miércoles, 1 de abril de 2020

Prostitución y la invisibilización del daño - 2

Segunda entrada de tres consecutivas por la extensión del artículo.


Prostitución y la invisibilización del daño – Melissa Farley [Traducción]
25 MARZO, 2019

Traducción no oficial: Anna Prats | Texto original: Prostitution and the Invisibility of Harm (2003)





Consecuencias de la prostitución en la salud
Consecuencias para la salud de la prostitución relacionadas con la violencia
Aunque a primera vista, la atención de la salud pública a la infección por VIH / ETS incluye a la mujer prostituida, en una inspección más cercana se hace evidente que la preocupación general es la salud del cliente: disminuir su exposición a la enfermedad. Aparte del VIH / ETS, el daño físico de la prostitución para ella es invisible. A pesar de la extensa documentación de que el VIH se transmite de manera abrumadora a través del coito vaginal y anal entre hombres y mujeres, no al revés, uno de los prejuicios misóginos sobre la prostitución es que ella es la fuente de la infección. El enfoque exclusivo en el riesgo de VIH de los clientes masculinos, que ignora la violencia psicológica y física contra las mujeres, es una variante de este prejuicio contra las mujeres prostituidas. La violación por parte de los clientes es una fuente primaria de infección por VIH en las mujeres.

En la literatura sobre VIH de 1980 a 2000, la mayoría de los autores minimizaron o ignoraron el riesgo de VIH que el cliente representa para la mujer en la prostitución. La mayoría tampoco mencionó la opción de escapar de la prostitución. Por ejemplo, Karim et al. (1995) entrevistaron a mujeres que se prostituyeron en una parada de camiones en Sudáfrica. Este grupo de investigadores descubrió que las mujeres tenían un mayor riesgo de violencia física cuando insistían en el uso de condones con los clientes, cuya violencia contribuía a su relativa impotencia. Al ignorar su descubrimiento de que las mujeres tenían un mayor riesgo de violencia, los investigadores recomendaron que las mujeres en la prostitución aprendiesen habilidades de negociación y comunicación para reducir el riesgo de VIH. Es trágicamente probable que este proyecto en particular (y otros también) haya resultado en lesiones adicionales, incluso la muerte, para algunas mujeres en la prostitución.

Globalmente, la incidencia de VIH seropositivo entre mujeres prostituidas es devastadora. Niñas sintecho son las que tienen más riesgo de VIH, por ejemplo, en Rumania o Colombia. Piot (1999) observó que la mitad de los nuevos casos de SIDA se detectaban en menores de 25 años, y que es más probable que las chicas se infecten a una edad más temprana que los chicos, en parte debido a la aceptación de la violencia hacia las niñas y mujeres en la mayoría de culturas. La invisibilidad del riesgo de VIH en las mujeres, en comparación con el riesgo de los hombres, ha resultado en una falta de atención a la infección temprana por VIH en mujeres (Allen et al., 1993; Schoenbaum y Webber, 1993). Allen et al. (1993) investigaron las evaluaciones de riesgo de VIH en las clínicas de salud para mujeres de los centros urbanos de EEUU, y encontraron que, a pesar de la presencia de la infección por VIH en un amplio rango de edad para ambos sexos, la infección temprana por VIH (todavía no del SIDA) era “completamente desconocida entre todas las mujeres adolescentes, jóvenes y adultas” (p. 367).

Las ETS y el VIH han aumentado exponencialmente en Ucrania y otros estados de la antigua Unión Soviética desde 1995. Desde 1987 hasta 1995, se diagnosticaron menos de 200 nuevas infecciones de VIH por año en Rusia. En los primeros seis meses de 1999, se reportaron 5000 casos nuevos de VIH (Dehne, Khodakevich, Hamers & Schwartlander, 1999). En la ciudad de Kaliningrado, una de cada tres personas infectadas con el VIH era una mujer, y el 80% de las mujeres infectadas estaban en la prostitución (Smolskaya, Momot, Tahkinova y Kotova 1998). Es probable que este aumento masivo del VIH sea el resultado de un alto índice de violencia contra las mujeres en Rusia (Hamers, Downs, Infuso y Brunet, 1998). Las mujeres en Rusia se transforman en “prostitutas de oficina” a través de los requisitos del trabajo para tolerar el acoso sexual (o en la traducción rusa directa, “terror sexual”, Hughes, 2000). Además, la reestructuración política con el control de las agencias estatales en manos de delincuentes, la pobreza extrema y el colapso de los sistemas de salud contribuyeron a la pandemia del VIH en Rusia (Hamers y otros, 1998).

Después de dos décadas de investigación sobre el VIH, la Organización Mundial de la Salud observó que el principal factor de riesgo del VIH para las mujeres es la violencia (Piot, 1999). Aral y Mann (1998) en los Centers for Disease Control, enfatizaron la importancia de abordar los problemas de derechos humanos en conjunto con las ETS. Señalaron que, dado que la mayoría de las mujeres ingresan a la prostitución como resultado de la pobreza, la violación, la infertilidad o el divorcio, los programas de salud pública deben abordar los factores sociales que contribuyen a las ETS / VIH. La desigualdad de género en cualquier cultura normaliza la coerción sexual, promoviendo la violencia doméstica y la prostitución, contribuyendo en última instancia a la probabilidad de que las mujeres se infecten con el VIH. Kalichman, Kelly, Shaboltas y Granskaya (2000) y Kalichman, Williams, Cheery, Belcher y Nachimson (1998) señalaron la coincidencia de la epidemia de VIH y la violencia doméstica en Rusia, Ruanda y los Estados Unidos.

Los problemas de salud crónicos resultan del abuso físico y la negligencia en la niñez (Radomsky, 1995), de la agresión sexual (Golding, 1994), el maltrato (Crowell y Burgess, 1996), los problemas de salud no tratados, el estrés abrumador y la violencia (Friedman y Yehuda, 1995); Koss & Heslet, 1992; Southwick et al. 1995). Las mujeres prostituidas sufren de todo esto. Muchos de los síntomas físicos crónicos de las mujeres en la prostitución fueron similares a las consecuencias físicas de la tortura. La naturaleza letal de la prostitución es sugerida por un estudio canadiense de 1985 que encontró que la tasa de mortalidad de quienes ejercen la prostitución era 40 veces mayor que la de la población general (Special Committee on Pornography and Prostitution, 1985).

Las mujeres prostituidas tuvieron un mayor riesgo de cáncer cervical y hepatitis crónica (Chattopadhyay, Bandyopadhyay y Duttagupta, 1994; de Sanjose, Palacio, Tafur, Vasquez, Espitia, Vasquez, Roman, Munoz y Bosch, 1993; Nakashima, Kashiwagi, Hayashi, Urabe, Minami y Maeda, 1996; Pelzer, Duncan, Tibaux y Mebari, 1992). La incidencia de exámenes de frotis anormales fue varias veces mayor que el promedio estatal en un estudio de Minnesota sobre la salud de las mujeres prostituidas (Parriott, 1994). La violación infantil se asoció con un aumento en la incidencia de displasia cervical en un estudio de mujeres presas (Coker, Patel, Krishnaswami, Schmidt & Richter, 1998). Las mujeres en las cárceles con frecuencia son encarceladas por actos relacionados con la prostitución.


Le preguntamos a 700 personas en la prostitución en 7 países si tenían problemas de salud (Farley, Baral, Gonzales, Kiremire, Sezgin, Spiwak y Taylor, 2000). Casi la mitad de estas personas en Colombia, México, Sudáfrica, Tailandia, Turquía, Estados Unidos y Zambia informaron síntomas asociados con violencia, estrés abrumador, pobreza y falta de vivienda.


Los diagnósticos médicos de estas 700 personas en prostitución incluyeron tuberculosis, VIH, diabetes, cáncer, artritis, taquicardia, sífilis, malaria, asma, anemia y hepatitis. El 24% por ciento reportó síntomas reproductivos que incluyen enfermedades de transmisión sexual (ETS), infecciones uterinas, problemas menstruales, dolor ovárico, complicaciones del aborto, embarazo, hepatitis B, hepatitis C, infertilidad, sífilis y VIH.

Sin una consulta específica sobre la salud mental, el 17% de estas 700 personas en la prostitución describieron problemas emocionales graves: depresión, tendencias suicidas, flashbacks de abuso infantil, ansiedad y tensión extrema, terror respecto a una relación con un proxeneta, falta de autoestima y cambios de humor.

El 15% informó de síntomas gastrointestinales como úlceras, dolor de estómago crónico, diarrea y colitis. El 15% informó de síntomas neurológicos como migrañas y dolores de cabeza no migrañosos, pérdida de memoria, entumecimiento, convulsiones y mareos. El 14% de estas mujeres y niñas en prostitución informaron problemas respiratorios como asma, enfermedad pulmonar, bronquitis y neumonía. El 14% reportó dolor en las articulaciones, que incluía dolor en la cadera, malestar en las rodillas, dolor de espalda, artritis, reumatismo y dolor articular no específico en múltiples sitios.

El 12% de las que describieron problemas de salud en la prostitución reportaron lesiones que fueron resultado directo de la violencia. Por ejemplo, a varias mujeres la policía les rompió varias costillas en Estambul, una mujer en San Francisco se rompió las caderas saltando de un coche cuando un putero intentaba secuestrarla. Muchas mujeres tenían los dientes destrozados por los proxenetas y puteros. Miller (1986) citó moretones, huesos rotos, cortes y abrasiones que resultaron de palizas y agresiones sexuales. Una mujer dijo sobre su salud: He tenido tres roturas de brazo, nariz rota dos veces, [y] estoy parcialmente sorda de una oreja … Tengo un pequeño fragmento de un hueso flotando en mi cabeza que me da migrañas. He tenido una fractura de cráneo. Mis piernas ya no valen nada; me rompieron los dedos de los pies. Mis pies, la planta de mis pies, ha sido quemada; ha sido golpeada con un hierro caliente y un gancho de ropa… el pelo de mi coño lo quemaron… Tengo cicatrices. Me cortaron con un cuchillo y me pegaron con pistolas. No ha habido un lugar en mi cuerpo que no haya sido herido de alguna manera, de alguna manera, algunas grandes, otras pequeñas (Giobbe, 1992, p. 126).

En la primera fase de una revisión en profundidad de los problemas de salud crónicos resultantes de la prostitución, entrevistamos a 100 mujeres y personas transgénero en Vancouver, Canadá, con respecto a sus problemas de salud crónicos (Farley, Lynne y Cotton, 2001). El 75% de estas mujeres reportaron lesiones por violencia en la prostitución. El 50% sufrió lesiones en la cabeza. El autor ha encontrado que la mayoría de las mujeres en la prostitución reportan lesiones traumáticas en la cabeza causadas por puteros y proxenetas. Los síntomas comunes fueron problemas de memoria (66%); problemas para concentrarse (66%); dolores de cabeza (56%); mareos (44%); problemas de visión (45%); problemas de audición (40%); problemas de equilibrio (41%); músculos doloridos (78%); dolor en las articulaciones (60%); dolor en la mandíbula (38% e hinchazón de las extremidades (33%). El 61% de los encuestados tenía síntomas de resfriado / gripe. Los síntomas cardiovasculares incluían dolor en el pecho (43%); dolor / entumecimiento en las manos / pies (49%) latidos cardíacos irregulares (33%); dificultad para respirar (60%). Además, el 35% reportó alergias y el 32% reportó asma. El 24% reportó dolor tanto en la menstruación como en el dolor vaginal. El 23% tenía dolor en los senos.

