viernes, 20 de julio de 2018

Entrevista a la experta Ingeborg Kraus


26 de junio de 2018
Entrevista a la experta Ingeborg Kraus
“Prostitución es tan grave como trata”
Por Sonia Santoro


Ingeborg Kraus, psicoterapeuta alemana especialista en trauma.

Ingeborg Kraus es una psicoterapeuta especialista en trauma alemana. Trabajó entre 1995 y 1999 con víctimas de violación como arma de guerra de Bosnia. Desde hace unos años trabaja en su país como psicoterapeuta con víctimas de trata y prostitución. Con la experiencia ha llegado a la conclusión de que no hay diferencias entre la trata de mujeres y la prostitución. “La prostitución por elección es peor que la trata, porque en estos casos las envía la familia o necesitan hacerlo porque son pobres. Es peor que la trata  porque si viene un policía o alguien a tratar de ayudarles les genera conflictos internos porque las mandó su familia, o alguien que ama, o es su trabajo: necesitan hacerlo para sobrevivir. Esto se llama vínculo traumático con sus abusadores”, dice en diálogo con PáginaI12, durante el “I Congreso Abolicionista Internacional. Hacia un abolicionismo real” que se llevó a cabo en el Centro Cultural San Martín.

–Usted trabajó con víctimas de trata y explotación sexual.

–No hago diferencia entre trata y explotación porque la prostitución es un problema igual de grave que la trata. Desde que se implementó la ley (que regula la prostitución en Alemania) en 2002 nada cambió. La situación es distinta porque antes el 80 por ciento de las mujeres eran de Alemania, pero hoy son de otros países. En Alemania esto se llama prostitución libre, yo lo llamo trata.

–¿En Alemania está regulada la prostitución?

–Sí. Creo que la prostitución por elección es peor que la trata porque en estos casos las envía la familia o necesitan hacerlo porque son pobres. Es peor que la trata  porque si viene un policía o alguien a tratar de ayudarles les genera conflictos internos porque las mandó su familia, o alguien que ama, o es su trabajo. Necesitan hacerlo para sobrevivir. Esto se llama vínculo traumático con sus abusadores.

–¿Cuáles son las consecuencias para la salud y la vida de esas chicas y mujeres?

–No te puedes imaginar… Estas mujeres están destruidas, no hay otra palabra. Destruidas en su condición de salud, mental y física. No hay forma de definirlo. Tienen que atender entre 30 y 40 varones sin protección y la única forma de hacerlo es en un estado de disociación, esto genera estrés y un trauma severo. Solo lo pueden soportar con drogas y alcohol. Solo así pueden lidiar con esta situación.

–¿El Estado está tomando nota de esto, hay intento de cambio de esta regulación?

–Sí, están tomando medidas. Pero les tomó tiempo darse cuenta que fue un error grave. Cambiaron reglamentaciones pero no resuelven el problema, todavía no hay una solución. Decirle a los puteros que se pongan un preservativo no resuelve el problema. A las mujeres se las trata como un pedazo de carne. Cambiar tres o cuatro reglamentaciones no es una solución, mucho menos bajo las condiciones del capitalismo más crueles. Las mujeres son maltratadas, mal-usadas. La única solución es detener el pago por sexo. Hay que castigar a los puteros. La zona roja es un ambiente muy criminalizado. El crimen organizado está en contra del control de la zona roja, y la controla; entonces el Estado alemán se convierte en proxeneta. Escucho que acá (en Argentina) se está hablando de crear leyes, no cometan el mismo error que en Alemania, ya sabemos cómo funciona. Necesitamos el modelo nórdico en todo el mundo.

Fuente
https://www.pagina12.com.ar/124225-prostitucion-es-tan-grave-como-trata






Uruguay. Legislar sin condón. De fiolo a gerente de servicios sexuales


14 de octubre de 2017
Uruguay. Legislar sin condón. De fiolo a gerente de servicios sexuales
Escrito por  Mariana Contreras y Florencia Rovira

 
El viejo oficio del cafisho será más fácil que nunca. La aprobación de las modificaciones a la ley de trabajo sexual y al Código Penal que se vienen discutiendo a nivel legislativo redundaría prácticamente en una legalización del proxenetismo.
Entre tanto ninguna medida parece orientada a ayudar a salir a las prostitutas de la mal llamada "vida fácil". El debate europeo sobre la materia completa esta cobertura.


"¿Cómo se vive el trabajo sexual o cómo sobrevivir a él?", retrucó Karina Núñez cuando en la despedida del segundo encuentro Brecha insinuaba la agenda para una tercera reunión: hablar de la vida de las trabajadoras sexuales, de los aspectos vinculados a los riesgos que genera, a sus estrategias para sobrellevar el persistente estigma social, para enfrentar los vínculos familiares, la explotación económica, el abuso de sus cuerpos. En definitiva, sí, sobrevivir.
Karina inclinó la cabeza, entrecerró los ojos; hizo un gesto como diciendo: ¿entendés lo que te quiero decir? Hasta entonces había hablado de sus inicios a los 12 años, cuando un vecino de 67 años le pidió que se sentara encima suyo a cambio de un yogur, de sus experiencias al norte del Río Negro, área que conoce porque se desplaza por varios puntos ejerciendo el trabajo sexual, pero también militando y haciendo promoción en salud. Karina preside el grupo Visión Nocturna en Río Negro, va a los prostíbulos, a las whisquerías y entrega condones, habla con las mujeres sobre la necesidad de prevenir las enfermedades de trasmisión sexual, sobre los derechos de las trabajadoras. No quiere "que digan que lo hacemos porque nos gusta; si tuviéramos otras opciones haríamos otra cosa". Sabe de la explotación y de la mercantilización del cuerpo, de la cosificación que se hace de ellas. Sabe de las cicatrices internas, de las golpizas por denunciar una red de trata y del sometimiento a los proxenetas (el único rol prohibido, y sin embargo tan campantes), pero se reivindica trabajadora sexual.
"¿Sabés el logro que significa para nosotras?", dice cuando interpreta un cuestionamiento por parte de Brecha a la regulación: ¿acaso reconocerse como trabajadora, aportar a la seguridad social, tener derechos y obligaciones como cualquier asalariado no es legitimar esa misma explotación, esa cosificación que rechaza? ¿Acaso los esfuerzos públicos no deberían estar en generar otras salidas? Porque la explotación es mucho más que quedarse con un porcentaje de las remuneraciones de estas mujeres. Podrá haber derecho a licencia vacacional o por enfermedad, pero eso no cambiará la desigual relación de poder que, una vez pasado el cerrojo a la puerta, el pago por sexo genera entre quien compra y quien vende. No cambiará la mercantilización a la que el cuerpo, casi siempre de mujer, queda reducido.
Ella explica su posición: "Pasamos de no ser nada a tener un título, que los mismos que antes te decían 'puta' ahora te reconozcan como trabajadora. Es mucho". No obstante, unos días después, sin contradecirse con lo anterior, se sincera: "Una se agarra del argumento del trabajador sexual porque no tenés otro argumento social para agarrarlo". Reivindicar el trabajo sexual y reivindicar derechos son la meta a mediano plazo, "a largo plazo es que no existan mujeres alquiladas porque no tienen para comer o por consumismo. Es una forma de sometimiento mercantil. Pero eso ya es utópico".
Uruguay es uno de los países que consideran la prostitución como un trabajo. Una ley del año 2002 regula la actividad y por estos días está siendo reformulada. La intención legislativa es acercar cada vez más el trabajo sexual a la realidad de cualquier otro trabajador, mismos derechos, mismo tipo de relaciones laborales. ¿Pero en qué otro aspecto, además del cobro por un servicio, esta actividad se parece a otro trabajo?
Cuando las mujeres hablan de él, un mundo se abre delante de quien tenga oídos para escuchar. Presentan allí un espacio complejo y abismal. Dualidad es una buena palabra para definir el mundo en que se sumergen.



La ley y el (des)orden   Dos normas vinculadas al trabajo sexual están en vías de modificación.
Por un lado, una comisión creada por la ley de humanización de cárceles, que trabajó durante cinco años en la modificación del Código Penal, propuso modificar la figura del proxeneta. El código vigente establece que "toda persona de uno u otro sexo que explote la prostitución de otra, contribuyendo a ello en cualquier forma con ánimo de lucro, aunque haya mediado consentimiento de la víctima", será penada con entre dos y ocho años de prisión. En la propuesta enviada al Parlamento el delito está reducido a aquellos casos en que no exista el consentimiento. La propuesta, a estudio de la Comisión de Constitución y Códigos de diputados, fue analizada por la bancada bicameral femenina, donde se la cuestionó fuertemente. Según interpretan las parlamentarias, la modificación sustituye el proxenetismo por la "prostitución forzada", dejando un campo amplio para la explotación, puesto que la demostración de inexistencia de consentimiento es muy difícil en un vínculo tan complejo como el que se teje entre estas partes. La bancada recordó también que, aunque no está ratificada por Uruguay, la Convención para la Represión de la Trata de Personas y de la Explotación de la Prostitución Ajena establece que esta última siempre es delito, aun cuando se realice con consentimiento por parte del explotado.
Por otro lado, la Comisión Nacional Honoraria de Protección al Trabajo Sexual -encargada de velar por el cumplimiento de la ley 17.515 sobre la materia, que rige hace 11 años- está trabajando en su modificación. Una de las innovaciones centrales es la introducción del trabajo dependiente en los establecimientos, lo que implica la legalización de un empleador al que se le reconoce el derecho a "percibir un porcentaje" sobre lo que cobra la meretriz. De prosperar la iniciativa, las trabajadoras que ejerzan la actividad en locales (prostíbulos, whisquerías, etcétera) deberán percibir un salario y todos los beneficios de la seguridad social, al igual que cualquier otro trabajador de la República. En esta propuesta de modificación de la ley el proxenetismo quedará configurado sólo ante el cobro de "sumas excesivas" por parte de los dueños.
Hoy el vínculo que las trabajadoras tejen con los dueños de los locales coloca a estos últimos, aunque encubiertos, en evidente situación de proxenetismo. En los prostíbulos se cobra "la llave" de las habitaciones, por un precio que varía según el local. Una de las trabajadoras con las que Brecha conversó paga 600 pesos por día, que debe abonar aunque no tenga clientes en la jornada. En las whisquerías, donde los clientes llegan a tomar copas y a hacer el acuerdo con las trabajadoras para luego trasladarse a otro lado, se impone un mínimo de consumición que debe cumplirse. Pueden ser tres, cuatro o más copas. La situación más irregular se vive en las casas de masaje porque, a pesar de la prohibición, suelen oficiar de prostíbulos y cobran "el pasaje" más caro: 50 por ciento de lo que el cliente paga a la trabajadora, además de un 10 por ciento destinado a quien "volantea" en la calle y otro 10 por ciento para productos de limpieza. Para ellas sólo queda el 30 por ciento del precio impuesto. "Claro que a las mujeres no les sirve, pero muchas de las que están allí son llevadas por proxenetas, porque allí están más vigiladas; ellos no tienen que estar dando vueltas a la manzana", explicó a Brecha una trabajadora llamada Sandra. En esos casos las "transacciones" son acordadas entre los dueños y los proxenetas, limitando las posibilidades de las mujeres para "negociar". En otros casos es el dueño del local quien recibe el dinero por parte del cliente.
Las situaciones de abuso que Brecha recogió entre las trabajadoras, y fueron confirmadas desde los órganos encargados del contralor (Policía, msp, mtss) y desde los equipos técnicos que trabajan con ellas, llegan al punto de cobrar multas si una trabajadora no concurre al local, explicó Marina Oviedo, presidenta de la Asociación de Meretrices Públicas (Amepu), y mostró un sms enviado a su celular, donde una mujer denunciaba el "aumento" de la multa de mil a 3 mil pesos en el "boliche" al que concurre. "Si una trabajadora se queja por un cliente también puede recibir una multa, o puede que deba hacer un servicio gratis." Claro que nadie denuncia los abusos.
Carlos Cabasín, representante del Ministerio de Trabajo ante la comisión, explicó a Brecha que la propuesta pretende formalizar el vínculo laboral de las trabajadoras, en un intento de garantizar sus derechos laborales. "El proxenetismo se da cuando un patrón tiene un trabajador y de su actividad obtiene la ganancia", pero en esta propuesta "ambas partes deberán negociar y llegar a un acuerdo bajo la modalidad de contrato de trabajo. Buscamos que cada uno sepa de antemano cuánto va a ganar, cosa que no sucede hoy, y si no hay conformidad entonces no hay contrato", argumentó. La comisión interpreta que este paso es una forma de combate al proxenetismo, porque la negociación les permitirá decir no ante ofrecimientos abusivos. La garantía de que esto se cumpla estaría dada en la vigilancia que el mtss realizaría a través de su cuerpo inspectivo, que cumpliría las competencias que hasta ahora son propias de la Policía. Este cambio es otro de los puntos que igualarían la actividad a la del resto de los trabajadores.
Sin embargo, la propuesta plantea al menos dos interrogantes. El cumplimiento o no de las normas laborales en el mercado de trabajo tiene estrecha relación con las fuerzas que posean patrones y asalariados. Un alto grado de sindicalización, una fuerte capacidad de presión, una historia de logros sindicales hacen la diferencia en una negociación entre las partes. ¿Qué fortaleza tendrán las prostitutas para definir cuándo se trata de una "suma excesiva"? Tanto Amepu como la Asociación Trans del Uruguay (Atru) son dos sindicatos con fuerzas mínimas. Amepu tiene 300 socias en todo el país, y la propia Oviedo reconoció a Brecha que la actividad es casi nula.  

