domingo, 9 de marzo de 2014

Las mujeres en situación de prostitución. Magdalena Gonzalez


Las mujeres en situación de prostitución (1)
Lic. Magdalena González
publicacionmg@yahoo.com.ar

Este artículo fue publicado en la Revista feminista BRUJAS N° 31, publicada por ATEM “25 de noviembre”


Magdalena González

Mientras cursaba la escuela secundaria visité por primera vez, junto con una profesora y un grupo de compañeras, el hospicio de mujeres de Lomas de Zamora. En un momento dado, me entretuve hablando con algunas de las internas y, cuando quise volver a reunirme con mi grupo, ellas me señalaron un atajo. Así me encontré atravesando lo que después supe era el pabellón de mujeres que habían estado en situación de prostitución. Me llamó la atención la gran cantidad de mujeres que había en ese pabellón. Cuando le pregunté al Director por qué esa cantidad me contestó “Son muchas por las cosas que les hicieron y les hicieron hacer”.

En ese momento fui testigo del costo de esa forma de vida. Lo innegable era la destrucción que para estas mujeres había significado. También me pareció innegable su padecimiento. Fue a partir de tal circunstancia que se me impuso un interrogante: ¿Qué acontecimientos pudieron producir un daño tan profundo como extenso?

SEXUALIDAD-VIOLENCIA-DOMINACIÓN

Es sabido que en nuestra cultura hay una ideología instalada que valora como emblemas de la masculinidad atribuciones de coraje, decisión, iniciativa y poder sobre el otro/a. Por este motivo, los sentimientos y representaciones de temor, incertidumbre, humillación, sensibilidad, ternura que puedan tener los varones, son reprimidos e inhibidos o les producen vergüenza si llegan a hacérseles concientes. Al ser inhibidas, estas representaciones y los afectos ligados a ellas, son mostradas como dificultad de expresión, como modalidades de carácter y blasones de virilidad. De cualquier modo, estos sentimientos se transforman frecuentemente en violencia, una de cuyas formas más comunes de descarga es la violencia doméstica. En este ámbito, las relaciones sexuales terminan siendo el lugar oculto donde se realizan actuaciones de mandatos sociales y familiares. Estas creencias concientes o inconcientes relacionan la frecuente actividad sexual con la valoración de una supuesta virilidad y por lo tanto son una reafirmación de potencia.

Este equívoco es facilitado y sostenido por el prejuicio de una necesidad perentoria de la actividad sexual masculina. Se trata en realidad de la descarga de ansiedad no reconocida como tal y podemos afirmar que mientras se sostenga esta estructura, el varón quedará impedido de contactar con sus propios sentimientos y sus representaciones inconcientes, no conocidos por él y, por lo tanto, no elaborados.

Junto a la valoración de esa supuesta virilidad, en el trabajo con los analizandos encontré que se da por descontado que sus mujeres están en función de “satisfacer esa necesidad” y deseosas de hacerlo, independientemente del deseo sexual de ellas, como expresión conciente o inconciente del dominio que ejercen los varones.

Esta necesidad sexual masculina a la que se le atribuye el carácter de apremiante, inaplazable, es, en el imaginario social, uno de los motivos que justifica el prostituir a las mujeres

Lo mismo ocurre con los sentimientos de violencia. La violencia padecida por el varón, cuando se la inflige otra persona a él, o él mismo se encuentra ante diversas circunstancias de impotencia, puede derivar también hacia el sexo violento por esa vía de descarga ya instalada. Por parte de la mujer, en no pocos casos, existe una falta de apropiación de su cuerpo y de su sexualidad. Estas dos condiciones, generadas desde la cultura, formadoras de la intimidad del psiquismo de las personas, permiten la apropiación indebida por parte del hombre. Dicha apropiación se incrementa por la fantasía inconciente masculina que da como supuesto un goce femenino en el sufrimiento y por la fantasía del amor como equivalente de la sumisión

Esta falta de apropiación, esta apropiación sesgada de la mujer de su cuerpo y de su sexualidad, impide un buen proceso de autonomía como persona dando lugar a un Yo frágil e indefenso, con el permanente temor a la pérdida del afecto del otro. Asimismo, la enajenación de su sexualidad la ubica en una situación de vergüenza: Ya tradicionalmente no era bien vista como mujer si no respondía a los requerimientos de su marido, siendo estigmatizada como frígida, insatisfecha y en última instancia histérica. En un paso más, se instala fácilmente aquí la idea de la prostitución en una pareja, cuando, avalando estos supuestos, un hombre le dice a su mujer “Si no encuentro satisfacción en mi casa la voy a buscar afuera”.

Este tipo de subjetividad inducida en las mujeres por el patrón cultural, produce el sometimiento: la mujer accede al requerimiento del marido sin participar del deseo ni de la posibilidad de disfrutar de la relación sexual; finge agrado cuando en realidad estas relaciones sexuales son vividas como actos coercitivos. No debemos olvidar que la patología de la sexualidad en nuestra cultura, al estar jugada sobre el eje del dominio, hace que el victimario, violento desde la misma apropiación, vaya empobreciéndose como persona y transformándose, en parte, en dispositivo destructivo de ambos. Mediante una continua manipulación de los sentimientos de la mujer la lleva al convencimiento de que ya no podrá modificar su situación.