Algunos de los problemas de salud sufridos por las mujeres en la prostitución se debieron a la pobreza. Si bien las agencias de salud pública en Bombay podían obtener medicamentos costosos para tratar el VIH, no pudieron obtener antibióticos y otros medicamentos más “comunes” para tratar la tuberculosis, que fue la principal causa de muerte de mujeres en la prostitución (Jean D’Cunha, comunicación personal , 1997). El setenta por ciento de 100 niñas y mujeres prostituidas en Bogotá reportaron problemas de salud física. Además de las enfermedades de transmisión sexual, sus enfermedades eran las de la pobreza y la desesperación: alergias, problemas respiratorios y ceguera causada por la inhalación de pegamento, migrañas, síntomas de envejecimiento prematuro, problemas dentales y complicaciones del aborto (Spiwak, 1999).

Las niñas y niños adolescentes en la prostitución encuestados por Weisberg (1985) informaron sobre enfermedades de transmisión sexual, hepatitis, embarazos, dolores de garganta, gripe y repetidos intentos de suicidio. Las mujeres que atendían a más clientes en la prostitución informaron síntomas físicos más graves (Vanwesenbeeck, 1994). Cuanto más tiempo pasaban las mujeres en la prostitución, más ETS reportaban (Parriott, 1994).

La invisibilidad de los síntomas psicológicos de las mujeres en prostitución
El asalto a la sexualidad de las mujeres en la prostitución es abrumador, pero invisible para la mayoría de las personas. Cuando las mujeres se convierten en objetos en los que los hombres se masturban (como la prostitución ha sido descrita por Hoigard & Finstad, 1986), causa un daño inmenso a la persona que actúa como receptáculo.

La prostitución y la liberación sexual no tienen nada que ver entre sí, son exactamente lo contrario. No me siento libre con mi cuerpo, me siento mal por eso, me siento cohibida. Realmente no me siento como si mi cuerpo estuviera vivo, lo considero más magullado, como un peso (Jaget, 1980, p. 112).

En toda prostitución hay mercantilización del cuerpo de la mujer. Esta mercantilización a menudo da como resultado una objetivación interiorizada, donde la mujer prostituida comienza a ver las partes de su propio cuerpo sexualmente objetivadas como algo separado de, en lugar de una parte integral de todo su ser. Este proceso de objetivación interiorizada conduce a la disociación somática, incluso en la prostitución donde no hay contacto físico entre la mujer y el putero. Por ejemplo, Funari describió los efectos de la prostitución en un espectáculo donde trabajaba desnuda en una cabina con paredes de espejo. Una gruesa pared de vidrio la separaba de los hombres, y cuando bajaban los postigos, los hombres tenían que pagar otra vez para mirar y masturbarse. Ella escribió, en el trabajo, lo que mis manos encuentran cuando tocan mi cuerpo es “producto”. Lejos del trabajo, mi cuerpo tiene continuidad, integridad. Anoche, acostada en la cama después del trabajo, me toqué el vientre, los pechos. Las sentia como de Capri [nombre que utiliza en su show] y se negaron a volver a cambiar. Cuando [su compañero] me besó, sin querer me encogí a su tacto. Sorprendidos, los dos nos apartamos y nos miramos el uno al otro. De alguna manera, el vidrio se había disuelto y él se había convertido en uno de ellos (Funari, 1997, p. 32).

Con el fin de conservar su autoestima, Funari resistió la conexión emocional con los hombres que la consideraban esencialmente inútil. Sin embargo, se sintió “envenenada” por el desprecio de los clientes. Sus sentimientos sexuales por su novio menguaron.

En un intento por defenderse, las mujeres que se prostituyen al principio pueden tomar una decisión consciente de desconectarse de partes del cuerpo. Afirmando: “Reservo mi vagina para la persona a la que quiero”, una mujer realizaba solo sexo oral o masturbación (Pheterson, 1996). Sin embargo, con el paso del tiempo, esta separación de partes del cuerpo en la prostitución (los puteros tienen esto, los novios lo otro) da como resultado una disociación somatomorfa, con el cuerpo adormecido, considerado no-yo, el cuerpo una mercancía, traumáticamente compartimentado en el mismo. De la misma manera en que existen efectos y recuerdos traumáticos en estados de conciencia disociada. Esta desconexión entre partes de todo el yo es común entre las y los sobrevivientes de traumas extremos (Schwartz, 2000).

En la prostitución, los continuos asaltos al cuerpo resultan en repulsión física y retraumatización. Una mujer escribió sobre la respuesta de su cuerpo a la violación repetida: Comencé a enfermarme físicamente cada vez que hacía un truco. Mi vagina se cerró sobre mí nuevamente como lo hizo cuando tenía 15 años [durante una violación]. Los hombres comenzaron a enfadarse mucho por eso porque significaba no tener relaciones sexuales… Una noche, un hombre intentó forzarme introduciéndose dentro de mí y se dañó el pene en el proceso (Williams, 1991, pág. 77).

La mayoría de las mujeres que han estado en la prostitución por algún tiempo experimentan disfunción sexual con sus parejas elegidas. Los sentimientos están desconectados de los actos sexuales. Se vuelve casi imposible ver a sus parejas como algo más que puteros. Una mujer dijo: Me sentía como una prostituta cada vez que me acostaba con él. Me había perdido en la prostitución y estaba tan bien establecida en mi identidad y mi papel como prostituta que, una vez que había dejado de hacerlo, no podía relacionarme con mi amante como yo misma (Perkins y Bennett, 1985, p. 112).

El mismo trauma sexual que ocurre con las mujeres en la prostitución también ocurre con los hombres. Como dijo un hombre, [La prostitución] puede destruir tu vida sexual. En una etapa tuve un amante y había ocasiones en las que tenía relaciones sexuales con él, pero tenía flashes con un anciano con el que había tenido la noche anterior y entonces tenía que parar, ya sabes. (Perkins y Bennett, 1985, pág. 152).

La disociación ocurre durante el estrés extremo entre los prisioneros de guerra que son torturados, entre las niñas y niños que son agredidos sexualmente, y entre las mujeres que son golpeadas, violadas o prostituidas (Herman, 1992). Cuando una se prostituye durante un período de tiempo prolongado, se desarrolla un estado de miedo intenso e insoportable. Los trastornos disociativos, la depresión y otros trastornos del estado de ánimo eran comunes entre las mujeres prostituidas en la prostitución en las calles, escoltas y clubes de striptease (Belton, 1998, Ross, Anderson, Heber & Norton, 1990, VanWesenbeeck, 1994). La disociación en la prostitución se debe tanto a la violencia sexual infantil como a la violencia sexual en la prostitución de adultos. La disociación necesaria para sobrevivir a la violación en la prostitución es la misma que se usa para soportar el asalto sexual familiar (Giobbe, 1991; Miller, 1986). Vanwesenbeeck observó que la “competencia disociativa” contribuía a las actitudes profesionales de las mujeres en la prostitución en los Países Bajos (1994, p. 107). Una mujer tailandesa dijo: “Te haces vacía por dentro” (Bishop & Robinson, 1998, p. 47).



La mayoría de las mujeres informan que no pueden prostituirse a menos que se disocien. La disociación química ayuda a la disociación psicológica, y también funciona como analgésico para las lesiones causadas por la violencia. Cuando las mujeres en la prostitución no se disocian, corren el riesgo de sentirse abrumadas por el dolor, la vergüenza y la rabia. Una mujer dijo: Es difícil lidiar con el disgusto. Puedo lidiar con [los puteros] individualmente, pero si me permito pensar en ellos en conjunto, tengo ganas de coger una ametralladora y acribillarlos de arriba a abajo” (Wood, 1995, página 29).

Una mujer describió el desarrollo gradual de una identidad disociada durante los años que se prostituyó en clubes de striptease: Comienzas a cambiarte a ti misma para que se ajuste a un papel de fantasía de lo que ellos piensan que debería ser una mujer. En el mundo real, estas mujeres no existen. Te miran fijamente con una mirada hambrienta. Te vacías, te conviertes en esta cáscara vacía. Realmente no te están mirando, tú no eres tú. Ni siquiera estás allí (Farley, entrevista no publicada, 1998).

Otra mujer describió una respuesta disociativa al trauma de la prostitución: La prostitución es como la violación. Es como cuando tenía 15 años y me violaron. Solía experimentar dejar mi cuerpo. Quiero decir que eso es lo que hice cuando ese hombre me violó. Fui al techo y me adormecí porque no quería sentir lo que estaba sintiendo. Estaba muy asustada. Y mientras era prostituida, solía hacer eso todo el tiempo. Yo adormecería mis sentimientos. Ni siquiera me sentiría como si estuviera en mi cuerpo. De hecho, dejaría mi cuerpo y me iría a otro lugar con mis pensamientos y mis sentimientos hasta que él se apartara y todo terminara. No sé cómo explicarlo, excepto que se sentía como una violación. Fue una violación para mí. (Giobbe, 1991, p. 144).

Si bien los efectos traumáticos de la violación están bien establecidos, la incidencia extremadamente alta de la violación en la prostitución, con los síntomas resultantes del trastorno de estrés postraumático, no se comprende tan bien. Una superviviente dijo: “Durante los primeros meses que trabajé [en la prostitución] tuve muchas pesadillas con números masivos de penes” (Williams, 1991, p. 75).

Muchos años después de escapar de la prostitución, una mujer de Okinawa que había sido comprada por personal militar de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam se volvió extremadamente agitada y tuvo visiones de abuso sexual y persecución los días 15 y 30 de cada mes, esos días que eran días de pago del Ejército (Sturdevant & Stolzfus, 1992).

Otra mujer describió los síntomas de hipertermia intrusiva y fisiológica del TEPT: Me pregunto por qué sigo yendo a los terapeutas y diciéndoles que no puedo dormir y que tengo pesadillas. Pasan por alto el hecho de que yo era una prostituta y me golpearon con tablas de dos por cuatro, un proxeneta me rompió los dedos de las manos y los pies y me violaron más de 30 veces. ¿Por qué ignoran eso? (Farley y Barkan, 1998, p. 46).

El TEPT es común entre las mujeres prostituidas. En nueve países, Farley, Alvarez, Sezgin, Baral, Kiremire, Lynne, DuPlessis, DuPlessis, Gonzales, Spiwak, Cotton y Zumbeck (en prensa) encontraron que el 68% cumplía con los criterios para un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático, una prevalencia comparable a la de las mujeres maltratadas buscando refugio (Houskamp & Foy, 1991), sobrevivientes de violaciones que buscan tratamiento (Bownes, O’Gorman & Sayers, 1991), y sobrevivientes de torturas patrocinadas por el estado (Ramsay, Gorst-Unsworth y Turner, 1993). Estas tasas sugieren que las consecuencias traumáticas de la prostitución fueron similares en diferentes culturas.