Sorina Vazelina

El semanario trasladó esta inquietud al doctor Pablo Guerra, sociólogo, investigador del Instituto de Relaciones Laborales de la Facultad de Derecho, y autor de una de las pocas investigaciones sistemáticas realizadas en torno a las condiciones del trabajo sexual. Para él, si bien "el derecho a sindicalización, a la negociación colectiva, el establecimiento de una serie de legislaciones sociales y laborales a lo largo del último siglo" influyeron en el evidente mejoramiento de las condiciones del trabajo asalariado, a la vez que implicaron aceptar "de alguna manera, que el patrón tiene derecho a un lucro y el trabajador a un ingreso por la venta de su trabajo. Sin embargo, una cosa es reconocer ciertos derechos a una trabajadora sexual, otra cosa sería reconocer el derecho a explotar el trabajo ajeno bajo una figura salarial, por lo que trasladar todo este sistema al trabajo sexual a mi modo de ver no sería adecuado".Es que, en definitiva, reconocer "el trabajo" no debería significar aceptar que sea un trabajo como cualquier otro, "sobre todo -enfatizó el académico- si se da en un contexto de pobreza y alta vulnerabilidad, como sucede en la mayoría de los casos".
Entre las particularidades que deberían llamar la atención destacan los vínculos que se tejen en la actividad, donde "hay relaciones de explotación muy nítidas, basadas además en una cultura de género machista que pone a la mujer en el rol de mero objeto de consumo y deseo al que puedo acceder si tengo dinero. En ciertos contextos sociales eso genera sin duda una relación inequitativa donde la figura femenina es explotada y el varón aparece como explotador".
Por algo las personas que ejercen el trabajo sexual "hacen todo para organizar el resto de su vida con el propósito de ocultarlo, sobre todo a sus hijos, incluso cambian su forma de vestir y su figura física (por ejemplo, mediante pelucas)". Karina, por ejemplo, vive en Fray Bentos, pero para trabajar se traslada 90 quilómetros hasta Young. "Me dolería muchísimo que mis hijos me digan que les da vergüenza (mi trabajo)", explicó. Sus tres hijos menores piensan que es enfermera.
"Y desde el punto de vista de una cierta ética económica deberíamos preguntarnos qué es bueno mercantilizar y qué no. O dicho de otra manera, qué cosas se pueden comprar y vender y cuáles no. Finalmente, la prostitución atenta contra la intimidad corporal de la persona con una radicalidad que no es posible advertir en otras relaciones laborales. De hecho, a un trabajador de un comercio no se lo puede desnudar para ver si se robó algo. Se trata no sólo de una cuestión de derechos, sino fundamentalmente de dignidad", finalizó el académico.

Mi laberinto  
"No puedo creer que no usen esas piernas para correr", le soltó un día un psiquiatra a Sandra, que a los 8 años fue explotada sexualmente por primera vez, obligada por su madre. La mandó con dos vecinos, uno de ellos panadero que siempre repartía bizcochos a los niños del barrio. Sandra no pudo correr a los 8, y tampoco a los 14, cuando su madre la mandó "a pararse" por vez primera en la esquina de bulevar y Gallinal, ni cuando a los veintipico, ahora en sociedad con "un novio" que le había prometido sería "la señora", pero se convirtió en su proxeneta, fue enviada a Italia, a integrarse a una red de trata internacional. El día que saltó por una ventana y huyó de un prostíbulo queriendo escapar de la inflamación genital, producto de las incesantes relaciones, corrió a lo de su madre. "Sentí miedo de escaparme", dice. Dos días después estaba de vuelta en el trabajo. No fue hasta los 43 años que Sandra pudo empezar a desprenderse de aquel vínculo. Fue al morir su madre, y cuando la vida ya le había deparado varias golpizas, cuchilladas, encierros y humillaciones.
Al contrario que el psiquiatra, lo que para Sandra "no se puede creer" es que nadie cuestione qué hay detrás de ese "consentimiento mutuo" entre cliente y trabajadora con que suele justificarse la actividad. Ella tiene su respuesta: "Si te dicen que tenés que hacer tanta plata en la calle en una noche porque si no te rompen los huesos, y vos sabés que te los rompen, vas a dar el consentimiento a todo cliente que te pague para llegar a esa plata", dice por experiencia, aunque sabe que los laberintos de la permanencia son mucho más complejos.
En Uruguay no existe una bibliografía muy abundante sobre el mundo del trabajo sexual. Se trabaja a tientas, incluso para legislar. La Comisión Nacional Honoraria de Protección al Trabajo Sexual no tiene datos actualizados de cuántas trabajadoras ejercen, ni cuántas de ellas están habilitadas para hacerlo. Tampoco de cuántos establecimientos (prostíbulos, casas de masajes, whisquerías) existen, ni cuántos de ellos están en regla. El Ministerio de Salud Pública realizó un estudio para conocer algunos indicadores de salud, que sirven ahora para elaborar guías de actuación. Pero la desactualización es tal que desde la propia comisión reconocieron que los servicios encargados de otorgar la habilitación sanitaria no están debidamente capacitados. En el hospital Maciel, donde se atienden las trabajadoras de Montevideo, hay una psicóloga y tres dermatólogos, una reminiscencia de los ochenta, cuando se comenzó a detectar el vih por alteraciones en la piel. No hay ginecólogos. Tampoco médicos formados para atender a la población trans, parte importante de quienes ejercen la actividad, y que, aunque con identidad de género femenina, tienen una genitalidad masculina. O médicos que atiendan aspectos tan ligados a la actividad: las trabajadoras se moldean el cuerpo, se implantan prótesis, se inyectan hormonas para mejorar su figura, y en algunos casos los resultados son muy perjudiciales para su salud.



Mucho menos existe -al menos en ámbitos estatales- información certera sobre los motivos que llevan a las personas a ingresar a la actividad, ni en qué condiciones se desarrolla, o sobre los vínculos "laborales" que se tejen por fuera de toda reglamentación entre proxenetas y dueños de establecimientos, acerca de los motivos para permanecer en la prostitución o los caminos para salir. Tampoco sobre las consecuencias de ejercer esa actividad.
"Mi padrastro era presidente del Partido Comunista en Fray Bentos y mi madre era trabajadora sexual, también lo era mi abuela. Yo tuve la suerte de evitar que mi hija lo fuera. Mi padre hizo un cambio grande: se casó con una prostituta y se hizo cargo de ella. Aceptó adoptarme, me crió. La primera forma de amor paterno la viví con él. En mi destino jugó el hecho de que mi padre cayera preso. Si no fuera por eso no sería trabajadora sexual. Teníamos lo mínimo, lo básico, no pasábamos hambre. Pero después de una semana de comer avena con agua y pan rallado, si bien tiene nutrientes. En donde yo vivía en cada esquina había olor a milanesa. Era yo la que saltaba por el muro en busca del vecino -dice recordando sus inicios a los 12 años-. No tuve conciencia de lo que significaba. Me llevó mucho tiempo de terapia para asimilarlo. Lo entendía como supervivencia, no como un abuso. Pero cuando te das cuenta de lo que has vivido te querés matar." Así es la historia de Karina.
Sandra Perroni trabaja hoy en el servicio para víctimas de trata del Mides, pero tiene larga experiencia en el área. Dice que en el inicio de la carrera se vertebran dos ejes: los factores estructurales (provienen de familias pobres en su mayoría, con escaso nivel educativo, por ejemplo), y los factores individuales: la violencia intrafamiliar, el abuso sexual a temprana edad, los antecedentes familiares (madres, abuelas, tías trabajadoras sexuales).
En Casa Abierta, un servicio de la Congregación de Hermanas Oblatas que ofrece asesoramiento jurídico, psicológico y social a las trabajadoras, las impresiones son abrumadoras: en tres años de trabajo "constatamos que un 90 por ciento de las mujeres que vemos han sido víctimas de abuso sexual a temprana edad".

Dobles y triples vidas   
Un aspecto en que los entrevistados coinciden es en expresar su contradicción: es necesario reconocer el trabajo sexual, aun sabiendo que mientras más se legitime como actividad laboral, más invisibilizada quedará su fase de explotación, y junto con ella los rastros del camino duro que la mayoría emprende para sobrevivir a ello. De alguna forma, el recorrido que las trabajadoras sexuales hacen se asemeja al de las víctimas de violencia doméstica: un laberinto lleno de claroscuros que dificultan encontrar una salida, que las hace reconocerse en un espiral de violencia al mismo tiempo que niegan sentirse mal, una profesión que reivindican, a la vez que la ocultan y se la quieren evitar a sus hijos."No es fácil dejar, es como con las adicciones. Hay un proceso de enamoramiento en el trabajo sexual. A los 18 años, en una noche podés hacer 8 mil pesos, y si antes no tenías ni para un pan duro eso se vuelve adictivo", opinó Karina. Además, en el vínculo con el proxeneta, el explotador impune, también hay complejidades: muchas veces es la pareja, o un pariente, o el padre de sus hijos. "Y te quieren, o te hacen sentir que te quieren, que te eligen." En cuanto a ese juego de doble significado, Sandra habla de los regalos, la ropa, por ejemplo, que a su vez son "una inversión, porque vos sos la vitrina del negocio" que deben vender.
Una de las observaciones que hizo Andrea Tuana, desde El Faro, es que cuando una mujer es elegida por un cliente entre todas sus compañeras eso tiene un valor importante para ellas, porque la autoestima también juega. En medio de esas dicotomías, la depresión, los intentos de suicidio y el trastorno de estrés postraumático conviven con las mujeres, sin embargo, es muy raro que se asuman como "explotadas". De alguna manera -comentó Guerra- el discurso legitimador del "trabajo atípico" también las protege de enfrentarse a esa idea. Después de más de 20 años de haber sido víctima de trata en Europa, Sandra reconoce que recién asumió lo que le pasaba cuando regresó al país y la cancillería la derivó al servicio de trata del Mides: "Hasta ese entonces pensaba que había tenido mala suerte, que había tenido una mala madre", confiesa.
Para sobrellevar ese cóctel las mujeres elaboran estrategias. Así como Karina sale de su ciudad a trabajar y se personifica como enfermera delante de sus hijos más pequeños, otras muchas mantienen múltiples identidades en sus ámbitos de trabajo. "En el acto sexual o atendiendo al cliente dicen que están pensando en otra cosa. La disociación opera sistemáticamente entre las personas que se prostituyen. Lo vemos incluso en personas que hace poco empezaron a ejercer. Sistemáticamente lo relatan. Explican que es la manera que tienen de sostener esa situación que para ellas mismas a veces es inexplicable. Y cuando quieren establecer otra relación con otras personas también tienen mucha dificultad para sentir. Son muy renuentes al contacto físico", señaló Olga Sienra, psicóloga de Casa Abierta. Y esto es notorio cuando quieren brindar su agradecimiento al equipo: "Nunca nos abrazan, no les gusta, les cuesta; pero sí nos traen regalos". Las observaciones que plantea luego de tres años de trabajo con las mujeres se corresponden con los resultados de varios estudios internacionales (véase recuadro). "La prostitución no necesita sólo reglamentación, necesita de política social. En este país hoy no hay ninguna política para dirigir a estas personas hacia otra actividad. Estamos reglamentando la prostitución antes de pensar en políticas sociales que protejan al sujeto de mayor vulnerabilidad. Me quedo pensando si no termina beneficiando al patrón, en la medida que la eventual regulación que asimila la prostitución a cualquier otro trabajo termina por legitimar el negocio de la explotación sexual. Ya no hablaremos de proxeneta sino de gerente de trabajo sexual. Es una forma también de legitimar un rol muy cuestionable. Y casos muy notorios quedarían más legitimados socialmente a partir de una norma de este tipo", concluyó por su parte Pablo Guerra."

