niñas, debido a sus tractos reproductivos inmaduros, son especialmente vulnerables a este tipo de  daños y enfermedades.

A este cuadro debemos sumar las adicciones tanto a las drogas como al alcohol. Ya sea  el consumo forzado como voluntario implican un mecanismo de escape para las mujeres y niños con el que encubren su dolor al mismo tiempo que les permite insensibilizarse y así poder continuar con lo que se le exige. Recordemos que en la mayoría de los casos inmediatamente a la captación e inicio en la prostitución, y como parte de esta, se fuerza o induce  a las personas al consumo de drogas. La adicción es usada como un arma más de sometimiento.

A todo esto debemos agregar la serie de enfermedades provenientes del mínimo cuidado físico, la exposición continua a estímulos patógenos, la falta de comida y vestido adecuados y sobre todo, la falta de asistencia médica.



Daños Psíquicos

Muy variada es la sintomatología psíquica provocada por la violencia sufrida, pudiendo llegar incluso a la psicosis. Depende de su intensidad y duración, la recuperación puede ser muy lenta, trabajosa, pudiendo quedar lesiones de por vida.

De manera esquemática y como simple presentación de los temas, pues es esperable que quien esté interesado buscará profundizarlos, podemos considerar los siguientes cuadros explicativos.

-     Síndrome de Indefensión Adquirida.
-       Síndrome de Estocolmo
-       Persuasión Coercitiva
-       Trastorno de Estrés Postraumático


Estos cuadros reseñados son publicados en este blog Prostitución NO



[1] Entrevista a Sonia Sánchez, una de las autoras del libro “Ninguna mujer nace para puta” –Lavaca Editora- realizada por Verónica Gago y publicada en Página/12 - Las/12-15-2007-
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-3423-2007-06-15.html






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En este blog las imágenes son afiches, pinturas, dibujos, no se publican fotografías de las personas en prostitución para no revictimizarlas; salvo en los casos en que se trate de documentos históricos.

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Aproximación al daño 1


APROXIMACIÓN  AL DAÑO 1

Por Alberto B. Ilieff



Este artículo fue escrito teniendo en cuenta la prostitución  pero esta visión no es limitativa ni debe cerrar nuestra comprensión acerca de la  trata de personas. Sabemos que prostitución y trata de personas son dos modos de llamar al mismo fenómeno, solamente separados por necesidad de una terminología legal diferencial, ya que mientras las condiciones que rodean a la primera la constituyen en un  delito, la segunda no lo es.
Más allá de esta diferenciación, las consecuencias físicas, psíquicas y sociales son las mismas, por lo que lo expresado en este artículo puede ser aplicado en general a ambas situaciones.
Vale recordar que se estima que más del 95% de las personas en prostitución son víctimas de trata de personas, restando una pequeña porción de quienes están en esta situación por “voluntad propia”, lo que no impide que también sufran importantes daños. El “cuentapropismo” o la propia decisión son mitos interesadamente sostenidos y divulgados por quienes buscan descriminalizar y legalizar a proxenetas y tratantes.


 
Autor Hermel Melozco

La prostitución constituye una prisión sin barrotes, con cadenas invisibles que encierran a las personas sin posibilidad de salida. Saber que no tienen nivel educativo suficiente ni capacitación laboral les impide proyectar una salida laboral efectiva, también la responsabilidad en el cuidado y sostén de los hijos –en general son madres solas- influyen a que no puedan dejar esta actividad para intentar otras.

También puede suceder que transcurrido el tiempo y pudiendo recuperar su libertad, al tomar conciencia de su situación vital, del “estado” en que se hallan, de su grado de adicciones y deterioro psíquico,  opten por quedarse en esa situación. En estos casos la vergüenza, la culpa, la asunción del rechazo familiar y social, colaboran a este resultado.