Existe el mito de que la prostitución de escorts y clubes de striptease es más segura que la prostitución callejera. Esto no ha sido verificado por la investigación. Comparamos la prostitución en las calles, los burdeles y los clubes de striptease en dos ciudades de México y no encontramos diferencias en la incidencia de agresiones físicas, violaciones, abuso sexual infantil o en el porcentaje de mujeres que querían salir de la prostitución. Además, no hubo diferencias en los síntomas de trastorno de estrés postraumático entre las mujeres en estos tres tipos de prostitución (Farley et al., en prensa). La prostitución es intrínsecamente traumatizante, donde sea que ocurra.

Vanwesenbeeck (1994) reportó hallazgos similares. Ella investigó la angustia emocional en mujeres que se prostituyen principalmente en clubes, burdeles y ventanas. Aunque no midió el TEPT, los síntomas que informó fueron similares al TEPT. El 90% del grupo de mujeres prostituidas de Vanwesenbeeck reportó “nerviosismo extremo”.

Los asaltos verbales de puteros en todos los tipos de prostitución causan síntomas psicológicos agudos y a largo plazo. El abuso verbal en la prostitución está normalizado y es invisible. Una mujer dijo que, con el tiempo, “es internamente perjudicial. Te conviertes en lo que estas personas hacen y dicen contigo. Te preguntas ¿cómo podría alguien dejarse hacer esto y por qué estas personas hacerte esto a ti?” (Farley, entrevista no publicada, 1997).

La violencia física de la prostitución, la humillación verbal constante, la indignidad y el desprecio sociales dan como resultado cambios en la personalidad que se han descrito como complejos trastornos de estrés postraumático (CPTSD, por sus siglas en inglés) (Herman 1992). Los síntomas del CPTSD incluyen cambios en la conciencia y la autopercepción, cambios en la capacidad de regular las emociones, cambios en los sistemas de significado, como la pérdida de la fe, y un sentimiento incesante de desesperación. Una vez fuera de la prostitución, el 76% de un grupo de mujeres entrevistadas por Parriott (1994) informaron que tenían grandes dificultades con las relaciones íntimas.

A menos que se entienda el comportamiento humano en condiciones de cautiverio, el vínculo emocional entre las prostituidas y los proxenetas es difícil de comprender. El terror creado en la mujer prostituida por el proxeneta provoca una sensación de impotencia y dependencia. Este vínculo emocional con un abusador en condiciones de cautiverio se ha descrito como el síndrome de Estocolmo. Las actitudes y comportamientos que forman parte de este síndrome incluyen: 1) un intenso agradecimiento por los pequeños favores cuando el captor tiene el poder de la vida y la muerte sobre la cautiva; 2) la negación del alcance de la violencia y el daño que el captor ha infligido o que, obviamente, es capaz de infligir; 3) hipervigilancia con respecto a las necesidades del proxeneta e identificación con la perspectiva del proxeneta en el mundo (un ejemplo de esto fue la identificación de Patty Hearst con la ideología de sus captores); 4) la percepción de aquellos que intentan ayudar a escapar como enemigos y la percepción de los captores como amigos; 5) dificultad extrema para dejar el captor / proxeneta, incluso después de que haya ocurrido la liberación física. Paradójicamente, las mujeres en la prostitución pueden sentir que deben sus vidas a los proxenetas (Graham, Rawlings & Rigsby, 1994).



Conceptos en las ciencias médicas y sociales que contribuyen a la invisibilización del daño de la prostitución, y que ocasionan daños adicionales
La invisibilidad social de la prostitución es la primera barrera para comprender su daño. Si no se percibe el daño, no hay posibilidad de curar el daño psicológico que se produce como resultado de ser prostituido. Cotton & Forster (2000) examinaron la psicología de las mujeres en los libros de texto y descubrieron que once de los catorce textos publicados desde 1995 no mencionaban la prostitución. Cuando se mencionaba la prostitución, por lo general se abordaba como un “debate feminista” o como “trabajo” en lugar de como violencia.

Algunos han sugerido que las mujeres prostituidas en los negocios sexuales son “simplemente otra categoría de trabajadoras con problemas y necesidades especiales” (Bullough y Bullough, 1996, página 177). En 1988, la prostitución fue definida por la Organización Mundial de la Salud como “trabajo sexual dinámico y adaptativo, que involucra una transacción entre el vendedor y el comprador de un servicio sexual” (citado en Scambler y Scambler, 1995, pág. 18). La literatura reciente sobre psicología y ciencias de la salud asume regularmente que la prostitución es una opción vocacional (Deren et al. 1996; Farr, Castro, DiSantostefano, Claassen y Olguin, 1996; Green et al., 1993). La noción de que la prostitución es un trabajo tiende a hacer que su daño sea invisible (excepto quizás por la necesidad de sindicatos). Sin embargo, una vez entendida como violencia, sindicalizar a las mujeres prostituidas tiene tanto sentido como sindicalizar a las mujeres maltratadas.

Históricamente, ha habido una serie de teorías médicas, psicológicas y “sexológicas” que no solo hacen invisible el daño de la prostitución, sino que además culpan a las mujeres por su propia victimización. En 1898, Lombroso sugirió que las prostitutas tienen una “naturaleza demoníaca que se puede observar con una medición precisa del cráneo”. Teorías dañinas sobre por qué las mujeres prostitutas todavía están de moda. Por ejemplo, algunos investigadores del VIH han representado a las mujeres en la prostitución como “vectores de enfermedades”, un concepto similar a la idea de Lombroso de que las prostitutas son demonios. Estos puntos de vista se originan en las formulaciones judeocristianas de mujeres como sexualmente malas.

Parece ser emocionante teorizar una perversidad misteriosa como un factor para entrar en la prostitución. El urólogo y criminólogo Reitman escribió en 1931: ¿Por qué una mujer se enamora de un chulo? Puede ser porque es una imbécil o con personalidad psicopática, un ego excéntrico. Ella puede tener una superioridad o un complejo de inferioridad. Puede ser porque ella es pobre y hambrienta o rica y aburrida (p. 31).

Abraham especuló que “la frigidez de [la prostituta] significa una humillación de todos los hombres … y su vida entera está dedicada a este propósito” [Abraham, 1948, p.361). Las mujeres prostituidas se adormecen sexualmente, pero Abraham invierte la causa y el efecto. La mujer en la prostitución no comienza con la intención de humillar a los hombres. En cambio, se congela sexualmente como respuesta a los efectos traumáticos acumulados de la violencia sexual y psicológica. Un entumecimiento similar puede ocurrir en víctimas de torturas patrocinadas por el estado.

La sexología, el estudio de la sexualidad, se construyó sobre la aceptación acrítica de la prostitución como una institución que expresa la sexualidad de los hombres y las mujeres. Kinsey, Pomeroy, Masters y Johnson trabajaron desde finales de la década de 1940 hasta la década de 1970 y articularon una sexualidad que fue representada gráficamente en Playboy. La Playboy Press, por ejemplo, publicó el artículo de Masters & Johnson, “Ten Sex Myths Exploded” (1973).
En 1954, los Maestros comenzaron “estudios sexológicos” con prostitutas como sujetos. Su objetivo era proporcionar orgasmos a hombres impotentes mediante el uso de mujeres como sustitutas sexuales. Couched en el lenguaje científico, su trabajo fue la prostitución. En una entrevista de 1974, Masters reconoció que sus curas de hombres impotentes fueron en gran parte resultado del esfuerzo de las prostitutas que él les procuró. Al igual que Szasz (1980), nos preguntamos por qué Masters nunca fue procesado por proxenetismo o lenocinio.

La literatura psicológica de la década de 1980 planteaba un masoquismo esencial entre las mujeres maltratadas, un punto de vista que más tarde fue rechazado por falta de evidencia (Caplan, 1984; Koss et al., 1994). Sin embargo, aún se asume que las mujeres prostituidas tienen características de personalidad subyacentes que conducen a su victimización. Rosiello (1993) describió el masoquismo inherente de las mujeres prostituidas como un “ingrediente necesario” de su autoconcepto. MacVicar y Dillon (1980) sugirieron que el masoquismo llevó a que las mujeres aceptaran el abuso por parte de los proxenetas.

La culpabilización de las víctimas (victim-blaming) ocurre cuando se describe a las mujeres prostituidas como “tomadoras de riesgo”, con la implicación de que ellas mismas provocaron la violencia y el hostigamiento dirigidos contra ellas en la prostitución (Vanwesenbeeck, de Graaf, van Zessen, Straver y Visser, 1995). Se asumió que las mujeres prostituidas que “toman riesgos” se expusieron voluntariamente a sufrir daños, aunque las historias de las “tomadoras de riesgos” revelaron que habían sido golpeadas y violadas a lo largo de sus vidas con mayor frecuencia que las que no las tomaban. La conducta de riesgo rara vez se interpretaba como la repetición basada en el trauma del abuso sexual infantil o el fracaso de los padres para enseñar autoprotección.

Sería más apropiado ver a todas las mujeres prostituidas como en riesgo. Se ha establecido que los puteros presionan a las mujeres a tener relaciones sexuales sin protección (Farr et al., 1996). Las mujeres que ejercían la prostitución no podían evitar las demandas de puteros de tener relaciones sexuales sin protección y, a menudo, las agredían físicamente cuando pedían que se pusieran condón (Ford & Koetsawang, 1991; Karim, et al., 1995; Miller & Schwartz, 1995).



Fuente








Prostitución y la invisibilización del daño -1

Por la extensión del artículo lo he dividido en tres entradas consecutivas, siendo esta la primera de ellas.


Prostitución y la invisibilización del daño – Melissa Farley [Traducción]
25 MARZO, 2019
Traducción no oficial: Anna Prats | Texto original: Prostitution and the Invisibility of Harm (2003)

Abstract
El daño de la prostitución es socialmente invisible, y es también invisible en la ley, en la salud pública y en la psicología. Este artículo aborda los orígenes de esta invisibilización, cómo las palabras que se usan actualmente promueven la invisibilización del daño de la prostitución y cómo las perspectivas de salud pública y teoría psicológica tienden a ignorar el daño hecho por los hombres a las mujeres en la prostitución. Aquí se resume la literatura que documenta el abrumador daño físico y psicológico a las personas que ejercen la prostitución. Se discute la interconexión del racismo, el colonialismo y el asalto sexual infantil con la prostitución.


Melissa Farley




Introducción
La prostitución es violencia sexual que se traduce en un beneficio económico para los perpetradores. Otros tipos de violencia de género, como el incesto, la violación y el maltrato a la esposa se ocultan y se niegan con frecuencia, pero no son fuentes de ingresos masivos. Al igual que la esclavitud, la prostitución es una forma lucrativa de opresión de los seres humanos. Muchos gobiernos protegen los negocios de sexo comercial debido a las ganancias monstruosas. Instituciones como la prostitución y la esclavitud, que han existido durante miles de años, están tan profundamente arraigadas en las culturas que se vuelven invisibles. En Mauritania, por ejemplo, hay 90.000 africanas y africanos esclavizados por los árabes. Las y los activistas de derechos humanos viajan a Mauritania para informar sobre la esclavitud, pero debido a que no observan el estereotipo de lo que creen que debería ser la esclavitud, si no ven una oferta por personas encadenadas en bloques de subasta, concluyen que los africanos que trabajan (en esclavitud) frente a ellos son trabajadores voluntarios que reciben alimentos y refugio como salario (Burkett, 1997).