Descorporalización
La incidencia del trastorno de disociación entre personas que ejercen la prostitución ha sido estudiada en varias investigaciones clínicas internacionales. En el trabajo "Dissociation Among Women in Prostitution", de Colin A Ross, Melissa Farley y Harvey L Swartz (en el libro Prostitution, Trafficking and Traumatic Stress), se resumen los resultados de varios estudios en Canadá, Estados Unidos y Turquía basados en una muestra de personas que ejercen la prostitución o el striptease. En este trabajo diversos diagnósticos de trastornos disociativos revelaban amnesia disociativa (incapacidad de recuperar recuerdos o de crear nuevos recuerdos a largo plazo), personalidad múltiple o trastorno de despersonalización (donde uno de los síntomas es experimentar una desconexión subjetiva respecto al propio cuerpo y el entorno).
En su tesis de doctorado ("La descorporalización en la práctica prostitucional: un obstáculo mayor al acceso a la salud") la doctora francesa Judith Trinquart explica cómo el proceso de disociación de personas que ejercen la prostitución lleva a "una negligencia extrema con respecto al cuerpo" de las mismas. Según Trinquart, esta descorporalización, el hecho de disociar el cuerpo del yo, explica por qué en Francia estas personas no recurren a la atención médica a pesar de que pueden acceder a ella.
Los resultados del estudio más importante que se ha hecho en el mundo sobre la salud psíquica de personas en prostitución muestran que 68 por ciento de ellas presentan síntomas de trastorno de estrés postraumático, un diagnóstico que es común entre veteranos de guerra. Se basó en trabajos llevados a cabo en nueve países con características muy diferentes entre sí (Estados unidos, Colombia, Sudáfrica, Alemania, México, Turquía, Tailandia, Zambia y Canadá) pero donde los resultados no variaban de manera notoria. En Canadá 74 por ciento de las personas presentaban síntomas de estrés postraumático y 84 por ciento habían sido abusadas sexualmente en la infancia; en Colombia 67 por ciento habían sido abusadas sexualmente de niños y 86 por ciento mostraban síntomas de estrés postraumático.

Condiciones de trabajo en la prostitución uruguaya
¿Mujeres de vida fácil?
 Las condiciones de trabajo de la prostitución en Uruguay se publicó en 2006 y es la investigación más importante que se ha hecho sobre el tema en el país. El sociólogo Pablo Guerra basó su estudio en 130 entrevistas sistematizadas con personas que ejercen la prostitución en todo el territorio nacional. La conclusión más importante del estudio es que el ejercicio de la prostitución está asociado al desarrollo de situaciones de "vulnerabilidad social". El estudio destaca una serie de factores importantes que entran en juego para empujar a las personas a ejercer la prostitución. Por ejemplo: . Tener una infancia con severas carencias afectivas y materiales. Casi 70 por ciento de las personas entrevistadas habían tenido una infancia problemática o muy problemática. Casi 14 por ciento de ellas habían sufrido abusos sexuales o físicos cuando niños.. Asunción de roles maternos prematuros sin apoyo.
. Necesidad de recursos económicos inmediatos luego de procesos de separación.
. Presencia de personas que alientan a la prostitución.
. Ausencia de calificaciones y competencias laborales. Más del 65 por ciento de las entrevistadas empezaron a ejercer antes de los 20 años. La encuesta también concluye que "la mayoría de ellas tienen que recurrir o han recurrido al alcohol en el momento de desarrollar su trabajo, o luego". El estudio concluye que, al considerar las historias personales, es difícil hablar de la existencia de una verdadera "opción libre" al debutar en el ejercicio de la prostitución: "Queda claro que la prostitución no es un trabajo como cualquier otro. Queda claro además que detrás de muchos de estos cuerpos ofrecidos en el mercado del sexo existen historias complejas y muy duras".  


Prostitución en Europa. El avance del abolicionismo Herbert Krauleldls Brecha, Montevideo, 11-10-2013
Tras una década de experiencias legislativas muy diversas, los partidarios de una "sociedad sin prostitución" están ganando terreno en Europa. Francia se sumará próximamente a la lista de países abolicionistas, mientras se resquebraja el espacio de las tesis que consideran a la prostitución como un trabajo más.
A los hombres que pagan por sexo en Francia les quedan pocos meses para poder seguir haciéndolo legalmente. El país del Moulin Rouge y el "libertinaje" será el próximo en sumarse al creciente grupo de "neoabolicionistas" europeos, que ya integran Suecia, Noruega e Islandia y tal vez pronto la católica Irlanda, donde se sanciona a los clientes pero no a las prostitutas. Otros, como Alemania y Holanda, donde la prostitución se legalizó, liberalizó o reglamentó, están preocupados por los efectos colaterales de esa reforma, en especial por el auge de la trata de personas y la no mejoría de la situación de quienes se prostituyen.