Este último hecho no es menor. En nuestra cultura  sigue imperando  la culpabilización de la víctima, buscar en ella las supuestas causas que la llevaron a esa situación. En el caso de la mujer que fue prostituida esto es mucho peor, en general las comunidades tienden a descreer de la victimización y culpabilizan a la mujer, provocando nuevas situaciones dañosas. En muchos casos la exclusión social llega al punto en que la persona se siente compelida a regresar al lugar del que la sociedad no la deja salir: la prostitución.

El descreimiento de la víctima y la sensación de desprotección se agudizan cuando comprenden que personas de aquellas instituciones del Estado que tendrían a cargo su cuidado son precisamente quienes contribuyen a su explotación. Es común que concurran a los prostíbulos  policías, políticos, funcionarios judiciales y municipales de la zona, y en los que no cabe, en base  a su misma profesión, el recurso del “no sabía”, de la ignorancia.


Muchas mujeres, sobre todo al principio, mantienen la esperanza de ser rescatadas. El mito del príncipe azul es muy fuerte, esperan del hombre que  las saque de esa situación y les de el hogar que sueñan. Este hombre puede ser incluso un “cliente-prostituyente”. Con el tiempo esta meta también se va perdiendo.

Todos estos elementos narrados a vuelo de pájaro, aunados entre sí, configuran una situación para la persona víctima de abuso sexual comercial de extrema vulnerabilidad.

A ellos debemos unir los propios de la historia precedente. Es común que las mujeres y niñas sometidas provengan de lugares de muy escasos recursos, muchas de ellas son analfabetas, un alto porcentaje ha sufrido violencia sexual en su infancia, en el caso de las travestis el rechazo familiar puede haber sido también muy dañoso, o sea que la prostitución impacta en personalidades previamente vulneradas.

El clima de violencia en que vivieron unido al posterior de la prostitución, se halla “normalizado” en sus vidas, no está registrado especialmente como tal.  No  pueden reconocer la situación de violencia porque no tienen un fondo sin agresión, de cuidado, con el que comparar, por eso, en principio, esta situación debe ser señalada, dicha desde una exterioridad, es alguna otra persona la que le debe mostrar la situación de agresión y el riesgo que corren.
Su ingreso a esta actividad no es contado como otra forma de abuso –ver Persuasión Coercitiva en este mismo blog-  la mayoría cree que lo ha hecho en total libertad de elección. Estos son algunos de los motivos por los que las personas en prostitución no se consideran víctimas lo que les impide comenzar un camino de recuperación. Alrededor de esto el proxenetismo, la llamada “industria sexual” ha montado todo un aparato que les indica que en realidad quienes las violentan son las otras personas, la moral, incluso quienes buscan ayudarlas.
Parte de esto mismo y también como modo de defenderse de los propios sentimientos e ideas, pueden creer que están en una situación privilegiada respecto de las trabajadoras con escasa calificación.

Esto es confirmado por la sociedad misma con su actitud de “tolerancia” o normalizadora. La niña aprendió que su cuerpo era eso un cuerpo, que el que tiene poder puede usarlo y ese uso está bien, es parte del rol, la parte que le toca a quien es pobre, a quien no tiene poder suficiente, a quien es mujer o niña/o.
La prostitución en cualquiera de sus formas es la aceptación última y más claramente consumada del cumplimiento de las reglas de juego que impone el patriarcado unido al capitalismo.
La interioridad se halla sujeta a estas coordenadas  las que son confirmadas y reafirmadas por la exterioridad: por los clientes que pagan por su cuerpo, por su cuerpo convertido en capital que debe rendir, porque a su uso concurren los referentes sociales: funcionarios, comisarios, políticos, profesionales, etc.; en definitiva, porque la sociedad misma confirma  la “normalidad” del sometimiento.




El impacto de la actividad prostituyente no es menor, a la culpabilidad, a la sensación de suciedad se agregan  la necesidad de interminables mentiras que crean una vida imaginaria con la que encubrir esta actividad ante su familia, la escuela de sus hijos, el barrio, los médicos, y el constante estrés debido al temor que provoca estar en la vía pública, subir a coches o ir a departamentos u hoteles con un hombre totalmente desconocido, sin saber si las  tratará con cuidado o por el contrario, les pegará, cortará, quemará con cigarrillos o matará.