De forma similar, si los observadores no observan el estereotipo de la prostitución “dañina”, por ejemplo, si no ven a una niña adolescente traficada a punta de pistola de un país a otro, si lo que ven es una adolescente callejera que dice: “Me gusta este trabajo, y estoy ganando mucho dinero”, entonces no ven el daño. Los puteros (clientes) van a Atlanta, Ámsterdam, Phnom Penh, Moscú, Ciudad del Cabo o La Habana y ven a chicas y mujeres sonrientes saludándoles. Los clientes deciden que la prostitución es una elección libre.

La negativa social y legal a reconocer el daño de la prostitución es sorprendente. La normalización de la prostitución por parte de investigadores, agencias de salud pública y la ley es un obstáculo importante para hacer frente al daño de la prostitución. Por ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo describió la prostitución como el “sector sexual” de las economías asiáticas, a pesar de citar sus propias encuestas que indicaron que, en Indonesia, el 96% de las entrevistadas querían abandonar la prostitución si pudiesen (Lim, 1998). No tiene sentido oponerse a la trata de personas, por un lado, y promover el “sector sexual consensual” o el “trabajo sexual comercial” por el otro. Uno no puede existir sin el otro; el tráfico es la comercialización de la prostitución.

Asumir que hay consentimiento en el caso de la prostitución, es ocultar su daño. La afirmación social y legal de que existe un consentimiento involucrado en la opresión de las mujeres no es nueva. La ley de violación, por ejemplo, comúnmente pregunta si la mujer consintió o no a algún acto sexual, en lugar de preguntar si el violador obtuvo su permiso afirmativo otorgado libremente sin coacción verbal o física. En situaciones de violencia doméstica, la pregunta a menudo es: “¿por qué ella aceptó permanecer en la relación?” En lugar de: “¿cómo le cortó su capacidad física y psicológica para escapar de manera segura?” Y en casos de acoso sexual, la pregunta es: “¿invitó, provocó o acogió el comportamiento?” en lugar de: “¿usó su posición de autoridad para comprometer su capacidad de resistir?”. Así como no nos hemos movido más allá del obstáculo del consentimiento para mujeres violadas, golpeadas o abusadas sexualmente, por lo que también estamos en la zona cero en lo que respecta a la prostitución. La línea entre la coerción y el consentimiento se difumina deliberadamente en la prostitución. La insistencia del político en que la prostitución es consensual es paralela a la insistencia del putero en que la reciprocidad ocurre en la prostitución.

En la prostitución, las condiciones que hacen posible el consentimiento genuino están ausentes: seguridad física, igual poder con los clientes y alternativas reales (Hernández, 2001). Una mujer en Ámsterdam describió la prostitución como “esclavitud voluntaria”, una descripción que refleja tanto la apariencia de elección como la coerción detrás de esa elección. En lugar de la pregunta, “¿ella consintió?”, la pregunta más relevante sería: “¿Tuvo ella verdaderas alternativas a la prostitución para sobrevivir?”. Como veremos más adelante, es un error estadístico y ético suponer que La mayoría de las mujeres en la prostitución consienten.

No hay reciprocidad de consideración o placer en la prostitución. El propósito de la prostitución es asegurarse de que una persona es objeto de otro sujeto, asegurarse de que una persona no utilice su deseo personal para determinar qué actos sexuales ocurren y cuáles no, mientras que la otra persona actúa sobre la base de su deseo personal. Esto contrasta claramente con el sexo no comercial, promiscuo y anónimo, en el que ambas partes actúan sobre la base del deseo personal, y ambas partes son libres de retractarse sin consecuencias económicas (Davidson, 1998).

Invisibilización
Las palabras que ocultan el daño llevan a la confusión sobre la verdadera naturaleza de la prostitución. Algunas palabras en el uso actual hacen que el daño de la prostitución sea invisible: prostitución voluntaria, lo que implica que ella consintió, cuando por lo general no tenía otras opciones para sobrevivir; tráfico forzado, lo que implica que en algún lugar hay mujeres que se ofrecen voluntariamente para ser traficadas para la prostitución; trabajo sexual, que define la prostitución como un trabajo en lugar de un acto de violencia contra las mujeres. El término trabajadora sexual migrante combina la prostitución y el tráfico e implica que ambos son aceptables. Las palabras chinas bellas mercancías benevolentemente ocultan la objetivación de las mujeres en la prostitución. La expresión mujeres socialmente desfavorecidas (ostensiblemente usadas para evitar estigmatizar a las prostitutas) elimina cualquier indicio de la violencia sexual que es intrínseca a la prostitución.

La ideología libertaria o posmoderna oculta el daño de la prostitución, definiéndola como una forma de sexo. La explotación sexual más dura en el club de striptease se ha reformulado como expresión sexual o libertad para expresar nuestra sensualidad bailando. Los burdeles son referidos como hoteles para corta estancia (short-time hotels), salones de masajes, saunas y, a veces, clubes de salud (health clubs). Los hombres mayores que compran a adolescentes para actos sexuales en Seúl llaman a la prostitución una cita recompensada. En Tokio, la prostitución se describe como coito asistido.

Los hombres que compran mujeres en la prostitución son llamados partes interesadas o terceros, en lugar de puteros, que es lo que las mujeres llaman clientes. Los chulos se describen como novios o managers. Un proxeneta recientemente se refirió a la breve vida útil de una chica en prostitución. Lo que eso significa es que él conoce el alcance del daño en la prostitución y se da cuenta de que ella no será vendible después de unos años. En los Estados Unidos, la expresión ‘ho [whore: puta] refleja la visión ampliamente aceptada de todas las mujeres, y especialmente las mujeres de color, como putas nacidas de forma natural.

A las mujeres en la prostitución se las llama escorts, azafatas, strippers y bailarinas. A veces, estas palabras son intentos de las mujeres en la prostitución de conservar algo de dignidad. El propósito de exponer estas palabras no es eliminar la dignidad y el valor inherentes de las mujeres, sino exponer a la institución brutal que las perjudica. ¿Qué palabras pueden usarse sin insultar a las mujeres en la prostitución? La expresión trabajadora sexual implica que la prostitución es un tipo de trabajo aceptable (en lugar de violencia brutal). No nos referimos a las mujeres maltratadas como “trabajadoras maltratadoras”. Y así como no convertiríamos a una mujer en el daño que se le hizo (no nos referimos a una mujer que ha sido golpeada como una “golpeada”) no debemos llame a una mujer que ha sido prostituida, una “prostituta”. Sugerimos mantener su humanidad refiriéndose a ella como una mujer que está en la prostitución, que fue prostituida o que está siendo prostituida. También usamos la palabra “putero”, que es la palabra que las propias mujeres usan para referirse a los clientes.

Las líneas entre la prostitución y la no prostitución se han vuelto cada vez más borrosas. Desde la década de 1980, ha habido un gran crecimiento en el proxenetismo socialmente legitimado en los Estados Unidos. Por ejemplo, la cantidad de contacto físico entre los empleados de club de striptease y los clientes ha aumentado desde 1980. Los clientes generalmente pueden comprar un baile de mesa o un baile de regazo en el que la bailarina se sienta en el regazo de la clienta mientras ella usa poca o ninguna ropa y frota sus genitales contra los de él. Aunque por lo general él está vestido, usualmente espera eyacular.

El baile se puede realizar en el piso principal del club o en una sala privada. Cuanto más privado sea el desempeño sexual, más costará y más probable será que ocurra un acoso sexual violento o una violación.



Invisibilización omnipresente de la violencia en la prostitución
A pesar del hecho de que la prostitución es una institución en la que una persona tiene el poder social y económico para transformar a un ser humano en la encarnación viva de una fantasía de masturbación (Davidson, 1998), los psicoterapeutas y el público en general confabulan al considerar la prostitución como algo banal o negando todo su daño.

La prostitución formaliza la subordinación de las mujeres por género, raza y clase. La pobreza, el racismo y el sexismo están inextricablemente conectados en la prostitución. Las mujeres se compran porque son vulnerables como resultado de la falta de opciones educativas y como resultado de daños físicos y emocionales anteriores. Se compran sobre la base de estereotipos étnicos y raciales tóxicos.

Para la gran mayoría de las mujeres prostituidas del mundo, la prostitución es la experiencia de ser cazada, dominada, acosada, asaltada y golpeada. La prostitución es una estrategia de supervivencia basada en el género que implica la asunción de riesgos irrazonables por parte de la persona que la ejerce. La mayoría de nosotros no estaríamos dispuestos a asumir estos riesgos.

Varias autoras y autores han documentado y analizado la violencia sexual y física, que es la experiencia normativa para las mujeres que ejercen la prostitución, como Baldwin (1993, 1999), Barry (1979, 1995), Boyer, Chapman & Marshall (1993), Chesler (1993), Dworkin (1981; 1997, 2000), Farley, Baral, Kiremire & Sezgin (1998), Giobbe (1991, 1993), Hoigard & Finstad (1986), Hughes (1999), Hunter (1994), Jeffreys, (1997 ), Karim, Karim, Soldan y Zondi (1995), Leidholdt (1993), MacKinnon (1993, 1997), McKeganey y Barnard (1996), Miller (1995), Raymond (1998), Silbert & Pines (1982a, 1982b) , Silbert, Pines & Lynch, 1982), Valera (1999), Vanwesenbeeck (1994) y Weisberg (1985). Silbert & Pines (1981, 1982b) informó que el 70% de las mujeres sufrieron violaciones en la prostitución, el 65% había sido agredida físicamente por clientes y el 66% asaltada por proxenetas.

Los efectos físicos y psicológicos perjudiciales de la prostitución de clubes de striptease no se han abordado. El nivel de hostigamiento y asalto físico de mujeres en la prostitución en clubes de striptease ha aumentado drásticamente en los últimos 20 años. Tocar, agarrar, pellizcar y tocar con los dedos a las bailarinas elimina cualquier límite que existiera previamente entre el baile, el striptease y la prostitución (Lewis, 1998). Holsopple (1998) documentó el abuso verbal, físico y sexual que experimentaron las mujeres en la prostitución en clubes de striptease, que incluía ser agarrada de los senos, glúteos y genitales, así como ser pateada, mordida, abofeteada, escupida y penetrada vaginalmente y analmente durante el baile.