"La prostitución es una explotación y una violencia contra las mujeres", declaró recientemente la diputada europea francesa Maud Olivier, del bloque por los derechos de las mujeres, al canal de televisión franco-alemán Arte. Olivier se inspira en la interpretación abolicionista de la prostitución que rige en Suecia desde hace ya 14 años, y en vez de adoptar el concepto de "trabajo sexual", hasta ahora dominante en el contexto europeo, considera a la compra-venta de sexo como una violación a los derechos humanos y una violencia hacia las personas que ofrecen su cuerpo. Aunque desde 2011 existe en el parlamento francés un consenso multipartidario sobre la necesidad de responsabilizar a los clientes, la propuesta ha encontrado una gran oposición en los medios y en la propia población. Según una encuesta realizada en febrero de 2013, 52 por ciento de los franceses están en contra del principio de pagar por una relación sexual. Pero sólo 32 por ciento está a favor de sancionar a los clientes, y 68 por ciento se opone a ello. La socialista Olivier tuvo entonces que esforzarse para explicar "pedagógicamente" el sentido de las 40 recomendaciones en las que se basará su futura propuesta de ley, que prevé revertir la responsabilidad de los actores de la prostitución. De aprobarse la reforma, se despenalizaría a las prostitutas callejeras, a las que desde 2003 se les prohíbe llamar la atención de potenciales clientes en la vía pública. A los clientes, en cambio, se les impondrían multas de entre 1.500 y 7.500 euros. Al mismo tiempo la diputada recomienda 25 medidas de carácter social para ayudar a las personas que se prostituyen, francesas o extranjeras, a mejorar su situación y abandonar la profesión. Los abolicionistas argumentan que la relación entre el cliente y la prostituta es una expresión de dominación masculina (los casos de clientes mujeres son casi inexistentes) en la que el hombre ejerce su poder sobre la persona a quien le paga, imponiéndole una relación sexual "no deseada". "La abolición no es una cuestión de moralidad", respondió la diputada Olivier a los críticos que denunciaban una reforma "liberticida": "se trata de libertad sexual y de defensa de los derechos humanos (.). Que no me vengan a decir que al pagar por una relación sexual el placer es compartido". Por otro lado, señala el carácter violento y riesgoso del trabajo sexual: las violencias, los insultos, las agresiones, las violaciones.
En dos años el parlamento produjo dos informes sobre la prostitución en Francia basados en el conocimiento de ong que acompañan a personas que se prostituyen y en varios otros estudios sobre el "pésimo" estado de salud mental y física de las personas que lo hacen. Asociaciones de víctimas de violencia doméstica y sexual, otras que acompañan a prostitutas y grupos feministas respaldaron esos informes.
El movimiento abolicionista francés sostiene que la "libre elección" de prostituirse muy poco tiene en realidad de libre. En el informe de Olivier se estima que sólo 2 por ciento de las prostitutas trabajan "libremente", y que la gran mayoría son extranjeras. No existen estadísticas exactas y oficiales sobre la prostitución, pero según estimaciones basadas en datos de ong, 90 por ciento de quienes la ejercen son personas extranjeras. Esto es patente tanto en la calle como en las páginas de escort de Internet. El proxenetismo también se ha internacionalizado. Según la policía nacional francesa, en 2010 64 por ciento de los casos aclarados por la justicia implicaban a extranjeros, tres veces más que treinta años atrás.
Internacionalización   En Francia, como en el resto de Europa occidental, la trata de personas con fines de explotación sexual aumentó después de la disolución de la Unión Soviética y la apertura de las fronteras dentro de la Unión Europea. La preocupación por combatirla impulsó la idea de que la trata se puede reducir conteniendo la demanda (los clientes). Detrás de esa idea están las experiencias legislativas en Suecia, donde en 1999 la compra de sexo se transformó en delito. En paralelo a esta sanción penal, se ofrece a las personas que se prostituyen asistencia médica, psicológica y social. Desde entonces la prostitución callejera ha disminuido a la mitad y la policía sueca sostiene que la "ley de compra sexual" se ha transformado en la herramienta más importante para combatir la trata de personas con fines de explotación sexual. "Los clientes nos dirigen hacia las víctimas", explica a Brecha Kajsa Wahlberg, inspectora de la policía sueca especializada en cuestiones de trata de personas. Según ella, es bastante común que los agentes policiales se encuentren con un proxeneta cuando ingresan a un apartamento para multar a un cliente. Zanna Tvilling, de la policía de Estocolmo, lo describe así: "Detenemos a un cliente y nos regalan un proxeneta".
Según Kajsa Wahlberg, las leyes que prohíben el proxenetismo y la compra de sexo han convertido a Suecia en un país donde el comercio sexual no es tan lucrativo como en otros de Europa en los cuales los prostíbulos son legales. "Se lo hemos oído decir a los traficantes mismos en escuchas telefónicas", relata la inspectora a Brecha. Para operar, los traficantes y proxenetas tienen que mudarse de un apartamento a otro cada dos semanas, lo cual les impide establecerse y crecer. "En Suecia no existen grandes prostíbulos clandestinos. No tienen dónde meter a las mujeres y no logran mantener más que a dos o tres a la vez."
En 1996, tres años antes de que la ley entrara en vigor, 67 por ciento de la opinión pública se oponía a la sanción de los clientes. En 2011, 67 por ciento estaba a favor. "En Suecia la discusión sobre la ley ya terminó hace tiempo. Hace 14 años que la aplicamos y nos ha servido para combatir la trata de personas", explica Kajsa Wahlberg con un poco de fastidio.
Efectos colaterales   Al mismo tiempo que Suecia eligió el camino de la abolición, Alemania optó por la legalización total. La intención del Partido Socialdemócrata y los ecologistas que votaron la ley "ProstG" en 2001 era mejorar las condiciones de trabajo de las prostitutas y asegurarles una jubilación, acceso al sistema de salud, al seguro de paro y poder afiliarse a un sindicato. La ley transformó a la prostitución en un trabajo cualquiera y el emplear prostitutas en una actividad económica "normal". Durante 12 años, en Alemania no se habló más del tema. Hasta que en junio pasado la televisión emitió el documental Sex. Made in Germany, que causó consternación. "No nos podíamos imaginar lo gigantesca que es la industria del sexo en Alemania", cuenta a Brecha Sonia Kennebeck, una de las directoras del filme. Para el décimo aniversario de la ProstG, Kennbeck y su colega Tina Soliman decidieron estudiar las consecuencias de la liberalización. Tras dos años de investigación llegaron a la conclusión de que Alemania se ha convertido en el prostíbulo más grande de Europa, donde los precios han bajado, los proxenetas van vestidos de traje y el Estado se enriquece cobrando millones de euros por concepto de impuestos. "Es una industria multimillonaria, y los dueños de los prostíbulos nos decían ante cámaras que gracias a la ley a ellos les estaba yendo estupendo", confía Kennebeck. El documental generó un revuelo considerable. Los alemanes descubrieron que hoy su país es uno de los destinos más populares en el mundo para los turistas sexuales y que es posible pagar por todo tipo de servicios. Hay sitios web especializados en "remates sexuales" de todo tipo, a veces por sólo un euro: sexo con vírgenes, sexo con mujeres embarazadas. Prostíbulos gigantescos abren las 24 horas, otros proponen un servicio de "tenedor libre" a partir de 49 euros. Uno de ellos era el Pussy Club, de Stuttgart, que ofrecía al cliente "sexo con todas las mujeres durante todo el tiempo que quiera, con la frecuencia que quiera y de la manera que quiera. Sexo anal. Sexo oral sin preservativo. Ménage à trois. Sexo en grupo. Gang bang". Sorana, una de las mujeres que trabajaba en ese prostíbulo, cuenta en el documental cómo tenía que servir a más de cuarenta clientes por día. "A veces sólo podía dormir dos o tres horas por noche. Me presionaban mucho. Era muy difícil. No nos dejaban decirle no a ningún cliente. No lo puedo expresar en palabras. Era horrible." El prostíbulo donde trabajaba Sorana cerró, pero por razones sanitarias, cuenta el documental. Hoy Sorana ha vuelto al barrio pobre de Bucarest donde se crió. En Rumania había trabajado de prostituta. No la raptaron, como les sucede a muchas de sus colegas, sino que se fue a Alemania pensando que ahí los hombres la tratarían mejor: "Pero en Alemania, donde todo es legal, nos trataban como basura", dice.
La liberalización de la prostitución ha creado una industria y una demanda creciente de una variedad de "carne fresca" de parte de los clientes. La oferta de nuevas mujeres la aseguran los traficantes. Al mismo tiempo que se emitió el documental de Kennebeck y Soliman, el semanario Der Spiegel publicó una serie de artículos sobre el modelo alemán titulado "Cómo la legalización de la prostitución ha fracasado". Señala que sólo 1 por ciento de las prostitutas tienen un contrato de trabajo, que entre el 65 y el 80 por ciento de las mujeres son extranjeras y que muchas vienen de los países de Europa oriental y son víctimas de trata. Pero según el semanario alemán, los juicios por trata con fines de explotación sexual han disminuido en casi un tercio desde que se liberalizó la prostitución: la policía no tiene herramientas para combatir el tráfico, pues al ser legal la prostitución se ha vuelto más difícil demostrar que las mujeres no trabajan voluntariamente.
Para juzgar a un proxeneta ahora el fiscal tiene que probar que la persona que lucra con la prostitución de otra lo hace explotándola, lo que se dificulta en un país donde las prostitutas, a pesar de las expectativas de los legisladores en ese sentido, nunca se han sindicalizado. La documentalista Sonia Kennebeck confrontó con políticos que votaron la institucionalización de la prostitución y que, según dijo a Brecha, no estaban enterados de que la ley había ayudado más a los proxenetas que a proteger a las prostitutas. En el programa de tevé Panorama la parlamentaria socialdemócrata Anni Brandt-Elsweier le respondió: "Si es así, entonces siento mucho que la ley en la práctica no haya tenido los efectos que esperábamos. Queríamos actuar bien". Pasados cinco años de la liberalización, el gobierno efectuó una evaluación de la ley ProstG según la cual las metas perseguidas "sólo se habían alcanzado parcialmente" y no se notaba "ninguna mejora medible de la protección social de las prostitutas" ni pruebas de que la ley hubiera reducido la criminalidad, apunta Der Spiegel. "La legalización de la prostitución estaba pensada para fortalecer a las prostitutas, pero generó lo contrario. Las mujeres son un material que se usa más eficientemente. Más allá de su valor de mercado, no valen nada", concluyen Sonia Kennebeck y Tina Soliman en su documental. Al liberalizar la prostitución, el Estado puso en marcha un proceso de institucionalización a nivel económico y político que produjo grandes ingresos privados y en cierta medida también públicos (a través de los impuestos). Pero asimismo normalizó la idea de que la prostitución debe ser tratada como un trabajo y un negocio cualquiera.



La vitrina holandesa  
En Ámsterdam la prostitución está normalizada en las vidrieras en que se exponen las mujeres. Familias, turistas, parejas, caminan a su lado como si nada ocurriera. Cuando pasa un hombre las mujeres golpean la ventana o abren una puertita en la vidriera invitándolo a entrar.
Aquí el prostituirse es considerado una libertad que merece ser defendida. En Holanda no se habla de prostitutas sino de trabajadores sexuales. Aunque, como en Alemania, la prostitución es vista como un trabajo normal, la ley holandesa tiene sus diferencias con la germana. Cuando en el año 2000 se legalizaron los prostíbulos, la prostitución no se liberalizó del todo. Aquí las prostitutas/os son emprendedores independientes y los prostíbulos deben contar con una licencia para poder operar. Pero detrás de las vidrieras de la zona roja de Ámsterdam se esconde una realidad que a la sociedad holandesa le ha empezado a preocupar. "El alquiler de la cabina sale 200 euros por día. Es muy caro, ni siquiera tiene baño privado", explica a Brecha Perdiep Ramesar, periodista del diario holandés Trouw y coautor del libro Slaven in de polder ("Los esclavos en Holanda") sobre la trata de personas en los Países Bajos. "Sólo para costear ese alquiler una prostituta precisa cuatro clientes. El sexo en cabina sale entre 50 y 60 euros." Para pagar un cuarto donde dormir, comida y transporte, se necesitan a su vez 20 clientes diarios: "¿Se imagina usted dejarse penetrar por veinte desconocidos por día? No es necesario ser víctima de la trata para vivir en estas condiciones tan difíciles". Durante los tres años que Perdiep Ramesar y su colega Martjin Roessingh recorrieron prostíbulos y sex shops había noches en que no podían dormir por las situaciones horribles de las que fueron testigos. "Holanda es el nexo de la trata de personas en Europa (.). Ellas no saben ni dónde viven. Las transportan en auto desde la casa al prostíbulo. Tienen que pagarles sus deudas a los traficantes, ganan menos de lo que ganarían en Bulgaria o en Rumania", dicen. Según Perdiep Ramesar, se estima que entre 30 y 70 por ciento de las personas que se prostituyen en los Países Bajos son víctimas de la trata. "Pero es muy difícil probarlo ante las autoridades. Hay muchas mujeres que se encuentran en los centros de detención de inmigrantes y que están esperando ser deportadas", precisamente porque no pudieron demostrarlo.
Ramesar se cruzó con muchas latinoamericanas, incluidas uruguayas. Algunas de ellas llegan a Holanda por su cuenta, como una de las brasileñas que encontró: "En el cuarto de al lado se prostituía su madre. Lo hacían porque necesitaban dinero. No ganan lo suficiente en su país". Pasaron varios años hasta que se comenzó a comprender que la reglamentación no había permitido solucionar los problemas de las redes mafiosas de trata y proxenetismo. Ramesar y Roessingh estuvieron entre los primeros periodistas en sacar a luz estos fenómenos. Pero desde largo tiempo atrás existían señales de que las cosas iban mal. En 2007, siete años después de la legalización de los prostíbulos y la institucionalización del trabajo sexual, el Ministerio de Justicia publicó una evaluación que constataba que "no ha habido ninguna mejora significativa" en la protección de las prostitutas, y que su salud física y mental había empeorado. Un síntoma: el aumento del uso de tranquilizantes entre ellas. Al año siguiente la policía holandesa publicó el informe "Manteniendo las apariencias", donde se calculaba que entre 50 y 90 por ciento de las mujeres que trabajaban en los prostíbulos legales lo hacían involuntariamente. Otro informe gubernamental, de 2010, constató que sólo 17 por ciento de los anuncios de oferta sexual en los diarios provenían de prostíbulos legales sobre los cuales el gobierno tiene algún tipo de control. Desde febrero pasado el parlamento holandés está discutiendo modificaciones a la ley para frenar la trata de personas. Cumplidos 13 años de experiencia legalizadora, todos los partidos políticos están de acuerdo en que la trata de personas para la explotación sexual es un gran problema nacional. Sin embargo, todavía no se ha logrado ninguna gran reforma. Una mayoría apoya el aumento de la edad mínima para prostituirse (de 18 a 21 años) y exigir que los prostíbulos controlen la identidad de las prostitutas. "Pero hubo una medida muy importante que no se adoptó", explica Perdiep Ramesar: "castigar a los clientes que acuden a prostitutas víctimas de la trata de personas".   Para llevar a cabo esta medida se requeriría la introducción de un registro nacional de prostitutas, para saber cuáles no están en situación legal. Pero en Holanda la privacidad es considerada un valor de mayor importancia. La socióloga Evelien Tonkens no entiende cómo estas medidas cambiarían en algo la situación. En 2011 publicó una columna en el diario progresista de Ámsterdam Volkskrant, donde denunciaba el fracaso de la legalización en los Países Bajos. La falta de determinación del parlamento se explica, según Tonkens, por una especificidad de la cultura política nacional: "Los holandeses están obsesionados con la libertad individual y no toman en cuenta otras cosas". Tonkens, que entre 2002 y 2005 fue diputada de la izquierda ecologista, explica que esta obsesión fue una de las razones por las cuales decidió irse de su partido. El "trabajo sexual" se entiende como la expresión de la libertad individual: "una ley que retoma esta idea sería muy difícil de cambiar", estima la catedrática de la Universidad de Ámsterdam. Al mismo tiempo faltan actores políticos que propongan una vía abolicionista. Mientras sean sólo los demócratas cristianos del partido udi quienes la planteen, el modelo sueco seguirá siendo connotado como "puritano". Aunque las voces que lo afirman siguen estando en minoría, el trabajo sexual en los Países Bajos no parece asemejarse a un trabajo normal. De los cientos de mujeres, hombres y menores que Perdiep Ramesar vio prostituirse, "la mayoría no estaban contentos con lo que hacían". "Es un trabajo muy duro y no es sano", remarcó a Brech.   