En muchas familias la violencia se expande aún más, apareciendo grados que implican cualitativamente efectos de mayor denigración y peligrosidad lo que se exacerba cuando se agregan el alcoholismo y la drogadicción. Como es sabido, uno de estos grados es el maltrato corporal donde las mujeres y los hijos sufren restricciones, amenazas, extorsiones y golpes. Escalando en la violencia se llega a la violación, al abuso sexual infantil intrafamiliar y al grado mayor que es el asesinato de las mujeres o los chicos a manos de sus maridos o padres. En este crescendo de situaciones que producen humillación, vergüenza y muerte, las víctimas tienden a creerse cómplices de la violencia para tolerar psicológicamente semejante inermidad. Por lo tanto, es claro el daño que producen estos hechos traumáticos tanto en la sana evolución del narcisismo como en los sentimientos de esperanza y en la confianza en las propias realizaciones. Esto se produce debido a la disociación y a la falta de simbolización, procesos de los que hablaremos más adelante en este artículo.

En las investigaciones realizadas, encontré que en la gran mayoría de los casos, las mujeres en prostitución provenían de familias donde se vivían situaciones de violencia. Transcribo acá textualmente uno de ellos:

Lily: “Mis padres son testigos de Jehová, fueron siempre muy reprimidos, cuando éramos chicas a mí y a mi hermana nos castigaban siempre corporalmente. Hice la primaria, en 4to año de bachiller me bautizaron en la religión de ellos en un estadio de football lleno de gente.
Luego comienzo a estudiar el profesorado de comunicación de los sordomudos porque mis padres querían que hiciera eso, a los 8 meses me rebelé, no estudié más y les planteé que quería ser una chica como las demás, con un jean, los ojos un poco pintados, nada del otro mundo. Comenzaron las discusiones todos los días y mis viejos siempre metiendo a Dios en el medio. Mi viejo me echó, me hice un bolso y cuando entré a la pieza de mi vieja le dije: “no te olvides que soy tu hija” y me contestó que me dejaba en manos de Dios.
Viví un mes en un auto abandonado por Flores, hasta que me rajaron los vecinos, entonces una noche en la estación de Once, una prosti de madrugada se sienta al lado mío y me da una factura (hasta ese momento me alimentaba de la basura de las hamburgueserías y pizzerías de Lavalle). Empecé a hablar con ella, me llevó al hotel donde estaba, ahí me hizo bañar, me dio de comer y dormí en una cama. A la semana yiraba en la calle con ella. Me levantó la cana, estuve en el departamento de policía una semana y mis viejos ni aparecieron, cuando por fin salí, me fui a laburar a un sauna”

Como se ve, Lily ha vivido diferentes tipos de violencia por parte de sus padres: violencia corporal; el acoso del control en vez de la protección; la imposición para estudiar algo que no entraba en sus proyectos, aunque como metáfora aludiera a la falta de comunicación en la familia. Y cuando plantea a sus padres su anhelo de ser una chica como las demás, ellos consuman uno de los actos más temidos para cualquier joven: la expulsan del hogar donde ella había sentido la única protección, ya que no tenía vínculos afectivos importantes fuera de su casa por la actitud excluyente de sus progenitores.

El mundo externo había sido mostrado por sus padres como sumamente peligroso y no había sido preparada para subsistir fuera de su casa. La sociedad repite la misma violencia cuando no le permite permanecer en el único lugar que había conseguido y no la provee de algo mejor. La mujer en prostitución que la ampara le ofrece lo que ella tiene, su casa, su comida y su práctica. Esta fue la “posibilidad de elección” de Lily.


La prostituta en la taberna.Camila Campillay Zazzali

EL RECLUTAMIENTO

En todos los casos estudiados, ellas realizaron sus “elecciones” ya desde la niñez, condicionadas por situaciones externas e internas. En este sentido, es decisivo el enlace que realizan con el mundo de la prostitución los reclutadores, personajes clave del ámbito del proxenetismo, ya que la enorme mayoría de las mujeres que llegaron a la situación de prostitución son inducidas, cuando no obligadas, por ellos. Y en el último tramo de esta pesadilla, el tristemente célebre trafico desatado con la globalización, a través de la promesa engañosa de un trabajo anhelado en un país más desarrollado, donde les quitan los documentos y permanecen en cautiverio.

En otros casos el que inicia a la joven- se trata de niñas o jóvenes menores de edad- es el propio padre o la madre. En América Latina hay un dicho atroz por parte de algunos hombres: “Donde hay hembras no hay hambre”. Obviamente se las hace cargo, desde tempranísima edad, de la enajenación total de su persona para conseguir el sustento de sus padres y de sus hermanos varones con ese uso explotador y tiránico.