La violencia sexual y el asalto físico son las experiencias habituales para las mujeres en la prostitución. Silbert y Pines (1982b) informaron que el 70% de las mujeres en prostitución fueron violadas. El Consejo para Alternativas de Prostitución en Portland informó que las mujeres prostituidas fueron violadas de promedio una vez por semana (Hunter, 1994). En los Países Bajos, el 60% de las mujeres prostituidas sufrieron agresiones físicas; el 70% experimentó amenazas verbales de agresión física; el 40% experimentó violencia sexual; y el 40% había sido forzado a la prostitución y/o abuso sexual por conocidos (Vanwesenbeeck, 1994). La mayoría de las mujeres jóvenes en la prostitución fueron maltratadas o golpeadas por los proxenetas y por los puteros. El ochenta y cinco por ciento de las mujeres entrevistadas por Parriott (1994) habían sido violadas en la prostitución. De las 854 personas que ejercían la prostitución en nueve países (Canadá, Colombia, Alemania, México, Sudáfrica, Tailandia, Turquía, Zambia), el 71% había sufrido agresiones físicas en la prostitución y el 62% había sido violada en la prostitución. El ochenta y nueve por ciento de las 854 personas en prostitución de nueve países entrevistados por Farley y otros (en prensa) declararon que deseaban abandonar la prostitución, pero no tenían otras opciones. Para estas personas, teorizar la prostitución como consensual hace que su deseo de dejar la prostitución sea invisible. En otro estudio, el 94% de las personas que ejercían la prostitución callejera habían sufrido una agresión sexual y el 75% había sido violado por uno o más puteros (Miller, 1995).

Resumiendo la literatura sobre los diferentes tipos de prostitución, hemos encontrado que el 100% de las personas que ejercen la prostitución sufrieron acoso sexual, lo que en los Estados Unidos sería legalmente procesable en cualquier otro entorno laboral. Del 60% al 90% habían sido agredidas sexualmente cuando eran niñas. Del 60% al 90% fueron agredidas físicamente en la prostitución, y del 60% al 75% fueron violadas en la prostitución. El 75% de aquellas en prostitución habían sido sintecho en algún momento de sus vidas.
Vanwesenbeeck (1994) encontró que dos factores estaban asociados con una mayor violencia en la prostitución. Cuanto mayor es la pobreza, mayor es la violencia y cuanto más se trabaja en la prostitución, más probable es que se experimente violencia. Al igual que Vanwesenbeeck, encontramos que las mujeres que experimentaron la violencia más extrema en la prostitución no estaban representadas en nuestra investigación. Es probable que todas las estimaciones de violencia mencionadas anteriormente sean conservadoras y que la incidencia real de violencia sea mayor que la que se informa aquí.

El paradigma más relevante disponible en psicología para comprender el daño de la prostitución es el de la violencia doméstica. La prostitución es violencia doméstica. Giobbe (1991) comparó a los proxenetas y agresores y encontró similitudes en las formas en que usaron la violencia física extrema para controlar a las mujeres, las formas en que forzaron a las mujeres a aislarse socialmente, usaron minimización y negación, amenazas, intimidación, abuso verbal y sexual, y tuvieron una actitud de propiedad. Las técnicas de violencia física utilizadas por los proxenetas a menudo son las mismas que las utilizadas por los agresores y torturadores.

La mayoría de la prostitución está controlada por proxenetas. El reclutamiento de mujeres jóvenes para la prostitución comienza con lo que Barry (1995) ha llamado “seasoning”: violencia brutal diseñada para quebrantar la voluntad de la víctima. Después de que se obtenga el control físico, los proxenetas utilizan la dominación psicológica y el lavado de cerebro. Los proxenetas establecen la dependencia emocional lo más rápido posible, empezando por cambiar el nombre de la chica. Esto elimina su identidad e historia anteriores y, además, la aísla de su comunidad. El propósito de la violencia de los proxenetas es convencer a las mujeres de su inutilidad e invisibilidad social, así como establecer el control físico y el cautiverio. Con el tiempo, escapar de la prostitución se vuelve más difícil a medida que la mujer se ve abrumada por el terror en repetidas ocasiones. Se ve obligada a cometer actos que son humillantes sexualmente y que le hacen traicionar sus propios principios. El desprecio y la violencia dirigidos a ella finalmente se internalizan, lo que resulta en un virulento odio hacia sí misma que hace que sea aún más difícil defenderse. Las supervivientes reportan una sensación de contaminación, de ser diferentes a las demás, y de odio a sí mismas, que dura muchos años después de salir de la prostitución.

Los enfoques de tratamiento utilizados por quienes trabajan con mujeres maltratadas también son aplicables a las mujeres prostituidas. El primer objetivo debe ser establecer la seguridad física. Esto implica que tanto el cliente como el terapeuta estén de acuerdo con el objetivo de salir de la prostitución. Solo después de que esto haya ocurrido (a menudo proporcionando vivienda segura), puede continuar la etapa inicial de la terapia donde se abordan los problemas de dependencia química y trastorno de estrés post traumático agudo.

Belton (1992) y Goodman y Fallot (1998) han discutido la necesidad de una investigación con respecto a la historia de la prostitución. A menos que se hagan preguntas de detección, la prostitución permanecerá invisible. Las preguntas “¿Alguna vez has intercambiado sexo por dinero o ropa, comida, vivienda o drogas?” y “¿alguna vez has trabajado en la industria del sexo comercial como, por ejemplo, baile, acompañamiento, masajes, prostitución, pornografía, sexo telefónico?” ahora son una parte rutinaria de la historia del autor (Farley y Kelly, 2000).



La invisibilización del racismo y colonialismo en la prostitución
El racismo que está inextricablemente conectado con el sexismo en la prostitución tiende a ser invisible para la mayoría de los observadores. Las mujeres en prostitución son compradas por su apariencia, incluyendo el color de la piel y las características basadas en los estereotipos étnicos. A lo largo de la historia, las mujeres han sido prostituidas por motivos de raza y etnia, así como por género y clase.

Comunidades enteras se ven afectadas por el racismo que está arraigado en la prostitución. El insidioso trauma del racismo desgasta continuamente a las personas de color, creando una vulnerabilidad a los trastornos de estrés (Root, 1996). Las familias que han sido objeto de discriminación racial y de clase pueden interactuar con las redes callejeras que normalizan la prostitución para la supervivencia económica. La prostitución legal, como los clubes de striptease y las tiendas que venden pornografía (es decir, fotos de mujeres en prostitución) tiende a dividirse en vecindarios pobres, que en muchas áreas urbanas de los Estados Unidos también tienden a ser barrios de personas de color. Los negocios sexuales comerciales crean un ambiente hostil en el que las niñas y mujeres son acosadas continuamente por los proxenetas y los adultos. Mujeres y niñas son activamente reclutadas por proxenetas y hostigadas por los puteros que conducen hasta su vecindario. Existe una similitud entre el secuestro para prostitución de mujeres africanas por parte de los esclavistas y el recorrido de hoy por los barrios afroamericanos por parte de puteros buscando mujeres para comprar (Nelson, 1993).

En comparación con las estadísticas de los Estados Unidos en general, las mujeres de color están representadas en exceso en la prostitución. Por ejemplo, en Minneapolis, una ciudad que tiene un 96% de estadounidenses de origen europeo, más de la mitad de las mujeres en clubes de striptease son mujeres de color (Dworkin, comunicación personal, 1997). Las mujeres afroamericanas son arrestadas por prostitución en una tasa más alta que otras acusadas de este crimen.

El colonialismo explota no solo recursos naturales, sino que objetiviza a las personas cuyas tierras contienen estos recursos. Especialmente vulnerables a la violencia de las guerras o la devastación económica, las mujeres indígenas son brutalmente explotadas en la prostitución (por ejemplo, las mujeres mayas en la Ciudad de México, las mujeres hmong en Minneapolis, las mujeres Karen o Shan en Bangkok, o las mujeres de las Primeras Naciones en Vancouver). La intersección del racismo, el sexismo y la clase es especialmente evidente en el turismo sexual. Históricamente, el colonialismo en Asia y el Caribe promovió una visión de las mujeres de color como trabajadoras sexuales de origen natural, sexualmente promiscuas e inmorales por naturaleza. Con el tiempo, las mujeres de color se consideran “otras exóticas” y se las definió como inherentemente hipersexuales en función de la raza y el género (Hernández, 2001). El turista de la prostitución niega la explotación racista de las mujeres en “culturas nativas”, como en el análisis de Bishop y Robinson (1998) del negocio del sexo en Tailandia: “Las tailandesas indígenas son vistas como niñas Peter-Pan, sensuales y que nunca crecen”. Los turistas sexuales creen que simplemente están participando de la cultura tailandesa, que simplemente es “abiertamente sexual”. Puede sentirse como un millonario en una tercera o cuarta economía mundial, y racionalizar que está ayudando a las mujeres a salir de la pobreza.

Estas chicas tienen que comer, ¿no? Estoy poniendo pan en su plato. Estoy haciendo una contribución. Se morirían de hambre a menos que se prostituyeran. (Bishop & Robinson, 1998, p. 168)

La perspectiva tailandesa de esta situación es diametralmente opuesta a la del turista de la prostitución: Tailandia es como un escenario, donde los hombres de todo el mundo vienen a desempeñar su papel de supremacía masculina sobre las mujeres tailandesas, y su supremacía blanca sobre los tailandeses. (Skrobanek citado en Seabrook, 1996, p. 89).

Las ideas construidas racialmente sobre las mujeres en el turismo sexual tienen un efecto cada vez mayor en la forma en que las mujeres de color son tratadas en el hogar. Por ejemplo, las mujeres asiático-estadounidenses reportaron violaciones después de que los hombres vieran pornografía de mujeres asiáticas (MacKinnon & Dworkin, 1997).

Una vez en la prostitución, las mujeres de color enfrentan barreras para escapar. Entre estas se encuentra la ausencia de servicios de defensa culturalmente sensibles en los Estados Unidos. Otras barreras que enfrentan todas las mujeres que escapan de la prostitución son la falta de servicios que satisfagan las necesidades de emergencia, como refugios, tratamiento de la dependencia de drogas/alcohol y tratamiento del trastorno de estrés postraumático agudo (TEPT). Existe una falta similar de servicios para atender las necesidades a largo plazo, como el tratamiento de la depresión y otros trastornos del estado de ánimo, el trastorno de estrés postraumático complejo (CPTSD, por sus siglas en inglés), la formación profesional y la vivienda a largo plazo.

El continuum invisible: abuso infantil y prostitución
La naturaleza sistemática de la violencia contra las niñas y mujeres se ve claramente cuando el incesto se entiende como prostitución infantil. El uso de una niña para el sexo por parte de adultos, con o sin pago, es la prostitución de la niña. Cuando una niña es asaltada de manera incestuosa, la objetivación por parte del autor de la víctima infantil y su racionalización y negación son las mismas que las del putero en la prostitución. El incesto y la prostitución causan síntomas físicos y psicológicos similares en la víctima.

El abuso sexual infantil es un factor de riesgo primario para la prostitución. El abuso sexual familiar funciona como un campo de entrenamiento para la prostitución. Una joven le dijo a Silbert & Pines (1982a página 488): “Comencé a hacer trucos para mostrarle a mi padre lo que me hizo a mí”. Dworkin (1997) describió el abuso sexual de niñas como un “campo de entrenamiento” para la prostitución.