 Brecha, 11-10-2013

http://2014.kaosenlared.net/secciones/71039-uruguay-legislar-sin-cond%C3%B3n-de-fiolo-a-gerente-de-servicios-sexuales






sábado, 23 de junio de 2018

El origen del patriarcado: Gerda Lerner


El origen del patriarcado: Gerda Lerner
Por Redacción / Sin Embargo
SinEmbargo
febrero 17, 2018


Gerda Lerner, 1913-2013 (Página de Gerda Lerner)



El patriarcado es una creación histórica elaborada por hombres y mujeres en un proceso que tardó casi 2.500 años en completarse. La primera forma del patriarcado apareció en el estado arcaico. La unidad básica de su organización era la familia patriarcal, que expresaba y generaba constantemente sus normas y valores. Hemos visto de qué manera tan profunda influyeron las definiciones del género en la formación del estado. Ahora demos un breve repaso de la forma en que se creó, definió e implantó el género.

Ciudad de México, 17 de febrero (SinEmbargo/Culturamas).- Las funciones y la conducta que se consideraba que eran las apropiadas a cada sexo venían expresadas en los valores, las costumbres, las leyes y los papeles sociales. También se hallaban representadas, y esto es muy importante, en las principales metáforas que entraron a formar parte de la construcción cultural y el sistema explicativo.

La sexualidad de las mujeres, es decir, sus capacidades y servicios sexuales y reproductivos, se convirtió en una mercancía antes incluso de la creación de la civilización occidental. El desarrollo de la agricultura durante el periodo neolítico impulsó el “intercambio de mujeres” entre tribus, no sólo como una manera de evitar guerras incesantes mediante la consolidación de alianzas matrimoniales, sino también porque las sociedades con mas mujeres podían reproducir más niños. A diferencia de las necesidades económicas en las sociedades cazadoras y recolectoras, los agricultores podían emplear mano de obra infantil para incrementar la producción y estimular excedentes. El colectivo masculino tenía unos derechos sobre las mujeres que el colectivo femenino no tenía sobre los hombres. Las mismas mujeres se convirtieron en un recurso que los hombres adquirían igual que se adueñaban de las tierras. Las mujeres eran intercambiadas o compradas en matrimonio en provecho de su familia; más tarde se las conquistaría o compraría como esclavas, con lo que las prestaciones sexuales entrarían a formar parte de su trabajo y sus hijos serían propiedad de sus amos. En cualquier sociedad conocida los primeros esclavos fueron las mujeres de grupos conquistados, mientras que a los varones se les mataba. Sólo después que los hombres hubieran aprendido a esclavizar a las mujeres de grupos catalogados como extraños supieron cómo reducir a la esclavitud a los hombres de esos grupos y, posteriormente, a los subordinados de su propia sociedad.



Un libro imprescindible. Foto: Especial

De esta manera la esclavitud de las mujeres, que combina racismo y sexismo a la vez, precedió a la formación y a la opresión de clases. Las diferencias de clase estaban en sus comienzos expresadas y constituidas en función de las relaciones patriarcales. La clase no es una construcción aparte del género, sino que más bien la clase se expresa en términos de género.

Hacia el segundo milenio a.C. en las sociedades mesopotámicas las hijas de los pobres eran vendidas en matrimonio o para prostituirlas a fin de aumentar las posibilidades económicas de su familia. Las hijas de hombres acaudalados podían exigir un precio de la novia, que era pagado a su familia por la del novio, y que frecuentemente permitía a la familia de ella concertar matrimonios financieramente ventajosos a los hijos varones, lo que mejoraba la posición económica de la familia. Si un marido o un padre no podían devolver una deuda, podían dejar en fianza a su esposa e hijos que se convertían en esclavos por deudas del acreedor. Estas condiciones estaban tan firmemente establecidas hacia 1750 a.C. que la legislación hammurábica realizó una mejora decisiva en la suerte de losesclavos por deudas al limitar su prestación de servicios a tres años, mientras que hasta entonces había sido de por vida.

Los hombres se apropiaban del producto de ese valor de cambio dado a las mujeres: el precio de la novia, el precio de venta y los niños. Puede perfectamente ser la primera acumulación de propiedad privada. La reducción a la esclavitud de las mujeres de tribus conquistadas no sólo se convirtió en un símbolo de estatus para los nobles y los guerreros, sino que realmente permitía a los conquistadores adquirir riquezas tangibles gracias a la venta o el comercio del producto del trabajo de las esclavas y su producto reproductivo: niños en esclavitud.



La esclavitud de las mujeres, que combina racismo y sexismo a la vez, precedió a la formación y a la opresión de clase. Foto: Shutterstock


Claude Lévi-Strauss, a quien debemos el concepto de “el intercambio de mujeres”, habla de la cosificación de las mujeres que se produjo a consecuencia de lo primero. Pero lo que se cosifica y lo que se convierte en una mercancía no son las mujeres. Lo que se trata así es su sexualidad y su capacidad reproductiva. La distinción es importante. Las mujeres nunca se convirtieron en “cosas” ni se las veía de esa manera.

Las mujeres, y no importa cuán explotadas o cuánto se haya abusado de ellas, conservaban su poder de actuación y de elección en el mismo grado, aunque más limitado, que los hombres de su grupo. Pero ellas, desde siempre y hasta nuestros días, tuvieron menos libertad que los hombres. Puesto que su sexualidad, uno de los aspectos de su cuerpo, estaba controlada por otros, las mujeres, además de estar en desventaja física, eran reprimidas psicológicamente de una manera muy especial. Para ellas, al igual que para los hombres de grupos subordinados y oprimidos, la historia consistió en la lucha por la emancipación y en la liberación de la situación de necesidad. Pero las mujeres lucharon contra otras formas de opresión y dominación distintas que las de los hombres, y su lucha, hasta la actualidad, ha quedado por detrás de ellos.

El primer papel social de las mujeres definido según el género fue ser las que eran intercambiadas en transacciones matrimoniales. El papel genérico anverso para los hombres fue el de ser los que hacían el intercambio o que definían sus términos. Otro papel femenino definido según el género fue el de esposa “suplente”, que se creó e institucionalizó para las mujeres de la élite. Este papel les confería un poder y unos privilegios considerables pero dependía de que estuvieran unidas a hombres de la élite como mínimo, en que cuando les prestaran servicios sexuales y reproductivos lo hicieran de forma satisfactoria. Si una mujer no cumplía esto que se pedía de ella, era rápidamente sustituida, por lo que perdía todos sus privilegios y posición.

El papel de guerrero, definido según el género, hizo que los hombres lograran tener poder sobre los hombres y las mujeres de las tribus conquistadas. Estas conquistas motivadas por las guerras generalmente ocurrían con gentes que se distinguían de los vencedores por la raza, por la etnia o simplemente diferencias de tribu. En un principio, la “diferencia” como señal de distinción entre los conquistados y los conquistadores estaba basada en la primera diferencia clara observable, la existente entre sexos. Los hombres habían aprendido a vindicar y ejercer el poder sobre personas algo distintas a ellos con el intercambio primero de mujeres. Al hacerlo obtuvieron los conocimientos necesarios para elevar cualquier clase de “diferencia” a criterio de dominación.

Desde sus inicios en la esclavitud, la dominación de clases adoptó formas distintas en los hombres y las mujeres esclavizados: los hombres eran explotados principalmente como trabajadores; las mujeres fueron siempre explotadas como trabajadoras, como prestadoras de servicios sexuales y como reproductoras. Los testimonios históricos de cualquier sociedad esclavista nos aportan pruebas de esta generalización. Se puede observar la explotación sexual de las mujeres de clase inferior por hombres de la clase alta en la antigüedad, durante el feudalismo, en las familias burguesas de los siglos XIX y XX en Europa y en las complejas relaciones de sexo/raza entre las mujeres de los países colonizados y los colonizadores: es universal y penetra hasta lo más hondo. La explotación sexual es la verdadera marca de la explotación de clase en las mujeres.





La explotación sexual es la verdadera marca de la explotación de clase en las mujeres. Foto: Shutterstock 

En cualquier momento de la historia cada “clase” ha estado compuesta por otras dos clases distintas: los hombres y las mujeres. La posición de clase de las mujeres se consolida y tiene una realidad a través de sus relaciones sexuales. Siempre estuvo expresada por grados de falta de libertad en una escala que va desde la esclava, con cuyos servicios sexuales y reproductivos se comercia del mismo modo que con su persona; a la concubina esclava, cuya prestación sexual podía suponerle subir de estatus o el de sus hijos; y finalmente la esposa “libre”, cuyos servicios sexuales y reproductivos a un hombre de la clase superior la ‘autorizaba’ a tener propiedades y derechos legales. Aunque cada uno de estos grupos tenga obligaciones y privilegios muy diferente en lo que respecta a la propiedad, la ley y los recursos económicos, comparten la falta de libertad que supone estar sexual y reproductivamente controladas por hombres.

Podemos expresar mejor la complejidad de los diferentes niveles de dependencia y libertad femeninos si comparamos a cada mujer con su hermano y pensamos en como difieren las vidas y oportunidades de una y otro.

Entre los hombres, la clase estaba y está basada en su relación con los medios de producción: aquellos que poseían los medios de producción podían dominar a quienes no los poseían. Los propietarios de los medios de producción adquirían también la mercancía de cambio de los servicios sexuales femeninos, tanto de mujeres de su misma clase como de las de clases subordinadas. En la antigua Mesopotamia, en la antigüedad clásica y en las sociedades esclavistas, los hombres dominantes adquirían también, en concepto de propiedad, el producto de las capacidades reproductivas de las mujeres subordinadas: niños, que harían trabajar, con los que comerciarían, a los que casarían o venderían como esclavos, según viniera al caso. Respecto a las mujeres, la clase está mediatizada por sus lazos sexuales con un hombre. A través de un hombre las mujeres podían acceder o se les negaba el acceso a los medios de producción y los recursos. A través de su conducta sexual se produce su pertenencia a una clase. Las mujeres “respetables” pueden acceder a una clase gracias a sus padres y maridos, pero romper con las normas sexuales puede hacer que pierdan de repente la categoría social. La definición por género de “desviación” sexual distingue a una mujer como “no respetable”, lo que de hecho la asigna al estatus más bajo posible. Las mujeres que no prestan servicios heterosexuales (como las solteras, las monjas o las lesbianas) están vinculadas a un hombre dominante de su familia de origen y a través de él pueden acceder a los recursos. O, de lo contrario, pierden su categoría social. En algunos períodos históricos, los conventos y otros enclaves para solteras crearon un cierto espacio de refugio en el cual esas mujeres podían actuar y conservar su respetabilidad. Pero la amplia mayoría de las mujeres solteras están, por definición, al margen y dependen de la protección de sus parientes varones. Es cierto en toda la historia hasta la mitad del siglo XX en el mundo occidental, y hoy día todavía lo es en muchos de los países subdesarrollados. El grupo de mujeres independientes y que se mantienen a sí mismas que existe en cada sociedad es muy pequeño y, por lo general, muy vulnerable a los desastres económicos.



El grupo de mujeres independientes y que se mantienen a sí mismas que existe en cada sociedad es muy pequeño y, por lo general, muy vulnerable a los desastres económicos. Foto: Shutterstock


La opresión y la explotación económicas están tan basadas en dar un valor de mercancía a la sexualidad femenina y en la apropiación por parte de los hombres de la mano de obra de la mujer y su poder reproductivo, como en la adquisición directa de recursos y personas.

El estado arcaico del antiguo Próximo Oriente surgió en el segundo milenio a.C. de las dos raíces hermanas del dominio sexual de los hombres sobre las mujeres y de la explotación de unos hombres por otros. Desde su comienzo el estado arcaico estuvo organizado de tal manera que la dependencia del cabeza de familia del rey o de la burocracia estatal se veía compensada por la dominación que ejercía sobre su familia. Los cabezas de familia distribuían los recursos de la sociedad entre su familia de la misma manera que el estado les repartía a ellos los recursos de la sociedad. El control de los cabeza de familia sobre sus parientes femeninas y sus hijos menores era tan vital para la existencia del estado como el control del rey sobre sus soldados. Ello esta reflejado en las diversas recopilaciones jurídicas mesopotámicas, especialmente en el gran numero de leyes dedicadas a la regulación de la sexualidad femenina.