Otro tipo de reclutador se hace el novio y, entre seducción y presión, les pide que “atienda algún amigo”, o las conecta con un prostíbulo. También puede reclutarla una mujer en prostitución al encontrarla desprotegida: me estoy refiriendo a las especialistas en captar mujeres para el sistema de la prostitución. En el caso de Lily no se trata de una reclutadora por motivos de beneficio personal, aunque de todos modos se produce el ingreso al sistema.

Se agrega otro tipo de reclutador que medra en el ámbito de las Discos o lugares donde se toman copas, y le sugiere a la joven seleccionada que hay un tipo interesado en ella deseoso de invitarla a salir. Es común que estas jóvenes reciban regalos importantes, participen de fiestas, etc., sintiéndose muy halagadas por sus clientes, a los que ellas no reconocen como tales. Sin que lo sepan, también se les sacan fotos manteniendo prácticas sexuales. Cuando toman conciencia de esta situación y quieren retirarse, estas fotos serán usadas como extorsión para ser mostradas a sus familias. Algunas de estas jóvenes mantendrán esta doble vida bajo terror. Otras encontrarán el suicidio como única salida.

De la misma manera que las víctimas de otros tipos de violencia, las mujeres en situación de prostitución, como ya dijimos, también tienden a creerse cómplices de la violencia para tolerar psicológicamente semejante inermidad. Confunden su situación de víctima con “no haber valido nada” ya desde antes de que las ingresaran a esa situación o antes del abuso sexual, y justifican esas vejaciones infiriendo equivocadamente que la violencia y el abuso son consecuencia de lo poco que valen. Por un lado, esto se debe a la desvalorización que se les ha venido transmitiendo desde la infancia y, por el otro les permite tener de sí una imagen menos desvalida suponiendo que han tenido alguna responsabilidad en lo sucedido.

A su vez, el proxeneta ejerce una acción de objetivación, es decir que realiza una negación de la persona, por medio de la cual no se le reconoce la posibilidad de pensamiento, decisión ni sentimiento atribuyéndose él, omnipotentemente, el poder de disponer de la mujer según su conveniencia, a su arbitrio, justificando de esa manera cualquier acción contra ella. Esta objetivación es una de las acciones más destructivas contra estas mujeres ya que les niega su condición humana. Tanto el cliente como el proxeneta, en muchos casos dan por supuesto que la disponibilidad de la mujer es absoluta y su poder sobre ellas también. Resulta claro que semejante exigencia por parte del prostituyente lleva a la servidumbre sexual y a la esclavitud por lo tanto, en la práctica queda claro que ellas en ningún caso están prestando un servicio, ya que el cliente también participa de esta objetivación.

En cuanto al aspecto económico, este es un determinante clave en la apropiación que los proxenetas realizan sobre la persona de las mujeres pues, si estas mujeres se liberasen, ellos perderían su “mercadería”; por eso, el intento de salida de ellas puede llegar a estar penado hasta con la muerte. Frecuentemente estos casos de asesinatos no son resueltos por la justicia, porque debemos recordar que además, el proxenetismo está avalado por los organismos de poder.

El IMAGINARIO SOCIAL

Queda claro, que la prostitución es abuso. La mujer nunca la elige libremente sino que llega a ella, a veces, para no morir de inanición, otras, porque se la convenció de que es para “lo único que sirve”, o bajo amenaza, o por manipulación del proxeneta, o por secuestro, o por mandato inconciente. Por ejemplo, una de las madres de estas mujeres le dice a su hija “acá hace falta plata, hay que trabajar o hacer la calle. Vos para trabajar no servís”. Otra, modista de alta costura quien, desde que su hija era niña la vestía como a una de sus clientas ricas, le decía: “Sos una muñequita de lujo para usar buena ropa y tomar champagne”. En estos casos las madres, a partir de su propia devaluación, son sostenedoras inconcientes del paradigma patriarcal.

Estos abusos son naturalizados por la censura social contra las mujeres y también ellas naturalizan: “puta una vez, puta para siempre”, dicen de si: “una puta no vale nada”. Se intenta destruirles la dignidad y la esperanza de modificar su forma de vida, pues si esto sucediera podrían escaparse de la situación o, por lo menos, intentarlo. Los vecinos, los clientes, el proxeneta, la sociedad, desplazan y dejan depositadas en las mujeres en situación de prostitución algunas de sus fantasías y deseos, puesto que cada uno, por distintos motivos, no se hace cargo de la responsabilidad que les cabe .