La mayoría de las mujeres mayores de dieciocho años en la prostitución comenzaron a prostituirse cuando eran adolescentes. Du Plessis, que trabajaba con niñas sin hogar y prostituidas en Johannesburgo, Sudáfrica, argumentó que no podía negar los servicios de su agencia a las chicas de 21 años porque entendía que eran niñas prostitutas (Comunicación personal, 1997). La adolescencia temprana es la edad de ingreso más frecuente en cualquier tipo de prostitución. Boyer et al. (1993) entrevistaron a 60 mujeres que ejercían la prostitución en forma de escorts, callejera, en club de striptease, sexo por teléfono y salas de masaje (burdeles) en Seattle, Washington. Todas ellas empezaron a prostituirse entre los 12 y los 14 años. En otro estudio, Nadon et al. (1998) encontraron que el 89% había comenzado a prostituirse antes de los 16 años. De 200 mujeres adultas en la prostitución, el 78% comenzó a prostituirse en la juventud y el 68% empezaron cuando eran menores de 16 años (Silbert, 1982a).

La distinción artificial entre prostitución de niñas y adultas oscurece la continuidad entre ambas. En un continuo de violencia y relativa impotencia, la prostitución de una niña de 12 años es más horrible que la de una niña de 20 años, no porque los actos cometidos en su contra sean diferentes, sino porque la persona más joven tiene menos poder. En otros aspectos, las experiencias de explotación sexual, violación, abuso verbal y desprecio social son las mismas, ya sea que la persona prostituida sea de la edad legal de una niña o de la edad legal de una adulta. La pobreza antecedente y los intentos de escapar de condiciones de vida insoportables (violencia en el hogar o la violencia económica de la globalización) son similares en la prostitución de niñas y adultas.

Los autores múltiples de abusos sexuales eran comunes, al igual que los abusos físicos en la infancia de las mujeres en la prostitución. El sesenta y dos por ciento de las mujeres en prostitución reportaron una historia de abuso físico cuando eran niñas. El 90% de las mujeres prostituidas habían sido golpeadas físicamente en la infancia; el 74% sufrió abusos sexuales en sus familias, y el 50% también fue víctima de abusos sexuales por parte de personas ajenas a la familia (Giobbe, Harrigan, Ryan y Gamache, 1990). De las 123 supervivientes de la prostitución en el Consejo para Alternativas de Prostitución en Portland, el 85% reportó un historial de incesto, el 90% un historial de abuso físico y el 98% un historial de abuso emocional (Hunter, 1994).

Las adolescentes prostituidas crecen en familias negligentes, a menudo violentas. Aunque no todas las niñas abusadas sexualmente son reclutadas para la prostitución, la mayoría de las personas que ejercen la prostitución tienen antecedentes de abuso sexual cuando eran niñas, generalmente por parte de varias personas. Farley y Lynne (2000) reportaron que el 88% de 40 mujeres prostituidas en Vancouver habían sido sexualmente abusadas cuando eran niñas, por una media de 5 perpetradores. Esta última estadística no incluyó a las que respondieron a la pregunta “Si hubo contacto sexual o contacto sexual no deseado entre usted y un adulto, ¿cuántas personas en total?” con “miles” o “Incontables” o “Era demasiado joven como para acordarme”. El 63% de las entrevistadas eran mujeres de las Primeras Naciones. Una chica en situación de prostitución dijo: Todas hemos sido abusadas. Una y otra vez, y violadas. Todas hemos sido acosadas y abusadas sexualmente de niñas, ¿no lo sabías? Corrimos para escapar. Ya no nos querían en casa. Nos echaron, lejos. Hemos estado en la calle desde que teníamos 12, 13, 14. (Boyer, Chapman y Marshall, 1993).

La sexualización traumática es el condicionamiento inadecuado de la sensibilidad sexual de la niña y su socialización en creencias y suposiciones erróneas sobre la sexualidad que la hacen vulnerable a la explotación sexual adicional (Browne y Finkelor, 1986). La sexualización traumática es un componente esencial del adiestramiento para la posterior prostitución.

Algunas de las consecuencias del abuso sexual infantil son conductas que son como la prostitución. Un síntoma común de las niñas abusadas sexualmente es el comportamiento sexualizado. El abuso sexual puede resultar en diferentes comportamientos en diferentes etapas del desarrollo de la niña. Es probable que los comportamientos sexualizados sean prominentes entre niñas en edad preescolar que sufren abusos sexuales, se sumergen durante los años de latencia y luego vuelvan a surgir durante la adolescencia como un comportamiento descrito como promiscuidad, prostitución o agresión sexual.

La niña abusada sexualmente puede incorporar la perspectiva del perpetrador en su identidad y, finalmente, verse a sí misma como buena solo para el sexo, es decir, puede adoptar su opinión de que es una prostituta (Putnam, 1990). Las supervivientes relacionan el abuso físico, sexual y emocional de las niñas con la prostitución posterior. El 70% de las mujeres adultas en la prostitución en un estudio afirmaron que el abuso sexual infantil fue en gran parte responsable de su entrada en la prostitución (Silbert & Pines, 1982a). El abuso y la negligencia familiar se describieron como causa de daño físico y emocional no solo directo, sino también como un ciclo de victimización que afectó su futuro. Por ejemplo, una mujer dijo que cuando tenía 17 años, …todo lo que sabía era cómo ser violada, cómo ser atacada, cómo ser golpeada, y eso es todo lo que sabía. Así que cuando él me puso en el juego [la prostituyó] estaba demasiado metida en la mierda como para hacer algo. Todo lo que sabía era abuso (Phoenix, 1999, página 111).

El sentido restringido de sí misma de la niña abusada sexualmente y la negativa coercitiva del perpetrador a respetar los límites físicos de la niña pueden ocasionar dificultades posteriores para establecer límites, una autoprotección deficiente y una mayor probabilidad de ser más victimizadas sexualmente, incluso de convertirse en víctimas involucradas en la prostitución (Briere, 1992).

La impotencia de haber sido agredida sexualmente cuando era niña puede estar relacionada con las frecuentes discusiones sobre el control y el poder de las mujeres que se prostituyen. La impotencia emocional y física de la niña abusada sexualmente puede ser representada en la transacción de prostitución, prestando atención al más mínimo fragmento de control. El pago de dinero por un acto sexual no deseado en la prostitución puede hacer que la niña o la mujer se sientan más en control en comparación con la misma experiencia sin pago de dinero. Por ejemplo, una mujer dijo que, a los 17 años, se sentía más segura y más en control en la calle que en casa con su padrastro que la violaba.

Los proxenetas explotan la vulnerabilidad de las niñas fugitivas o abandonadas al reclutarlas para la prostitución. En Vancouver, el 46% de las niñas sin hogar habían recibido ofertas de “asistencia para ayudarlas a trabajar en la prostitución”. Una niña de 13 años que había huido de su hogar recibió una vivienda de un proxeneta, pero solo a cambio de la prostitución. El 96% de las adultas entrevistadas por Silbert & Pines (1983) habían sido niñas fugitivas antes de comenzar a prostituirse. Más de la mitad de las 50 niñas asiáticas prostituidas de entre 11 y 16 años huyeron debido a problemas familiares (Louie, Luu & Tong, 1991).

Una encuesta de 500 jóvenes sin hogar en Indianápolis informó que al principio solo el 14% reconoció que ejercían como prostitutas. Cuando a las adolescentes de Indiana se les hicieron preguntas sin prejuicios sobre comportamientos específicos, respondieron de la siguiente manera: el 32% dijo que tenían relaciones sexuales para obtener dinero; el 21% dijo que tenía relaciones sexuales por un lugar donde pasar la noche; el 12% intercambió sexo por comida; el 10% intercambió sexo por drogas; y el 6% intercambiaban sexo por ropa. En otras palabras, un 81%, y no el 14% de estas 500 adolescentes sin hogar, se prostituían (Lucas y Hackett, 1995).

El comportamiento de prostitución de los adolescentes homosexuales también es probable que sea una recreación de un abuso sexual anterior. La homofobia desempeña un papel en la prostitución de jóvenes homosexuales en el sentido de que los jóvenes homosexuales pueden haber sido expulsados de sus hogares debido a su orientación sexual. Además, en muchas ciudades, la prostitución era la única entrada disponible en la comunidad gay; era una actividad donde los niños podían “practicar” ser homosexuales. De este modo, los adolescentes homosexuales pueden desarrollar una identidad que vincule su orientación sexual con la prostitución (Boyer, 1989).

Fuente






martes, 31 de marzo de 2020

Sobre la industria de los cuerpos, el proxenetismo y los lobbies de la prostitución y la pornografía


Sobre la industria de los cuerpos, el proxenetismo y los lobbies de la prostitución y la pornografía (II)

17/06/2019
AUTORA 


Elva Tenorio



Licenciada en Medicina y Psicología. Feminista



Qué es un lobby y cómo funciona
Recordemos cuál es el significado en castellano de la palabra  lobby:

“Grupo de personas influyentes, organizado para presionar en favor de determinados intereses’,… R.A.E., o

“Grupo de presión formado por personas con capacidad para presionar sobre un gobierno o una empresa, especialmente en lo relativo a las decisiones políticas y económicas.”, según el buscador Google

O también, de acuerdo con  la definición de  Wikipedia:

..,2​  un colectivo con intereses comunes que realiza acciones dirigidas a influir ante la Administración Pública para promover decisiones favorables a los intereses de ese sector concreto de la sociedad”

Dedico algunas líneas a estas definiciones, para dar tiempo a deducir, que si afirmábamos que la institución de la prostitución se ha convertido en una gran industria de los cuerpos de mujeres y jóvenes, que mueve anualmente  miles de millones en todo el mundo,  resulta evidente  que no solo los lobbies existen, sino que están operando, como poderosos grupos de presión, en todos los ámbitos sociales.

Para que un negocio transnacional, como el actual,  se considere  lícito, y sus inversores, mafias, intermediarios, madamas y proxenetas, se transformen en honestos y respetables empresarios o agentes sociales  reconocidos, los grupos de interés de esta industria deben  actúan como lobbies o grupos de presión e influencia.

Sus actividades y estrategias pasan por la  comunicación, el establecimiento de contactos a todos los niveles, regalos y donativos, creación de sociedades o fundaciones, organizaciones no gubernamentales  interpuestas, o de ayuda a las mujeres prostituidas, y que pueden recibir subvenciones,  asociaciones filantrópicas que, a su vez subvencionan, organizan o financian supuestas investigaciones, estudios y congresos, o promueven incluso cursos para aprender a prostituirse,  pero pasa también, por la infiltración de sus propios agentes en los  movimientos sociales y partidos.  Su meta es que esta industria sea  reconocida como perteneciente a  un sector empresarial legal y legítimo.  Para ello, sus acciones han de mantenerse  en el tiempo y utilizar diversificadas vías de actuación y muchos recursos.

La  presión de los lobbies se centra directamente  en colocarse en las agendas políticas y económicas,  en los programas de  partidos y políticos que dictan o promueven leyes, pero también actúan incidiendo en los diversos medios de comunicación, universidades, y creadores de opinión pública.