Desde el segundo milenio a.C. en adelante el control de la conducta sexual de los ciudadanos ha sido una de las grandes medidas de control social en cualquier sociedad estatal. A la inversa, dentro de la familia la dominación sexual recrea constantemente la jerarquía de clases. Independientemente de cual sea el sistema político o económico, el tipo de personalidad que puede funcionar en un sistema jerárquico está creado y nutrido en el seno de la familia patriarcal.

La familia patriarcal ha sido extraordinariamente flexible y ha variado según la época y los lugares. El patriarcado oriental incluía la poligamia y la reclusión de las mujeres en harenes. El patriarcado en la antigüedad clásica y en su evolución europea esta basado en la monogamia, pero en cualquiera de sus formas formaba parte del sistema el doble estándar sexual que iba en detrimento de la mujer. En los modernos estados industriales, como por ejemplo los Estados Unidos, las relaciones de propiedad en el interior de la familia se desarrollan dentro de una línea mas igualitaria que en aquellos donde el padre posee una autoridad absoluta y, sin embargo, las relaciones de poder económicas y sexuales dentro de la familia no cambian necesariamente. En algunos casos, las relaciones sexuales son mas igualitarias aunque las económicas sigan siendo patriarcales; en otros, se produce la tendencia inversa. En todos ellos, no obstante, estos cambios dentro de la familia no alteran el predominio masculino sobre la esfera pública, las instituciones y el gobierno.

La familia es el mero reflejo del orden imperante en el estado y educa a sus hijos para que lo sigan, con lo que crea y refuerza constantemente ese orden. Hay que señalar que cuando hablamos de las mejoras relativas en el estatus femenino dentro de una sociedad determinada, frecuentemente ello tan sólo significa que presenciamos unas mejoras de grado, ya que su situación les ofrece la oportunidad de ejercer cierta influencia sobre el sistema patriarcal. En aquellos lugares en que las mujeres cuentan relativamente con un mayor poder económico, pueden tener algún control más sobre sus vidas que en aquellas sociedades donde no lo tienen. Asimismo, la existencia de grupos femeninos, asociaciones o redes económicas sirve para incrementar la capacidad de las mujeres para contrarrestar los dictámenes de su sistema patriarcal concreto. Algunos antropólogos e historiadores han llamado “libertad” femenina a esta relativa mejora. Dicha denominación es ilusoria e injustificada. Las reformas y los cambios legales, aunque mejoren la condición de las mujeres y sean parte fundamental de su proceso de emancipación, no van cambiar de raíz el patriarcado. Hay que integrar estas reformas dentro de una vasta revolución cultural a in de transformar el patriarcado y abolirlo.

El sistema patriarcal solo puede funcionar gracias a la cooperación de las mujeres. Esta cooperación le viene avalada de varias maneras: la inculcación de los géneros; la privación de la enseñanza; la prohibición a las mujeres a que conozcan su propia historia; la división entre ellas al definir la “respetabilidad” y la “desviación” a partir de sus actividades sexuales; mediante la represión y la coerción total; por medio de la discriminación en el acceso a los recursos económicos y el poder político; y al recompensar con privilegios de clase a las mujeres que se conforman.



La familia es el mero reflejo del orden imperante en el estado y educa a sus hijos para que lo sigan. Foto: Shutterstock


Durante casi cuatro mil años las mujeres han desarrollado sus vidas y han actuado a la sombra del patriarcado, concretamente de una forma de patriarcado que podría definirse mejor como dominación paternalista. El término describe la relación entre un grupo dominante, al que se considera superior, y un grupo subordinado, al que se considera inferior, en la que la dominación queda mitigada por las obligaciones mutuas y los deberes recíprocos. El dominado cambia sumisión por protección, trabajo no remunerado manutención. En la familia patriarcal, las responsabilidades y las obligaciones no están distribuidas por un igual entre aquellos a quienes se protege: la subordinación de los hijos varones a la dominación paterna es temporal; dura hasta que ellos mismos pasan a ser cabezas de familia. La subordinación de las hijas y de la esposa es para toda la vida. Las hijas únicamente podrán escapar a ella si se convierten en esposas bajo el dominio/la protección de otro hombre. La base del paternalismo es un contrato de intercambio no consignado por escrito: soporte económico y protección que da el varón a cambio de la subordinación en cualquier aspecto, los servicios sexuales y el trabajo doméstico no remunerado de la mujer. Con frecuencia la relación continúa, de hecho y por derecho, incluso cuando la parte masculina ha incumplido sus obligaciones.

Fue una elección racional por parte de las mujeres, en las condiciones de inexistencia de un poder público y de dependencia económica, el escoger protectores fuertes para si y sus hijos. Las mujeres siempre compartieron los privilegios clasistas de los hombres de la misma clase mientras se encontraran bajo la protección de alguno. Para aquellas que no pertenecían a la clase baja, el “acuerdo mutuo” funcionaba del siguiente modo: a cambio de vuestra subordinación sexual, económica, política e intelectual a los hombres, podréis compartir el poder con los de vuestra clase para explotar a los hombres y las mujeres de clase inferior. Dentro de una sociedad de clases es difícil que las personas que poseen cierto poder, por muy limitado y restringido que este sea, se vean a si mismas privadas de algo y subordinadas. Los privilegios clasistas y raciales sirven para minar la capacidad de las mujeres para sentirse parte de un colectivo con una coherencia, algo que en verdad no son, pues de entre todos los grupos oprimidos únicamente las mujeres están presentes en todos los estratos de la sociedad. La formación de una conciencia femenina colectiva debe desarrollarse por otras vías. Esta es la razón por la cual las formulaciones teóricas que han sido de ayuda a otros grupos oprimidos sean tan inadecuadas para explicar y conceptuar la subordinación de las mujeres.

Las mujeres han participado durante milenios en el proceso de su propia subordinación porque se las ha moldeado psicológicamente para que interioricen la idea de su propia inferioridad. La ignorancia de su misma historia de luchas y logros ha sido una de las principales formas de mantenerlas subordinadas. La estrecha conexión de las mujeres con las estructuras familiares hizo que cualquier intento de solidaridad femenina y cohesión de grupo resultara extremadamente problemático. Toda mujer estaba vinculada a los parientes masculinos de su familia de origen a través de unos lazos que conllevaban unas obligaciones específicas. Su adoctrinamiento, desde la primera infancia en adelante, subrayaba sus obligaciones no sólo de hacer una contribución económica a sus parientes y allegados, sino también de aceptar un compañero para casarse acorde con los intereses familiares. Otra manera de explicarlo es decir que el control sexual de la mujer estaba ligado a la protección paternalista y que, en las diferentes etapas de su vida, ella cambiaba de protectores masculinos sin superar nunca la etapa infantil de estar subordinada y protegida.

Las condiciones reales de su estatus de subordinación impulsaron a otras clases y a otros grupos oprimidos a crear una conciencia colectiva. El esclavo y la esclava podían trazar claramente una línea entre los intereses y los lazos con su familia y los ligámenes de servidumbre/protección que le vinculaban a su amo. En realidad, la protección de los padres esclavos de su familia frente al amo fue una de las causas más importantes de la resistencia esclavista. Por otro lado, las mujeres “libres” aprendieron pronto que sus parientes las expulsarían si alguna vez se rebelaban contra su dominio.

En las sociedades campesinas tradicionales se han registrado muchos casos en los que miembros femeninos de una familia toleraban o incluso participan en el castigo, las torturas, inclusive la muerte, de una joven que ha transgredido el “honor” familiar. En tiempos bíblicos, la comunidad entera se reunía para lapidar a la adúltera hasta matarla. Prácticas similares prevalecieron en Sicilia, Grecia, Albania hasta entrado el siglo XX. Los padres y maridos de Bangladesh expulsaron a sus hijas y esposas que habían sido violadas por los soldados invasores, arrojándolas a la prostitución. Así pues, a menudo las mujeres se vieron forzadas a huir de un “protector” por otro, y su “libertad” frecuentemente se definía sólo por su habilidad para manipular a dichos protectores. El impedimento más importante al desarrollo de una conciencia colectiva entre las mujeres fue la carencia de una tradición que reafirmase su independencia y su autonomía en alguna época pasada. Por lo que nosotras sabemos, nunca ha existido una mujer o un grupo de mujeres que hayan vivido sin la protección masculina.

Nunca ha habido un grupo de personas como ellas que hubiera hecho algo importante por sí mismas. Las mujeres no tenían historia, eso se les dijo y eso creyeron. Por tanto, en última instancia, la hegemonía masculina dentro del sistema de símbolos fue lo que situó de forma decisiva a las mujeres en una posición desventajosa.

La hegemonía masculina en el sistema de símbolos adoptó dos formas: la privación de educación a las mujeres y el monopolio masculino de las definiciones. Lo primero sucedió de forma inadvertida, más como una consecuencia de la dominación de clases y de la llegada al poder de las élites militares. Durante toda la historia han existido siempre vías de escape para las mujeres de las clases elitistas, cuyo acceso a la educación fue uno de los principales aspectos de sus privilegios de clase. Pero el dominio masculino de las definiciones ha sido deliberado y generalizado, y la existencia de unas mujeres muy instruidas y creativas apenas ha dejado huella después de cuatro mil años.

Hemos presenciado cómo los hombres se apropiaron y luego transformaron los principales símbolos de poder femeninos: el poder de la diosa-madre y el de las diosas de la fertilidad. Hemos visto que los hombres elaboraban teologías basadas en la metáfora irreal del poder de procreación masculino y que redefinieron la existencia femenina de una forma estricta y de dependencia sexual. Por último, hemos visto cómo las metáforas del género han representado al varón como la norma y a la mujer como la desviación; el varón como un ser completo y con poderes, la mujer como ser inacabado, mutilado y sin autonomía. Conforme a estas construcciones simbólicas, fijadas en la filosofía griega, las teologías judeocristianas y la tradición jurídica sobre las que se levanta la civilización occidental, los hombres han explicado el mundo con sus propios términos y han definido cuales eran las cuestiones de importancia para convertirse así en el centro del discurso.

Al hacer que el término “hombre” incluya el de “mujer” y de este modo se arrogue la representación de la humanidad, los hombres han dado origen en su pensamiento a un error conceptual de vastas proporciones. Al tomar la mitad por el todo, no sólo han perdido la esencia de lo que estaban describiendo, sino que lo han distorsionado de tal manera que no pueden verlo con corrección. Mientras los hombres creyeron que la tierra era plana no pudieron entender su realidad, su función y la verdadera relación con los otros cuerpos celestes. Mientras los hombres crean que sus experiencias, su punto de vista y sus ideas representan toda la experiencia y todo el pensamiento humanos, no sólo serán incapaces de definir correctamente lo abstracto, sino que no podrán ver la realidad tal y como es.



En las sociedades campesinas tradicionales se han registrado muchos casos en los que miembros femeninos de una familia toleraban o incluso participan en el castigo, las torturas, inclusive la muerte, de una joven que ha transgredido el “honor” familiar. Foto: Shutterstock


La falacia androcéntrica, elaborada en todas las construcciones mentales de la civilización occidental, no puede ser rectificada “añadiendo” simplemente a las mujeres. Para corregirla es necesaria una reestructuración radical del pensamiento y el análisis, que de una vez por todas acepte el hecho de que la humanidad esta formada hombres y mujeres a partes iguales, y que las experiencias, los pensamientos y las ideas de ambos sexos han de estar representados en cada una de las generalizaciones que se haga sobre los seres humanos.

El desarrollo histórico ha creado hoy por primera vez las condiciones necesarias gracias a las cuales grandes grupos de mujeres, finalmente todas ellas, podrán emanciparse de la subordinación. Puesto que el pensamiento femenino ha estado aprisionado dentro de un marco patriarcal estrecho y erróneo, un prerrequisito necesario para cambiar es transformar la conciencia que las mujeres tenemos de nosotras mismas y de nuestro pensamiento.