Como muestra del imaginario social transmitiré opiniones emitidas en grupos motivacionales de hombres y mujeres de diferentes edades y diferentes sectores sociales, comentándolos brevemente:

Grupo de hombres

“Les gusta la plata fácil”. En realidad, es una plata sumamente difícil, pero puede llegar a ser obtenida rápidamente, que no es lo mismo.
“Son mujeres muy ardientes que necesitan muchas relaciones con los hombres” Lo cierto es que son mujeres que ya no tienen sensibilidad alguna como consecuencia de su actividad.
“Un hombre puede pasar por cualquier cosa pero siempre es un hombre; una mujer cuando cayó, ya no se levanta más”. Fantasía estereotipada y paradigmática del castigo social patriarcal contra la mujer.
“Que estén en lugares determinados, ocultos, que el ciudadano pueda vivir dignamente, como elija vivir”. Para este hombre las mujeres en prostitución no son ciudadanas y por lo tanto, no pueden elegir dignamente ni elegir dónde ejercer su actividad. Cabe señalar que de esa manera quedan expuestas a todo tipo de peligro.
“La puta es irrecuperable y comparable a los casos de los chicos de la calle”. Para quien opina así, estas personas tienen un destino marcado fuera de la sociedad.
“Ponele a una chica muy linda un tipo sumamente desagradable. No me digas que lo hace por dinero. Es porque le gusta”. Aquí vuelve a aparecer la fantasía de una sexualidad desbordante hasta el punto como para aceptar hacerlo con alguien sumamente desagradable. Estas fantasías de una sexualidad desbordante, coinciden con las fantasías que socialmente se tienen respecto de los hombres.


Las putas. Alfonso Melo















Grupo de mujeres


“Son personas que se sienten disminuidas”. “Claro, lo hacen para levantar el ánimo”. “Yo creo que tiene más que ver con la cosa salvaje de uno”. “Podes obligar a alguien a hacer lo que vos querés”. “Haceme sentir tal cosa y chau”. “Yo creo que ella es más viva que cualquiera”.

En estas fantasías hay proyecciones y negaciones como para confundir el rol de la mujer en situación de prostitución con el rol del cliente.

“La prostitución tiene que existir porque si no todos esos hombres estarían violando a nuestras hijas”, frase paradigmática que pone de manifiesto cómo la prostitución es funcional al sistema.

En todos estos ejemplos el imaginario social nos muestra que, tanto por parte de los hombres como de las mujeres, la explotación éstas en prostitución está justificada.

ALGUNAS CONSECUENCIAS de la PRÁCTICA de la PROSTITUCIÓN

En el ámbito de la prostitución el cumplimiento de los deseos del prostituyente produce, en algunas mujeres, el orgullo de ser “una verdadera puta”. Es frecuente, en las mujeres en general, más que en los hombres, la actitud de anticiparse a realizar el deseo del otro. En algunos de estos casos puede verse que se ha producido una desapropiación del deseo y una transformación: el propio deseo, entonces, consiste en la realización del deseo del otro.

Por su parte el prostituyente, el cliente, valora narcisísticamente esta anticipación, esta particular servidumbre sexual, y la refuerza. Él disocia a la persona y la ve como si fuera un objeto, deshumanizándola, a la vez que disocia algunos de sus propios sentimientos de su sexualidad. Todos estos mecanismos están al servicio de un abuso de poder.

El prostituyente y todo el sistema de la prostitución se basa en un pago que supuestamente los habilita para tal abuso; de la misma forma el cafishio -llamado en el ambiente “marido”- lleva al extremo el poder sobre la mujer entre amenazas y ofrecimiento de protección, en una relación de dominación a veces absoluta: “No sos nada” le dice. Ella misma está negada como persona –“una puta no es nada”, “a quién le importo” - y sólo le resta el “ser utilizable” por el dinero que proporciona. Pero, a la vez, se le hace sentir que ella no tiene valor. Incluso hay mujeres que jamás tocaron dinero, pues no pasa por ellas.

Para la mujer prostituida, el maltrato del proxeneta produce efecto traumático, con el agravante de que se le hace creer que siempre el maltrato es merecido por el hecho de ser una prostituta. La paradoja aquí consiste en que el hombre que la castiga es el mismo que la llevó a la situación de prostitución.

Otra situación paradojal podemos observarla cuando los propios padres de la mujer, para ser mantenidos, retienen como rehén a un hijo de ella con la excusa de estar “cuidándole el chico”. Estas y otras situaciones paradojales en las que viven, van produciendo en ellas un socavamiento en la posibilidad de reflexión, proceso imprescindible para desarrollar sus propias vidas de un modo autónomo.

Del mismo modo, el hecho de tener obligadamente muchas relaciones sexuales durante cada jornada, constituye inexorablemente aumento de la vulnerabilidad, y ellas no tienen libre elección, sino elección del mal menor dentro del sometimiento. Esta situación queda clara cuando, por ejemplo, algunas prefieren realizar la práctica en la calle porque por lo menos pueden elegir a los clientes menos ofensivos.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que cada cliente solicita o exige la realización en acto de sus fantasías en el cuerpo de estas mujeres, o exigen que ellas presencien actos que, por su diversidad y características, son sumamente perturbadores. En un caso como en el otro habrá sufrimiento corporal y psicológico y deterioro de la relación con el mundo externo.

Teniendo en cuenta que el Yo es ante todo corporal, el daño al cuerpo es un daño a la totalidad de la persona y será necesaria la asistencia hasta un fortalecimiento yoico que permita el cese de la práctica. Sin estas condiciones es imposible la elaboración de semejantes hechos traumáticos y también es dificultoso que puedan elaborar las fantasías depositadas en sus cuerpos por ellas mismas y por los otros: la familia, la sociedad, la cultura en general.