La finalidad es hacernos creer que la optimización de su propio beneficio proxeneta, contribuye muy positivamente no solo en las vidas y el futuro de las mujeres y niñas, sino en bien común de  toda la sociedad.

En nuestra deficiente democracia, la opacidad con la que actúan, la falta de transparencia política y la corrupción estructural que la caracteriza, permiten que estos lobbies funcionen con  total libertad en sus prácticas mafiosas, sobre  políticos y medios, pero también formando parte directamente del propio colectivo en el que se introducen e influyen.

Pornografía
Esta industria de los cuerpos,  destinada a  satisfacer la demanda de la sexualidad masculina hegemónica, se acompaña de otro gran negocio hermano, la pornografía,  que  funciona en paralelo y que incide en el efecto  propagandístico y promocional del producto a la venta.

Se trata de un mercado supuestamente para adultos pero que incluye  la promoción y  la instrucción  de   niños y niñas en el tipo de sexualidad que se comercializa.  Algunos estudios señalan que los menores pueden acceden  a la visualización por internet o a través del móvil, de películas con contenidos de violencia sexual explícita  ejercida sobre  las mujeres, desde los  8 años de edad.

La pornografía resulta así un  catálogo visual  para la venta posterior de los productos, ya sea para los adultos o para los menores, convertidos éstos en futuros clientes puteros,  pero a la misma vez,  adiestra  a las mujeres y niñas  en la visualización de lo que la industria del porno llama sexualidad y que se basa en la sumisión y la presentación de la violencia como placer, ejercida por un hombre o varios, sobre el cuerpo cosificado, sometido o torturado de las mujeres.  En la pornografía actual se aboga  de manera inequívoca, por mostrar el mayor poder masculino, fálico y viril, dentro de la más rancia tradición  machista, violenta y patriarcal.

La industria del porno, siempre en constante evolución,  construye e incentiva de esta manera, la compra-venta del sexo de pago destinado a las generaciones futuras, aleccionadas  previamente  para ello a través de las imágenes disponibles y al alcance de todos.

Con sus costosas campañas de márquetin y sus estrategias empresariales, influyen en lo que la sociedad  va a aceptar  como normal o incluso empoderante para la mujer moderna o posmoderna y liberada.

Siguiendo sus intereses comerciales, recurrirán al discurso falaz, de lo que ideológicamente han decidido catalogar y vender como   “libertad sexual, para así justificar y banalizar  la explotación y la violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres,

Prostitución.
En este mercado, la  obtención de suficientes mujeres y jóvenes   debe estar asegurada y en continua rotación, pues el producto a la venta tiene que ser renovado constantemente.  Sin embargo, al no resultar fácil conseguir suficiente materia  prima a nivel local, las  prácticas de captación incluyen  el tráfico y la trata de mujeres, para lo cual construyen grandes estructuras mafiosas transnacionales.

La trata con fines de explotación sexual, es por tanto,  una parte esencial del negocio. Aun siendo oficialmente ilegal en muchos países, es bien tolerada o no suficientemente combatida, con la coordinación, los medios e instrumentos adecuados, dada las grandes dimensiones, redes  y dispositivos a los que deben enfrentarse, los países aislados.

Los lobbies persiguen como objetivo, que los Estados y las Administraciones, legalicen la industria para que, a los inversores,  mafias y proxenetas,  les  resulte más fácil y menos arriesgado,  la obtención y explotación del producto y  de la materia prima que precisan.

Proxenetismo
Lucrarse económicamente de la prostitución o bien  obtener beneficios económicos de ella, se considera todavía proxenetismo. En su definición legal, el proxeneta, según el artículo 187.1, del Código Penal, es:

“… quien se lucre explotando la prostitución de otra persona, aún con el consentimiento de la misma. En dicha conducta: la víctima se encuentre en una situación de vulnerabilidad personal o económica, y además se le imponen para su ejercicio condiciones gravosas, desproporcionadas o abusivas.”

En el caso del estado español,  algunos artículos del código penal han sido recientemente modificados para permitir  la falsa  situación en que se encuentran muchas de las mujeres explotadas, en burdeles, pisos, hoteles, casas de masajes o bares de carretera, por proxenetas y mafias que se benefician de la prostitución y la explotación, pero que actúan protegidos por la legislación actual.

Ese reciente cambio en las leyes, promocionado por los lobbies y resultado de  influencias y las presumibles o presuntas  connivencias policiales y políticas, más de una vez demostradas,  sugieren el preguntarse cómo ha sido posible un cambio legislativo tan sustancial que permite la aparición de locales y puti-clubs en todas nuestras  ciudades, pueblos  y carreteras, convirtiendo al estado español, en  uno de los mayores burdeles de Europa,  líder en este mercado de inversores, compra-venta y consumo de prostitución y destino de turismo sexual a nivel mundial.

¿Lobby pro-prostitución o  lobby proxeneta?
Los lobbies y grupos de presión  promotores de este gran negocio actúan conjunta o paralelamente pero no siempre están compuestos por los mismos agentes, ni utilizan las mismas tácticas o estrategias, aunque tengan y persigan los mismos objetivos.

Ante todo debería quedar diametralmente claro, que el  principal lobby pro-prostitución lo constituyen los puteros.  Estos consumidores machistas son los responsables de mantener la demanda, salvaguardando al mismo tiempo el derecho de acceso a cuerpos de mujeres, jóvenes o menores, variados, exóticos, accesibles en el lugar de residencia o en cualquier parte del mundo, y a bajo precio, sin importarles o prestar atención a la procedencia o las condiciones del producto que consumen.

Aunque en algunos países los hombres puteros organizan sociedades y lobbies ante la amenaza de ver mermados sus privilegios,  se comunican a través de chats y páginas de internet, o escriben manifiestos,  también se pueden defender a  través de partidos políticos y creando opinión social favorable a defender este ancestral privilegio.

En lo cotidiano, algunos hombres pueden formar también grupos de amiguetes o comandos llamados “manadas”, que frecuentan los burdeles o  los polígonos, para, previo pago, violar comunitariamente, pueden hacerlo también  en la calle, o intrafamiliarmente.

En realidad, su actividad se limita a defender derechos  que la sociedad  ya les ha  concedido previamente  por el simple hecho de nacer hombres, aunque para ejercerlos, deban aplicar  más o menos violencia,  ante la indiferencia  de otros hombres, leyes y legisladores.

Los hombres son los grandes agentes protegidos de este negocio que mantienen con la  ayuda de otros hombres,  inversores, propietarios de la industria, intermediarios, políticos, o proxenetas,   también de las instituciones o de otros hombres en general, aunque éstos últimos se declaren no  puteros.

La defensa de los privilegios patriarcales del colectivo o simplemente la no denuncia y la connivencia machista,  hacen posibles la prostitución, el tráfico y la trata de mujeres y jóvenes para la  industria de esta explotación del cuerpo femenino o feminizado.

Pueden asimismo constituirse en lobby, en representación de todas, una ínfima minoría de mujeres, que también pertenecen a la industria, En la I jornada sobre “Trabajo Sexual, derechos laborales y sindicación”, del pasado 8 de Junio en Barcelona, fueron aproximadamente unas 40  mujeres las reunidas, llegadas  de todo el Estado, y convocadas para reivindicar ser reconocidas como trabajadoras por cuenta ajena. Estas pequeño número de mujeres de la industria,  crean supuestos sindicatos, algunos gestionados por hombres,  o se introducen en otros ya existentes, más o menos combativos, interponiendo demandas laborales con la finalidad de que se les reconozca la categoría de trabajadoras sexuales o trabajadoras por cuenta ajena. En esta primera jornada, obtuvieron el apoyo del Ayuntamiento, partidos políticos de la izquierda y la derecha neoliberal, juristas,  y otras organizaciones de profesionales, cuya principal actividad declarada y, por la que reciben subvenciones,  es ayudar a las mujeres en situación de prostitución.

Los objetivos de reconocimiento laboral, de ésta y otras jornadas que se celebran en otras muchas ciudades o incluso en la universidad,   coinciden de nuevo en los mismos objetivos de los proxenetas que las explotan y con la supuesta función de los sindicatos.

Reconocer la prostitución como trabajo, tendría como uno de sus objetivos obtener y negociar un buen convenio colectivo con el sector empresarial  ya legalizado.  El beneficio obtenido de la explotación sexual dejaría de ser considerado un delito penal de proxenetismo, para convertirse en una actividad laboral cualquiera y automáticamente  transformaría a los proxenetas en aguerridos emprendedores y empresarios.

Un ejemplo de esto último, lo encontramos en  Alemania que ha legalizado la industria de la prostitución. Lo propietarios de prostíbulos y burdeles, pueden ofrecen por 50 euros de tarifa plana, el uso de todas las putas que se puedan consumir al primer envite,  con salchicha incluida.   Pueden bajar los precios y subirlos, como hace legítimamente cualquier empresario con los productos que vende. Esos productos continúan siendo, además de las salchichas, bebidas y otras sustancias,  el propio cuerpo de la mujer y sus orificios, sometidos a la ley de la oferta y la demanda.

El lobby pro-legalización lo constituyen, además de los proxenetas en sus múltiples modalidades,  una ínfima minoría de mujeres  empleadas en la industria que ven en esta subordinación a la sexualidad machista,  un negocio perfectamente lícito. Para proclamarlo,  aparecen frecuentemente en los medios de comunicación y en los espacios feministas,  presionan y alientan abiertamente a  los partidos políticos para  que sea reconocido el “trabajo sexual” y abogan socialmente para que la prostitución sea considerada un empleo normalizado para las mujeres.

Estos lobbies, el de las “trabajadoras “de la industria y el de los proxenetas, persiguen pues los mismos fines, con diferentes métodos, medios y consecuencias.

Otro lobby o grupo de presión lo constituyen los movimientos de mujeres neoliberales, que dicen ser feministas  pro-derechos y  los partidos políticos y sindicatos pro-regulación de la prostitución.

Algunos de los que se autodefinen como de izquierdas,  deben construir un relato social cambiando el lenguaje, y creando un argumentario más acorde con la ideología y los intereses que dicen representan.

Los derechos que manifiestan defender,  son denominados genéricamente   “pro-derechos”. Sin embargo, no se refieren a los derechos humanos negados previamente a las mujeres que han llegado a la prostitución  como consecuencia de su condición de mujer y  de la desigualdad estructural y de poder que eso supone. Tampoco reivindican otras alternativas que no impliquen recurrir a la prostitución como recurso de sobrevivencia para las mujeres empobrecidas;  ni se ocupan preventivamente de evitar la violencia,  las situaciones de maltrato y de abuso machista  que llevan a muchas mujeres al prostíbulo, a la calle, o al depósito de cadáveres. No. No se refieren a esos derechos fundamentales vulnerados. Ni a combatir la  violencia ejercida sobre sus cuerpos. Se refieren, una vez más,  a los derechos laborales, coincidiendo con la minoría de mujeres de la industria, inversores  y  proxenetas.