Hemos iniciado este libro con una discusión de la importancia que tiene la historia en la concienciación y el bienestar psíquico humanos. La historia da sentido a la vida humana y conecta cada existencia con la inmortalidad; pero la historia tiene todavía otra función. Al conservar el pasado colectivo y reinterpretarlo para el presente, los seres humanos definen su potencial y exploran los limites de sus posibilidades.

Aprendemos del pasado no sólo lo que la gente que vivió antes que nosotros hizo, pensó y tuvo la intención de hacer, sino que también en qué se equivocaron y en qué fallaron. Desde los días de las listas de monarcas babilonios en adelante, el registro del pasado ha sido escrito e interpretado por hombres y se ha centrado principalmente en los actos, las acciones e intenciones de los varones. Con la aparición de la escritura, el conocimiento humano empezó a avanzar a grandes saltos y a un ritmo más rápido que antes. A pesar de que, como hemos observado, las mujeres habían participado en el mantenimiento de la tradición oral y las funciones religiosas y rituales durante el periodo preliterario hasta casi un milenio después, la privación de educación y su arrinconamiento de los símbolos tuvieron un profundo efecto en su futuro desarrollo.

La brecha existente entre la experiencia de aquellos que podían o podrían (en el caso de los hombres de clase inferior) participar en la creación del sistema de símbolos y aquellas que meramente actuaban pero que no interpretaban se fue haciendo cada vez más grande.

En su brillante obra El segundo sexo, Simone de Beauvoir se centraba en el producto histórico final de este desarrollo. Describía al hombre como un ser autónomo y trascendente, a la mujer como inmanente. Cuando explicaba “por que las mujeres carecen de medios concretos para organizarse y formar una unidad” en defensa de sus intereses, declaraba con llaneza: “Ellas [las mujeres] no tienen pasado, ni historia, ni religión que puedan llamar suyos”. Beauvoir tiene razón cuando observa que las mujeres no han “trascendido”, si por trascendencia se entiende la definición e interpretación del saber humano. Pero se equivoca al pensar que por tanto la mujer no ha tenido una historia. Dos décadas de estudios sobre Historia de las mujeres han rebatido esta falacia al sacar a la luz una interminable lista de fuentes y desenterrar e interpretar la historia oculta de las mujeres. Este proceso de crear una historia de las mujeres está todavía en marcha y tendrá que continuar así durante mucho tiempo. Sólo ahora empezamos a comprender lo que implica.

El mito de que las mujeres quedan al margen de la creación histórica y de la civilización ha influido profundamente en la psicología femenina y masculina. Ha hecho que los hombres se formaran una opinión parcial y completamente errónea de cual es su lugar dentro de la sociedad humana y el universo. A las mujeres, como se evidencia en el caso de Simone de Beauvoir, que seguramente es una de las más instruidas de su generación, les parecía que durante milenios la historia solo había ofrecido lecciones negativas y ningún precedente de un acto importante, una heroicidad o un ejemplo liberador. Lo más difícil de todo era la aparente ausencia de una tradición que reafirmara la independencia y la autonomía femeninas. Era como si nunca hubiera existido una mujer o grupo de mujeres que hubieran vivido sin la protección masculina. Es significativo que todos los ejemplos de lo contrario fueran expresados a través de mitos y fábulas: las amazonas, las asesinas de dragones, mujeres con poderes mágicos. Pero en la vida real las mujeres no tenían historia: eso se les dijo y así lo creyeron. Y como no tenían historia, no tenían alternativas para el futuro. En cierto sentido, se puede describir la lucha de clases como una lucha por el control de los sistemas simbólicos de una sociedad concreta.

El grupo oprimido, que comparte y participa en los principales símbolos controlados por los dominadores, desarrolla también sus propios símbolos. En la época de un cambio revolucionario esto se convierte en una fuerza importante para la creación de alternativas. Otra forma de decirlo es que sólo se pueden generar ideas revolucionarias cuando los oprimidos poseen una alternativa al sistema de símbolos y significados de aquellos que les dominan. De este modo, los esclavos que vivían en un medio controlado por los amos y que físicamente estaban sujetos a su total control, pudieron conservar su humanidad y a veces fijar límites al poder de un amo gracias a la posibilidad de asirse a su propia “cultura”.

Dicha cultura la formaban los recuerdos colectivos, cuidadosamente mantenidos con vida, de una etapa previa de libertad y de alternativas a los ritos, símbolos y creencias de sus amos. Lo que resulta decisivo para el individuo era la posibilidad de que el o ella decidieran identificarse con un estado distinto al de esclavitud o subordinación. De esta manera, todos los varones, tanto si eran esclavos como si estaban económica o racialmente oprimidos, todavía podían identificarse con aquellos -otros varones- que mostraban cualidades trascendentes, aunque pertenecieran al sistema simbólico del amo. No importa cuanto se les hubiera degradado, todo esclavo campesino eran iguales al amo en su relación con Dios. No era así en el caso de las mujeres. Todo lo contrario; en la civilización occidental y hasta la Reforma protestante, ninguna mujer, y no importan su posición elevada ni sus privilegios, podía sentir que reforzaba y confirmaba su humanidad imaginándose a personas como ella -otras mujeres- en puestos con autoridad intelectual en relación directa con Dios.

Allí donde no existe un precedente no se pueden concebir alternativas a las condiciones existentes. Es esta característica de la hegemonía masculina lo, que ha resultado más perjudicial a las mujeres y ha asegurado su estatus de subordinación durante milenios. La negación a las mujeres de su propia historia ha reforzado que aceptasen la ideología del patriarcado y ha minado el sentimiento de autoestima de cada mujer. La versión masculina de la historia, legitimada en concepto de “verdad universal”, las ha presentado al margen de la civilización y como víctimas del proceso histórico. Verse presentada de esta manera y creérselo es casi peor que ser del todo olvidada. La imagen es completamente falsa por ambas partes, como ahora sabemos, pero el paso de las mujeres por la historia ha estado marcado por su lucha en contra de esta distorsión mutiladora.



Simone de Beauvoir se equivoca al pensar que por tanto la mujer no ha tenido una historia. Foto: Especial


Por otra parte, durante más de 2.500 años, las mujeres se han encontrado en una situación de desventaja educativa y se las ha privado de las condiciones para crear un pensamiento abstracto. Obviamente, esto no depende del sexo; la capacidad de pensar es inherente a la humanidad: puede alimentársela o desanimarla, pero no se la puede reprimir. Esto es cierto, sin duda alguna, en lo que respecta al pensamiento que genera la vida diaria y relacionado con ella, el

nivel de pensamiento en el que la mayoría de hombres y mujeres se mueven toda la vida. Pero la generación de un pensamiento abstracto y de nuevos modelos conceptuales -la formación de teorías- es otra cuestión.

Esta actividad depende de que el pensador haya sido educado en lo mejor de las tradiciones existentes y de que le acepten un grupo de personas instruidas que, con sus críticas y el intercambio de ideas, le darán un “espaldarazo cultural”. Depende de disponer de tiempo para uno. Por último, depende de que el pensador en cuestión sea capaz de absorber esos conocimientos y dar luego el salto creativo a un nuevo orden de ideas. Las mujeres, históricamente, no se han podido valer de ninguno de estos prerrequisitos necesarios. La discriminación en la enseñanza les ha impedido acceder a todos estos conocimientos; el “espaldarazo cultural”, institucionalizado en las cotas más altas de los sistemas religioso y académico, no estaba a su alcance. De manera universal, las mujeres de cualquier clase han dispuesto siempre de menos tiempo libre que los hombres y, debido a que tienen que criar a sus hijos además de sus funciones de atender a la familia, el tiempo libre que tenían por lo general no era para ellas. El tiempo que necesitan los pensadores para sus trabajos y sus horas de estudio ha sido respetado como algo privado desde los inicios de la filosofía griega. Igual que los esclavos de Aristóteles, las mujeres, “que con sus cuerpos atienden a las necesidades vitales”, han sufrido durante más de 2.500 años las desventajas de un tiempo fraccionado, constantemente interrumpido. Por último, el tipo de formación del carácter que hace que una mente sea capaz de dar nuevas conexiones y modelar un nuevo orden de abstracciones ha sido exactamente el contrario al que se exigía de las mujeres, educadas para aceptar su posición subordinada y destinadas a prestar servicios dentro de la sociedad.

No obstante, siempre ha existido una pequeña minoría de mujeres privilegiadas, por lo general pertenecientes a la élite dirigente, que han tenido acceso al mismo tipo de educación que sus hermanos. De entre sus filas han salido las intelectuales, las pensadoras, las escritoras, las artistas. Son ellas quienes en toda la historia nos han podido dar una perspectiva femenina, una alternativa al pensamiento androcéntrico. Han pagado un precio muy alto por ello y lo han hecho con enormes dificultades. Estas mujeres, que fueron admitidas en el centro de la actividad intelectual de su época y en especial de los últimos cien años, han tenido antes que aprender “a pensar como hombres”. Durante el proceso, muchas de ellas asumieron tanto esa enseñanza que perdieron la capacidad de concebir alternativas. La manera para pensar en abstracto es definir con exactitud, crear modelos mentales y generalizar a partir de ellos. Ese pensamiento, nos han enseñado los hombres, ha de partir de la eliminación de los sentimientos. Las mujeres, igual que los pobres, los subordinados, los marginados, tienen un profundo conocimiento de la ambigüedad, de sentimientos mezclados con ideas, de juicios de valor que colorean las abstracciones. Las mujeres han experimentado desde siempre la realidad del individuo y la comunidad, la han conocido y la han compartido. Sin embargo, al vivir en un mundo en el que no se las valora, su experiencia arrostra el estigma de carecer de importancia. Por consiguiente, han aprendido a dudar de sus experiencias y a devaluarlas. ¿Qué sabiduría hay en la menstruación? ¿Qué fuente de saber en unos pechos llenos de leche? ¿Qué alimento para la abstracción en la rutina de cocinar y limpiar? El pensamiento patriarcal ha relegado estas experiencias definidas por el género al reino de lo “natural”, de lo intrascendente.

El conocimiento femenino es mera intuición, la conversación entre mujeres, “cotilleo”. Las mujeres se ocupan de lo perpetuamente concreto: experimentan la realidad día a día, hora a hora, en sus funciones de servicios a otros (preparando la comida y quitando la suciedad); en su tiempo continuamente interrumpido; en su atención dividida. ¿Puede alguien generalizar cuando lo concreto le está tirando de la manga? Él es quien fabrica símbolos y explica el mundo y ella quien cuida de las necesidades físicas y vitales de él y sus hijos: el abismo que media entre ambos es enorme.

Históricamente, las pensadoras han tenido que escoger entre vivir una existencia de mujer, con sus alegrías, cotidianeidad e inmediatez, y vivir una existencia de hombre para así poder dedicarse a pensar. Durante generaciones esta elección ha sido cruel y muy costosa. Otras han optado deliberadamente por una existencia fuera del sistema sexo-género, viviendo solas o con otras mujeres. Muchos de los avances más importantes dentro del pensamiento femenino nos los dieron esas mujeres cuya lucha personal por un modo de vida alternativo les sirvió de inspiración para sus ideas. Pero esas mujeres, durante la mayor parte de la época histórica, se han visto obligadas a vivir al margen de la sociedad; se las consideraba “desviaciones” y por ello se hacia difícil generalizar a partir de sus experiencias y lograr influencia y aprobación. ¿Por qué no ha habido mujeres creadoras de sistemas? Porque no se puede pensar en lo universal cuando ya se está excluida de lo genérico.