Un común denominador que pude observar, independientemente de las diferencias individuales, es que cualquiera sea el sector social en el que se desempeñaron y las vicisitudes atravesadas en su infancia, ellas tienen una gran tendencia no sólo a la ya mencionada disociación entre su racionalidad y su afectividad, sino también una enorme dificultad para dirigir sus impulsos y una tendencia a veces extrema a refugiarse en la fantasía, para huir de la cotidianeidad de una práctica intolerable.

En muchas aparece una tensión intrapsíquica que a veces impide casi totalmente su capacidad de reflexión. Padecen enorme temor a las relaciones interpersonales, sobre todo donde se juegue la afectividad. Paradójicamente tienen marcada dependencia afectiva y también un gran rechazo a su propia sexualidad. Me estoy refiriendo a que no ponen en juego su sexualidad en la práctica, o sea, no incluyen su cuerpo erótico sino el cuerpo físico -incluso éste disociado de su mente- y por lo tanto no hay deseo sexual en la mayoría de los casos, ni siquiera con el hombre al cual quieren.

Sufren repetidas angustias por baja tolerancia a la frustración y sentimientos de culpa que, en algunos casos, se relacionan con haber sido abusadas siendo niñas y por haberse hecho cargo de esa culpa que no les correspondía. Asimismo, se sienten culpables por estar realizando una actividad que, aunque es tan inducida por la sociedad, paradojalmente está tan censurada.

Aparecen también tendencias a negar la realidad o a hacer un recorte importante de ella, por la falta de recursos para poder operar sobre esa realidad que las desborda. Por el mismo motivo, aparecen tendencias agresivas que reprimen y a veces, son actuadas contra sí mismas produciendo síntomas orgánicos.

En la mayoría de los casos se observa que sienten temor a la desestructuración y fragmentación; sufren ansiedad referida a la sexualidad masculina; tienen tendencia a la fabulación y vivencia de hostilidad con inclinación al aislamiento, como mecanismo de defensa. Estas son tendencias autodestructivas, que cumplen función de mecanismos de defensa que, a veces, aparecen como único escape de sus realidades.

Sus proyectos en general no coinciden con su realidad, lo que las lleva a generar una depositación de sus deseos de realización en sus hijos, como intento de reparar a través de ellos sus propias historias. Esto se relaciona con su propia inmadurez emocional y se presenta de la forma ambivalente amor-odio.
Teniendo en cuenta otro aspecto en el que se manifiesta la problemática, podemos observar que en la sintomatología manifestada en el aspecto corporal, aparecen frecuentemente jaquecas, hemorragias menstruales y, por el contacto y la violencia física sufrida, dolores crónicos de todo el cuerpo -sobre todo mamas y genitales- desgarros múltiples de vagina y recto, portación de HIV y enfermedad de SIDA. En esta progresión de daño, nos encontramos con múltiples casos de internación psiquiátrica, y finalmente, también con numerosos casos de suicidio.

La falta de procesamiento de los acontecimientos vividos, impide el desarrollo de la reflexión sobre estos acontecimientos, o sea falta la mediación del pensamiento, lo cual genera muchas veces conductas compulsivas que no les permiten elegir adecuadamente. Por lo tanto, tienen obstaculizada la elaboración de duelos, y, en consecuencia, más aún, la salida de la prostitución. Y la sintomatología sigue agravándose por la acumulación de situaciones sin elaboración.

El CONSUMO DE MUJERES

Una mujer en situación de prostitución expresó en una oportunidad en un programa de televisión “No me da vergüenza mi actividad, ¿por qué me va a dar vergüenza si me consumen?”. Ella expresa, aún de manera inconsciente, el doble aspecto de reconocerse a sí misma como objeto de consumo asumiendo la postura del proxeneta y del prostituyente, y, el de ser “consumida” en el sentido de ser “devastada”. De esta manera, no sólo no se reconoce como persona en el trato con el prostituyente que “consume” de ella la integridad de su corporeidad y psiquismo, sino que esta relación la ubica en un punto de vista desde el cual, claramente, no se considera persona. Estamos aquí ante la tremenda paradoja de que hay gente que consume personas, y que para llegar a esto es necesario creer que esa mujer es una “cosa” pasible de ser usada, abusada y consumida, tal como ya se había sostenido al hablar del proceso de objetivación.

El proxeneta y el consumidor se encuentran en una posición narcisista sostenida en el poder. En el caso de la mujer prostituida se trata en cambio de una posición devaluada. El solo hecho de pagar coloca al hombre en una situación de superioridad respecto a la mujer. En algunos casos no se trata de tener una aproximación sexual, sino de poder relatarle cosas que lo desbordan. Pero esta situación no se basa en la confianza, sino que es una circunstancia más del ejercicio de control y dominio sobre ella, ya que la coloca en la obligación de tener que tolerar todo tipo de relatos, a veces de índole eminentemente angustiante y perturbadora por haber cobrado su hora.