Un cambio trascendente en el lenguaje lo constituye  hacer  desaparecer, por arte de magia, la palabra prostitución y sustituir por la de “trabajo sexual”. En el imaginario que nos proponen, eliminan sigilosamente también, al patriarcado, como generador de la desigualdad estructural y de poder de los hombres sobre las mujeres. Consecuentemente, también deben  invisibilizar al putero violento y machista que se transforma y adquiere de golpe  y por obra y gracia  del arte lingüístico posmoderno,  la honorable categoría social de “cliente”.

Paradoxalmente, esos lobbies pro-derechos,  defienden legalizar la explotación de los cuerpos de las mujeres por terceros, es decir, legalizar el proxenetismo, coincidiendo con los intereses de los anteriores lobbies, y considerando la prostitución, no solo como una  salida laboral como otra cualquiera, sino además,  promocionándola como un trabajo empoderante para mujeres y niñas. Eso sí, no para ellas mismas, o sus hijas o familiares, sino para las migrantes o las mujeres más empobrecidas.

Los lobbies, infiltrados en el movimiento feminista, en los partidos políticos,  y en muchos estamentos sociales, que dicen ser pro-derechos laborales de las mujeres prostituidas, no defienden sin embargo los derechos de las mujeres a NO tener que serlo, ni dan alternativas realistas de salida a las que no pueden huir ni escapar  o a las que simplemente desean  dejar de ser prostituidas.

La sexualidad de la mujer tiene todavía  derechos que no han sido reconocidos, pero seguirán siendo una asignatura pendiente del feminismo, eso sí, del movimiento feminista  que todavía no se haya  vendido o esté infiltrado real e ideológicamente, por  los que representan los intereses lobísticos que abogan por la expansión de esta industria transnacional, machista y patriarcal, de la explotación de los cuerpos de mujeres y jóvenes, en esta etapa neoliberal y posmoderna de la historia del capitalismo, en donde sí se protege la demanda y la sexualidad masculina hegemónica. Como se ha hecho siempre, por otra parte, y desde tiempos inmemoriales.

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Nota: las imágenes y negritas están en el original.




Nos venden una ilusión de libertad y nos responsabilizan de elegir nuestra desgracia (I)


Nos venden una ilusión de libertad y nos responsabilizan de elegir nuestra desgracia (I)

– Abuela –sollozó–, me estoy muriendo. La abuela le tocó la frente, y al comprobar que no tenía fiebre, trató de consolarla.

– Ya no faltan más de diez militares –dijo.

Eréndira rompió a llorar con unos chillidos de animal azorado. La abuela supo entonces que había traspuesto los límites del horror, y acariciándole la cabeza la ayudó a calmarse. (…)

Salió de la tienda cuando Eréndira empezó a serenarse, y le devolvió el dinero al soldado que esperaba. “Se acabó por hoy”, le dijo. “Vuelve mañana y te doy el primer lugar”.

Luego gritó a los de la fila: – Se acabó, muchachos. Hasta mañana a las nueve.”

Este diálogo novelado por García Márquez pudiera estar recogido en cualquier página de sucesos de un diario de actualidad y participar de titulares. La (1) historia fue editada en 1974, y cuenta el embrutecimiento y la crueldad salvaje que una abuela impone a su nieta por una deuda que a ésta ni tan siquiera le pertenece. En la actualidad es la historia de millones de mujeres y niñas que son prostituidas y explotadas como mujeres de deuda.

En el documental El proxeneta de Mabel Lozano, su protagonista nos cuenta que en unos pocos años compró en otros países, vendió y explotó en la prostitución a más de mil setecientas mujeres. La realidad que explica es la demostración palpable de que trata y prostitución son un sistema de explotación y esclavitud indisoluble. Que su erradicación requiere políticas que la aborden en su totalidad con intervención sobre todos los actores; punitivamente sobre todos aquellos que se lucran con el tráfico, la explotación y la esclavitud, también con los que la promueven; y protegiendo y amparando a las mujeres, niños y niñas que son prostituidas, con políticas paliativas y preventivas y  reparadoras que nunca jamás ha hecho ningún gobierno.

Beatriz R. superviviente de trata, señaló en el último congreso de CATW (Coalición contra la trata de mujeres) (2) celebrado en Madrid, que el gobierno colombiano ni se plantea acabar con la prostitución dados los grandes beneficios económicos. Solo en Pereira ciudad con 476 mil habitantes y situada en la región cafetera se han contabilizado 42 mil mujeres tratadas que son prostituidas en nuestro país, aparte hay otro número igualmente importante en otros países europeos y en Japón. Las mujeres y niñas son entregadas a los conseguidores en muchas ocasiones por las propias familias a cambio de una cantidad. Una vez atrapada por la red de traficantes, los prostituidores les imponen una deuda que multiplica la cantidad entregada, sumándole su manutención elevada hasta extremos imposibles, y el coste del aire que respiran. La deuda es el eufemismo para ocultar el cálculo previo que hace el tratante-prostituidor sobre el beneficio que puede extraerse de una mujer prostituida a razón de quince horas de trabajo diarias sin días de descanso, y su desgaste físico y psicológico en una situación de explotación y encierro. En palabras del proxeneta, al que entrevista Mabel Lozano en su documental, la duración media suele ser de dos o tres años y después de este período de tiempo es revendida a un club de menor categoría. Para ese momento es posible que esté enferma física y psicológicamente, sea adicta o alcohólica, tenga uno o más hijos y sea una mujer totalmente rota. Una vez dejan de tener utilidad para el sistema prostitucional pueden ser revendidas para otros tipos de explotación o colaboración con el propio sistema en la captación de otras mujeres, el paso o distribución de estupefacientes…y si les son totalmente inservibles, simplemente son tiradas a su suerte, sin nada, sin un solo céntimo de los muchos millones que les han extraído en beneficios, en muchos casos enfermas, adictas o con hijos y quedan abandonadas al albur de los servicios sociales. Esta es la realidad de la prostitución en nuestras calles que es narrada por algunas supervivientes del sistema prostitucional que han sobrevivido sin ninguna ayuda del sistema explotador y muy a pesar del mismo y con muy poca de las instituciones públicas que casi siempre las olvidan.

La prostitución y la trata son dos caras de la misma moneda, su comprensión como fenómeno social no puede ser abordada al margen de las dinámicas socioeconómicas que genera un capitalismo global que ha abrazado entusiastamente la ideología neoliberal más extrema y fanática. Son el resultado de la imposición de sus propias políticas. El capitalismo neoliberal es más que un sistema económico antisocial. Es una religión embrutecedora adoradora del dios mercado, en su interior late la nueva forma del patriarcado, el sistema de dominación y explotación más antiguo que existe. La prostitución es un sistema de expropiación estratégico para el capitalismo neoliberal, como lo fue anteriormente la venta de esclavos para el capitalismo originario  y el colonial. Fue esta actividad ilícita la que alimentó una clase social depredadora, también dentro de nuestras fronteras, con familias que hicieron grandes fortunas y cuyo patrimonio, en manos de sus herederos en la actualidad, es producto del repugnante negocio de la venta de seres humanos.

La globalización ha permitido que florezca de nuevo bajo una nueva apariencia y es tan fundamental su aportación al capitalismo neoliberal que la prostitución siempre está entre las dos actividades económicas que genera más beneficios, compitiendo con el tráfico de armas y de drogas.

Para la socióloga Saskia Sassen este capitalismo neoliberal ha entrado en una lógica destructiva de expropiación y destrucción, millones de personas son expulsadas de sí mismas, de su propia significación, de su historia y biografía para sobrevivir simplemente con lo único que poseen, la venta de sus cuerpos. Sassen acuñó también el concepto de población desechable para los millones de personas que sufren expulsiones sistémicas complejas,  fenómeno que se ajusta plenamente al fenómeno de la trata y por supuesto también a la prostitución. No solo no podemos disociar los dos hechos, sino que no podemos adornarlos con mentiras; la mujer tratada se prostituye en los clubs de nuestras ciudades, en nuestras calles, rotondas y descampados, es aquí dónde sucede el fenómeno.

Estos millones de mujeres desechables pierden todos sus derechos de ciudadanía, y están en un grado extremo de vulnerabilidad. Deslocalizadas de su territorio, sin redes familiares de apoyo, ni comunidad, identidad, historia, sin ciudadanía, sin conocimiento del idioma o de las instituciones, sometidas a una deuda impagable, muchas veces sufriendo la extorsión sobre sus familias e hijos en sus países de origen. Son utilizadas por el depredador capitalismo neoliberal con afán expropiatorio sustituyendo al tradicional ejército de reserva (3) su función es enriquecer al sistema que las expropia, el sistema prostituyente. Conviven con una prostitución local de carácter residual que hasta hace unos años estaba en claro retroceso. Este es un hecho que muchos ignoran y que avala la realidad de que con políticas adecuadas sí se puede incidir en su erradicación, de la misma manera que hacemos políticas para erradicar la pobreza. Cuando las mujeres pudieron acceder libremente a los trabajos y ya no necesitaron el consentimiento marital vigente hasta 1981, y con el desarrollo del Estado de bienestar  y la democracia la prostitución como subsistencia empezó a desaparecer. Durante el último lustro con el agravante de la crisis, pero ya antes con el desarrollo de las políticas neoliberales, la prostitución ocasional ha sido el modo de introducción en el sistema prostituyente. Pero el aumento constante de la demanda y el nuevo dinamismo de la industria necesitan del tráfico para la prostitución a gran escala y de la rotación de las personas por la geografía como si fuesen ganado. Las cifras de beneficio son escandalosamente obscenas.

La actual alianza entre el capitalismo, el neoliberalismo y el patriarcado ha organizado un nuevo reparto de los recursos; la acumulación en muy pocas manos de unas élites automarginadas de la sociedad y una inmensidad de personas a las que instala más tarde o más temprano en una vuelta a la esclavitud. A las mujeres las distribuye en función de la clase social y la etnia a modo de castas y les impone una distopía de lógica económica calculadamente perversa que solo persigue el beneficio de unos pocos aún con el perjuicio de toda la sociedad.

Los protagonistas jamás dan la cara, hablar de prostitución es hablar de grandes cuentas en los bancos, en paraísos fiscales, de inmensas cantidades de dinero que corren en negro para comprar voluntades y leyes protectoras del negocio. De lobbies que presionan gobiernos y rigen los mercados con mano de hierro y desprecio social. De todos aquellos que no aparecen en los medios; grupos de inversores aislados en burbujas que con pulsar una tecla arruinan países; de falsos empresarios que son en realidad proxenetas y no dudan en encerrar a sus víctimas para sacarles beneficios y cuya suerte les es indiferente; de traficantes de cualquier cosa que les lucre, seres envilecidos como lo fueron y siguen siendo los tratantes de esclavos; de chulos y macarras capaces de amedrentar, golpear, violar y si la situación obliga, matar. Una historia conocida por todos y que los medios silencian y censuran deliberadamente.


Cruz Leal, feminista abolicionista, es la autora de este artículo
Recuperamos este artículo publicado originalmente por nuestra compañera Cruz Leal en Tribuna Feminista. El texto aparecerá publicado en tres capítulos los miércoles de las próximas semanas


Fuente.

Nota:   la imagen y las negritas están en el original