Nunca se ha reconocido el costo social de la exclusión femenina de la empresa de crear el pensamiento abstracto. Podemos empezar a calcular lo que ha supuesto a las pensadoras si damos el nombre exacto a lo que se nos ha hecho y describimos, no importa lo doloroso que resulte, cómo hemos participado en dicha empresa. Hace tiempo que sabemos que la violación ha sido una forma de aterrorizarnos y mantenernos sujetas. Ahora sabemos también que hemos participado, aunque fuera inconscientemente, en la violación de nuestras mentes.

Las mujeres creativas, las escritoras y las artistas, han luchado asimismo contra una realidad distorsionada. Un canon literario que se defina a partir de la Biblia, los clásicos griegos y Milton, ocultará necesariamente la importancia y el significado de los trabajos literarios femeninos, del mismo modo que los historiadores hicieron desaparecer las actividades de las mujeres. El esfuerzo por resucitar este significado y revalorar la obra literaria y la poesía feministas nos han adentrado en la lectura de una literatura femenina que muestra una visión del mundo oculta, deliberadamente tendenciosa y sin embargo intensa. Gracias a las reinterpretaciones que han realizado las críticas literarias feministas estamos descubriendo entre las escritoras de los siglos XVIII y XIX un lenguaje femenino repleto de metáforas, símbolos y mitos. Los temas son a menudo profundamente subversivos ante la tradición masculina. Presentan críticas interpretación bíblica de la caída de Adán; un rechazo a la dicotomía diosa/bruja; una proyección o miedo ante la división de la personalidad. El aspecto intenso de la creatividad masculina queda simbolizado en las heroínas dotadas con poderes mágicos de bondad o en mujeres fuertes a las que se destierra en sótanos o a vivir como “la loca del ático”.

Otras autoras escriben metáforas en las que se concede un alto valor al diminuto espacio doméstico, convirtiéndolo en un símbolo del mundo. Durante siglos encontramos en las obras literarias femeninas una búsqueda patética, casi desesperada, de una Historia de las mujeres mucho antes de que existieran esos estudios. Las escritoras decimonónicas leían con avidez los trabajos de las novelistas del siglo XVIII; releían una y otra vez las “vidas” de reinas, abadesas, poetisas, mujeres instruidas. Las primeras “compiladoras” indagaban en la Biblia y en todas las fuentes históricas a las que tenían acceso para crear tomos voluminosos repletos de heroínas femeninas.

Las voces literarias femeninas, que el sistema masculino dominante marginó y trivializó con éxito, sobrevivieron a pesar de todo. Las voces de mujeres anónimas estaban presentes, como una corriente sólida, en la tradición oral, las canciones populares y las canciones infantiles, en los cuentos que hablan de brujas poderosas y hadas buenas. A través del punto, el bordado y el tejido de colchas la creatividad artística femenina expresó una visión alternativa en las cartas, diarios, oraciones y canciones latía y pervivía la fuerza de la creatividad femenina para generar símbolos. Todo este trabajo será el tema de nuestra investigación en el próximo volumen.

Cómo se las arreglaron las mujeres para sobrevivir bajo la hegemonía cultural masculina; qué efecto e influencia tuvieron sobre el sistema de símbolos patriarcal; cómo y en qué condiciones lograron crear una visión alternativa, feminista, del mundo. Estas son las cuestiones que examinaremos para seguir los derroteros del surgimiento de la conciencia feminista como un fenómeno histórico.

Las mujeres y los hombres han ingresado en el proceso histórico en ocasiones diferentes y han pasado por el a un ritmo distinto. Si el registro, la definición y la interpretación del pasado señalan la entrada del hombre en la historia, ello ocurrió en el tercer milenio a.C. En el caso de las mujeres (y sólo de algunas) sucedió, salvo notables excepciones, en el siglo XIX. Hasta entonces toda la Historia era para las mujeres prehistoria.

La falta de conocimientos que tenemos de nuestra propia historia de luchas y logros ha sido una de las principales maneras de mantenernos subordinadas. Pero incluso a aquellas de nosotras que nos consideramos pensadoras feministas y que estamos inmersas en el proceso de criticar las ideas tradicionales, nos refrenan todavía los impedimentos cuya existencia no admitimos y que están en el fondo de nuestra psique. La nueva mujer afronta el reto de su definición de individuo.



La nueva mujer afronta el reto de su definición de individuo. Foto: Shutterstock


¿Cómo puede su osado pensamiento -que da un nombre a lo que hasta hace poco era innombrable, que pregunta cuestiones que todas las autoridades catalogan de “inexistentes”-, cómo puede ese pensamiento coexistir con su vida como mujer? Cuando sale de las construcciones patriarcales afronta, como señaló Mary Daly, la “nada existencial”. Y, de un modo más inmediato, ella teme la amenaza de una pérdida de comunicación, de la aprobación y del amor del hombre (o los hombres) de su vida. La renuncia al amor y catalogar de “pervertidas” a las pensadoras han sido, históricamente, los medios de desalentar el trabajo intelectual de las mujeres.

En el pasado y en el presente muchas mujeres nuevas han recurrido a otras como objeto de su amor y reforzadoras de la personalidad. Las feministas heterosexuales de cualquier época han sacado fuerzas de su amistad con mujeres, de su celibato voluntario o de la separación entre amor y sexo. Ningún pensador varón se ha visto amenazado en su persona y en su vida amorosa como precio a sus ideas. No deberíamos subestimar la importancia de este aspecto del control del género como una fuerza que impide a las mujeres participar de pleno en el proceso de creación de sistemas de pensamiento. Afortunadamente para esta generación de mujeres instruidas, la liberación ha supuesto la ruptura con ese dominio emocional y el refuerzo consciente de nuestras personalidades gracias al apoyo de otras mujeres.

Tampoco es este el fin de nuestras dificultades. Acorde con nuestros condicionamientos de género históricos, las mujeres han aspirado a agradar y han evitado por todos los medios la desaprobación. No es la preparación idónea para dar ese salto a lo desconocido que se exige a quienes elaboran sistemas nuevos. Por otra parte, cualquier mujer nueva ha sido educada dentro del pensamiento patriarcal.

Todas tenemos al menos un gran hombre en nuestra cabeza. La falta de conocimientos del pasado de las mujeres nos ha privado de heroínas femeninas, una situación que sólo recientemente ha empezado a corregirse con el desarrollo de la Historia de las mujeres. Por tanto, y durante largo tiempo, las pensadoras han renovado sistemas ideológicos creados por los hombres, entablando dialogo con las grandes mentes masculinas que ocupan sus cabezas. Elizabeth Cady Stanton lo hizo con la Biblia, los padres de la Iglesia; los fundadores de la república norteamericana; Kate Millet debatió con Freud, Norman Mailer y el mundo literario liberal; Simone De Beauvoir, con Sartre, Marx y Camus; todas las feministas marxistas dialogan con Marx y Engels y algo también con Freud. En este diálogo la mujer simplemente procura aceptar cualquier cosa que le sea útil del gran sistema del varón. Pero en estos sistemas la mujer -como concepto, entidad colectiva, individuo- esta marginada o se la incluye en ellos.

Al aceptar este diálogo, las pensadoras permanecen más tiempo del debido en los territorios o el planteamiento de cuestiones definidas por los “grandes hombres”. Y durante todo el tiempo en que lo hacen se secan las fuentes de nuevas ideas. El pensamiento revolucionario ha estado siempre basado en conceder un valor más alto a la experiencia de los oprimidos. El campesino tuvo que aprender a creerse la importancia de su experiencia laboral antes de que pudiera atreverse a desafiar a los señores feudales. El obrero industrial ha tenido que llegar a una “conciencia de clase” y los negros a una “conciencia racial” antes que la liberación pudiera concretarse en una teoría revolucionaria. Los oprimidos han creado y aprendido al mismo tiempo: el proceso de llegar a ser una persona o un grupo recién concienciado es en sí liberador. Lo mismo con las mujeres.

El cambio de conciencia que hemos de hacer nosotras se produce en dos pasos: hemos de poner en el centro, al menos por un tiempo, a las mujeres. Hemos de aparcar, en la medida de lo posible, el pensamiento patriarcal. Centrarse en las mujeres significa: al preguntar si las mujeres están en el centro de este argumento, ¿cómo lo definiríamos? Significa ignorar cualquier testimonio de marginación femenina porque, incluso cuando parece que las mujeres se hallan al margen, es consecuencia de la intervención del patriarcado; y por lo general también eso es mera apariencia. La asunción básica debería ser que es inconcebible que haya ocurrido algo en el mundo sin que las mujeres no estuvieran implicadas, a menos que por medio de la coerción o de la represión se les hubiera impedido expresamente participar.

Cuando se usen los métodos y los conceptos de los sistemas de pensamiento tradicionales, habrá que hacerlo desde el punto de vista de la centralidad de las mujeres. No se las puede colocar en los espacios vacíos del pensamiento y los sistemas patriarcales: al situarse en el centro transforman el sistema. Aparcar el sistema patriarcal significa: mostrarse escépticas ante cualquier sistema de pensamiento conocido; ser críticas ante cualquier supuesto, valor de orden y definición.

Verificar una aseveración fiándonos de nuestra propia experiencia femenina. Puesto que habitualmente se ha trivializado o hecho caso omiso de esa experiencia, significa superar la inculcada resistencia que hay en nosotras a aceptar nuestra valía y la validez de nuestros conocimientos. Significa desembarazarse del gran hombre que hay en nuestra cabeza y sustituirle por nosotras mismas, por nuestras hermanas, por nuestras anónimas antepasadas. Mostrarse críticas ante nuestro propio pensamiento que, después de todo, es un pensamiento formado dentro de la tradición patriarcal. Por último, significa buscar el coraje intelectual, el coraje para estar solas, el coraje para ir más allá de nuestra comprensión; el coraje para arriesgarse a fracasar. Puede que el mayor desafío para las pensadoras sea el de pasar del deseo de seguridad y aprobación a la cualidad “menos femenina” de todas: la arrogancia intelectual, el supremo orgullo que da derecho a reordenar el mundo. El orgullo de los creadores de Dios, el orgullo de los que levantaron el sistema masculino.

El sistema del patriarcado es una costumbre histórica; tuvo un comienzo y tendrá un final. Parece que su época ya toca fin; ya no es útil ni a hombres, ni a mujeres y con su vínculo inseparable con el militarismo, la jerarquía y el racismo, amenaza la existencia de vida sobre la tierra.

Qué es lo que le seguirá, qué tipo de estructura será la base a formas alternativas de organización social, todavía no lo podemos saber. Vivimos en una época de cambios sin precedentes. Estamos en el proceso de llegar a ser. Pero ahora al menos sabemos que la mente de la mujer, al fin libre de trabas después de tantos milenios, participará en dar una visión, un orden, soluciones. Las mujeres por fin están exigiendo, como lo hicieran los hombres en el Renacimiento, el derecho a explicar, el derecho a definir.

Las mujeres, cuando piensan fuera del patriarcado, añaden ideas que transforman el proceso de redefinición. Mientras que tanto hombres como mujeres consideren “natural” la subordinación de la mitad de la raza humana a la otra mitad, será imposible visionar una sociedad en la que las diferencias no connoten dominación o subordinación. La crítica feminista del edificio de conocimientos patriarcales está sentando las bases para un análisis correcto de la realidad, en el que al menos pueda distinguirse entre el todo y la parte.

La Historia de la mujeres, la herramienta imprescindible para crear una conciencia feminista entre las mujeres, está proporcionando el corpus de experiencias con el cual pueda verificarse una nueva teoría, y la base sobre la que se puede apoyar la visión femenina. Una visión feminista del mundo permitirá que mujeres y hombres liberen sus mentes del pensamiento patriarcal y finalmente construyan un mundo libre de dominaciones y jerarquías, un mundo que sea verdaderamente humano.

Fuente:
http://www.sinembargo.mx/17-02-2018/3385080

Nota: las imágenes y negritas son del original