Todas éstas son situaciones en las que el varón daña a las mujeres descargando sobre ellas sus sentimientos displacenteros y sus fantasías más temibles por sus aspectos más denigrados, valiéndose del anonimato, sin atinar a buscar para él contención o asistencia que le permita algún tipo de resolución que no quede solamente en la descarga circunstancial.

De la misma manera es llamativa la falta de cuidado que la mayoría de los hombres tiene en cuanto a la prevención de las infecciones de transmisión sexual. En muchos casos es difícil, independientemente de las edades, que ellos accedan al uso de preservativos. Este es un riesgo más en la práctica de la prostitución y las mujeres tratan de implementar técnicas varias para usarlos sin que ellos lo adviertan. Una situación arquetípica de la relación sexualidad – locura – muerte, se da por ejemplo cuando una mujer le advierte al cliente que está enferma de SIDA, mostrando inclusive manchas producto de la enfermedad, y el cliente no cree en esa afirmación y realiza el acto sexual sin profiláctico. La relación sexual se convierte así en una ceremonia propiciatoria de la enfermedad y la muerte. Aquí me interesa llamar la atención acerca del concepto de ética por su significado de cuidado del otro y de sí mismo, que, como podemos ver en estos casos de sexualidad masculina, está ausente. Estos varones prostituyendo a las mujeres producen una espiral de devastación en diferentes niveles.

Por otra parte, ellas muestran una falsa fortaleza yoica, con actitudes de desparpajo que ocultan su extrema indefensión. Les resulta imprescindible realizar un simulacro ante los prostituyentes y su disociación se incrementa aún más ya que para resultar atractivas fingen dando una idea de fortaleza dentro de esa ficción. He comprobado de distintas maneras que estas personas, cuyos cuerpos son invadidos permanentemente con esas prácticas a través de los años, sufren consecuencias de tal gravedad que sólo son comparables a las de personas que han sufrido tortura física y psicológica. Algunos ejemplos dan muestra de ello:
María: “Yo tengo muy bien formada mi ‘doble personalidad’, a veces me río sola. Una sola vez me dijo un tipo “O lo haces muy bien o lo actúas muy bien”. Yo a todo el mundo le digo que sí que lo siento, que lo hago porque me gusta, pero en realidad lo hago pensando en otra cosa. Hago todo tan rápido, digo todo tan rápido y manejo la situación cuando puedo, así no me lleva tanto tiempo, cuando tengo ganas de actuar, me desarmo toda diciendo pavadas para que puedan terminar rápido. Pero a mí nunca me llega nada. A veces los agarraría a trompadas por rechazo, por asco”.

Soledad: “A veces, aunque con cara bonita hago todo bien, estoy con ellos y no pienso ni siquiera en el dinero, solamente tengo náuseas. Si tengo que estar con mi pareja también es como con un cliente porque no siento nada. Es como que ya la mujer está anulada”.

Sonia: “Mi hermano me violó cuando tenía 13 años. Me tapó la boca y me violó y me gritaba ‘Puta, puta, sos una puta’. Yo no sabía nada no entendía nada. Y era como si yo no estuviera ahí. Es lo mismo que me pasa cuando estoy con los clientes. Hago un personaje, hablo, me río, pero es como si yo no estuviera ahí”.

Las tres mujeres expresan una realidad doliente, tanto María como Soledad y Sonia, separadas, escindidas de su sensualidad, de su sexualidad, no exponen ya un cuerpo erótico sino órganos sexuales. Para realizar una elaboración mínima, sería necesario que pudieran reflexionar y hacer un relato sobre las actividades a las que están sometidas, pero esto se ve impedido, en general, porque no les es posible tolerar la angustia.

Un ejemplo de ello es este comentario que hizo Adriana: “Una vez un grupo que estábamos reunidas a la madrugada porque no había clientes, quisimos imaginar con cuántos hombres se había acostado cada una. Fuimos imaginando micros llenos de hombres para poder tener una idea, pero nos sentimos muy mal y algunas se descompusieron. Fue tan espantoso que nunca más tocamos el tema”

Las putas de Goya. Roberto García Márquez

El RETIRO AÑORADO

Siempre es difícil, aunque siempre deseado, el retiro de esa actividad. Para poder retirarse, deben liberarse en primera instancia de los proxenetas, cuestión que a muchas se les plantea como inimaginable porque viven en un sistema de cautiverio que coadyuva a que se produzca un deterioro a veces total de su relación con el mundo externo. Y decimos que el cautiverio es total, porque aunque la actividad se desarrolle en la calle, lo hacen vigiladas por el proxeneta desde la vereda de enfrente; si la realizan en departamentos, de allí no pueden salir salvo que sea en compañía de los proxenetas o están recluidas en casas destinadas a tal fin.