La disociación del cuerpo / mente, la pérdida de la autoestima, la sumisión y humillación que conlleva la venta de la propia sexualidad, que se deja en manos del cliente-prostituidor que pacta con el proxeneta, es un acto o conducta que causa ya en sí lesiones graves, en las que hay que añadir las drogadependencias y los abusos sexuales, secuelas de actos de violencia, o las enfermedades que contraen. Las secuelas psíquicas se describen como similares a las personas torturadas o que han sufrido violaciones o a las de los veteranos de guerra.






Con sus “compañeras” se establece una relación ambivalente, tanto pueden hacer sacrificios para ayudarlas como considerarlas competidoras que deben ser desactivadas.

Un punto aparte es la relación con los/las proxenetas, con quienes obtienen su dinero del uso del cuerpo de “las chicas”. La falta de registro de la victimización, la consideración de que está bien, que es normal, que ellos/as  enriquezcan  a costa de su sufrimiento, del lugar que ocupan en esta historia los “clientes”, hace que el suyo sea un dolor sin causantes externos. Este es un punto muy importante en la psicología de la prostitución, porque al no considerar a proxenetas, tratantes, prostituidores-clientes, como los causantes, como los agresores, la culpa recae en la niña-mujer misma, ella cree que es por su maldad innata, por su desvío que se halla en ese lugar. La culpa le niega toda posibilidad,  la ayuda a ver a la situación sin salida y en lugar de promoverla para un cambio, la empuja a un mayor sometimiento, la prostitución es al mismo tiempo causa de la culpa y el castigo merecido. Esto es conocido e incentivado por los proxenetas y por la sociedad misma que les repite: sos puta, naciste puta, no servís para otra cosa, no sabes hacer nada, sos inútil, tonta, estás sucia.
El vínculo persona en prostitución-proxeneta es plenamente negativo, se confía en quien daña, en la persona que la ha llevado a esa situación y la mantiene en ella, cree en quien le suministra la dosis de droga o el alcohol y también la alquila o la vende a otros proxenetas. Es también quien, llegado el caso, usará violencia para que no deje el lugar o se rebele.
A tal punto se establece un vínculo patológico que muchas “chicas” los llaman “papito”  o “mamita”.

El impacto de la prostitución en sus víctimas, especialmente en las mujeres y las niñas y niños es sumamente lesivo. Hay que considerar que las personas sometidas viven bajo constante coacción y violencia física y psíquica.

Como parte de todo esto tenemos que considerar también las infecciones de transmisión sexual, contagio de VIH/SIDA, abortos o embarazos forzados, las consecuencias físicas y psíquicas de los golpes, quemaduras, violaciones sufridas, el ejercicio mismo de la prostitución, consumo obligado de  alcohol y de estupefacientes, presencia e incluso participación obligada en agresiones, torturas y hasta homicidios u otro tipo de delitos.

De todo esto se deriva que las consecuencias dañosas que sufren las víctimas de prostitución pueden llegar a ser muy graves, siempre difíciles de superar, y en muchos casos irreparables.


Por ese motivo el abolicionismo propone que las personas en situación de prostitución no sean perseguidas ni penadas en modo alguno, sí que lo sean los rufianes, proxenetas y tratantes, así como los prostituidores o puteros (erróneamente llamados “clientes”), todos los que obtienen beneficio del sometimiento de estas víctimas.
Los países abolicionistas se oponen a la prostitución porque la consideran una modalidad extrema de violencia de género. La violencia que ejercen algunos hombres sobre el cuerpo de las mujeres y que no se justifica mediante el pago. El daño que sufren las personas que se hallan en esta situación es considerado similar al de aquellos soldados que han luchado en guerras, como por ejemplo la de Irak, en la mayoría de los casos esta gravedad  hace que el promedio de vida de una persona en prostitución sea inferior al de la media poblacional (en el caso de las travestis es aún menor).



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