La base de la relación entre el proxeneta y la mujer en situación de prostitución se apoya en la inducción por parte de él a que ella crea que cualquier agresión de su parte, es siempre producida porque ella “no se portó bien”. Esta “razón” arbitraria produce en la mujer un miedo crónico y el sentimiento permanente de peligro cierto; paradójicamente se observa que la persona que la mantiene en este estado es quien pretende convencerla de ser su protector, lo cual le genera además confusión.

En algunos casos, las mujeres sufrieron durante años graves depresiones y fobias como consecuencia de intentos de elaboración de esas situaciones vividas. En otros casos, después de breves períodos de interrupción, volvieron compulsivamente a la práctica ya que, sin ningún tipo de asistencia, la intensidad de la angustia por el proceso de elaboración se les volvía insostenible.

LA “INDUSTRIA” DE LA PROSTITUCION NO ES UNA INDUSTRIA

Finalmente, debemos mencionar un tema central al desarrollo de la prostitución: se trata de la actualmente llamada “industria” del sexo, que no es una industria porque el consumo de cuerpos no puede ser considerado trabajo.

Esta actividad, así como considerar a la prostitución un trabajo, incrementa más aún el tráfico de mujeres para su explotación sexual, que ha sido históricamente funcional al sistema patriarcal. La trata de mujeres y niñas/os para la prostitución representa después del tráfico de armas, el segundo lugar en el mundo en rédito económico. Recibe el aporte de algunos medios de comunicación que muestran esta actividad como una opción posible y sumamente atractiva para la mujer. En un programa de televisión emitido el año pasado se presentaba una figura argentina, una vedette, expresando que había tenido relaciones sexuales por dinero y lo había pasado ¡muy bien! En este y en muchos otros casos, tal banalización de una actividad capaz de producir un daño tan profundo, opera como publicidad a favor de los proxenetas extendiendo aún más la prostitución. Y aún más: en este momento estamos ante un brutal incremento del secuestro de mujeres. Este extremo de maltrato y cosificación se da con el conocimiento de los clientes de estar tratando con personas privadas ilegalmente de su libertad. Todo ello provoca una enorme distorsión que impregna a la sociedad toda.
Por otra parte, la defensa de los derechos civiles y humanos está vedada en el ámbito donde los proxenetas pretenden adquirir el rol de ejecutivos legales.

Así como me refería a la banalización como falsa opción atractiva, en el otro extremo existe la fantasía generalizada de que los daños a la víctima son “demasiado irrevocables”, que “vienen desde el fondo de la historia de la humanidad” y “son tan vastos que no hay posibilidad de revertirlos socialmente por política alguna”. Sin embargo, es necesario y posible desenmascarar esta “naturalización”, y poner bajo una mirada ya advertida la abrumadora carga cultural de estas prácticas, porque es posible, así, modificar desde la cultura el consumo de mujeres en prostitución.

Se exalta y banaliza la prostitución mostrándola como una ocupación atractiva, pícara, con “onda”, y muy redituable económicamente para la mujer. Sin duda, esto facilita la tarea de los reclutadores, ya que consiguen generar sobre esta falacia una expectativa que no se corresponde de ninguna manera con la realidad. Son múltiples los personajes en connivencia que se benefician con esta práctica a la que entiendo, no puede ser considerada trabajo.

En el caso de las personas esclavizadas para la realización de trabajos forzados, se trata de una circunstancia en la que se ven obligadas a realizar actividades con privación de la libertad. Estas actividades serían consideradas trabajo si las personas tuvieran opción para realizarlas. En el caso de la prostitución no existe la mediatización que implica un trabajo, pues el cuerpo y el psiquismo de la mujer son la materia prima para la realización de un acto que se desarrolla únicamente para el placer del que consume a esa mujer, a la que se le impide su propio desarrollo precisamente por esa misma práctica. Casi podría equipararse con la situación de la persona que vende su propia sangre, ya que, aunque haya un intercambio y se reciba dinero, es una práctica que de ninguna manera puede ser considerada como trabajo. Por lo tanto, la gravedad de la prostitución como consumo de persona se ve aún más profundizada cuando se le agrega el estado de esclavitud o cautiverio que se da en muchos casos de tráfico de mujeres, pero no debemos confundir los casos en que la mujer no se halla en cautiverio porque de cualquier modo son puestas en el lugar del objeto a consumir y tratadas como tal.

El incremento de la pobreza y la miseria en el país significó una tremenda violencia para la sociedad toda, que paralelamente se tradujo en un fuerte ingreso de mujeres a la situación de prostitución. Este ingreso se dio fundamentalmente en aquellas mujeres provenientes de sectores de menores ingresos, aunque también ha sucedido con mujeres de clase media, bancarias, amas de casa, profesionales, etc. A partir de este momento también se dio un fenómeno inédito: mujeres mayores de cincuenta años, hasta sesenta o más, que para poder subsistir entraron por primera vez en su vida a la situación de prostitución. Las mujeres que ya estaban en esta actividad comentaban asombradas la rapidez del efecto devastador que la misma producía en las recién iniciadas. A la vez, hubo un notable aumento del abuso con mayor violencia y mayor denigración por parte de los prostituyentes hacia las mujeres.

Simultáneamente, la mal llamada “industria de la pornografía” realiza estragos en el psiquismo de los hombres que se identifican con prácticas de sadismo y denigración de la mujer. Muchas mujeres llegan con la promesa de que se las iniciará en el cine y después de la primera película en que se les pide, “por excepción, escenas especiales”, sienten que es tarde para volver atrás.

Otro efecto de la pornografía es la imitación: “se pone de moda” golpear a las mujeres. “Ahora desde la onda de la pornografía, hombres que eran tranquilos...cualquiera quiere pegar, y ni siquiera quieren pagar extra como antes por este servicio especial” (María).

En la pornografía, menos el asesinato, todo lo demás es legal porque hay “consentimiento”. El concepto de “consentimiento”, como es obvio, es en este caso un eufemismo, ya que las mujeres llegan a estas situaciones, engañadas, drogadas o bien en situaciones de extrema necesidad y vulnerabilidad. Esta escalada llega hasta la pornografía “snuff” donde, además de la tortura se llega al asesinato, que no por ilegal es impracticable.
Es evidente que esta sociedad ha producido el pasaje del ciudadano/a al consumidor/a y de esta manera se ha realizado una facilitación para el pasaje del consumo de los objetos al consumo de las personas. La situación de prostitución aparece entonces como paradigmática de este modo de producción del capitalismo salvaje, extremo brutal de este modelo. Es el lugar del abuso ilimitado en el que la mujer es destruida en el ejercicio de esta práctica, sin legalidad psíquica ni para el cliente ni para el proxeneta.

Por lo tanto, como sociedad es preciso que asumamos nuestra propia disociación. Integrar permitiría modificar mandatos sociales, incluyendo la reflexión sobre los temas que producen esta situación para modificar estos procesos. Pero es indudable que se necesita también de una vocación política que permita desmontar la “industria” de la prostitución, facilitando la generación de programas que posibiliten esta transformación.

Por estas y otras tantas razones como las que vengo sosteniendo es preciso que resignifiquemos el prejuicio de que la actividad de la prostitución es irreversible (“es tan viejo como el mundo”). Además, la fantasía de que cuando se entra en la prostitución ya no se puede salir, da lugar a que esta victimización se perpetúe.

Cuando avancé en la investigación, comprobé que el daño producido en las mujeres en situación de prostitución era mucho más grave de lo supuesto después de aquella experiencia en el neuropsiquiátrico. Y en esta tarea, al igual que las personas que me acompañaron, necesité elaborar permanentemente el impacto producido en mí.

Durante el transcurso de este trabajo encontraron respuesta algunas de mis preguntas: cómo habría sido su niñez, cómo se reconocieron más tarde en lo que habían sido sus anhelos de adolescente, en las ilusiones de realización. La respuesta que el psiquiatra me había sugerido en el pabellón donde se encontraban mujeres que habían estado en prostitución -“son muchas por lo que les hicieron y les hicieron hacer”- fue lo que más tarde pude comprobar en ese largo recorrido de contacto, entrevistas y terapias. Allí también pude conocer la dignidad, el dolor y el sufrimiento de estas mujeres.

(1) Este artículo es una síntesis de la investigación cualitativa que realicé para la cual diseñé el formato y los materiales e interpreté los resultados de las diferentes técnicas utilizadas, que fueron: 1. Relevamiento del imaginario social a través de a) técnica de investigación motivacional con Cámara Gesell a grupos por separado de hombres y mujeres, de diferentes franjas etáreas pertenecientes a tres sectores socioeconómicos y b) relevamiento de opiniones sobre el tema en diferentes grupos sociales y en los Talleres realizados en el marco de cuatro Encuentros Nacionales de Mujeres;2.Conversaciones con mujeres en situación de prostitución, tanto en grupo como individualmente, mantenidas en bares a los que ellas concurren;3. Toma del relatos de informantes clave; 4.Entrevistas en las que se recogió material con una técnica mixta de historia de vida y reportaje, con toma de tests gráficos. 5. Análisis e interpretación de los tests gráficos. Intervine en todos los tramos de la investigación contando con la colaboración de un grupo de especialistas contratadas en las siguientes actividades: Lic.en Psicología Lucía Ansalone, en el punto 1.a); Sara Torres y Licenciadas en Antropología Cynthia Golzman y Nélida Luna, en el punto 4; Lic. en Psicología Norma Bisignani en el punto 5.
A partir del relato de pacientes que atendía en el consultorio y en el hospital - tanto varones como mujeres- pude conocer en muchos casos, bajo múltiples formas de manifestación, las inequidades de género en nuestra cultura, y, entre otras fundamentales, la apropiación masculina del cuerpo de la mujer. Tal apropiación es violencia y se da en un continuo que va desde aparentes sutilezas en la práctica sexual en las relaciones de pareja, pasando por grados más severos de violencia, hasta llegar a la situación de la mujer en prostitución, donde las consecuencias son de la mayor gravedad.


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